zeuge Manuel Esteban

Atraído por las famosas peleas de gallos un misterioso hombre llega al pueblo y se hospeda en un hotel llevando ciertas aspiraciones: ganar las apuestas y ganar el corazón de alguna bella amante. Todo parece ir como él esperaba, pero el día en que llega a las galleras del pueblo un viejo al que todos llaman Don Rubén, el destino de todos en el pueblo da un vuelco arrasador.


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#horror #cuento #terror #LaCruzEnLaCumbre
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Prefacio

Estando mi amigo y yo, sentados en una de las mesas de una de esas cantinas de paso, donde se consume cerveza barata y feas prostitutas pernoctan desesperanzadas, escuchamos de repente, como en una de las mesas más cercanas, se levantaba una algarabía, una acalorada discusión entre contertulios, en la que se interrumpían los unos a los otros, todos asegurando tener la verdad sobre un asunto que captó la atención de mi estimado amigo Félix: Algunos de aquellos hombres aseguraban que era cierto que sobre los pueblos de la serranía más cercana a la famosa mina de oro y cobre, había caído cierto género de maldición que había convertido a uno de esos pueblos en un cementerio de lo más aterrador; los otros, solo decían que todo lo dicho eran solo inventos de los ambientalistas más desquiciados.

Gracias a la curiosidad, al morbo y al alcohol —y es prudente añadir que también: gracias a la estupidez—, fuimos a parar al dichoso pueblo de los rumores aquel mismo día, pero ya bien entrada la noche; solo él y yo, solo Félix y yo, como de costumbre.

Supimos que habíamos llegado al maldito pueblo, o mejor dicho: al pueblo maldito, porque una extraña sensación que ninguno de los dos se atrevió a mencionar, se podía percibir en el ambiente. Apenas llegamos se sintió como si hubiéramos entrado a una botella de vino vacía, se sintió como si alguien hubiera colocado un corcho en la boca de aquella invisible botella vacía. Una vez nosotros estuvimos dentro los oídos se me taparon como si ganara altura, pero al poco tiempo volvieron a estar despejados. Bajamos los vidrios oscuros de las ventanas del camión de reparto en el que andábamos, porque Félix pensaba que de esa manera viviríamos una experiencia de terror más genuina, si llegaba a ser cierto eso de que el pueblo estaba maldito.

Félix condujo muy despacio por la carretera que cruza aquel pueblo, porque aquella carretera que alguna vez fue una maravilla, ahora era una total ruina. Todo el lugar lucía como un viejo cementerio, y —a pesar del silencio aplastante que imperaba después de bajar el volumen a “No dejes que” de los Caifanes—, por más que uno esforzara el oído, por más que uno lo aguzara, no se lograba percibir ni un minúsculo sonido que diera indicios de vida alguna en el lugar; ni siquiera se escuchaba el lejano batir de alas de algún murciélago dando vueltas en el aire en su habitual ronda nocturna.

Fue cuando el cielo se despejó de pronto, y la luna menguante dio más claridad al mortuorio paisaje, que pude notar la figura de una cruz de desproporcionadas dimensiones que se levantaba hacia al cielo, como si fuera la madre de todas las pequeñas cruces que en el pueblo se encontraban por doquier dibujando distintos ángulos. Aquella deformidad de madre cruz coronaba la cumbre de uno de los cerros más cercanos.

Todo allí en ese lugar parecía ser dañino para la vida. El aire que se respiraba lo sentía marchitar mis pulmones. No pude evitar subir los vidrios de las ventanas y encender el aire acondicionado, cuando sentí el comienzo de una asfixia quizá imaginaria. Félix me dijo que yo era una gallina, y yo no llevé la contraria porque la verdad era que aquel sitio me ponía los pelos de punta, y lo que menos quería era que el tonto de Félix me propusiera algún ridículo reto para probar mi valentía. Ni siquiera quería bajarme del auto, pero fue un evento inevitable cuando no soporté más la presión que ejercían sobre mi vejiga aquellas terribles cervezas que me había estado bebiendo; fue entonces cuando le pedí a Félix que parara unos segundos para bajar a orinar.

Me demoré fuera del auto más de lo pensado, porque como muchos habrán experimentado, cuando los nervios atacan se torna difícil la ordinaria tarea de vaciar la vejiga. Estando allí en los márgenes de la carretera, de pie, pegado al chasis del camión, sosteniendo mi pito y renegando de mi vejiga, orinando a chorritos, me pareció escuchar unos sonidos, pero intenté no hacerles caso. Todo sonido es imaginario, me repetía y me repetía. Pero a los pocos segundos fue inevitable no hacerles caso a los sonidos porque los sonidos se hicieron más evidentes, y no hubo manera de auto engañarse con el fin de mantener la calma. En pocos segundos se disiparon las dudas, supe que algo se acercaba, escuchaba que algo se acercaba, algo se acercaba y tras sí arrastraba algo más. Ya se acercaba.

24 de Noviembre de 2020 a las 13:29 0 Reporte Insertar Seguir historia
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