nhalexander N.H Alexander

PRIMERA SAGA DEL MUNDO DE DISIDENTES (ARGÚN, ANDES, ALPES, ORANGE Y MERRIMACK) Han pasado casi 200 años desde la última vez que el mundo tuvo una convulsión tan grande como la que tendrá ahora. Y todo comienza con Hiro, un adolescente con una vida normal que un día ve como su vida cambia para siempre cuando es acusado de cometer un terrible crimen del que él dice, es inocente. Una mecha que es capaz de encender una rebelión en uno de los lugares más seguros del nuevo mundo, el secreto y misterioso Estado de Argún. "Disidentes: Historia de una rebelión" es un mundo que se divide en cinco sagas diferentes, siendo este el primer libro de la Saga de Argún: Subversión. Se compone de 17 capítulos y 8 anexos especiales, narrado principalmente en primera persona pero también con capítulos en tercera persona, para ir adentrarnos más en los problemas y el mundo interno de cada personaje. *ORIGINALMENTE EN WATTPAD* INFORMACIÓN OFICIAL: www.facebook.com/disidenteslibro ILUSTRACIONES OFICIALES: www.instagram.com/disidenteslibro La portada es creación de: instagram.com/nebu_edits


Post-apocalíptico Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos reservados.

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Capítulo 1: Entre líneas.

Cuando me despierto, lo primero que siento es un dolor en las rodillas. Se siente casi como si me estuvieran taladrando el hueso central de ambas y me cuesta un movimiento y tres sacudidas el entender que la razón era porque me había quedado dormido en posición fetal la última noche. Lo normal, considerando que estoy encerrado en una celda sin ningún tipo de comodidad.

Trato de mover mis manos para apoyarlas mejor en el frío suelo de roca y así sentarme, todavía con la mente en los sueños que había tenido sobre mi abuelo y mi hermano mayor. Sueños extraños que se mezclan con los recuerdos de las últimas semanas. Nada nuevo, tampoco. Nada que me ayude a salir de donde estoy metido.

Un sonido proveniente de la puerta de la celda me alerta de que es hora del desayuno. Una pequeña rendija se abre y deja pasar un plato sucio y maloliente que lleva un pedazo de pan y un poco de agua en un pocillo plástico. Al acercarme, me doy cuenta de que el pan incluso tiene un poco de moho y está algo roñoso. El estómago me ruge, pero no soy capaz ni de tomarlo. Lo dejo ahí donde está y solo voy a por el agua, alzando la mirada para ver el sol que entra por la pequeña (por no decir minúscula) ventana que se encuentra a más de tres o cuatro metros de altura. No puedo notar si está despejado o no, aunque supongo que debe estarlo, después de todo, seguía siendo el otoño del año 2234. El invierno estaría a la vuelta de la esquina y no había cosa más dura que aquella estación en el Estado de Argún.

Después de beber el agua que sabe a tierra, me pongo de pie para caminar por la celda. Tengo el cuerpo dolorido todavía por la posición en la que me había quedado dormido y siento que el dolor en las rodillas se incrementa un poco más. Todos los días, desde hacía semanas, tenía la misma rutina. Beber, a veces comer cuando el hambre ya no me da para más, pasearme por la celda de apenas un par de metros y prepararme psicológicamente para lo que viene. Es difícil, pero el momento más incómodo debe estar por llegar.

Gracias a la poca luz, me es difícil ver cuando mis pies pisan el libro abierto que mi abuelo había mandado para mi hacía unos días. Su nombre era "La divina comedia", del autor Dante Alighieri. Por lo que me había contado mi abuelo cuando era un niño, aquel había sido un famoso escritor hacía cientos de años atrás, cuando el mundo se dividía en países y todo era muy diferente a como es ahora.

En cuanto me inclino para coger el libro, me doy cuenta de que se le han salido algunas páginas. No entiendo todavía la razón detrás de haber recibido esto de parte de mi abuelo y no una carta para decirme qué era lo que estaba pasando, pero, después de algunos días, he dejado de cuestionarme y he comenzado a leerlo. Por más que gritara a mi abuelo, desde donde estaba, sé que él no va a escucharme. Mucho menos lo haría Gabriel, mi hermano mayor, aquel que había partido hacía unos años para el Estado de Merrimack y del que sólo tenía noticias en Navidad.

Dentro de esa celda, lo único que me mantiene con cierta vida es el poder imaginar qué estaría haciendo Gabriel en estos momentos. A veces pienso si acaso se ha enterado de mi detención y mi encarcelamiento, pero ¿qué podría hacer él? estaba tan lejos, a miles y miles de kilómetros de donde yo estaba. Era imposible que volviera y era imposible que pudiera hacer algo incluso si lo hacía.

Mi abuelo era mi única salvación a todo esto que todavía no era capaz de entender. Mis padres murieron cuando yo tenía seis años y no puedo recordar siquiera sus rostros. Todas las memorias que tengo eran las que iban y venían después de los seis años, cuando pisé la casa de mi abuelo y comencé una vida allí, lejos de todo lo que significaba vivir en la capital del Estado de Argún. El abuelo tenía una casa rodeada de árboles y un bosque nativo, a kilómetros de la capital, en la comuna de Mairova. En ese pequeño pueblo cercano al muro este, es donde Gabriel y yo crecimos y vivimos una infancia feliz. Eso, hasta que mi hermano fue solicitado por el Gobierno para representar al Estado fuera de los muros.

Cuando eso sucedió, fue todo un acontecimiento. El Estado de Argún, el Estado más antiguo del Nuevo Orden Mundial, abría sus puertas por primera vez para llevar a jóvenes promesas científicas fuera de la seguridad de sus muros. A pesar de que es un recuerdo algo borroso, todavía puedo recordar mi impresión al ver por primera vez un avión, pintado con los colores de nuestra bandera y nuestro emblema. Recuerdo cómo el corazón me latía fuerte cuando vi como Gabriel subía los peldaños que le llevarían lejos de la pequeña familia que teníamos. Nunca más volvió y sus cartas siempre han sido bastante protocolares cuando llegan puntualmente en Navidad o las fiestas patrias del Estado. Él suele decir que el Estado de Merrimack es increíble y que ha aprendido muchas cosas, pero no da muchos detalles. Todo lo que rodea a los Estados Vecinos es algo que siempre debe mantenerse en absoluto secreto o... al menos, algo así escuché decir una vez a una de las sirvientas de la casa del abuelo. Sin embargo, no puedo evitar pensar en cómo será aquel lugar ¿sería diferente a este? Seguro que sí, ya que en Merrimack es donde se fabrican las medicinas y donde hay mayor alcance tecnológico. Eso es algo que se aprende desde que estamos en el Instituto, pero, ¿sería también diferente en otros aspectos?

