nerea_98 Nerea N

Una historia de humor, donde un paciente con idea fija de suicidio, acude al psiquiatra, pero las cosas se complican, llevándonos a un final completamente inesperado.


Humor Sátira Todo público.

#humor #confusiones
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Confusión terrible

Durante más de treinta años el doctor Jacobo Landers ejerció como psiquiatra. De más está decir que atendió los casos más insólitos e increíbles que alguien pueda imaginar, aquellos que ciertamente no pasarían por la cabeza de una persona que no ejerza esta profesión.

A muchos los asistió durante años, a otros durante meses y a los menos durante unas pocas semanas.

Dentro de los pacientes más relevantes, se encontraba el señor Bonn. Su paso por la consulta fue relativamente breve. Hasta donde alcanzo a recordar, estuvo frente a su escritorio dos veces, en menos de un mes.

Quizás lo más relevante de esta historia era que aquel paciente y el doctor eran como dos gotas de agua. Si hubiesen sido gemelos monocigóticos, no se hubieran parecido tanto.

El suicidio es algo terrible. Generalmente es llevado a cabo por personas bajo fuertes estados depresivos, cuando no son capaces de encontrar una solución que les haga la vida soportable, aunque a veces no sean conscientes de ello.

Sin embargo no era este el caso del señor Timoteo Bonn. Se trataba de un hombre de unos 55años, de baja estatura, barba incipiente y una delgadez extrema. Nunca se casó ni tuvo hijos. El trabajo al que dedicó gran parte de su vida era totalmente irrelevante para él y carente de la más mínima emoción.

En la primera consulta le habló de la posibilidad de suicidarse y estaba exultante de ánimo. Por un momento llegó a pensar que se trataba de un paciente maníaco-depresivo, pues es común en estos casos encontrar episodios de euforia, asociados a grandes crisis de abatimiento.

Pero no, no era su caso. Después de las cuestiones preliminares, típicas de un interrogatorio médico, le dijo muy animoso.

—Es la segunda vez que intento suicidarme en esta semana y como puede observar no he tenido éxito.

—Vamos a ver señor Bonn —le dijo intentando adentrarse en su psiquis— ¿por qué quiere usted acabar con su vida?

—Porque a estas alturas nunca he hecho nada realmente emocionante, y en realidad este proyecto me mantiene muy ilusionado.

— ¿Podría decirme cómo ha intentado morir esas dos veces?

—Por supuesto doctor —le dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. La primera vez no fue nada original. Intenté tirarme del décimo piso de un edificio, muy cerca de mi casa.

— ¿Y qué le salvó la vida? —le dijo a aquel hombre, que físicamente era una copia de él.

—Al ver mi intención de arrojarme desde esa altura, un numeroso grupo de curiosos se había reunido abajo, en la calle. Crucé la baranda o balaustre del balcón, pues quería estar frente al vacío, cara a cara con mi destino final, ver su inmensidad antes de lanzarme. Justo antes de abalanzarme, flexioné mis piernas para que el salto fuera aún más espectacular, y al elevarme, en fracciones de segundos mi cinturón quedó enganchado en una de las puntas de hierro, muy delgadas, pero resistentes que estaban colocadas en la parte superior y que servían como adorno de aquel maldito barandal. Quedé enganchado desde atrás, mientras movía ridículamente mis manos y mis pies, a casi treinta metros del pavimento. Unos minutos más tarde los bomberos me rescataron.

— ¿Y cómo fue la segunda? —preguntó asombrado, mientras observaba que le faltaba la mitad de la oreja derecha.

—Esta vez fue lo que yo llamo dos intentos en uno. Procuré ser más preciso y a la vez más original. Siempre me han aterrorizado los venenos. Compré uno, el más poderoso que pude conseguir, pero me guardé el frasco en el bolsillo. Sólo lo utilizaría si mi primera opción fallaba.

