antori_ans Ántori Anselmi

Ántori y Estefanía se reencuentran y discurren su historia a través de los lugares, las canciones y las palabras que marcaron un punto de inflexión que marcó su destino inmediato. Durante su viaje, traspasan las barreras del presente y pasado; de lo real y lo irreal; de lo que fue y lo que hubiera sido. Dos personajes queribles y torturados a la vez compartiendo sus pensamientos y sentimientos trastocados. Verismo melancólico y doloroso.


No-ficción Todo público.
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Tercer Encuentro.

Estefanía miró a Ántori mientras él observaba a través de la ventana. Sonrió con cierta nostalgia y su expresión poco a poco fue modificándose, pasó a una expresión de incertidumbre y se miró en el retrovisor con cierta confusión, cómo si tratara de evadir los pensamientos que por unos segundos le inundaron la mente.


Ántori volvió en sí y miró sobre la avenida una tienda de conveniencia, fue ahí cuando el silencio se rompió:


- ¿Te parece si bajo por unos cigarros y un par de tragos? Por lo que parece, vamos a estar en este tramo de camino un largo rato.

-Supongo que sí, no se está moviendo nada. ¿Te molestaría traer un par de dulces? No quiero terminar en una celda solo por mi aliento y tu incitación al delito.

- ¡Vamos!, tampoco es que vaya a vaciar el refri, solo un par. ¿Está bien?

-Está bien.


Ántori bajo del bólido y cruzó entre los carriles y los autos para llegar a la acera. Una vez ahí, miró su reflejo en el aparador de la tienda departamental que estaba justo antes del minisúper, paso sus dedos en el cabello y acomodó sus jeans desgastados, echó a andar sus botas cafés hacia el minisúper a prisa cuando vio un ligero avance de los carros.


La luz blanca típica de esos lugares lo deslumbró por una fracción de segundo y se enfiló directamente al refrigerador de bebidas y se quedó observándolas mientras decidía cuáles llevar, abrió la puerta y tomó un six de lagers de vidrio.


Estefanía avanzaba lentamente entre el tráfico y pensó que cambiar al carril de baja sería una opción ideal por sí Ántori tardaba en salir, podría simplemente detenerse un momento. Para su fortuna en cuánto encendió la direccional, le cedió el paso el auto a su derecha. Miró hacía adelante y vio una patrulla estacionada en el minisúper, el tráfico estaba detenido por su causa. Al parecer, era un retén sorpresa de rutina, como es normal en la ciudad. Sintió que estaba transcurriendo el tiempo rápidamente y Ántori no daba señales, aceleraba y frenaba según el tráfico se lo iba exigiendo, quizá tendría que detenerse al llegar a la esquina, pero corría el riesgo de que el policía se acercase y no sabría qué hacer para explicar que su licencia estaba vencida, que el carro aún no estaba verificado y que se había detenido porque su acompañante había decidido comprar alcohol y nicotina.


Trató de tranquilizarse, pensó en la fila interminable de la caja para pagar, quizá debía volver al carril de alta y llamarlo más adelante diciéndole que lo esperaría en la siguiente esquina, quizá debía llamarle ahora y explicarle la situación, quizá podrían parar en otro minisúper y seguir de largo mientras tanto. Estefanía ni siquiera recordaba que había borrado su contacto, que llamarle no era una posibilidad; optó por su primera opción y aprovechó el descuido del conductor a su izquierda y adelantó la punta lo suficiente para arrebatarle el espacio. Al conductor distraído no le pareció algo agradable y tocó el claxon consistentemente mientras ella lo maldecía en voz baja y maniobraba con el volante. Sobra decir que, en el carril de alta, nadie le cedió el paso y quedó atrapada en el carril central hasta llegar a dónde un uniformado le esperaba, se acercó y le hizo la seña de que bajara la ventanilla.

- Buenas noches, señorita. Esta es una revisión rutinaria, le voy a pedir que se orille junto a la unidad y que me permita la tarjeta de circulación del auto junto a su licencia o permiso para conducir.

- ¿Es realmente necesario, oficial? Salí algo tarde del trabajo y me esperan en casa, aún no he comido nada.

- No tomará mucho tiempo señorita, le repito que es una inspección rutinaria.

