juan-manuel Juan Manuel

Los amos secretos del mundo han retirado la vegetación del planeta Tierra con el fin controlar el suministro de oxígeno. Lo lograron con una serie de falsas pandemias. Una raza de semillas estelares deberá luchar para liberar a quienes se dejen. Soy consciente que mucho del tráfico que llega a esta novela es de internautas que no tienen cuenta en InkSpired, así que los insto a escribir sus comentarios a mi e-mail. Para mí ha sido un verdadero placer escribir este libro y ahora que ya está disponible para ustedes, puedo empezar a escribir la segunda parte. Quiero un buen final para esta saga, y puedo hacerlo sin mayor problema, porque en ese universo soy el autor y allí sucede lo que yo quiera. Pero, en el universo real, donde vivís vosotros, no hay un autor omnipotente, solo cada uno de vosotros. Si queréis un final feliz para vuestra historia real, depende exclusivamente de ustedes. [email protected]


Fantasía Fantasía urbana Todo público.

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Soracá en Nueva Bogotá

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© 2020 Dirección Nacional de Derechos de Autor. Bogotá, Colombia

Reservados todos los derechos

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La inteligencia es al alma joven lo que la sensibilidad al alma vieja. La primera suscita deseo de éxito y la segunda, con un océano de distancia, deseo de libertad.

Sinopsis original:

Una supuesta pandemia de tos sangrante debida al ozono expulsado por una mutación en toda la vegetación del planeta, condujo a la erradicación del reino vegetal en La Tierra durante los años 2030s. Hacia el final de siglo, el aire oxigenado es un servicio de paga en un mundo caótico y estéril. Domingo, un libre pensador joven, tiene recurrentes visiones con una Diosa precolombina. Conoce a Érika, una adolescente que le enseña un viejo libro: “Huytaka la Libertadora”. Este declara abiertamente que la devastación vegetal fue el resultado de una conspiración para tener el control del suministro de oxígeno en el mundo y, en general, que toda la historia registrada es una mentira para moldear a la población. Domingo descubre que en una vida anterior fue un mohán Muisca guiado por Huitaca y que su misión es tomar parte en la lucha por liberar a la gente de un profundo estado de hipnosis. Domingo y Érika terminarán enfrascados en una peligrosa rebelión contra los señores del mundo y sus fuerzas oscuras.


PRIMERA PARTE

NUEVA BOGOTÁ


Domingo andaba a prisa por la calle, tratando de abrirse paso entre la gente, pues tenía afán y estaba desesperado. La gente, era lo que normalmente era, una multitud, aunque la palabra “multitud” se había vuelto relativa paulatinamente durante el último medio siglo. Algunos viejos libros impresos que habían sobrevivido y que, algunos curiosos como el propio Domingo conservaban como una curiosidad intelectual, usaban la palabra “multitud” para referirse a grupos muy grandes de personas a través de los que usualmente sería difícil abrirse paso. Acaso ¿cómo era el mundo antes, en esa época primitiva en la que los libros se hacían con papel? ¿Tenía la palabra “multitud” un antónimo para describir el mundo de entonces? El mundo en el que domingo vivía era una multitud: un hervidero humano.

Los demás no parecían tener prisa en absoluto, por lo menos de ir a parte alguna. Solo estaban sentados y algunos otros de pie, navegando o sosteniendo conversaciones. Domingo casi que nadaba entre ellos, se movía con gracilidad tratando de zafarse de, lo que él consideraba una infecciosa marea de estupidez. Algunas personas conversaban, pero no entre ellas. Hablaban con algo o alguien al otro lado de una sofisticada conexión inalámbrica y, quienes no conversaban, solo navegaban a través de un basto universo de datos. Todos movían las manos frenéticamente delante de sí mismos, desplazándose, abriendo y cerrando portafolios, carpetas y puertas, y digitando claves numéricas o geométricas. Parecían hacer mímica o estar dementes.

El pobre Domingo corría como podía entre los cientos y cientos de personas en la calle, hasta que al fin llegó al puerto de abordaje. Pero él no quería abordar el metro, cuya plaza de espera estaba repleta de cientos de personas más gesticulando como locas. El quería llegar a su apartamento, que estaba a pocos metros de la vía. El nombre del conjunto residencial era “Altos del Metro 12”, que era uno de 59 conjuntos de la misma serie. Domingo bajó la velocidad, pues estaba cansado. Su respiración se estaba haciendo demasiado ruidosa y su máscara no daba para una agitación de esa clase. Necesitaría una para deportes, pero solo los ricos podrían pagar esa cantidad de aire. Se quedó quieto unos instantes, cerró los ojos y trató de soportar. Ya había pensado decenas de veces que el racionamiento de aire parecía tener la intención de mantener a las personas inactivas, solo pendientes de sus MindPhones implantados y todo lo que podían hacer con ellos. Ahí estaban todos viviendo su vida virtual, con su máscara de gama media bien puesta y su antenita saliéndoles de la protuberancia occipital.