En esta ocasión escogí el Acuario Nacional. Si hubiera estado en el Amazonas no hubiera sido necesario, pero ya sabe donde vivimos. Con mucho cuidado burlé a los guardias de seguridad, quienes nunca imaginaron que alguien se lanzaría voluntariamente dentro del estanque de las pirañas. Cuando el primero de ellos me detectó, apreté el paso y logré saltar dentro de aquella pecera gigante con paredes de cristal, pero con las prisas el frasco del potente veneno se me salió del bolsillo, chocó contra una de las paredes y se rompió derramando el mortífero líquido dentro del estanque, momentos antes que yo cayera. Para cuando caí, solo quedaba una piraña viva, la cual se me lanzó a la oreja, que como puede ver, me cercenó sin compasión. El embalse era menos profundo de lo que yo había calculado, y antes de que llegara a ingerir una gota del agua envenenada, ya me habían sacado del agua y tenía a los paramédicos encima de mí. Una leve intoxicación y a los dos días me dieron el alta.

—Pues tuvo usted buena suerte, ¿o no? —dijo tratando de animarle—. Sigue usted vivo.

—En parte tiene usted razón doctor —asintió esbozando otra sonrisa.

Confesóque sealegraba, porque pensóque supaciente había cambiado de opinión al reflexionar sobre los hechos que le habían acaecido. Sin embargo, pronto pudocomprobar que estaba completamente equivocado.

— ¿Estaría usted dispuesto a ingresar unos días en una clínica? Lo necesita mucho —enfatizó.

— ¡Para nada! Me moriría de aburrimiento. Además, interrumpiría mis intenciones de suicidio, lo cual me mataría de hastío. Necesito algo en qué emplear mi tiempo.

—Entonces, ¿Para qué ha venido a mi consulta? —preguntó el doctor, que llegó a sentir cierta compasión por aquel hombre, que, al verlo, era como mirarse en un espejo.

—Ha sido una apuesta. Una amiga me dijo que, si venía y usted no me curaba, me daría lo que quisiera.

—¿Y qué le va a pedir, si lo hago desistiren su afán de suicidarse?

—No sea cotilla doctor, que eso es mi vida privada.

—Muy bien, entonces le daré una cita para que le vea un psicólogo y nos veremos en una semana —, dijo, dirigiéndose a él y extendiéndole un papel—, después entre el psicólogo y yo, debatiremos su caso y veremos cómo podemos ayudarle.

El señor Bonn cogió la cita y se marchó.

No habían pasado tres días cuando el señor Bonn, visiblemente demacrado pidió ver al doctor con urgencia.

— ¿Qué le ha pasado? Luce usted terriblemente abatido.

El señor Bonn tenía una herida de 6 puntos en la frente.

—Es que no tengo suerte doctor —dijo bajando la cabeza, mientras se llevaba ambas manos a la nuca, con una expresión de dolor. Lo he intentado una veces más y sigo aquí.

—Cuénteme, por favor —le dijo, esperando saber que obstáculo le había puesto el destino a aquel hombre, al que sin dudas no le había llegado la hora de morir.

—Decidí colgarme. Quería hacerlo en un lugar público. Solo hubiera sido muy aburrido. Me dirigí a la Plaza del Mercado y me trepé a un gran árbol, aunque solamente llegué a una rama que estaba a unos cuatro metros del suelo. Era una rama fuerte. Disimuladamente preparé el escenario sin que nadie lo advirtiera. Hice el nudo con gran maestría. Cuando ya estaba en posición grité para avisar a la multitud que estaba en los alrededores. Cuando me vieron con la soga al cuello, corrieron hacia mí. Entonces me lancé al vacío. Mis pies quedarían suspendidos a más de dos metros de la tierra y no podrían aguantarme. Nada podía fallar. Sin embargo caí sobre aquel pavimento empedrado, rodeado de aquella multitud cotilla y asustada. Al caer me hice un corte en la frente y comencé a sangrar. Me llevaron a Urgencias. Fue allí, mientras la enfermera me suturaba la herida, que recordé que había comprado la soga en una tienda de chinos.