Después de que la gran pandemia atacó al mundo antiguo y posterior a eso, las guerras por la comida y los recursos hicieron inhabitable la mayor parte de lo que quedaba de la tierra, los países que quedaban en pie decidieron poner un alto al fuego, unirse y crear así cinco estados que ahora mismo gobiernan el mundo y han logrado instaurar la paz en el planeta. El Estado de Merrimack, en América del Norte, el Estado de Alpes en Europa, el Estado de Andes en América del Sur (ahora extinto), el Estado de Orange, en África y el Estado de Argún, en Asia. Al pacto de aquella paz por el bien común se le conoce como Pacto de Terra y todos los representantes de dichos estados fueron los firmantes, renovando el mismo cada año. Sin embargo y a pesar de que todo estaba en completa tranquilidad a nivel bélico, los Estados decidieron construir muros para separar a la población de las tierras infectadas con radiación, virus y diferentes peligros que se encontraban ahora de forma completamente libre. Los muros son tan altos que a veces, el sol se esconde mucho antes tras ellos y nunca podemos ver el horizonte en su totalidad. Por supuesto, está prohibido acercarse a ellos y con el tiempo, todos olvidaron cómo era realmente el mundo exterior. Actualmente, solo sabemos que es un lugar extremadamente peligroso lleno de leyendas sobre quienes van pero nunca han vuelto, animales exóticos y una fuerte cantidad de contagios de enfermedades terribles.

Yo pertenezco al primer estado firmante, el Estado de Argún, mi nombre es Hiro Pavlov. Mi familia es una de las más prestigiosas ligadas al ámbito científico... o lo era, al menos hasta los últimos diez años, cuando mis padres murieron en un terrible accidente probando una de sus investigaciones. Actualmente, lo único que queda de la familia Pavlov no es más que un anciano científico retirado, Gabriel y yo. Y bueno, de mi ya casi no queda nada.

Paso una de mis manos por el borde del libro, como si estuviera acariciándolo. A veces es inevitable no pensar en cómo ha cambiado mi vida en 180º grados las últimas tres semanas. Solo puedo recordar haber puesto mis pies en el suelo, luego de un sueño terrible, caminar hacia el lavabo y mirarme al espejo. Era el día de mi cumpleaños número diecisiete para cuando una fuerte explosión me hizo caer al suelo, inconsciente, de un momento a otro. Así de simple y rápido fue todo, como una fractura limpia.

Había despertado horas después, en el hospital, con una mano engrillada a la camilla y un policía militar mirándome con gesto serio. Ni siquiera se me permitió hablar, me comenzaron a leer mis derechos y yo todavía estaba en shock, para cuando me dijo los cargos bajo los cuales el Estado de Argún presentaba una querella.

Atentado a la autoridad, posible sospechoso de incitar a una revolución y el peor de todos... intento de asesinato.

Todas aquellas cosas me parecían dignas de una pesadilla o más bien de una muy mala broma. No solo no entendía la mitad de las cosas de las cuales se me señalaba como culpable, sino que, además, tampoco podía entender cómo es que se me acusaba de algo de lo que ni siquiera tenían pruebas. O eso era lo que creía, hasta que me llevaron al primer juicio.

Una sala grande, sin público, con hombres vestidos con el traje tradicional del Estado, una mezcla de kimono y vestidura militar. La bandera de nuestro Estado tras ellos, al igual que el escudo de la flor de loto junto con el águila, que parecía picarla y sacar algo rojo de ella. Nunca había visto nuestro escudo representado de una forma tan imponente, como si estuviera dándome una advertencia. Frente a mí, un juez, dos mujeres de rostros casi iguales, una a cada costado, anotando lo que los abogados estaban dispuestos a decir. El único de pie en el centro era yo, con las manos esposadas, todavía vistiendo el pijama que no me habían dado chance de cambiar ni siquiera en el hospital.

Cuando pude ver movimiento, fue cuando permitieron que entrara el jurado. Todos vestidos con túnicas de color azul y los rostros totalmente tapados con máscaras que simulaban diferentes animales, pero en su estado más aterrador. Un águila, un búho, un león, un oso, un lobo, sin que se pudiera saber si bajo esas máscaras eran hombres o mujeres. Podría haberse visto gracioso incluso, si la situación fuera otra, pero en ese momento, solo podía sentirme aterrado. No podía dejar de sentir que los ojos detrás de cada una de esas máscaras me observaba, que estaba pendiente de lo que hacía o dejaba de hacer y la sola sensación de sentirme observado, me paralizó. Ellos eran los depredadores y yo era la presa, no había otra explicación ni otra frase que les pudiera venir mejor, porque en ese momento... ellos estaban ahí para cenar.

Tras el jurado, vestido solamente con sus mismos pantalones y su misma camisa de siempre, entró mi abuelo, a quien ni siquiera me permitieron abrazar. Él se quedó tras un ventanal grande, parecía como si estuviera ido, casi como si no comprendiera tampoco por qué estaba ahí. El sistema judicial que yo había estudiado tanto en el Instituto y del cual nos jactamos con orgullo en los días patrios, estaba siendo ahora mismo el que estaba frente a mí, frente a nosotros, mostrando sus garras más despiadadas.

Entonces, el juez comenzó a hablar. Recuerdo haber girado el rostro para mirar a mi abuelo; él pareció dudar, pero entonces, en un movimiento casi imperceptible, levantó una de sus manos y me hizo un gesto para que guardara silencio. Nos miramos a los ojos y supe, en ese instante, que eso era lo que tenía que hacer. Me acogí al ancestral derecho a guardar silencio, sin que pudieran sacar nada de mí a pesar de las miles de teorías en las cuales presentaban y que parecía que hablaban de alguien que no era yo. Puedo recordar todavía con un amargo sabor en la boca, como el fiscal me describió como "un anarquista, un odiador del sistema, un tipo con una rabia tan grande que estaba dispuesto a sacrificar la vida de su propio abuelo con tal de demostrar que yo era más que el Estado". Casi rompo a reír, en histeria, cuando lo escuché; pero, ¿de qué sistema estaban hablando ellos? Si para mi todo funcionaba genial, ¿cómo iba yo a querer matar a mi abuelo, que era lo único que me quedaba? ¿Cómo yo iba a querer destruir un sistema en el que creía firmemente? Era como si el Estado, la sociedad de la cual yo me había sentido parte alguna vez, no me conociera. No supieran quién era. Seguía todo pareciendo tan surreal que podía sentir las ganas de vomitar que me daban el imaginarme haciendo todo lo que ellos decían y podía sentir como cada vez mi cuerpo se veía más débil a medida que pasaba el tiempo. Luego de los descargos de la parte querellante, todo se suspendió hasta una nueva audiencia definitiva que el juez dictaminó que debía esperar en la... cárcel o más bien, "El Panal", como lo conocíamos todos aquí.