- Pues sí, entiendo... pero

- Por favor, señorita, apóyeme, está deteniendo el tráfico, le prometo que no tomará mucho tiempo.

Estefanía siguió las indicaciones y comenzó a evaluar las posibilidades de lograr la clemencia del oficial, quizá con el billete indicado podría negociar su libre tránsito. Después de todo, la policía de la ciudad no era reconocida por ser honesta como debería... Ni siquiera pensó en Ántori.

- Buenas noches de nuevo, señorita. Me apoya con la documentación solicitada.


Estefanía vacío lentamente su bolso de mano y sacó de entre su cartera ambas cosas, aprovechó para hacer una aproximación a ojo de buen cubero, de cuánto podía soltar y sobrarle para el resto de la noche y el día siguiente.

- Permítame comentarle, oficial...

- Discúlpeme señorita, pero su licencia está vencida.

- Creo que no me había dado cuenta, como casi nunca la ocupo...

- Aquí dice mire, venció en agosto de este año, interrumpió el oficial mientras señalaba la vigencia.

- Disculpe, no me había dado cuenta, oficial...


Estefanía intentaba leer la placa que indicaba el nombre del oficial, planeaba inicial una conversación más fraternal con el uniformado, buscaba la manera menos ofensiva para ofrecerle una cantidad aceptable por dejarle seguir su camino.


- Le voy a pedir que apague su motor y descienda de la unidad, señorita... Estefanía Arcillo, dijo el oficial mientras leía su permiso y caminaba al frente del auto.

- ¡Puta madre! dijo ella entre dientes, mientras abría la puerta.


Ántori salió del minisúper y descansó la bolsa con las cervezas en la entrada de la tienda, se deshizo del envoltorio de cigarros y colocó uno en su boca, mientras lo encendía miró el auto de Estefanía y al oficial mientras le pedía que descendiera, tomó la bolsa rápido mientras maldecía repetidamente, y se acercó a la escena. Estefanía lo miró al acercarse y caminó hacía el policía esperando entre poder convencerlo entre ambos de dejarlos partir,


- Oficial... dijo Ántori

- Dígame, apresuró el oficial y lo miró extrañado.

- ¿Qué sucede?

- La señorita conduce con licencia vencida, es una infracción y el automóvil será remitido.

- ¿Leonel? preguntó extrañado Ántori, ¿oficial Leonel?

- Sí señor...


El oficial se detuvo y miró a Ántori sorprendido, tardó en asimilar la identidad de aquel joven delgado de chamarra café y playera negra.


- ¿Ántori? ¿Ántori de Fundación ‘Las Palmas’?

- Creí que no nos reconocerías.


El oficial volteó a ver a la mujer con abrigo, vestido negro y gafas de aumento considerable, detrás de ellas unos ojos verdes que le resultaron familiares.


- ¿Doctora Estefanía?

- En realidad, no soy médica como tal, contestó ella.

- No puedo creer que sean ustedes, dijo sorprendidamente el uniformado, mientras se recargaba en el auto de Estefanía.

- ¿Es así cómo nos tratas, después de todo? dijo en un tono relajado Ántori.

- Veo tantas caras a diario que las antiguas no las reconozco al principio. Bajaste de peso, Ántori. ¿Ya no lo dejas comer tanta tortilla como antes, Estefanía?

- Creo que no, dijo ella mientras se inclinaba a saludarlo propiamente.

- ¿Crees que podrías tirarnos un paro, Leonel? Vamos a casa y está haciéndose tarde, después de todo ¿no multarías a la doctora, o sí?

- Claro que no, a ti sí, Ántori. Por haber desaparecido tanto tiempo.

- No fue algo planeado, después del último recorte...

- Lo sé, primero ella y tú unos meses después. Yo me fui al terminar el año, y terminé aquí.

- Fueron buenos tiempos, Leonel.

- Lo sé, allá también metías cervezas.

- Era un trabajo pesado... tenía que entretenerme y resistir.

- ¿Cómo ha estado, oficial? preguntó ella...

- Bien, bueno más o menos. Hace un par de meses terminé con la chica que salía: ya vivíamos juntos, este trabajo me absorbió y un día me miró y me dijo que ya no sabía quién era, que ya no recordaba por qué estábamos juntos y me pidió un tiempo, cuando salí por la puerta super que no volveríamos a vernos.