—Señor Bonn —le dijo, intentando mostrar cierta severidad— usted debe ser ingresado cuanto antes en el hospital. No tiene que preocuparse por lo que valga, que la Seguridad Social lo cubrirá.

— ¿Quiere usted matarme de aburrimiento? No soportaría el tedio que produce el ambiente de un hospital para enfermos mentales.

—Bien, reconozco que la atención médica no es obligatoria en nuestro país, sobre todo cuando no representa usted peligro para otras personas. De todas formas le recetaré unas medicinas que le causarán algo de sueño, además debe usted…

Entonces él me interrumpió:

—No se moleste llenando recetarios de medicamentos que no compraré. De todas maneras le agradezco mucho su interés —me dijo muy cordialmente. Y levantándose se marchó.

Dos días después el viejo psiquiatra estaba en su consulta. Era casi la hora de irme. Encendióla radio y escuchólo que decía el presentador.

—“Interrumpimos nuestra programación para dar una noticia de última hora. Un hombre logró robar la llave de la jaula de los leones del zoológico que se encuentra justo al lado del hospital de Psiquiatría, minutos antes de que el cuidador entrara a suministrar los alimentos a las fieras. Parece que ha sido devorado completamente, aunque estaremos pendientes para confirmar esta noticia. Lo único que dejaron los grandes felinos fue su documento de identidad. La víctima, un hombre de 60 años respondía al nombre de Timoteo Bonn. Continuamos nuestra programación en esta su emisora ICKKCK”.

Siempre es lamentable que muera un ser humano —pensó para sus adentros. Sin embargo, no tenía por qué resultarle extraño en aquel caso.

Pasó los minutos que le quedaban en la consulta repitiendo las letras que identificaban a aquella estación de radio. Justo cuando estaba saliendo, vio entrar al señor Bonn.

Nunca había creído en fantasmas, pero su aparición en la consulta estaba a punto de hacerle cambiar de parecer.

—Perdone que, entre así, bruscamente doctor, pero necesito su ayuda —y cerró la puerta.

—Acaban de dar por la radio la noticia de que usted fue devorado por los leones del zoológico —dijo estupefacto.

—Sí, pero la noticia no está confirmada. La verdad es que lancé un muñeco que era una imitación de mí. Si lo hubiera visto, lo hubiera admirado —dijo extasiado—, hasta le puse mis zapatos. También le puse al lado unos huesos de vaca y unos trozos de carne, para estimular el apetito de los leones. Quería ver desde arriba como aquellas fieras me devoraban, y lo mejor fue hacer una réplica de mí. Por supuesto, siempre pensando en lanzarme en cuanto terminaran de desguazar al muñeco. No podía perder aquella oportunidad única.

—¿Y qué pasó que no se lanzó? —le espetó el galeno—, pero deme una buena razón, porque ya mi paciencia se ha terminado

Confusión terrible

Durante más de treinta años el doctor Jacobo Landers ejerció como psiquiatra. De más está decir que atendió los casos más insólitos e increíbles que alguien pueda imaginar, aquellos que ciertamente no pasarían por la cabeza de una persona que no ejerza esta profesión.

A muchos los asistió durante años, a otros durante meses y a los menos durante unas pocas semanas.

Dentro de los pacientes más relevantes, se encontraba el señor Bonn. Su paso por la consulta fue relativamente breve. Hasta donde alcanzo a recordar, estuvo frente a su escritorio dos veces, en menos de un mes.

Quizás lo más relevante de esta historia era que aquel paciente y el doctor eran como dos gotas de agua. Si hubiesen sido gemelos monocigóticos, no se hubieran parecido tanto.