Me había convertido en un apátrida, alguien que ya no tenía nada ni nadie de lo cual aferrarse. No tenía un Estado de derecho, no tenía una sociedad que me creyera, tampoco una familia con la cual poder hablar, no tenía... nada. Me sentía (y sabía que no era el único en ese lugar) como si me hubieran traicionado de la forma más ruin y cruel. Y ni siquiera puedo saber los motivos.

Puedo recordar el rostro doloroso de mi abuelo a través de la ventana. Nos miramos una última vez y entonces supe, en el fondo de mi corazón, que todo eso era real. Que existía la posibilidad de no verlo nunca más, ni a él, ni a Gabriel, ni pisar mi habitación, mi hogar. Pareció como si la vida que había estado llevando hasta ese momento como Hiro Pavlov hubiera quedado en suspensión indefinida. Y esta pesadilla en la que estoy sumergido ahora mismo, que no sé quién es el que la está viviendo realmente, se materializara en su totalidad. No sé si soy yo u otra persona que está naciendo y creciendo dentro de mí, como un parásito que se alimenta de lo que alguna vez fui hasta solo dejar la piel y los huesos, que es lo que me mantiene. El parásito que ahora era la persona que ellos habían inventado.

Definitivamente, si mi vida actual tuviera que ser un libro o comparado con uno, es muy probable que se asemejara a un cuento de terror o a una tragedia.

—¿Qué es todo esto, abuelo? —Suspiro, sintiendo que tengo los ojos llenos de lágrimas. Otra vez. Me los limpio rápidamente con la mano y dejo que mi cabeza se golpee contra la pared de la celda, todo mientras me deslizo hasta quedar sentado en el suelo. Abro el libro para buscar la página en la que lo había dejado, pero me doy cuenta de que no la he marcado. "Idiota" me digo a mi mismo, decidido a volver al principio.

Y entonces, lo veo. Era tan pequeño que quizás por eso no había prestado atención la primera vez que lo recibí. A pesar de no tener los lentes puestos, si acerco el libro a mi rostro, puedo notar que alguien había marcado con un lápiz, a conciencia, algunas letras del prólogo. Mi corazón se acelera al verlo. ¿Hacía cuánto estaba eso ahí? trato de moverme hacia donde llega ese ínfimo rayo de luz de sol, intentando de alguna manera poder ver bien las palabras que formaban esas letras marcadas y que a simple vista parecían al azar. Me cuesta un par de minutos, pero finalmente puedo leerlas en voz alta.

"Lo siento" "Justicia" "Muros"

¿Qué significaban esas cuatro palabras? ¿Por qué mi abuelo las había escrito? ¿Era una especie de código para decirme algo? Mordí mi labio inferior, tratando de pensar por qué podría haber dicho algo como eso. ¿Por qué se estaba disculpando? ¿Y por qué no mejor escribía una carta normal si quería decirme algo? Eran tantas las preguntas que sentí un dolor fuerte en la cabeza, como un pinchazo, ¿por qué parecía que las cosas solo seguían poniéndose difíciles?

—¡Pavlov!

El grito que resuena en las cuatro paredes de mi celda me hace sobresaltar y cerrar el libro de golpe, como si hubiera sido sorprendido haciendo algo ilegal. Y quizás lo es, dadas las circunstancias. Lo escondo a un costado mientras escucho la puerta y como parece ser que alguien trata de abrirla luego de batallar con unos candados. Es extraño sentir tantos ruidos y en ese momento, siento como si el corazón se me fuera a salir mientras abrazo mis rodillas y espero, solo espero, en alerta. Como un animal asustado que está a segundos de ser arrastrado a su decapitación.

La puerta se abre con un chirrido que me hace doler un poco los oídos y entonces, lo primero que veo, es una sombra. Una sombra grande, tan grande que me recuerda a un oso de montaña. Su aspecto fiero me hace recordar claramente al oficial que me había acompañado en mi primer día y por lo mismo trato de no mirarlo a la cara. Todavía puedo recordar claramente como a la luz, se le veía una cicatriz que atravesaba un ojo blanco, posiblemente de vidrio, que usaba en el costado derecho. El miedo que me causó la primera vez que lo vi, todavía puedo sentirlo en lo profundo de mis huesos. El horrible y de mala reputación Gobernador Temir Rustlevar.

—¿Este es el chico? —Escucho que dice una voz, que asumí como la de otro guardia. Ante el silencio que lo acompaña, vuelve a insistir —No parece alguien que vaya a dar muchos problemas, señor Gobernador.

—No se confíen, soldados —Habla entonces, por fin. Su voz profunda parece estar cargada de una profunda sensación de rabia y también, años de servicio tratando con prisioneros —Este no es un delincuente como los de Lostov. Este niño es un peligro andante. Trató de asesinar a su propio abuelo... aunque tampoco es como si fuésemos a sentir demasiado su muerte —Puedo sentir cómo el cuerpo entero se me tensa y retuerce al escuchar esa última frase. Mi cabeza se levanta sin que pueda evitarlo y entonces, miro a contraluz a las sombras que me acechan. Al estar sin los lentes apenas puedo distinguir bien los detalles, pero no me importa.

—Yo no hice nada —digo, educadamente, todavía tratando de controlar la rabia que hay en mí y que parece que proviene del parásito que me han inyectado durante esas semanas de aislamiento.

Escucho la carcajada del hombre, Rustlevar parece más que divertido por mi repentino brote de ira.

—Ya lo ven, señores —Él se mueve un poco, gesticulando exageradamente, como si estuviera burlándose —El chico dice que no mató a nadie, que es inocente. Supongo que tendremos que aceptar las palabras de su realeza, ¿no?

