seulrn Nelba Jiménez

Alessia es una chica que espera a que un hombre la amé tal cual es, sin máscaras ni peros. Sin embargo, el hombre que aparece en su vida no parece tener el mismo objetivo que ella. Octavio se irá perdiendo entre los encanto de la joven, no solo por su sexo, conocerá por primera vez el poder del amor, una metáfora demasiado complicada. ---- Obra escrita en coautoría de mi amiga @Eldawen Queda prohibido cualquier copia parcial o total de esta obra, así como adaptaciones sin el permiso de las autoras.


Romance Erótico Sólo para mayores de 18. © Derechos reservados

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Capítulo 01



Viernes. La semana finalmente llegaba a su fin. Alessia apagó el despertador, sentándose en la cama y bostezando, aún adormilada. Había sido larga y estresante, pero estaba satisfecha con el resultado, y sumamente emocionada por el fin de semana que tendría, aunque le quedaba toda esa jornada laboral antes de poder disfrutarlo como esperaba.

Tomó una ducha caliente, permitiendo que su cuerpo entrara en calor. El día prometía ser frío y nublado, como siempre sucedía a principios de invierno. Vistiéndose, repasaba mentalmente el plan de ese día, esperando no olvidar nada, y al mismo tiempo rogando que el tiempo le alcanzara para todas sus tareas pendientes.

Desayunó unas tostadas y café cargado, revisando sus mensajes y otras notificaciones. Nada importante. Suspirando, dejó todo en el lavaplatos para encargarse de ellos a su regreso. Terminó de maquillarse levemente, para salir al frío de la mañana.

―¡Alessia!

El grito la sobresaltó, pero se repuso en el momento, al reconocer la voz de su amiga, y también compañera de trabajo.

―Hola Liz, ¿cómo estás?

Las jóvenes se dieron un leve abrazo, reanudando el camino que les faltaba recorrer.

―Con frío, pero animada. ¡Mañana es tu gran día!

Parecía que su amiga estaba incluso más emocionada que ella misma. Sus mejillas pálidas estaban coloradas por el aire frío de la mañana. Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta alta, porque era la única manera de que sus rizos permanecieran en su sitio.

―Finalmente llegó el día ―respondió con una sonrisa―. Casi no lo puedo creer, pero aún debo sobrevivir a las horas de trabajo de hoy ―las dos intercambiaron miradas cansinas.

Sabían que ese día el restaurante estaba reservado por una empresa que deseaba hacer una reunión de negocios, y esas reuniones por lo general eran largas y aburridas. Los que asistían dejaban muy poca propina, eran serios y nunca decían gracias.

Tras varios minutos más de caminata y risas, felizmente entraron al restaurante, dejando atrás el gélido aire de la mañana. El establecimiento era amplio, con grandes ventanales y cortinas blancas. Las mesas cuadradas ya habían sido acomodadas como estaba solicitado: en forma de U. Las jóvenes, luego de dejar sus pertenencias en sus respectivos casilleros, se colocaron sus delantales y distintivos, para luego comenzar a vestir las mesas con manteles blancos y flores frescas de estación en el centro de cada una. Alessia revisó cada cubierto, servilleta y demás utensilios necesarios para el desayuno. Estaba a cargo del salón, por lo que debía esmerarse con estos nuevos clientes, quizás se volvieran asiduos, y eso era muy bueno para el restaurante. También habían dispuesto todo lo necesario para el almuerzo en las mesas auxiliares a los lados del salón. Por lo visto, sería una mañana muy larga.

Una vez concluidos los preparativos, las jóvenes en compañía de sus colegas tomaron un descanso, sirviéndose un café y esperando a los comensales.

―Entonces, ¿nerviosa? ―Liz volvió a la carga con el tema. Su amiga sonrió mientras tomaba un sorbo de su taza humeante.

―Ya sabes que sí. Es mi primera exposición, no sé cómo va a salir. Y eso me asusta mucho ―Alessia frunció los labios, nerviosa, apretando la taza con ambas manos.

