lihuen Lihuen

En un mundo situado en el futuro, unos adolescentes que se relacionan con un guardián de leyenda deberán hacer un recorrido, tanto interno como externo, para lograr entender lo que este ser antiquísimo desea comunicarles. El planeta sufre y las probabilidades de salvar los bosques es escasa...¿podrán estos jóvenes leer las señales a tiempo?


Fantasía Fantasía urbana Todo público.

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Tuma

Un movimiento sutil en el aire tomó por sorpresa al intuitivo Tahiel, que venía un poco distraído, entre el bailoteo de sus fantasías interiores y la tarea de buscar los últimos hongos de pino (faltaba muy poco para el invierno).

—¿Tuma? —llamó en voz baja.

Aquella sutileza, sin embargo, lo sacó de su órbita habitual y lo dejó un poco alarmado, como suele ocurrir cuando algo sobrenatural irrumpe en la normalidad de nuestras vidas. Y eso era exactamente aquello: algo poco común que se le presentaba, de tanto en tanto, sin previo aviso y sin un objetivo claro. Esto lo irritaba un poco y lo dejaba siempre con el corazón acelerado y con una gran curiosidad que lo carcomía por dentro.

Claro que era Tuma, o el Guardián del Bosque, como lo llamaban su abuelo y los chacareros locales, de los cuales solo unos pocos habían tenido la ocasión de verlo, o mejor dicho de ver las señales que este misterioso espíritu de leyenda solía dejarles. Estas señales (según los locales) se habían repetido desde tiempos inmemoriales, siguiendo siempre el mismo patrón, sin importar la estación del año: estelas de hielo que iban desde el piso hasta las copas de los árboles, una neblina blanca que tendía a cegar a las personas, viento o ventisca polares, remolinos (a veces en el lago y la playa) y, en ocasiones, manchas circulares de hielo, todas alineadas, como si fueran sus pasos.

Justo como la que se estaba dando en ese instante, para su deleite.

Silbaba el típico soplido helado, del que a él le gustaba pensar que era su aliento. Esto fue lo primero que lo puso en sobreaviso de su presencia. Luego llegó la densa nubosidad, de la que él suponía que era su cuerpo; fue engullendo todo lo que se le cruzaba en el camino, incluyéndolo a él mismo. Finalmente, después de unos pocos segundos fue desapareciendo, dejando, a su paso, una estela de escarchilla blanca, que teñía los alrededores, desde las copas más altas hasta los troncos y los arbustos. Luego se perdía por el sendero.

Estas mismas señales describían los lugareños. Solo que, en el caso de ellos, las señales eran las únicas bases que tenían para observar, analizar y, luego, especular o sacar conclusiones. ¿Pero qué conclusiones sacarían si tuvieran la posibilidad de contemplar lo que sus ojos veían cada vez que se lo encontraba?

Según su abuelo, tenía dos años la primera vez que había dicho Tuma. Al principio les pareció (a él y a su madre) que era su forma de nombrar los árboles, los pájaros, y tal vez a los insectos (ya que siempre señalaba a la arboleda) hasta que, poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, aquella palabra empezó a generar una cierta intriga en los adultos que lo cuidaban: «¿Qué es Tuma?, ¿adónde estas mirando?, ¿Tuma son los árboles?, ¿los pájaros?» eran muchas de las preguntas que le hacían, sin más respuesta que la de su dedito que señalaba insistentemente hacia la burbuja trasparente que se ocultaba en entre los árboles.

Quizá fue su forma de atrapar su atención. El mismo ardid que continuaba usando para atraerlo.

Sin demora, el chico alzó la cabeza en busca del sol con la intención de descifrar, por su posición, cuánto tiempo de luz le quedaba. Eran como las cinco y media, según calculó, por lo que tenía como una hora. Apresuró el paso. El frío que la presencia de Tuma había generado le hacía arder las orejas y las mejillas; sin detenerse, se fue colocando la capucha y subiendo el cierre de la campera, para meter media cabeza en el cuello.

A los pocos pasos, la estela abandonaba los senderos y se metía por entre los arbustos, en especial por entre las mosquetas de espinas filosas que le dificultarían el camino.

«Qué ganas de joderme la vida, Tuma», pensó con fastidio mientras le escapaba a las garras pinchosas que se le cruzaban por delante.