Escucho risas y es recién entonces que puedo ver a los dos hombres los que lo acompañaban y que estaban ocultos gracias al imponente cuerpo de Rustlevar. Los dos llevan fusiles de asalto en sus brazos, el uniforme impecable y el rostro tapado por la máscara de protección. Yo miro al Gobernador a los ojos. El gesto de desprecio de su parte solo hace que me muerda tan fuerte la lengua que siento el sabor metálico de la sangre agolparse en mi paladar.

—Ponte de pie, Pavlov —Ordena entonces Rustlevar, cansado de reír y volviendo a su gesto serio, el mismo de siempre. El ojo blanco y de vidrio parece brillar en la oscuridad —Por hoy, tienes suerte de que ande de buenas y te deje marchar de aquí sin una paliza como la que te mereces, aunque... —Él deja la frase en el aire y mueve la cabeza hacia un costado, como si compartiera mirada con los hombres que tenía tras suyo. Una sonrisa llena de arrogancia aparece en sus labios bajo un bigote grotesco y la puedo ver claramente cuando se acerca lo suficiente a mí. Incluso puedo sentir el olor del alcohol salir de su boca cuando la abre y su mano fuerte y grande me toma del cuello. Tan rápido, tan sorpresivo. Solo tiene que apretar un poco para que yo me quede sin aire y comience a mover involuntariamente mis piernas. Mis ojos se llenan de lágrimas y mis manos van a la suya como si pudieran tener alguna oportunidad en apartarlo. El aire se acaba, yo comienzo a boquear desesperadamente. Era todo. No había chance de ganar.

—Y-yo... —Es lo único que sale de mi boca, aunque no sé que estoy apunto de decir. Mis ojos comienzan a nublarse, lentamente. Él vuelve a sonreír, parece que la situación lo divierte.

—No sé si debería desaprovechar esta oportunidad —Siento como aprieta un poco más, me alza con tanta facilidad que siento que va a romperme cuando mis pies descalzos dejan de tocar el suelo —No tienes idea de lo muy despreciables que son ustedes... asquerosas ratas subversivas.

Y entonces, me suelta, tan rápido como me había tomado en un inicio, con tanta fuerza que caigo al suelo mientras trato de recuperar el aire que entra a mis pulmones con una bocanada, tosiendo una y otra vez. Ni siquiera soy capaz de sentir el golpe de mi cuerpo contra la roca, ni como mis manos amortiguan toda la caída y mis muñecas parecen crujir. Mi agonía le acompaña a su nueva carcajada, que solo rompe para mirarme con desprecio una vez más. —¿No te dije que te pusieras de pie? —Amenaza.

Mi cuerpo, todavía tratando de controlarse, parece sentir un espasmo mientras toso y me doy cuenta de que termino escupiendo la sangre que se me había agolpado en la boca por la mordida de rabia, la mordida del parásito. Me arrastro como puedo y tanteo el suelo con las manos temblorosas, aferrando el libro de mi abuelo como si mi vida dependiera de ello. Es recién luego de tenerlo en mis manos, que me trato de poner de pie, con la mirada baja y tratando de asumir que no estaba muerto. Otra vez vuelven los cuestionamientos. Rustlevar casi acaba de matarme, acaba de aplicar una llave de tortura contra alguien que es inocente, ¿por qué siquiera esto estaba ocurriendo? ¿Por qué dejan que pase? ¿Por qué dejan que me pase esto? Todavía jadeante, miro mis manos magulladas por haber caído de golpe y me limpio la sangre de la boca con las mismas. No puedo dejar de temblar. Siento que quiero llorar, el corazón me late tan fuerte que lo siento en los oídos y la angustia es lo único que puedo sentir a cada segundo que pasa. Como el tic tac del reloj, el segundero que anuncia que todo está a segundos de acabarse otra vez.

—¿Qué es eso que llevas ahí, eh? —Rustlevar me saca nuevamente de mis pensamientos y siento un golpe directo en el pecho. Sobre el corazón, ahí donde aferraba la copia de "La Divina Comedia". Él acaba de golpearme, despacio, pero lo suficiente para hacerme retroceder dos pasos. Yo me aferro al libro con más fuerza, como si estuviera aferrándome realmente a mi abuelo y no a un simple objeto —¿Esto es todo lo que el viejo chiflado ese logró conseguir para ti? Para la próxima, podrías pedirle una cuerda o algo... te sería mucho más útil.

Otra vez las risas, pero yo ya no tengo fuerzas para responderle. Mi vista está fija en el suelo, aunque siento como si todo se moviera a mi alrededor. Puedo sentir como si se me durmiera una parte del rostro mientras se me agolpa en la garganta y en los ojos, las ganas de llorar que me provoca la situación. Quizás lo hago, estoy tan ido en el miedo que me ha provocado lo que acaba de pasar, que no soy capaz de pensar la situación con coherencia o lógica. Solo sé que no tengo que soltar ese libro, por nada del mundo, incluso aunque eso significaba volver a lo mismo.

—Muévete —Puedo sentir un golpe en mi hombro derecho. No sé en qué momento uno de los guardias ha llegado a mi lado y me ha empujado, pero el que ha hablado es Rustlevar, que ahora mismo me da la espalda, como si quisiera que lo siguiera. Los guardias, se han puesto a cada costado, vigilándome.

Y yo los miro, obligándome a volver en sí mientras los observo. No eran guardias de Mairova, claramente, eran guardias de Lostov. El uniforme de color negro y azul y por supuesto, la presencia, lo decían todo. Incluso más que el águila que tenían bordada en el pecho de la chaqueta cargada de cadenas e insignias. Lostov es una ciudad cercana a la capital del Estado y que se caracteriza por la presencia de la GCCA (Gran Cárcel Central de Argún) desde donde entran los criminales más buscados del Estado, los traidores y por supuesto... los terroristas. Solo había una única forma de llegar a Lostov y era a través del tren rápido que pasa por sobre los muros. Cualquier ciudadano de a pie que quisiera ingresar debía ser solo bajo políticas de trabajo en la GCCA o los abogados de los reclusos y por supuesto, el tren mayormente era reservado solo para ciertas personas.

Sin embargo, había algo diferente en esos guardias de Lostov que diferían claramente de los que estaba acostumbrado a ver en la televisión central. Si bien los dos parecían iguales debido al uniforme y a la máscara que les cubría la mitad del rostro, las diferencias de estatura eran groseras. Uno era mucho más pequeño que yo y el otro, parecía que me sacaba al menos dos cabezas. Fuera de eso, ambos emitían un aura claramente de milicia absoluta que se acrecentó cuando comenzaron a caminar, empujándome suavemente. El paso al mismo ritmo me terminó de convencer.