El metro era para la clase media. Los ricos tenían sus propios carros, artefactos que todos llamaban de tal forma, simplemente ‘carros’. Pero técnicamente eran drones, casi todos de cuatro motores, cuyo zumbido se había vuelto perpetuo en las ciudades como Nueva Bogotá y cualquiera que tuviera como mínimo su tamaño.

Una proyección gigantesca decoraba la fachada de Altos del Metro 12 y el sonido correspondiente se sumaba al zumbido de los cientos de carros, proveniente de las bocinas instaladas cada veinte metros por el distrito hacía unos años. Mientras su respiración terminaba de normalizarse, Domingo no tuvo más opción que prestar atención al mega-televisor:

...Una nueva arremetida de Humania en contra de la venta libre de EsperMatic. Por su parte, los voceros de Lipsifarma, esto fue lo que dijeron:

Apareció una mujer ejecutiva, presionando una de sus cejas y vacilando al decir:

...Hay que evolucionar. Si los señores de Humania tienen raíces tan bien echadas por allá en siglo XXI o antes, problema de ellos. Estar en contra de la auto-fecundación es como tratar de revivir el machismo… ¡POR FAVOR!

Ocupó entonces el plano una mujer con drelos en el cabello y saco de lana:

La humanidad no está hecha para funcionar de esa forma, eso nos llevará a nuestra destrucción

Habló la periodista:

Los promotores de la autofecundación instantánea dicen que Humania quiere arrastrar al mundo de vuelta al machismo.

Volvió a aparecer la vocera de Humania:

...Eso lo dicen solo para desacreditar a Humania…

Lo que apareció fue un recorte intermedio de algo mucho más extenso que dijo. Luego hubo una cortinilla y después vinieron los comerciales:

Al regreso: La polémica declaración de El Papa sobre la propuesta de trasladar la santa sede a Río de Janeiro.

Apareció el papa, una persona en edad adolescente, melenudo y de labios rojizos, de la que era difícil y aparte, políticamente incorrecto, intentar establecer si era hombre o mujer:

...No hay un lugar mejor que otro para sentar la casa de dios...

Apareció abruptamente una muchacha, debidamente ataviada con su máscara, viajando en un carro con sus amigos. Todos festejaban y movían sus brazos. Ella suspendió su celebración para contestar su teléfono. Lo sacó del bolsillo y se lo puso al oído, donde se hizo un zoom in rápido y repentinamente ella se convirtió en una mujer cavernícola, con pelo en la cara y melena alborotada. Inició la chillona voz comercial diciendo:

¡Sal de la edad de piedra con nuestra alucinante promoción! El MindPhone mas implante gratis con el precio más bajo del m…

La respiración de Domingo al fin se había normalizado. Estaba por reiniciar el camino pero, al igual que la chica de la propaganda, se detuvo para contestar su viejo teléfono de pantalla plegable. Lo sacó del bolsillo, lo desenrolló como un pergamino y vio un mensaje.

Domin, otro suicidio, vén…

Pero un mensaje más se superpuso, identificado con una canequita de basura sobre un hexágono de doble borde. Le arrancó a Domingo un rugido de molestia:

La vigencia de esta app expirará en 12 días. Debe actualizarse a MindPhone 1.0 para seguir recibiendo mensajes.

El logo de MindPhone consistía en una cabeza con una cara sonriente y emitiendo ondas como una antena. También, dentro de un hexágono de doble borde. Domingo esperó pacientemente a que desapareciera este mensaje para leer el que le habían enviado a él:

Domin, otro suicidio, véngase en metro al centro, lo espero en el eje climático.

Domingo frunció el ceño. No tenía ganas de abordar el metro, pero ni un poco. Pero la noticia de otro suicidio era algo importante, así que decidió entrar a su apartamento, reposar un poco la cabeza e ir luego.