El suicidio es algo terrible. Generalmente es llevado a cabo por personas bajo fuertes estados depresivos, cuando no son capaces de encontrar una solución que les haga la vida soportable, aunque a veces no sean conscientes de ello.

Sin embargo no era este el caso del señor Timoteo Bonn. Se trataba de un hombre de unos 50 años, de baja estatura, barba incipiente y una delgadez extrema. Nunca se casó ni tuvo hijos. El trabajo al que dedicó gran parte de su vida era totalmente irrelevante para él y carente de la más mínima emoción.

En la primera consulta le habló de la posibilidad de suicidarse y estaba exultante de ánimo. Por un momento llegó a pensar que se trataba de un paciente maníaco-depresivo, pues es común en estos casos encontrar episodios de euforia, asociados a grandes crisis de abatimiento.

Pero no, no era su caso. Después de las cuestiones preliminares, típicas de un interrogatorio médico, le dijo muy animoso.

—Es la segunda vez que intento suicidarme en esta semana y como puede observar no he tenido éxito.

—Vamos a ver señor Bonn —le dijo intentando adentrarse en su psiquis— ¿por qué quiere usted acabar con su vida?

—Porque a estas alturas nunca he hecho nada realmente emocionante, y en realidad este proyecto me mantiene muy ilusionado.

— ¿Podría decirme cómo ha intentado morir esas dos veces?

—Por supuesto doctor —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. La primera vez no fue nada original. Intenté tirarme del décimo piso de un edificio, muy cerca de mi casa.

— ¿Y qué le salvó la vida? —le dijo a aquel hombre, que físicamente era una copia de él.

—Al ver mi intención de arrojarme desde esa altura, un numeroso grupo de curiosos se había reunido abajo, en la calle. Crucé la baranda o balaustre del balcón, pues quería estar frente al vacío, cara a cara con mi destino final, ver su inmensidad antes de lanzarme. Justo antes de abalanzarme, flexioné mis piernas para que el salto fuera aún más espectacular, y al elevarme, en fracciones de segundos mi cinturón quedó enganchado en una de las puntas de hierro, muy delgadas pero resistentes que estaban colocadas en la parte superior y que servían como adorno de aquel maldito barandal. Quedé enganchado desde atrás, mientras movía ridículamente mis manos y mis pies, a casi treinta metros del pavimento. Unos minutos más tarde los bomberos me rescataron.

— ¿Y cómo fue la segunda? —preguntó asombrado, mientras observaba que le faltaba la mitad de la oreja derecha.

—Esta vez fue lo que yo llamo dos intentos en uno. Procuré ser más preciso y a la vez más original. Siempre me han aterrorizado los venenos. Compré uno, el más poderoso que pude conseguir, pero me guardé el frasco en el bolsillo. Sólo lo utilizaría si mi primera opción fallaba.

En esta ocasión escogí el Acuario Nacional. Si hubiera estado en el Amazonas no hubiera sido necesario, pero ya sabe donde vivimos. Con mucho cuidado burlé a los guardias de seguridad, quienes nunca imaginaron que alguien se lanzaría voluntariamente dentro del estanque de las pirañas. Cuando el primero de ellos me detectó, apreté el paso y logré saltar dentro de aquella pecera gigante con paredes de cristal, pero con las prisas el frasco del potente veneno se me salió del bolsillo, chocó contra una de las paredes y se rompió derramando el mortífero líquido dentro del estanque, momentos antes que yo cayera. Para cuando caí, solo quedaba una piraña viva, la cual se me lanzó a la oreja, que como puede ver, me cercenó sin compasión. El embalse era menos profundo de lo que yo había calculado, y antes de que llegara a ingerir una gota del agua envenenada, ya me habían sacado del agua y tenía a los paramédicos encima de mí. Una leve intoxicación y a los dos días me dieron el alta.

—Pues tuvo usted buena suerte, ¿o no? —dijo tratando de animarle—. Sigue usted vivo.

