aldec01 Aldeco René

Han muerto dos décadas en mi memoria y aun porto con indiferencia este apellido, desconozco sus orígenes y las memorias de aquellos que por doquier se jactaron de un conjunto de letras. Vuelvo a mis orígenes al recordar el cantico que solían entonar todos los ahí presentes, pero un nuevo terror hela mi cuerpo al saber que solo era el fiel saludo a la matrona de una noche más del Sabbath. Poco faltaba para que aquella mujer tocase el suelo con la frente, ya que una joroba en suma prominente provocaba que sus hombros cayeran a su pecho al asir un bastón de una madera grisácea que ahora reconozco maldita...


Cuento Todo público.

#leeDelabrujaquenocontaronalosGrimm
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De la bruja que no contaron los Grimm.

(Il était une fois) Érase una vez…

Charles Perrault.


Las visitas a casa de familiares de mi madre solían llenarla de una alegría que poco frecuentaba, no podría recordar con claridad cuáles de ellos hablaban bien o mal de mi padre, pues tan solo tenía entre diez o doce años cuando más solíamos concurrirlos. Muchos de ellos chupaban los cigarrillos como si de ello dependiese su vida, mostrando sus rostros amarillentos y ojerosos mientras intentaban ocultar sus cuerpos delgados al cruzar los brazos; los otros bebían y compartían un licor casero y repugnante que mezclaban con las cenizas realizando ademanes ridículos como marionetas. No muchos de ellos evitaban escupir algún alago al responsable de la preparación de dicho brebaje y gracias a ello su vaso volvía a verse lleno. En ocasiones podía jugar en un rincón de la cocina con botellas vacías mientras mi madre desaparecía después de tomar la mano de alguno de mis tíos, gracias a ello aprendí que el cloro u otro liquido dentro de aquellos recipientes con los cuales imaginaba millones de situaciones no saciaban mi sed, y muy por el contrario me obligaban a vomitar entre dolores de estómago y cabeza. Cuando ocurría esto no se evitaban los comentarios ni las risas, todos brindaban en honor mío y más de una de mis primas acercaba con premura su trago después de haber rozado sus labios en el filo de la copa. Aun sin comprender el porqué de dicho comportamiento bebía lo que se me invitaba con tal de calmar aquellos ardores, miraba atento las sonrisas de cada una mientras mágicamente al dar el primer trago cualquier dolor desaparecía, sumándome a aquel conjunto de gestos que no apartaban los labios del cristal. Entre otro de los detalles que podría destacar están los múltiples colores que solían decorar la casa dentro de cada copa y dependiendo del invitado, algunos eran tan rojos como el corazón de una granada, otros parecía que tomaban leche o tal vez un jugo de maracuyá o pitaya, mientras por las esquinas deslumbraban colores fluorescentes cual si hubiesen mezclado carambolo, durián, uchuva, salak o ackee con la mano de buda; u otros opacos que en primera apariencia no calmarían la más raquítica sed al ser del color del zapote negro, del higo, del tamarillo, de la ciruela o el betabel. Los aromas corrompían mi criterio al diferir mi conjetura basada en una paleta imaginaria de colores, ya que la atmosfera se deleitaba con el olor del cardamomo, la citronela, la cascara de naranja o de mandarina, de la miel, el café, la menta, la hierbabuena, la cúrcuma, el jengibre, el romero, el tomillo y todas aquellas especies que uno no suele encontrar más que en castillos imaginarios donde aún se conserva viva la esencia y la tradición entre montañas de sal y una pisca de pimienta.


Han muerto dos décadas en mi memoria y aun porto con indiferencia este apellido, desconozco sus orígenes y las memorias de aquellos que por doquier se jactaron de un conjunto de letras. Vuelvo a mis orígenes al recordar el cantico que solían entonar todos los ahí presentes, pero un terror hela mi cuerpo al saber que solo era el fiel saludo a la matrona de una noche más del Sabbath. Poco faltaba para que aquella mujer tocase el suelo con la frente, ya que una joroba en suma prominente provocaba que sus hombros cayeran a su pecho al asir un bastón de una madera grisácea que ahora reconozco maldita; arrastraba lentamente un par de mocasines negros perfectamente boleados y engalanaba un vestido de una sola pieza color gris rata. Ninguno desentonaba mientras ella los miraba con aquella sonrisa irónica, yo mientras tanto observaba el semblante inmutable de todos y el abrir y cerrar de sus bocas en una perfecta y única voz. Basto un ligero golpe de su bastón para que todos callaran y la más joven de mis primas acercase a mi abuela un vaso viejo de madera, en gratitud la anciana golpeo con el dorso de la mano a la niña que con tanta diligencia había cumplido su única obligación; nadie dijo nada y muy por el contrario algunos desenvainaron una ligera sonrisa u otros lamian sus labios desesperados por seguir bebiendo. Aun hoy sigo sin comprender porque es que yo me sentía ajeno a aquel sitio y a todas las personas que me rodeaban a pesar de ser mi propia sangre, jamás intenté preguntarle a mi madre la razón de dicho sentir y de las veces que le comenté a mi padre el solo decía “no hace falta que sepas la verdad”. Pero era necesaria una explicación para mi mente joven e inquieta, pues no veía nada bueno o malo en su comportamiento hasta determinada hora de la noche cuando podría decirse que el día estaba a punto de morir. Todos ellos desaparecían y dejaban la casa en una penumbra que me paralizaba aterrado, escuchaba a mi rededor ecos ambiguos, risas, gemidos y un sin fin de sonidos de procedencia desconocida, así como de cosas que no podía imaginar.