Por suerte, el canasto le iba facilitando el paso, hasta que un terrible pinchazo en la pierna lo frenó. Se detuvo. Una rama espinosa se le aferraba al pantalón. Se agachó lentamente y la tomó de la punta para despegarla con cuidado. Luego, miró a su alrededor. A un lado lo rodeaba un muro de árboles bien entrelazados a los arbustos, y al otro se divisaban las copas escarchadas de los sauces que rodeaban la laguna.

«Está en la laguna», pensó y se lanzó para esa dirección.

Su mente veloz se le anticipó a sus piernas, impulsándolo a dar pasos cada vez más rápidos. A esa velocidad, las ramas apenas si podían adherírsele, y las que lo lograban eran aplastadas o apartadas con un solo tirón.

El frío le dio la bienvenida. La emoción y la expectativa le hacían cosquillas. Hacía ya seis meses que su amigo no aparecía. Seis meses en que las dudas lo habían estado ametrallando y en que sus ánimos no eran los mismos. ¿Volvería a verlo?Esta era una de las muchas preguntas que se hacía. ¿O habría desaparecido? ¿Quizá su mente lo había anulado? O quizá existía, pero él ya había crecido demasiado como para verlo.

—Ya va a aparecer —afirmaba su abuelo cuando lo veía con la mirada fija en el bosque—. Tuma es más real de lo que pensás.

Una presencia real que seguía siendo un dilema que lo partía por el medio.

¿Por qué yo? ¿Por qué me elige a mí?

Dejó que los sauces le acariciaran la cabeza con gentileza mientras pasaba por debajo. Inmediatamente, lo recibió una corriente fresca que le azotó las mejillas. Miró hacia el agua. El brillo de los últimos rayos del sol relampagueaba con intensidad en la porción azulina haciéndolo lagrimear. Se restregó los ojos. Volvió a clavar la vista en la cortina de luz donde esperaba que Tuma se manifestara. No se equivocó. La laguna comenzó a temblar tanto como él por un súbito cambio en la temperatura del aire. Parecía como si de pronto se hubieran trasladado al ártico. Las mejillas y las orejas le volvieron a arder, y el aire volvió a quemarle las fosas nasales.

Miró ansiosamente de un lado y al otro. Las sombras de los árboles se ensanchaban mientras el sol languidecía tras la cordillera. A su vez, los pocos patos silvestres que estaban nadando se elevaron torpemente. Alrededor, el bosque callaba, y eso era extraño, según pensó, porque ese era el horario en el que los pájaros solían ponerse al día, antes del anochecer.

Indudablemente, la naturaleza se alzaba expectante, a sabiendas de que algo inusual estaba por ocurrir.

A lo lejos, casi en la parte central del lago, empezó a formarse un remolino de tamaño prominente. Le pareció raro: no solía haber remolinos de ese tipo en ese lugar, así que retrocedió, sin dejar de mirar al huracán y sin dejar de preguntarse una sola cosa:

«¿Qué estará tramando?».

Los giros se fueron expandiendo y provocaron un oleaje impetuoso. Las olas empezaron a llegar a una altura de unos tres metros. Quedó mirándolas como hipnotizado, hasta que un salpicón de agua lo empapó. Se retorció por ese contacto gélido que le goteaba desde el pelo y se le escurría por el cuello, hasta empaparle la espalda y el pecho. Se sacudió la cabeza con la intención de sacarse de encima el agua, cuando, en eso, otro salpicón lo dejo peor que antes. Maldijo por lo bajo, y volvió a retorcerse, aunque esta vez el rechazo por parte de su cuerpo fue menor.

Inmediatamente, su mente le indicó que debía partir, que ya no era seguro estar allí, pero las piernas se negaban a moverse; esa curiosidad, tan inherente a su persona, siempre podía con él.

«Vamos, quédate solo un poquito más, a ver qué pasa»

«No sea tan tonto, ¡huye!»

«No todos los días ves un espectáculo así, ¡quédate!»

‹‹Estas mojado y hace frío, pescarás un resfrío››

‹‹¿Que ahora eres un viejo achacado que no puedes aguantarte?››

Se cruzó de brazos y le hizo frente a las gigantescas olas que se batían en un duelo salvaje. Arrugó la frente cuando se dio cuenta que más que las olas se empezaron a parecer mucho a las serpientes, ¿o estaba alucinando? Meció la cabeza, buscándole un ángulo que le diera más lógica al cuadro, pero nada tenía lógica cuando se trataba de Tuma. ‹‹Claro que tiene lógica. ―La voz de su abuelo se interpuso―.Tuma es un ser inteligente››. ‹‹Pues ya me gustaría que estuvieras acá y me dijeras que lógica hay en esto››.