—¿Lo llevaremos a la planta alta, entonces? —pregunta el más pequeño. Por la voz, puedo notar que seguramente no tenía muchos años más que yo, por lo que para ser un guardia de un lugar como Lostov seguramente tendría que haber sido un chico brillante en la secundaria. Brillante y... sanguinario, por supuesto.

—Sí, que se quede ahí hasta mañana en la mañana, así podrán estar en Lostov para el mediodía —Rustlevar cierra la celda en la que yo había permanecido confinado durante tantas semanas y entonces parece que nos empuja solo con la energía que emana de su cuerpo —Síganme, señores.

El piso es tan frío como la celda en la que había estado confinado. Miro la puerta por última vez y vuelvo a aferrarme al libro que me había dado mi abuelo. Todavía me cuesta caminar. No lo hice en semanas, así que se siente una sensación muy extraña en los dedos cuando lo hago. El corazón me duele y también los pulmones, además sigo sintiendo la garganta apretada e irritada. Me es inevitable preguntarme si acaso todo el mundo en este lugar recibe el mismo trato que yo o incluso peor. Antes de estar aquí, ¿siquiera me lo había preguntado?

—Espero que les guste el vino de Mairova, podrán llevarle uno al capitán Ganbold junto con mis respetos —Rustlevar parecía extasiado con la visita de los dos foráneos, así que interrumpe la conversación silenciosa que hemos comenzado. Me pregunto cuánto vino habrá bebido antes de venir a por mí, ya que a pesar de que se trataba de mover con cierta compostura, su andar naturalmente cojo y su mal aspecto hacen que más bien se viera forzado a hacerlo. Los hombres no parecen interesados en la conversación en lo más mínimo, pero supuse que era algo que tenía que ver con el protocolo o quizás simplemente pensaban, tal como yo, que el gobernador no merecía la pena. Aunque todavía no sé si ellos son iguales o peores que él.

Me pongo a pensar en Mairova, el pequeño pueblo donde vivía antes de que todo esto pasara. Mairova se dedica principalmente a la agricultura y a la cosecha de vino. Es el lugar perfecto para escapar del bullicio de las grandes ciudades y por lo general, nunca ocurre nada fuera de lo común. En el verano, suele llenarse de turistas de otras ciudades y muchos suelen pasear por nuestras calles con sus vestidos extravagantes y sus peinados fuera de lo común, como si no pertenecieran a la misma tierra que nosotros pisábamos. Y claramente, incluso aunque a veces parezca imperceptible, somos diferentes. La capital de Argún es el lugar más rico del Estado, su nombre es Hiong y es donde viven los clanes familiares, el rey y todo aquel que tenga alguna relación sanguínea con los grandes fundadores del Estado. Por parte de mi abuelo, los Pavlov hemos descendido de una serie de médicos que estuvieron desde el principio de la creación de los muros y fueron también los fundadores del Hospital de Hiong, donde mis padres se desempeñaron hasta su muerte. Así que yo nací y crecí ahí, al menos hasta el accidente.

Nacer en Hiong inmediatamente te da un estatus superior al de cualquier persona que viva en el Estado y debes actuar acorde a la situación, incluso en los peores momentos... o eso es lo que te repiten tus padres y abuelos cuando naces. Yo nunca le tomé tanta importancia, hasta que, el día del funeral de mis padres, se nos acercó un hombre que parecía venir de lejos. Su aspecto parecía ser el de alguien que no ha comido en días, ni mucho menos ha logrado obtener agua para lavarse. Él se acercó andando de un lado a otro, aprovechando que todo el mundo estaba pendiente de la placa conmemorativa que estaban haciéndole a nuestros padres. Gabriel y yo, que estábamos a un par de metros, fuimos los primeros en advertirlo. Él tenía unos ojos azules como el cielo, incluso bajo la tierra que se le pegaba a la piel y que lo hacían ver todavía más andrajoso. Fue tan extraño que ambos lo quedamos mirando y él, tomándose todo el tiempo del mundo, logró acercarse a nosotros y terminar agachado para mirarnos como si nos conociéramos de toda la vida, como si quisiera decirnos un secreto. Recuerdo el olor a tierra mojada que desprendía su abrigo y su pelo, pero a pesar de su aspecto, no sentí miedo. No hasta que habló. La voz todavía me resuena en los oídos, la forma en la que la amenaza se materializó en sus labios y que logró que mi corazón incluso se detuviera por unos segundos.

"Ahora es tu turno".

De ahí en adelante, los recuerdos se me vuelven confusos. Recuerdo que Gabriel me abrazó contra su cuerpo y que me alcanzó a tapar los oídos cuando el sonido rápido de una bala cruzó el cielo y dio de lleno, de seguro, en el cuerpo de aquel hombre. De reojo, pude ver como caía de rodillas frente a nosotros, pero no parecía triste, tampoco parecía sentir ira, parecía mágicamente en paz, con los ojos azules fijos en los nuestros. La policía había llegado en cosa de segundos, le habían tomado de los hombros y habían tirado de él hasta que la sangre manchó el pasillo del cementerio. El abuelo me había tapado los ojos, como si quisiera consolarme.

Pero yo no lloraba, ni siquiera era capaz de hacerlo. Todavía seguía escuchando su voz como si la misma hubiera provocado un efecto de eco en mi cabeza y se repitiera en cada momento difícil de mi vida. Recuerdo también que, con el tiempo, el abuelo dijo que se trató de un loco y que lo habían trasladado al sanatorio, pero algo en mi me dijo que no era así. Que era muy probable que, de haber sobrevivido a la herida de bala, el hombre estuviera exactamente en el mismo lugar en donde yo me encontraba ahora. Y por la juventud que había tenido en ese momento, existía la posibilidad remota de que todavía estuviera vivo. ¿Acaso él tuvo conciencia de lo que dijo en ese momento? No, de ninguna manera. Nadie hubiera podido predecir lo que a mi me pasaría en el futuro.

—¡Ayuda!

Vuelvo nuevamente a la realidad, casi de golpe. No me he dado cuenta porque me he dejado llevar todos esos minutos y por lo mismo, es que parece que el ruido aparece en mis oídos de golpe. El tintineo de lo que parecen ser cadenas, el cuerpo de alguien que es arrastrado y se resiste, el grito angustiado de una persona que choca con la reja de una celda y saca su mano desde dentro, la misma que extiende hacia mí. Es recién en ese momento que noto que estamos en un pasillo lleno de ellas, todas igual de lúgubres y parecidas aunque la única que parece tener problemas es la que está frente a mis ojos.