De la última charla que recuerdo de papá antes de que desapareciera, él intentaba evadir mis dudas y negaba respuesta alguna a mis preguntas. Lo observaba incomodo mientras caminábamos por la acera y yo continuaba con mi perorata descriptiva de todo lo que había experimentado y que ahora anhelaba conocer o descubrir.


— ¿Por qué la abuela nunca dice nada? —Pregunté al mirar la mejilla derecha de papá—.


Mi progenitor trago saliva antes de darme una respuesta.


— Tú abuela hace mucho que dijo todo lo que podía decirse e inclusive lo que no —.


— Pero todos ellos cantan algo que no entiendo —exclamé—. La mayoría de las veces hay ligeros temblores cuando ella sale de su habitación, nunca he visto que haya luz alguna saliendo de ahí o siquiera la silueta de alguno de sus muebles. No me da miedo, solo tengo curiosidad.


Mi padre parecía incomodarse más a cada momento, recuerdo verlo sacar del bolsillo de su camisa un cigarrillo y colocarlo con dificultad entre sus labios, intentaba encenderlo mientras la flama tiritaba al ritmo de su mano derecha. Escupió una enorme bocanada hacia las nubes y después inhalo profundamente por la nariz, mantuvo su adicción entre el anular y el índice y exhalo al cerrar los ojos. Hacía tiempo que yo notaba que él ya no era el mismo, casi siempre estaba asustado y mirando aterrado a sus espaldas, había adelgazado, pero no por ello dejaba aquella libreta en donde esporádicamente realizaba anotaciones peculiares u alguno que otro trazo del cual yo solo imaginaba garabatos sin sentido. Hubiese sido de alivio el haber conocido algún chiquillo de mi edad y contarle todo lo que me ocurría, pero los últimos dos años después de transcurrida mi primera década de vida estaban completamente exentos de las enseñanzas que permiten a una mente joven dudar del todo y definir su propio albedrio. Me sentía obligado a quedarme con mi padre, me escuchaba y conocía las cosas de las que hablaba, a veces inclusive el solía apresurar el paso y me dejaba tras de sí, no parecía hacerlo adrede, tan solo era una respuesta instintiva que lo mantenía vivo al alejarse.


— ¡Hey, te olvidas de mí! — Grite en su dirección al verlo a unos metros lejos de mí—.


— Una vez que sales de esa casa no hay ninguna necesidad de quedarse cerca —respondió sin siquiera mirarme—, es por ello por lo que tienes que seguir mi paso. No soy bien recibido en ese lugar y no tengo la menor intención de encontrarme con tu madre intentando dar absurdas explicaciones del porque tú tienes que estar ahí con tal de evitar que te vuelvas como yo.


— Es verdad —recordé—, mamá no suele mencionarte en ninguna charla y mis tíos no te hacen participe de ninguna de sus conversaciones. Pero estoy seguro de que cada uno de ellos te tiene presente y sabe que pasamos varios días juntos, aunque ninguno suela preguntarme del que hacemos o cómo estas.


— A esos que sueles llamar familia poco les importan los cobardes y los viejos miserables como yo, sus festejos son imprescindibles para mantener lejos la caricia del tiempo y la trémula mano de la muerte. No son lo que vez y apenas son la mísera parte de lo que imaginas, en tus sueños puedes recordarlos como sombras que se escabullen entre vapores multiformes acompañados de sonidos silbantes que se pierden en un horizonte donde el cielo es más oscuro que la tierra.


En aquel momento de mi infancia no comprendía como papá era capaz de describir mi aterrante terror nocturno, uno de tantos en donde intentaba reconocer mi rededor y alejarme lo mas pronto de aquella nube de vapores en una danza interminable. No se trataba del error de mi subconsciente al mezclar los malos recuerdos y mi anhelo por huir, era una máxima obligándome a no correr, la desesperada y absurda necesidad por conocer las formas de lo que se ocultaba entre el éter, el infinito y lo que esta fuera de él. Anhelaba una vida cualquiera, donde mis padres tuviesen una jornada en la cual yo formase parte de aquellas horas de ajetreo y charla casual, algo patético que forjase una vida cualquiera que terminaría extinguiéndose después de unos cuantos años.


— ¿Tú los has visto? —Pregunte al detenerme y mirar la mano derecha de papá señalarme con el dedo índice que continuara.


Alcance a mi progenitor cuando este mordisqueaba la uña de su pulgar izquierdo, mire su rostro cohibirse y su mirada vidriosa y perdida en algún lugar lejano; la tierra del Zar ahora pretendía un nuevo loco que buscaba desesperado el alivio entre los huesos de sus antepasados, los sueños ajenos y los poetas olvidados.

24 de Noviembre de 2020 a las 05:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

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Aldeco René Permíteme contarte todas aquellas historias sin final feliz.

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