Las innumerables cabezas de los reptiles empezaron a entrelazarse de tal forma que, de pronto, parecían formar una manta tejida a telar. Una manta parecida a las que su madre tejía usando lanas gruesas. Lanas que Tuma estaba moviendo para hacerlo recordar. ¿Pero recordar qué?

Los hilos empezaron a crear figuras extrañas.

Formas circulares, discos que giraban sobre sí mismos, como trombos de colores.

Otros eran como ojos de fuego que, luego, cambiaban a un tono marrón tierra y de ahí reverdecían pasando a un combinando primaveral y hasta veraniego para luego culminar en un blanco hielo refulgente; un parpadeo y los discos se tornaron grises, y del gris al negro, donde percibió el vacío. Un vacío aterrador que comenzó a succionarlo. Se cubrió los ojos. Se sentía mareado y descompuesto.

Desde su interior supuraban mundos nuevos, lunas nuevas, alrededor de soles apagados; estrellas negras que adquirían fuerza en ese universo inverso que le daba vértigo.

Era como estar al pie de un pozo por que el temía caer.

Un viento fuerte lo hizo reaccionar. Abrió los ojos y se topó de frente con un tornado que giraba de un lado a otro, a una velocidad impensable, succionando el agua, al bosque e incluso el al mismos cielo.

Se le escapó un grito desgarrador:

TUMA, ¡basta!, ¡basta!

Una niebla blancuzca calló sobre él como un velo enceguecedor.

Por un rato, permaneció inmóvil y tenso por el miedo y por la incertidumbre. ¿Estaba enloqueciendo?

Enterró la cabeza en medio de sus brazos para darse calor, pero su cuerpo, entumecido por las corrientes de aire helado, le demandaba protección. Si nada de esto es real, entonces ¿por qué tengo tanto frío? Y ese silencio que no le permitía oír nada: ni el golpeteo de las olas serpientes, ni el soplido del viento huracanado. Algo estaba mal. Asomó los ojos por el borde de su brazo con la lentitud del que teme ver, pero la niebla blanca continuaba allí, obstruyéndole la vista.

¿Qué estaba pasando?

‹‹Ves esto te pasa por testarudo››, le dijo su conciencia.

‹‹La curiosidad mata al gato amigo, y adivina que…››

Resopló y vociferó más enfadado que asustado. ¡Qué bien Tuma!, me tenés acá con frío, en completo silencio y encima esta neblina que no me deja ver! Ya estoy cansado de este juego.

Un Juego. Eso era, otro de sus juegos. Solo que esta vez se le estaba yendo la mano. ¿Qué pretendía? Su abuelo se le burlaría y le diría que era gallina. «Ya vas a cumplir catorce años, y es obvio que Tuma ya no va jugar a las escondidas».

¿Y si no era un juego? No tenía las características de los juegos de Tuma.

Un mal presentimiento aleteó en su mente. Después de todo, ¿que sabía de Tuma en realidad? En todas las culturas existen los espíritus buenos y malos. ¿Y si Tuma era uno malo?

Deja de pensar y escapá. ¿Pero hacia dónde?

Dio un paso hacia atrás y otro al costado con los brazos estirados por delante. Otro paso. Otro. Sintió que algo se le enredaba en los pies y le dio pánico. Se agachó con rapidez y tanteó. ¡Que estúpido!, era un rama. Siguió avanzando con lentitud hasta que sintió las suaves caricias de los sauces. Sonrió y se aferró a las hojas con desesperación.

Sin están los sauces entonces el bosque aún existe.

Un par de lágrimas rodaron por sus ojos, sintiéndose tan emocionado y angustiado a la vez. Miró hacia atrás de nuevo y vio que a laguna estaba calma, apenas temblando por una suave ventisca.

¿Lo había imaginado todo?

No. Su campera y pantalones empapados era la señal de que no había estado alucinando.

Se sacudió la arena de las rodillas, buscó su canasto y emprendió la marcha. El bosque se convertiría en una sombra en menos de media hora. Era hora de apurarse. Cargó el canasto con una sola mano y empezó a correr.

12 de Diciembre de 2020 a las 00:26 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Lihuen Lihuen
Muchas Gracias!!!
December 27, 2020, 02:56
Ookami Ootoko Ookami Ootoko
Me encanta como inicia todo
December 26, 2020, 15:16
~

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