—¡Ayúdame! —Grita entonces esa persona, directamente hacia mí. Me doy cuenta de que es un hombre, quizás unos diez años mayor que yo y que parece que se desgarra las cuerdas vocales cuando me mira. Tiene los ojos rasgados, con rasgos asociados a una etnia antigua de nuestro Estado. Yo me detengo, mirándole sin entender, porque incluso su acento es extraño. Tras él hay dos sombras que visten el mismo uniforme que Rustlevar y que parece que tratan de sacarlo de la reja desde dentro, sin mucho éxito.

Pero el gobernador también se detiene y con él, los guardias de Lostov. El prisionero que sigue luchando por su vida, comienza a gritar en un idioma que no entiendo y parece que a cada momento las cosas se ponen peor para él. Me pregunto por qué lo hace y siento ganas de decirle que se calle, que no haga lo que está haciendo o será peor, porque hablar en otro idioma que no sea el idioma oficial del Estado es un delito mayor. "Cállate" pienso, repitiendo la palabra una y otra vez "Cállate, por favor cállate".

Pero su mano sigue extendida hacia fuera, como si quisiera alcanzarme o fundirse en la reja que resuena una y otra vez con el forcejeo que hacen los guardias para quitarlo de ahí, gritando también para que se suelte. Nadie parece notar que Rustlevar está con nosotros y mucho menos el prisionero, que sigue forcejeando y gritando.

—¿Pero qué se cree esta pequeña mierda? —Le oigo gruñir, como un animal enfadado a segundos de embestir lo que sea que tuviera por delante. Yo cierro los ojos en el momento exacto en el que él llega a la reja y toma el brazo del prisionero. No quiero ver, pero todavía puedo oír. Los gritos y palabras en otro idioma cesan de golpe y solo se escucha el aullido de dolor, que precede a un crujir que estoy seguro, fue el hueso de su brazo —¡Controlar a estas basuras se les debería hacer fácil, soldados! ¡Esta escoria tiene que aprender a respetar a la autoridad! —Escucho su voz, tan alta que resuena por sobre los gritos de dolor del prisionero. Yo abro los ojos despacio, mirando como el brazo del chico cae muerto a un costado y entonces los guardias logran tirar de su cuerpo hacia dentro. La oscuridad es total, pero sé lo que está pasando incluso sin verlo, porque escucho el sonido de golpes y sollozos contra una pared.

Y siento ganas de vomitar, tantas que logro hacer una arcada pero sin que nada salga de mi estómago. A cada costado mío, los soldados parece que se han vuelto estatuas, no pareciera que estuvieran respirando tampoco. Rustlevar mira la celda con asco y saca del bolsillo de su chaqueta ridículamente grande un pañuelo azul, que ocupa para limpiarse la mano con la que ha tocado al prisionero, como si sintiera repulsión a la sola idea de haber tenido contacto con él.

—Asquerosos mongoles —Le oigo decir, mientras mira el pañuelo que ha ocupado y termina por lanzarlo al suelo. Claramente, entendí a qué se refería con ello. Los Mongoles eran un pueblo étnico de nuestra sociedad que vivía en comunidades muy pequeñas y que, según la historia oficial, jamás habían podido adaptarse a las leyes del Estado y habían vivido siempre del robo de especies y de crímenes pequeños que los llevaban a entrar y salir de las cárceles. Rustlevar sentía el mismo odio que sentía la mayoría de la población por la gente como ellos, incluso mi propia familia.

Vuelvo a sentir otra arcada, viendo como el Gobernador se mueve y vuelve a nuestra comitiva, que se ha quedado sin su comandante. El parásito dentro de mí parece que se ríe de forma burlesca mientras soy empujado por el pasillo de las celdas comunes para retomar mi destino, alejándome de aquel prisionero que todavía solloza y todavía escucho tan claramente incluso cuando ya estamos a metros de distancia. Nadie tenía escapatoria en este lugar, ninguno, ni siquiera yo. Lo comprendo tan bien en ese momento que sé que tengo dos opciones: rendirme y entregarme completamente a la merced de mis captores o... luchar, tal como había visto a aquel hombre, incluso si no valiera la pena. Incluso si fuese a terminar peor, ¿acaso podría encontrarle algún sentido a la vida en ese momento? El parásito parece que se vuelve a regocijar dentro de mí, porque sabe y ha comprendido, que si tomo la segunda opción, entonces le estoy dejando el camino libre.

—Por aquí —Al llegar al fondo del oscuro pasillo de las celdas y conmigo todavía caminando como si fuera a desmayarme en cualquier momento, Rustlevar se detiene frente a una estructura parecida a una puerta vieja y metálica que se abre luego de que gira dos veces una palanca con un símbolo grabado, una pequeña abeja amarilla. La observo, porque tal como las máscaras de los jueces en el juicio contra mí, algo tan inofensivo puede volverse absolutamente aterrador si lo piensas.

La cárcel del pueblo de Mairova, más conocida como el "Panal", era una estructura parecida a un castillo antiguo que tenía conexión directa con el muro Este. Le decían "Panal" por estar casi colgando de los muros, como un tumor cancerígeno, pegado a la estructura. Nadie sabía cuántos laberintos tenía (ya que estaba creada para que nadie pudiera escapar de allí) por lo que era difícil memorizar el camino por donde habías venido. Todos se parecen.

Sin embargo, en ese momento, mientras la puerta se abre, puedo notar que estamos saliendo de las celdas comunes. Frente a nosotros se extiende un pasillo, como un puente. El piso pasa de ser roca a ser una suave alfombra rojiza, las paredes ahora son de una suave y antigua madera y de pronto, veo la luz. Primero es enceguecedora y me detengo por unos segundos, tiempo más que suficiente para que uno de los hombres de Lostov me tome del brazo y me empuje hacia delante con fuerza. Luego, mientras todavía parpadeo y trato de acomodar mi vista, puedo ver que el pasillo tenía ventanales enormes por un costado y una pared de madera por el otro, donde habían algunas puertas y cuadros de pinturas sin ninguna forma clara. Si miras por los ventanales, te puedes dar cuenta de que realmente estás en altura, tanta que el vértigo es una opción clara. El puente por el que íbamos a pasar ahora, era la conexión entre el Panal y el muro, donde estaba la central de comunicaciones de la cárcel y también, la estación de trenes.