―Así que finalmente lo lograrás ―un joven alto, delgado y de cabellos oscuros tomó una silla, acercándose a las dos amigas. Una amplia sonrisa se extendía en su rostro mientras observaba a Alessia―. Sé que será una gran exposición. Tus pinturas son hermosas, y lo sabes. Es maravilloso que al fin puedas exponerlas. ¿También vas a venderlas?

―Gracias Max, siempre tan optimista ―le devolvió la sonrisa―. Si alguien quiere comprarlas, por supuesto, aunque lo dudo...

―¡Llegaron! ―La conversación se vio interrumpida por el jefe, Victor―. A sus puestos. Queremos mantener a este cliente contento, para que vuelva con sus aburridas reuniones, porque eso significa más dinero para todos. Así que, ¡no lo arruinen!

Todos asintieron, ubicándose en sus puestos. Max recibió cada uno de los abrigos para colgarlos en el guardarropa. Alessia y Liz recibían a los hombres que vestían trajes costosos y a las mujeres maquilladas que no sonreían ni un poco, ubicándolos en los sitios apartados para cada uno de ellos. Inmediatamente luego de que se acomodaron, el desayuno fue servido.

Alessia, como encargada del sector, tuvo que ocuparse personalmente del que parecía ser el jefe. Era guapo, pero no sonreía ni un poco, hasta podría decirse que parecía amargado, o hastiado de todo y de todos, pero a ella no le correspondía juzgarlo. No le pagaban por ello.

Le sirvió su café, la bollería que habían solicitado y se alejó de él, para servir a los que estaban a su alrededor. Intentó sonreír en todo momento, cosa que le costaba hacer cuando no conocía a la gente. Su timidez lo impedía. Pero parecía que todo iba a salir bien. En su mente se repetía una y otra vez que era viernes, último día de trabajo y el día previo a su gran exposición. Con esa perspectiva en mente, le era más fácil sonreír.

Alessia era una joven de 30 años, alta y delgada. En ese trabajo como mesera debía cuidar su presencia, por lo que siempre se arreglaba y maquillaba levemente. Sus cabellos oscuros eran lacios, enmarcando un bello rostro con pecas y resaltando sus ojos verdes. Era bastante tímida y callada. Cuando sonreía, se le marcaban los hoyuelos, dándole un aspecto de inocencia casi infantil.

El desayuno, por fortuna, transcurrió con relativa calma. Cuando hubieron concluido, el joven jefe le hizo una seña, pidiéndole que levantaran todo. Los ojos del hombre eran severos, demostraban que estaba acostumbrado a ser obedecido inmediatamente. Por un momento, Alessia se sintió intimidada al hacer contacto con ellos, pero al mismo tiempo sintió que se perdía en la belleza de esos orbes.

La reunión finalmente iba a comenzar, dándole un respiro a las meseras, que podrían descansar levemente mientras se desarrollaba la junta de negocios.

―¿Te diste cuenta de que el jefe es joven y también es muy guapo? ―La pregunta de Liz tomó desprevenida a Alessia. Cierto era que se había quedado encantada con sus ojos severos, pero no había pensado más en ello.

―Tiene lindos ojos ―confirmó, pero decidió que era mejor no continuar el tema, ya se encargaría su amiga de ello.

―No te quitaba los ojos de encima ―dándole un leve codazo en las costillas, su amiga comenzó a reír—. Me parece que se fijó en ti ―una sonrisa enorme estaba dibujada en la cara de su compañera, que en ese momento estaba ocupada recogiendo algunos rizos rebeldes.

―No seas ridícula. Cuando nuestras miradas se cruzaron, creí que quería asesinarme con esos ojos hermosamente fríos ―las dos rieron estruendosamente, por lo que fueron reprendidas por Víctor. Ambas pidieron perdón, pero continuaron riendo.

―No te preocupes, cuando encuentre a mi príncipe azul, voy a darme cuenta de ello solo al cruzarme con él ―Alessia hablaba con ojos soñadores, casi imaginando.