Al cerrar la puerta, el zumbido de los carros y la música revuelta de la gente cesó un ápice. Pero el sonido de la T.V. siguió, ya que esta se encendió automáticamente cuando el sistema de casa detectó su llegada. Domingo se quitó la máscara y tragó aire como si acabara de nacer. La T.V. estaba empotrada en la pared y bajo él había un largo y torcido número escrito a mano con marcador. La T.V. decía:

...Estudian la forma de impedir que las personas modifiquen o eliminen las cámaras de vigilancia al interior de sus casas, debido al reciente y alarmante incremento de crímenes que podrían resolverse en un día si las cámaras estuvieran en servicio.

Apareció un grupo de policías saludando a la cámara, acompañados de un grupo de niños. Uno de ellos recitó:

No debemos apagar, quitar ni obstruir las cámaras porque es por nuestra seguridad

la voz de la periodista sonó luego:

Con actividades como esta, que tuvo lugar en el parque del barrio La Quintana de Nueva Bogotá, las autoridades pretenden generar conciencia sobre el uso adecuado de las cámaras de vigilancia. Se estudia, como alternativa, la penalización al acto de intervenir de cualquier forma las cámaras en las habitaciones...

Aparecieron niños exponiendo a otros niños con carteleras que contenían imágenes de micro-cámaras y niños representando escenas de robo a residencias. Un niño disfrazado de cámara se puso a saltar y la policía llegó y aprehendió al ladrón, maquillado con barba, saco a rayas y un saco. Los padres de familia aplaudieron eufóricos.

Domingo se quebró. Se lanzó jadeando sobre la pantalla táctil de su T.V. y revolcó entre una infinidad de coloridos menús hasta encontrar la opción de apagado. Cuando presionó sobre el botón virtual, apareció el mensaje:

Desconectar la unidad se considera una declaración formal y voluntaria de que desea suspender el suministro de aire. ¿Confirma que desea apagar la T.V?

Domingo presionó furiosamente el “sí”. La T.V. se apagó y el sonido que hasta entonces había pasado inadvertido, se debilitó hasta desaparecer. La válvula de aire había sido cerrada por un servomotor conectado al sistema. Él se lanzó sobre su silla en medio de su sala de un metro y medio cuadrados, sin ventanas ni vista a ninguna parte, excepto la T.V. Sabía que disponía de unos cinco o seis minutos de ese “silencio” hasta que el aire empezara a faltarle. Pero esa ya era su rutina, ya incluso despertaba de su descanso segundos antes de los primeros síntomas de asfixia, para prender la T.V. y que el servomotor conectado al sistema y a la válvula, girara otra vez. 3… 2… 1… tocar la pantalla táctil.

¡Bienvenido al sistema de T.V. gratuito del Estado! Por favor digite los veintiséis números de su cédula de ciudadanía para disfrutar del servicio.

Al lado del mensaje había un arte que consistía en una mujer aspirando una T.V. como si esta fuera una rosa. Este logo estaba dispuesto, como muchos otros en el mundo, dentro de un hexágono de borde doble. Domingo digitó tranquilamente los números que tenía preparados en el muro. El aire volvió a entrar. La T.V. siguió con sus cosas:

...Un campeón, un triunfador, eres imparable. Eres de los nuestros, eres parte de la familia MagnaBank.

Apareció un logo.

Domingo volvió a hurgar en un caos de menús para buscar el control de volumen. Después de un minuto lo halló y le bajó hasta donde pudo. Pero el mínimo no era 0, sino un tercio del total. Las barritas que indicaban el volumen, parpadeaban cambiando de color cada vez que Domingo presionaba otra vez, como si esperara que por algún milagro pudiera bajarle más. Se rindió. Se sentó una vez más en su sillita en medio de su sala, de muros grises tan macizos que no parecían que un terremoto las pudiera tumbar. Domingo se frotó las sienes y respiró. Si apenas podía mantener los ojos abiertos.

Ya en el metro, se sostenía de un pasamanos en medio de decenas de personas que se agarraban con una mano y con la otra operaban su mundo virtual. Se oían cuchicheos, algunas risas, besos e incluso uno que otro gemido. Podrían ser de placer o de dolor.