—Puedes observar todo lo que quieras de tus últimos vestigios de libertad, Pavlov, después de todo no vas a volver a ver la luz del sol —Rustlevar habla, pero yo todavía ni siquiera puedo encontrar las palabras adecuadas para contestarle aunque fuese en mi cabeza. La vista es preciosa; a la distancia, el muro imponente que protege al Estado de cualquier amenaza externa y también, la gran estación de trenes de Mairova. Además, si miras hacia abajo, puedes ver las nubes que se agolpan seguramente dando un día nublado y frío a los habitantes del pueblo.

Caminamos por ese pasillo de forma lenta, hasta que Rustlevar llega frente a dos cuadros grandes con la figura del rey Xiang X pintada al óleo, de hacía un siglo atrás. Lo veo de reojo, sentado en un trono y con la mirada altiva de todos quienes han ostentado la corona del Estado de Argún. A pesar de que está puesto estratégicamente en el pasillo, no parece que su mirada se dirigiera hacia nosotros, si no que se perdía, exactamente donde estaba la estación de trenes. Nada extraño, considerando que él fue el impulsor de las líneas que ahora conectaban todo el Estado.

En medio de los dos cuadros, había una puerta pequeña de madera. El Gobernador no duda y luego de sacar sus llaves, mete una en el candado reluciente que parece recién puesto y la gira. Se escucha un sonido y la puerta se abre. Unas pequeñas luces se encienden en lo que me doy cuenta, es el principio de una escalera en forma de caracol.

—Andando —Insiste Rustlevar, haciéndonos una seña para que le siguiéramos. Yo lo hago, pero me doy cuenta de que uno de los soldados, el más pequeño, se ha detenido de golpe. Me giro para verlo, pero él parece estar arreglando algo en su máscara y el gorro que le tapa el cabello. Su compañero lo observa también de reojo, pero no se detiene y es un gruñido de parte de Rustlevar el que nos hace a todos volver a caminar como si hubiera sido una orden —Malditas escaleras —Le escuchamos decir, seguramente ido en sus pensamientos y sin darse cuenta de lo que ocurre.

Pero las escaleras son solo el inicio de un tedioso camino del que no me doy cuenta que tan exhausto me ha dejado, hasta que llegamos al final. La torre es tan oscura que pierdo la cuenta de la cantidad de escalones y de giros que hacemos hasta que el Gobernador se detiene y con él, lo hacen también los soldados y yo. Estamos en un espacio pequeño, con tres puertas frente a nosotros. Rustlevar se arregla el traje militar que lleva encima y me señala una de ellas, la del centro.

Me acerco con cierta reticencia, apretando el libro que tengo todavía contra mi pecho. Los guardias no avanzan, sino que se quedan al inicio de los escalones. Ahora somos solo Rustlevar y yo. El Gobernador se coloca a mi lado y vuelve a sacar el manojo de llaves, hasta dar con la que buscaba. La coloca en el candado que colgaba de la puerta y la abre, ejerciendo fuerza en esa madera tan antigua y que jamás he visto.

Lo primero que siento es el olor de un lugar que no ha sido abierto en años. Hay cierta sensación de humedad y me doy cuenta de que lo que estaba frente a mí parecía ser una celda muy parecida a la que ya había estado, con la diferencia de que tenía grandes ventanales que daban hacia fuera, todos cubiertos por gruesas barreras de acero. También, a diferencia de donde había estado, esta tenía una cama o lo que parecía ser una, un escritorio, un lápiz y algunas hojas. En el sentido contrario a la puerta, un retrete viejo. No hay nada más.

—Bienvenido a la suite de la abeja reina, Pavlov —Aunque su tono de voz parece ser condescendiente, Rustlevar tiene una siniestra sonrisa en el rostro. Me empuja dentro en su totalidad, ocupando su mano para tomarme del hombro y tirar de mí —Asegúrate de estar listo para mañana —añade, con un tono total de burla y entonces, me mira una última vez antes de cerrar la puerta tras de sí con tanta fuerza que siento que el suelo tiembla bajo mis pies. Con él desaparecen también los soldados de Lostov y por supuesto, cualquier amenaza externa. En este momento, soy solo yo, encerrado en una nueva celda que si bien parece ser mejor que la anterior, daba una extraña sensación abrumadora que era incluso peor. Y mis nervios se encuentran destrozados después de lo último que acababa de vivir.

Como puedo, camino hasta los ventanales. La libertad está tras esos barrotes, pero ni siquiera yo entiendo si eso es lo que quiero ahora mismo. Llevaba tantos días cuestionando mi identidad y mi historia, que ahora mismo todo parece ser un lío en mi cabeza. Y quizás es porque sé que estoy apunto de morir, pero siento como si toda la vida que he vivido hasta este momento se aparece en mi mente y se repite, una y otra vez.

El paisaje que se ve a los pies de aquel lugar es tan maravilloso que parece digno de una postal. A diferencia del pasillo anterior, ahora puedo ver mucho más allá en el horizonte, donde las tierras fértiles la ciudad de Mairova, totalmente verdes ahora mismo, se presentan lejos de las nubes. Era como si hubieran pintado encima de toda esa belleza y la ofrecieran así, solo para que puedas mirarla desde lejos, como un banquete que no puedes saborear. Y que bueno que no puedes, porque cuando bajé mi vista hacia lo que estaba bajo la celda, me di cuenta de que no era más que el absoluto y abismal vacío.

El lugar tiene su propia psicología y es que, claramente ver algo tan bello todos los días y no poder ni siquiera respirar su aire, parece ser como el alimento perfecto para quien se muere de hambre y no tiene manos para sujetarlo. Para quien sueña con una esperanza vaga que jamás vendrá. Pongo una de mis manos en el vidrio del ventanal y siento al parásito dentro de mí gruñir de gusto, como si aquel lugar fuera de su agrado. El ventanal está frío, pero distingo que no es vidrio. El suicidio no es una opción.

Todavía apretando el libro de mi abuelo en mis manos, decido voltearme hacia el escritorio, donde puedo ver los papeles que están encima. Parece que alguien ha estado escribiendo sobre ellos, pero hacía mucho, mucho tiempo, ya que el polvo se levantaba por donde pisaras. A pesar de que a diferencia de la celda anterior, ahora tenía más luz, el no tener mis lentes no ayudaba demasiado. Tomo algunos de esos papeles y me siento en la silla del escritorio, para tratar de entender lo que tengo ahí.