—En parte tiene usted razón doctor —asintió esbozando otra sonrisa.

Debo confesar que me alegré, porque pensé que mi paciente había cambiado de opinión al reflexionar sobre los hechos que le habían acaecido. Sin embargo, pronto pude comprobar que estaba completamente equivocado.

— ¿Estaría usted dispuesto a ingresar unos días en una clínica? Lo necesita mucho —enfatizó.

— ¡Para nada! Me moriría de aburrimiento. Además, interrumpiría mis intenciones de suicidio, lo cual me mataría de hastío.

—Entonces, ¿Para qué ha venido a mi consulta? —preguntó el doctor, que llegó a sentir cierta compasión por aquel hombre, que, al verlo, era como mirarse en un espejo.

—Ha sido una apuesta. Una amiga me dijo que, si venía y usted no me curaba, me daría lo que quisiera.

—¿Y qué le va a pedir si lo hago desistir, en su afán de suicidarse?

—No sea cotilla doctor, que eso es mi vida privada.

—Muy bien, entonces le daré una cita para que le vea un psicólogo y nos veremos en una semana —, dijo, dirigiéndose a él y extendiéndole un papel—, después entre el psicólogo y yo, debatiremos su caso y veremos cómo podemos ayudarle.

El señor Bonn cogió la cita y se marchó.

No habían pasado tres días cuando el señor Bonn, visiblemente demacrado pidió ver al doctor con urgencia.

— ¿Qué le ha pasado? Luce usted terriblemente abatido.

El señor Bonn tenía una herida de 6 puntos en la frente.

—Es que no tengo suerte doctor —dijo bajando la cabeza, mientras se llevaba ambas manos a la nuca, con una expresión de dolor. Lo he intentado una veces más y sigo aquí.

—Cuénteme, por favor —le dijo, esperando saber que obstáculo le había puesto el destino a aquel hombre, al que sin dudas no le había llegado la hora de morir.

—Decidí colgarme. Quería hacerlo en un lugar público. Solo hubiera sido muy aburrido. Me dirigí a la Plaza del Mercado y me trepé a un gran árbol, aunque solamente llegué a una rama que estaba a unos cuatro metros del suelo. Era una rama fuerte. Disimuladamente preparé el escenario sin que nadie lo advirtiera. Hice el nudo con gran maestría. Cuando ya estaba en posición grité para avisar a la multitud que estaba en los alrededores. Cuando me vieron con la soga al cuello, corrieron hacia mí. Entonces me lancé al vacío. Mis pies quedarían suspendidos a más de dos metros de la tierra y no podrían aguantarme. Nada podía fallar. Sin embargo caí sobre aquel pavimento empedrado, rodeado de aquella multitud cotilla y asustada. Al caer me hice un corte en la frente y comencé a sangrar. Me llevaron a Urgencias. Fue allí, mientras la enfermera me suturaba la herida, que recordé que había comprado la soga en una tienda de chinos.

—Señor Bonn —le dijo, intentando mostrar cierta severidad— usted debe ser ingresado cuanto antes en el hospital. No tiene que preocuparse por lo que valga, que la Seguridad Social lo cubrirá.

— ¿Quiere usted matarme de aburrimiento? No soportaría el tedio que produce el ambiente de un hospital para enfermos mentales.

—Bien, reconozco que la atención médica no es obligatoria en nuestro país, sobre todo cuando no representa usted peligro para otras personas. De todas formas le recetaré unas medicinas que le causarán algo de sueño, además debe usted…

Entonces él me interrumpió:

—No se moleste llenando recetarios de medicamentos que no compraré. De todas maneras le agradezco mucho su interés —me dijo muy cordialmente. Y levantándose se marchó.

Dos días después el viejo psiquiatra estaba en su consulta. Era casi la hora de irme. Encendí la radio y escuché lo que decía el presentador.