―Amiga, vuelve a tierra, que debemos seguir trabajando. ―Liz la zarandeó un poco, mientras reía―. Pero me gustaría que encontraras a tu príncipe. ¡Estás muy sola! Necesitas a alguien que te ame y te cuide, así podrías dedicarte a tus pinturas sin tener que estar perdiendo el tiempo en este trabajo.

―Gracias a este trabajo, pude conocerte. Y eso es algo que agradezco. Pero reconozco que me gustaría poder dedicar más tiempo a mis cuadros, es relajante y lo disfruto.

Las amigas continuaron charlando y riendo, a la espera de que fuera el momento de organizar todo para el almuerzo.

Fue tiempo de volver al comedor principal para organizar el salón. Esta vez, Alessia observó más detenidamente al joven con el que su amiga la había estado molestando. Si era guapo, quizás demasiado. Pero había que mirar muy detenidamente, ya que a primera vista saltaba su arrogancia. La joven se atrevió a sonreír tímidamente cuando sus ojos se volvieron a cruzar, pero desvió su vista al instante, mordiéndose los labios y sonrojándose por completo. Debía concentrarse en su trabajo, y dejar de fantasear.



Su turno finalmente había llegado a su fin. A pesar de que estaba cansada, se encontraba animada y feliz, solo un par de horas más y su exposición sería inaugurada. Había esperado mucho tiempo para cumplir esa meta.

Con una sonrisa amplia en el rostro, entró a la galería, buscando a su amiga Monserrat, quien también exponía por primera vez sus obras. Ambas habían ahorrado mucho dinero para lograrlo. Montar semejante exposición en pleno centro de la ciudad era costoso. Pero las dos estaban seguras de que sería un éxito.

―Monserrat, ¿cómo estás? Yo muero de nervios. ―Las amigas se saludaron con un abrazo efusivo.

―Creo que ya estoy en la parte que no siento absolutamente nada ―ambas rieron, eliminando levemente la tensión que sentían―. Vamos, te muestro como está quedando todo ―le dijo tomándola del brazo para guiarla galería adentro.

El lugar era amplio y vidriado, tanto las paredes frontales, como el techo, aprovechando así la luz natural. Las paredes blancas estaban llenas de sus pinturas. Había una zona de acuarelas, separada de la de óleos por paneles decorados con fotos de ellas, pintando, que habían sido tomadas por Monserrat, quien adoraba la fotografía.

Alessia también dibujaba paisajes con carboncillos, una de las paredes negras se había separado exclusivamente para esas ilustraciones. El resultado era deslumbrante. Cada sección estaba iluminada desde la parte superior con dicroicas blancas. Pero como la exposición sería principalmente de día, para aprovechar la luz solar, casi no sería necesario.

―No tengo palabras. Está hermoso. ―Alessia estaba asombrada con el trabajo final.

―Me alegro que te guste. Ordené cada pintura como habíamos bosquejado, solo me falta que me ayudes con las últimas fotos, no logro encontrarles un sitio.

Juntas terminaron de organizar todo, cansadas pero felices, abandonaron la galería, buscando un lugar para cenar. Se les había pasado la tarde sin probar bocado y necesitaban reponer fuerzas.

―Mi hermano pasa a recogerme mañana temprano, para llevarme a la galería ―indicó Alessia a su amiga, después de recibir un mensaje en su celular. ―Va a quedarse en la ciudad este fin de semana para visitar la exposición.

La joven sonreía feliz con la noticia. Tenía una relación muy cercana con su hermano, él era un poco sobreprotector, pero adoraba a su hermanita pequeña. Por su trabajo, viajaba bastante, ya no se veían tanto como antes y eso a veces era doloroso para ambos.

―Que bueno que tu hermano se preocupe por ti. El mío aún no me confirma si va a poder asistir. ―Monserrat sonrió tristemente, no solía hablar mucho de su familia―. Pero, no voy a ponerme triste ni melancólica en este momento. ¡Estamos a pocas horas de ser famosas! ―Las amigas rieron juntas, felices por la perspectiva. Atacaron sus hamburguesas cuando se las sirvieron, dispuestas a reponerse y a disfrutar el momento de calma en el que estaban. Ya habían dejado todo en orden, no tenían motivos para preocuparse.