Las ventanas del metro no eran completamente traslúcidas, ya que sobre el cristal funcionaba una pantalla de televisión sintonizada permanentemente en el canal informativo. Domingo iba haciendo lo que había aprendido a hacer desde adolescente: Cerrar los ojos y con mucha más dificultad, ignorar lo que entraba por sus oídos y transportarse mentalmente a otra realidad. Él no necesitaba dispositivo alguno para lograrlo. Imaginaba que estaba sumergido en agua cálida de un arroyo, en un mundo pequeñito en el que él era el único habitante. Imaginar el sonido del agua corriente, el canto de algunas aves y su aleteo fortuito, era lo más parecido al silencio que podía simular en su prodigiosa mente. En aquél mundo, frecuentemente sería por la tarde y el cielo mostraba un estupendo degradé de colores, desde el azul hasta el rojo. Al igual que con la T.V. apagada, una habilidad desarrollada por domingo lo despertó de su descanso para avisarle que había llegado a su destino.

La marea de gente desplazándose y moviendo las manos salió de la estación como ganado. Que se chocaran unos con otros llevaba muchas décadas de haberse vuelto una rutina esporádica: Solo cesaba por temporadas cuando las autoridades ordenaban cuarentenas. Ya nadie recordaba ni creía importante cuándo ni porqué había empezado la rutina de entrar y salir de cuarentenas.

Domingo anduvo entre los demás, por las calles, que estaban abarrotadas de gente usando sus MindPhone y de proyecciones del canal informativo en las paredes. Después de casi media hora de caminar, llegó a una parte aún más desafortunada de la ciudad, donde los cerros cercaban la urbe. Era de los peores sitios para él, aunque no se explicaba muy bien —todavía— el porqué. Pasar por allí le hacía sentir una espada atravesándole el alma. Había aprendido a sentir odio por ese lugar.

—Se demoró. Pero no importa, todavía está ahí, vamos.

Cassandra lo acababa de recibir con la tosquedad usual.

—Trate de permanecer concentrado —siguió ella—, para que analice todo antes de que le de la ‘depre’.

—Tranquila, cada vez me acostumbro más… —respondió él y agregó con desazón— me estoy volviendo un monstruo.

Ella rió.

—Ah, bueno. Entonces, si ya puede venir sin desencajarse, podemos venir a las reuniones de Humania, parce.

Domingo descalificó el comentario con un gesto. Mientras seguían andando, observó con recelo las colinas cercanas, que eran como pilas de óxido, nada más. Lo único que diferenciaba el cielo y el horizonte elevado era la cerca que habían puesto con letreros de peligro cada treinta metros. El cielo, como en todo el mundo, era de un color similar al agua de caño.

Los Paujiles era un vecindario al que Domingo no se lograba acostumbrar. Los barrios estaban regados sobre los empinados cerros como si alguien hubiere dejado caer las casas sacudiendo la mano y las calles fueran los surcos aleatorios por donde el agua se abría camino. No existió nunca flujo vehicular, ni cuando los carros eran terrestres, puesto que las calles eran estrechas y compuestas de escaleras rudimentarias, que alternaban losas de hormigón con canal de desagüe. No cabían dos personas lado a lado ni podría alguien andar a prisa, debido a que las losas difícilmente habían permanecido niveladas con los años. Además, los barrios estaban construidos sobre cerros tan pendientes que en cada calle, las casas de un costado estaban elevadas y sus accesos estaban escaleras arriba; mientras que las casas del otro costado, estaban enterradas, o al menos su primer piso. Muchas casas tenían varios pisos y eso, sumado a la estrechez de las calles, hacía que no hubiera suficientes horas de sol.

—¿Qué se sabe? —preguntó Domingo

—Supongo que van a decir que es otro intento de robo del implante y que no se puede probar por culpa de la propia víctima, que obstruyó las cámaras de su habitación.

—¿Cómo se mató? —quiso saber Domingo.

—Se arrancó el implante, parce —se lamentó Cassandra.

—Uhy hijuepu…

—Y las cámaras estaban tapadas con trapos —agregó ella.

—Es el décimo caso en dos meses —comentó Domingo con tristeza.

—Pero es el primero donde la persona muere así. Todo el resto se ha envenenado o pegado un tiro. Ahora sí nos tienen qué parar bolas —dijo Cassandra.

—Pero ¿cómo diablos vamos a hacer? Ahora, para postear hay que tener MindPhone.