—“Interrumpimos nuestra programación para dar una noticia de última hora. Un hombre logró robar la llave de la jaula de los leones del zoológico que se encuentra justo al lado del hospital de Psiquiatría, minutos antes de que el cuidador entrara a suministrar los alimentos a las fieras. Parece que ha sido devorado completamente, aunque estaremos pendientes para confirmar esta noticia. Lo único que dejaron los grandes felinos fue su documento de identidad. La víctima, un hombre de 60 años respondía al nombre de Timoteo Bonn. Continuamos nuestra programación en esta su emisora ICKKCK”.

Siempre es lamentable que muera un ser humano —pensó para sus adentros. Sin embargo, no tenía por qué resultarle extraño en aquel caso.

Pasó los minutos que le quedaban en la consulta repitiendo las letras que identificaban a aquella estación de radio. Justo cuando estaba saliendo, vio entrar al señor Bonn.

Nunca había creído en fantasmas, pero su aparición en la consulta estaba a punto de hacerle cambiar de parecer.

—Perdone que, entre así, bruscamente doctor, pero necesito su ayuda —y cerró la puerta.

—Acaban de dar por la radio la noticia de que usted fue devorado por los leones del zoológico —dijo estupefacto.

—Sí, pero la noticia no está confirmada. La verdad es que lancé un muñeco que era una imitación de mí. Si lo hubiera visto, lo hubiera admirado —dijo extasiado—, hasta le puse mis zapatos. También le puse al lado unos huesos de vaca y unos trozos de carne, para estimular el apetito de los leones. Quería ver desde arriba como aquellas fieras me devoraban, y lo mejor fue hacer una réplica de mí. Por supuesto, siempre pensando en lanzarme en cuanto terminaran de desguazar al muñeco. No podía perder aquella oportunidad única.

—¿Y qué pasó que no se lanzó? —le espetó el galeno—, pero deme una buena razón, porque ya mi paciencia se ha terminado. Y apretó fuertemente los puños.

—Los guardias de seguridad me detuvieron, pero en un descuido logré escaparme. Solo que, con el forcejeo, mi carné de identidad también cayó en la jaula de los leones. Y me dije a mí mismo que por hoy, no había otra cosa mejor que hacer, que venir a decirle que sigo vivo.

El psiquiatra se quitó su bata, la lanzó al suelo y se levantó. Con las manos en alto, salió gritando. Bajó las escaleras como un bólido y a toda velocidad salió hacia la calle. Parecía un poseído. Se paró en medio de la avenida. Los coches frenaban violentamente, golpeándose unos contra otros. La gente comenzó a agolparse alrededor del médico, el cual había comenzado a desnudarse. En pocos minutos había una multitud reunida. Entonces vino la ambulancia y se lo llevaron.

Don Timoteo Bonn, el trastornado, que había visto todo desde la ventana de la consulta, se echó en el diván. Bostezó y estiró los brazos.

—Y después dicen que el loco soy yo —dijo sonriendo.

Entonces se puso la bata blanca del médico y se sentó detrás del escritorio. Justo en ese momento, entró la secretaria, que no advirtió el cambio, pues como hemos dicho, ambos eran idénticos.

—Doctor Landers, ha sido terrible. Su paciente, el que se parece mucho a usted, ha sufrido una grave crisis en plena vía pública y lo han ingresado en el área de máxima seguridad del hospital.

—No se preocupe —le dijo—, ya iré a verle. Por favor, dígale al próximo que pase. Debo continuar la consulta.

La secretaria salió y Timoteo Bonn quedó sonriendo discretamente. Al fin había encontrado algo con que llenar su vida. Ya no necesitaría suicidarse. Sus pacientes lo esperaban.

5 de Diciembre de 2020 a las 17:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Nerea N ¡Hola! Me encanta leer y también escribir. Es una forma de compartir contigo un poco de mí y hasta me permite hacerme la ilusión de creer que tal vez te gustará. ¡Un abrazo! Nerea

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