- Siento escuchar eso, oficial.

- No se preocupe, doctora. Son cosas que pasan, ¿y ustedes? ¿siguen juntos?

Ántori y Estefanía se miraron un segundo sonriendo nerviosamente, él pensó en resumir lo que había sucedido entre ellos, decirle que se habían encontrado por casualidad y que solo le estaba acercando a casa.

- Sí, contestó ella, todavía...

Ántori la miró extrañado, pero continuó...

- De hecho, nos comprometimos, dijo mirando directamente a los ojos de Estefanía.

- Todavía recuerdo que cerraban la puerta de su oficina, Ántori la esperaba religiosamente y se inventaba pendientes hasta que usted regresaba de las jornadas, siempre se iban tarde, después claro de sus sesiones a puerta cerrada.

- Dos años, dijo Estefanía mientras tomaba la mano de Ántori.

- Pues felicidades, doctora. Por favor, vayan a casa a y coman, sobre todo él, está muy flaco.

- Lo haré, oficial, lo haré... ¿y con respecto a la multa?

Ántori abrió su cartera y sacó de ella un billete complaciente, extendió el billete en su mano con el billete atrapado en el gesto de despedida.

- Sigan su camino, su dinero no es bien recibido aquí. Por otro lado, creo que debo confiscarles un cigarro, por aquello de salvarles del cáncer.

- Por favor, Leonel... por las molestias. Toma ambos.

- Con el cigarro está bien... Sigan su camino, ustedes siempre fueron de los buenos, manténganse así... también aceptaría una invitación a su boda, búsquenme en internet.

- Así será oficial, respondió Estefanía mientras le daba un abrazo de despedida.


Mientras Ántori y Leonel se despedían, Estefanía subió al auto y lo encendió. Ántori se despidió del oficial con un tradicional choque de hombros como lo hacían mientras laboraban juntos. Ella miró la escena con cierta nostalgia. Y vio al uniformado por el retrovisor despedirse de ambos con la mano extendida y el cigarro en la boca, el auto fue alejándose en el camino ya despejado.


- Acabo de salvarte de irte a prisión, dijo Ántori mientras reía.

- Por supuesto que no, seguramente me reconocería. Además, recuerdo que yo le caía mejor.

- Claro que no, yo siempre fui su valedor.

- A mí me llamó para ayudar a su novia para conseguir trabajo, después de que despidieran a la mayoría.

- ¿En serio?

- Sí, y por lo que veo no te llamo a ti.

- No tenía mi número, ni siquiera sabía quién era su novia.

- Pobre oficial...

- Lo sé, pero supongo que son cosas que pasan, ¿no?

-Creo que sí.


Ninguno mencionó nada sobre lo que le habían afirmado al oficial Leonel, quizá entendían que era lo más sencillo en ese momento. Sus bocas se concentraban en beber sorbos de sus respectivas cervezas y soltar risas espontáneas de lo que había sucedido.


- Entonces, dijo Estefanía, ¿seguirás en la ciudad? ¿buscarás algo más cercano?

- No lo sé, llevo un tiempo rentando un pequeño apartamento aquí en la ciudad, pero la mayoría de mis cosas siguen en mi barrio. Todavía no sé.

- ¿No te gusta tu trabajo o lo que haces?

- No, no es eso. No sé. Es raro decirlo, pero al ir a casa de mamá... pienso que podría establecerme, aunque esté más lejos, ella es un poco más tranquila ahora, las cosas marchan bien.

- ¿Y buscarías algo para hacer allá?

- Sigo pensando, no tengo un plan.

- No, sí, entiendo... pero ¿no quieres...?

- ¿Por qué me interrogas, Estefanía?

- No te interrogo, es que... supongo que me interesa un poco.

- ¿Y eso por qué?

- No sé, supongo que tengo una imagen de ti, no sé, un poco impulsiva...

- No sé todavía que sucederá... pero, ya sabes, siempre sale algo.

- ¿Hay algo que quieras hacer?


Ántori dejo la sonrisa de un lado, bebió profusamente de su botella y sintió una opresión en la boca del estómago.