—Testamento —Logro leer, después de un minuto o dos tratando de enfocar las letras. Mi cabeza tarda en procesarlo —Testamento... —¡¿Testamento?! casi como si se tratara de un bicho que está apunto de mordisquear, mi mano deja el papel encima y siento como mi corazón se acelera una y otra vez. Y vuelve entonces cada recuerdo, cada sensación, vuelve el hombre de los ojos azules y también el prisionero que me pidió ayuda y yo ni siquiera fui capaz de mirarlo. Vuelve el juez, mi abuelo, Gabriel, mis padres, la explosión, las máscaras de animales de los jueces, vuelve todo lo que me ha pasado en las últimas semanas. Y tiemblo, porque ahora estoy solo y a veces, la soledad es la peor de las compañías.

Lo entiendo tan rápido que me asusto. Aquella "suite de la abeja reina" como la había llamado Rustlevar, no era otra que la celda en donde metían a los que serían ejecutados, para que pudieran ver al libertad desde lejos una última vez y además, escribir sus últimos deseos rodeados del hermoso paisaje del que nunca más serían parte.

Siento como las manos se me abren y cierran y trato de calmarme mientras recuerdo los ejercicios de respiración que Gabriel me había enseñado cuando niño. Así que de eso se trataba todo, ¿no? Casi con desesperación, busco el libro del abuelo y lo abro nuevamente en el prólogo. "Lo siento". Las primeras palabras destacadas.

¿Acaso... mi abuelo sabía lo que pasaría? ¿Por eso se estaba disculpando? ¿Por qué me había pedido que callara en todo el juicio si me iban a ejecutar de todas formas? Él... ¿de verdad iba a dejar que yo...muriera?

Por un momento, mi cuerpo parece recordar el momento exacto en el que la explosión que dividió mi vida en dos, apareció de la nada. Puedo recordar detalle por detalle, cuando bajé mi mano hacia el lavabo y miré mi rostro en el espejo, cuando me di cuenta de que me llegaba la luz del sol en la mitad de una de las mejillas. Nada había sido diferente aquel día, nada que pudiera recordar. Solo la luz cegadora que entró por la ventana y de pronto, todo se fue a negro. Como si hubieran apagado la luz de golpe. El impacto me alcanzó a dejar sin aire y fue tal, que fue como si me hubieran pegado una patada en el pecho. No podía escuchar ni ver, era como si hubiera caído al agua de golpe y todo se inhibiera a mi alrededor. No recuerdo nada hasta que ya desperté en el hospital.

Sin embargo, según me había dicho el abogado, mi cuerpo apareció a las afueras de la casa, que ardía en llamas completamente. Ese día, hubo una explosión en una de las fábricas de producción de vinos, cerca de la carretera que lleva a Mairova, exactamente media hora antes. Se llegó a la conclusión de que ambos eventos tenían una relación, provocada por el mismo sujeto. Afortunadamente, mi abuelo esa mañana había decidido salir a recoger unas cerezas, por lo que no estaba cuando todo sucedió. La empleada, JungSoo, tampoco estaba, ya que hacía la colada a las afueras.

Solo estaba yo. Por lo que, el verdadero culpable, quien sea que haya sido, iba a por mí. Yo era el verdadero blanco. Y de una u otra forma, lo habían conseguido.

Esto era real. Yo estaba siendo condenado a muerte ahora por algo que ni siquiera recuerdo ni tengo noción. El sistema viciado de justicia de Mairova estaba mostrándose ante mí como si tuviera una sonrisa burlona en el rostro.

Tengo que toser, porque de pronto, siento el aire que llega a mis pulmones de golpe y hace que vuelva a la realidad. Parpadeo rápido y estoy otra vez en esa habitación, en ese oasis antes de volver a ser arrojado al desierto. Respiro tan fuerte que siento que me mareo y tengo que sujetarme del escritorio para poder mantenerme en pie y no caer. Mi cabeza comienza a doler y no estoy seguro de si es por la falta de comida o el ataque de ansiedad que estoy teniendo en ese momento.

Claro que sé perfectamente qué era lo que debía hacer. Suelo tener estos ataques de ansiedad desde la muerte de mis padres así que puedo reconocer perfectamente el cosquilleo de mi cuerpo, la sensación de estar en caída libre y el no poder controlar mi propio corazón. El miedo a la muerte tan real que lo puedo palpar. El miedo a perder el control de mí mismo, de no poder controlar mis impulsos. Trato de recordar la voz tranquila de Gabriel diciéndome que todo estaba bien, que nada malo iba a pasar, pero sabía que solo era un pequeño placebo antes de volver a darme con la realidad. Nada cambiaría y nada estaría bien porque todo había comenzado a estar mal desde un inicio.

La noche me pilla todavía tratando de calmar mi cuerpo y mi mente, exhausto, preso de los recuerdos, de la nostalgia, de la aceptación y con el parásito diciéndome que era ese, momento decisivo antes de rendirme al destino que la vida había preparado para mí.

4 de Diciembre de 2020 a las 19:38 2 Reporte Insertar Seguir historia
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ASHLEYCOLT 777 ASHLEYCOLT 777
¡Guau!, te felicito, que gran narración, me ha sorprendido gratamente, que gran primer capítulo, me ha encantado, ya lo he agregado a mi biblioteca, saludos.
December 05, 2020, 12:31

  • N.H Alexander N.H Alexander
    ¡Muchas gracias! Woah, no me esperaba un comentario tan pronto, de verdad ¡Muchísimas gracias! El libro está completo y lo iré subiendo a medida que pasen los días (ya que su primera versión es de wattpad! ) ¡Espero que puedas disfrutarlo! December 06, 2020, 02:21
~

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Disidentes
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La historia dejó de escribirse en el año 2020. Pandemias y guerras acabaron con el mundo como lo conocemos actualmente y el mundo se dividió para protegerse. En Europa, se levantó el Estado de Alpes. En América del Norte, el Estado de Merrimack. En África, el Estado de Orange. En América del Sur, el Estado de Andes. Y en Asia, el Estado de Argún. Estos Estados, protegidos por fuertes muros, encerraron a la población en una utopía fantástica que basa el poderío de los más fuertes sobre los más débiles. Pero eso, en el año 2235, está a punto de cambiar. Diversos jóvenes, casi por un llamado misterioso, han decidido levantarse en armas y luchar, pero ¿será eso suficiente? Leer más sobre Disidentes.