—Fresco. Hecha la ley, hecha la trampa. Yo sé que puedo hackearlo, porque hay una versión de Operative que funciona en MindPhone, solo habría que usar el código de Operative para desarrollar un…

Domingo no siguió escuchando. Su mente tuvo un extraño impulso, como si por sí sola hubiera entrado a aquél mundito de fantasía que había inventado para descansar, solo que no produjo imágenes, ni sonidos ni sensaciones. Era otra cosa, como un Déjà vu. Observó a Cassandra mientras caminaba y seguía hablando sus cosas de informática. Ella tenía sus rastas metidas en la capota de su traje y la cara bien metida en su máscara de gama media. Domingo se preguntó si acaso ella le gustaba. ¿Por qué había sentido eso? Trató de volver a poner atención:

—...Un bot que busque cada tres o cuatro minutos las actualizaciones de MindPhone y actualice también el código basado en Operative…

Vuelve y juega. Pero esta vez, domingo prácticamente escuchó una voz. Observó los desolados y prohibidos cerros con la tierra quemada. No había nadie. Volteó hacia las favelas. En los resquicios de casas ennegrecidas por el tiempo y el hollín, veía niños y uno que otro adulto en pleno frenesí virtual. Suspiró. Por su mente se cruzó la posibilidad de finalmente haberse vuelto loco del todo. Pero, antes de reponer la atención en Cassandra, que seguía dando una pesada conferencia de cómo sortear los obstáculos impuestos por los titanes de la información para publicar sus entradas ‘conspiranóicas’, Domingo vio algo a lo que sus ojos no dieron crédito, allá en una de las calles chuecas y peligrosas de la favela. Tanta fue la impresión que se detuvo y alarmó a Cassandra.

—¿Qué? —exclamó ella

—¡nada, nada…! Siga, Casi.

—Ya llegamos —repuso ella.

Pero la atención de Domingo seguía en lo que acababa de ver, o creía haber visto por ahí. ¿Era posible? ¿Una mujer embarazada? Además, no iba gesticulando con sus manos, como un zombi, sino sonriendo y andando con cuidado, sosteniéndose la panza.

—¡Despierte, Dom! —le regañó Cassandra.

—Ah sí, ya voy, Casi.

Pero no siguió sin dar un último vistazo a la favela.

Tuvieron que ascender una loma para tener acceso al lugar de los hechos. La policía aún no llegaba. Cassandra se había enterado a través de redes sociales. Llevaba poco más de una hora ahí y todavía disponían de otras dos antes que llegara la policía.

En lo alto de la lomita, con piedras enterradas que hacían de escalones, Domingo echó un nostálgico vistazo a Nueva Bogotá. Se veía la malla de carros flotando sobre el perenne manto de esmog y bajo un cielo apenas un poco más claro.

—¿Ustedes son de la policía? —les preguntó una deprimida y asustada mujer, asomándose a través del acrílico que hacía de ventana en su casucha.

Hasta los tugurios tenían, aunque fuera el más mínimo aditamento industrial para aislar el aire exterior desprovisto de oxígeno. Aquella ventana acrílica con comunicador, estilo prisión del siglo XX, era justamente de lo más barato, proveída a miles por un polémico gobierno hacía unos años.

—No, mi señora, soy yo otra vez. Solo permita que mi compañero vea la escena y no la molestamos más —explicó Cassandra, en tono condescendiente.

La señora tenía intenciones de dar paso, y así, Domingo entraría, usaría sus facultades psíquicas en la escena del crimen y avanzaría más en su proyecto anarquista al lado de Cassandra. Pero aquello que venía llamado la atención de él desde que habían llegado a la cima del cerro, ahora estaba gritándole en los oídos. Domingo salió corriendo cuesta abajo.

—¡Mirá este loco! —se quejó Cassandra— las favelas ¡siempre le corren el champú a este man! —terminó renegando con la frente oculta entre sus manos.

Por un corto instante, ella tuvo la intención de seguirlo, pero desistió cuando vio cuán rápido iba. Pensó que su máscara no podría proporcionarle esa cantidad de aire. Lo último que vio de él fue su cuerpo desapareciendo tras una esquina.

Domingo bajó la velocidad. El aire empezaba a faltarle mucho, pero había decidido correr el riesgo. Daba pasos de gigante entre las losas y se asomaba en cada recoveco. Entre paso y paso su visión se emborronaba más y más. Miró hacia adentro de la casucha que tenía en frente, pero solo había allí oscuridad. Entonces perdió la consciencia por un micro-segundo. Vio calle abajo, pero solo había vacío y perdió la consciencia por otro micro-segundo. Se asustó. Quiso voltear cuesta arriba para ver si tenía la fortuna de ver a Cassandra, pero solo alcanzó a distinguir las rústicas escalas por donde había cometido la estupidez de correr. Finalmente se desplomó.

1 de Diciembre de 2020 a las 22:24 0 Reporte Insertar Seguir historia
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