- Nunca he sabido qué carajo hacer. Después de Las Palmas anduve vagando entre mis torpezas usuales y trabajos de medio pelo. Me sentía terrible pero no le prestaba atención. Y llegué a este empleo y sigo tan confundido y sintiéndome extraño que ni siquiera me he puesto a pensar si esto es algo que quiero por el resto de mi vida. Por el momento no sé qué va a pasar o qué está pasando

- Entiendo... dijo ella mientras bebía de su cerveza.

Ántori, cerró los ojos y comenzó a dar golpes suaves en su frente, mientras reía y su respiración sonaba levemente agitada, como un llanto ahogado.

- Creo que no pude limpiarme bien el agua del baño de aquel café o quizá sude viéndote con el policía, siento la cara mojada todavía... y es tu culpa.

- ¿Mía?

- Desafías la autoridad y no me das dulces. Además, probablemente estoy sudando porque no pensé en encontrarte, no ahorita.

- No sé porque compraste lagers, Ántori.

- Eras las que bebíamos, ¿no recuerdas?

- Creo que lo había olvidado...


El auto avanzó unos kilómetros en silencio. El celular que estaba en el abrigo de Estefanía comenzó a sonar.


- ¿No va a contestar, doctora? Sería mejor orillarse, no creo que podamos tener otro conocido en la policía que pueda salvarnos esta vez.

- No, normalmente si no contesto saben que estoy en una reunión o manejando.

- Vaya que eres una mujer importante. Podrías dejarme por aquí, tomo un taxi.

- No seas tonto...

- Ya estamos cerca de la estación y la desviación a tu casa.


Estefanía fijó su mirada en el camino y cerró los ojos un segundo, tomó el último trago de su cerveza y miró a Ántori, estaba esperando una respuesta, podría dejarlo y tomar camino, descansar un poco y asimilar lo que había pasado. El semáforo de la parada estaba por cambiar a verde.


- Me gustaría llevarte a casa de tu mamá, Ántori.

- Está lejos.

- No es tan tarde, no hay problema.


Ántori miró las luces y expulsó el humo del cigarro por la ventana justo en el instante en que el semáforo estaba en verde. No pensó mucho en las opciones, desde que se encontró con ella, no estaba pensando mucho, actuaba con la inercia de la improvisación.


- En verdad estoy contento de verte, pero si quieres llevarme hasta allá porque piensas que si voy a mi departamento vas a sentirte con lástima, no es necesario. Estoy bien, tienes que confiar en mí... ¿ok?


Estefanía pisó el acelerador mientras aún estaba en amarillo. Ninguno dijo nada. Solo se escuchó el encendedor de Ántori destapar la siguiente ronda de cervezas. Estefanía encendió el radio.


- Aún debo tener el video donde sales bailando con una canción horrible... debería subirlo a internet y que la gente vea lo desfachatada que puede ser la Doctora Estefanía.

- Tú ibas cantando como demente, si caigo, caes conmigo.

- Íbamos rumbo al centro.

- A ver a tus amigos y yo a mi amiga que llegó.

- Recuerdo que se fue poco después de verme a mí y a mis amigos. Creo que no le agradó la idea de estar en un bar semi vacío.

- Lo que pasa es que iba con sus primos, creo que no son mucho de ese ambiente.

- Recuerdo decirte que te fueras con ella, no quería que te aburrieras, estaba un poco apenado. Pasaste por mí a una estación del transporte también.

- Recuerdo que llegué un poquito tarde y te iba llamado, olvidé lo desesperado que se ponía el joven.

- Estaba nervioso.

- ¿Y eso también era mi culpa?

- Por supuesto, pero no hablemos de eso, permíteme de menos acabarme un par más de estás.


El auto siguió su camino entre las avenidas de la ciudad. Esta vez Estefanía estaba entretenida entre las risas y la plática, en el viaje al principio de las memorias que ambos evocaban, no prestó atención a las calles sin nombre, no intentó ubicarse en ningún punto del mapa en el presente. El radio susurraba desapercibido:


“I want to run, I want to hide ... I wanna tear down the walls that hold me inside... I wanna reach out and touch the flame... Where the streets have no name, Where the streets have no name”

16 de Diciembre de 2020 a las 06:25 0 Reporte Insertar Seguir historia
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