angie-pichardo77 Angie Perez

—Hola, lectores. Mi nombre es Fred y este mequetrefe aquí es... —¡Soy Eusobio! El mejor amigo de Fred. —¡Quita esa cara de idiota! Vas a asustarlos. —Ni siquiera pueden vernos, Fred. —Bueno, como les decía... —Ah, sí. Nuestra historia empezó hace muchos años, cuando andábamos en calzones y descalzos por todo el barrio... —¡Deja de interrumpirme! Y para las palabrerías, a ellos no les importa saber nuestra historia. —¿Entonces para qué vinieron a leer, Fred? —Arg... Me refiero a la historia de nuestras vidas, ellos se pasaron a leer nuestra aventura con el secuestrador. —Ah... Querrás decir el policía, Fred. —¡Ya cállate, animal! Estás haciendo Spoiler. —Perdón... —Bueno, como les decía, la historia que es solo diálogo y nada de narración, empieza así: Dos chicos apuestos e inteligentes a quienes secuestran en la salida de un casino. ¿Quieren saber por qué? Pues lean la historia. *Cuento de solo diálogo creado para el reto "El diálogo de acción". *Todos los derechos reservados ©. #TheAuthorsCup #TheActionDialogue


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¡Es un secuestro, animal!

—Fred, no está bien que nos pongamos las ropas de estos tipos.

—¿Y qué quieres? Ese casino es un lugar exclusivo, no nos van a dejar entrar en estas fachas.

—Sí, pero aprovecharse de su borrachera para robarles la ropa, ¿no es eso caer muy bajo?

—No me vengas con clases de moral, Eusobio. Tú le robaste el almuerzo a una viejita cuando fuimos a visitar a tu abuela.

—En mi defensa, yo estaba muy hambriento y la vieja estaba dando rodeos para comerse el pollo.

—¡Se le había caído la dentadura! No era rodeos, estaba poniéndose la caja de dientes en su lugar.

—Como sea, pero esto que estamos haciendo se considera robo.

—No…, porque lo que tú hiciste con la vieja no fue robar. Vas para el infierno, ¿quién deja sin comer a una ancianita?

—¡Ya deja de recordar el pasado y pásame los zapatos!

—Espero que no nos descubran. Toma sus billeteras y ese maletín, también.

—¡Ahora sí somos ladrones!

—¡Aja! ¿Y cómo piensas jugar en el casino?

—Vaya, nos vemos elegantes. Hoy contrataremos las mujeres que se nos antoje.

—Vámonos, antes de que alguien nos vea.

...

—¡Wao! Este casino es espectacular.

—Eusobio, ya hemos perdido todo el dinero de estos hombres, mejor nos vamos.

—Pues sí, lástima que no nos quedó plata para la compañía de esta noche, o podríamos usar las tarjetas de crédito.

—Tendríamos que firmar... Además, esos hombres pueden despabilarse en cualquier momento o ser hallados. Vámonos de aquí antes de que tengamos problemas. Ni se te ocurra tratar de usar las tarjetas.

—Le quitas lo divertido a la vida, Fred. Adiós, hermoso casino donde perdí todo mi dinero.

—No era tu dinero.

—Bueno, tal vez por eso no me duele tanto haberlo perdido. Por cierto, ¿no es sospechoso que esos tipos tuvieran un maletín lleno de dinero?

—Pues sí...

—¡No se muevan!

—¿Quién es usted?

—¡¿Cómo que quién es, Fred?! ¡La policía nos descubrió! Nos van a encarcelar de por vida, mi vieja se va a disgustar y a enfermar. Como no tendré del dinero para sus medicamentos, pues me veré en la obligación de vender mi dignidad en la cárcel, luego voy a contraer una enfermedad mortal por detrás y no podré ir al baño; entonces moriré solo, desvirgado, con dolor en el trasero y sin dignidad.

—¡Cállate la maldita boca y entra ahí!

—No se estrese, señor policía. ¿Por qué iremos en el contenedor? ¿Y desde cuándo los policías usan un camión como patrulla?

—¿Eres idiota o te haces? Te dije que entres no que me interrogues.

—Eusobio, no creo que él sea un policía...

—¿Qué dices, Fred? Si Hablas tan bajito no te voy a escuchar bien.

—Que él no es un policía...

—¡Ah no! O hablas claro o no me dices nada...

—¡Qué no soy un puto policía! ¿Acaso estás sordo?

—Disculpe señor policía es que cuando estoy nervioso, me fallan los sentidos.

—Y el cerebro...

—¿Qué dijo señor policía?

—Entra de una buena vez antes de que pierda la paciencia.

—Está bien, pero sea más cariñoso. Ni siquiera me ha leído mis derechos...

—¡¡ENTRA!!

—¡Qué desagradable este tipo! Y así dicen que imponen el orden y son los primeros en mal comportarse.

—Oiga, amigo. ¿Por qué nos quiere llevar ahí?

—Porque nos descubrieron, Fred. ¡Iremos a la cárcel!

—Están haciendo demasiadas preguntas y nada de acción. Terminen de entrar o les vacío todas las balas, ustedes deciden.

—Aparte esa cosa, señor policía. El diablo es sucio, no vaya a ser que se dispare, somos presidiarios, pero tenemos derecho a un juicio justo.

—Eusobio, no estás entendiendo la situación...

—¡¡Entren de una buena vez!!

—¡Qué pesado!

—Señor secuestrador, creo que se está equivocando de personas. Nosotros somos unos pobres diablos, ¿para qué llevarnos con usted y tener que cargar con dos hombres que comen demasiado y que necesitan un lugar cómodo para dormir...?

—¿Por qué le dices secuestrador al policía? Respeta, Fred.

—Estúpido, ese maleante no es un policía...

—Ah no, Fred. Entiendo que el policía sea desagradable, sucio y maloliente, y sin mencionar lo feo que es, pero tampoco lo insultes. Que sus métodos de captura sean peculiares no quiere decir que él sea un maleante, solo hace su trabajo. ¿Cierto señor policía?

—Oiga... ¿Por qué sus ojos se mueven de esa forma tan extraña? ¿Está bien?

—Señor policía si sigue moviendo el ojo así se le va a salir. Bueno, sin más preámbulos entraré al contenedor. Mientras más colaboremos, mejor nos tratan en la cárcel y quien sabe, tal vez nos den un chance.

—¿Qué haces, Eusobio? Aprovechemos el tic nervioso del tipo para escapar.

—Eso sí no. Yo seré muy ladrón de comida de anciana, ropa y dinero de unos borrachos —que quede claro que fue mera hambre y ahora curiosidad. Ni siquiera se puede considerar un robo, fue un préstamo o tal vez falta de confianza, debido a que aproveché el mal estado de esos borrachos—, pero nunca un rufián criminal que escapa de la justicia.

—¡Serás pendejo, imbécil! Vámonos antes de que ese maleante vuelva en sí. ¡Vamos!

—¡Suéltame! No voy a escapar de la justicia y el destino que me toca vivir por mis malos actos.

—¡Bestia, animal! ¡Deja de negarte y ven idiota!

—¡Qué me sueltes, carajo!

—Estúpido, descerebrado. ¡Jódete! Yo me largo.

—¡No huyas de la justicia!

—¿A dónde crees que vas? Un paso más y jalo del gatillo.

—¡Carajo! No, pero si lo pide con tanta amabilidad no hay forma de negarme.

—¿Ves Fred? El agente de la ley no es tan descortés después de todo. Oye... ¿Por qué me miras así?

—Ni me dirijas la palabra, idiota.

—Pero, Fred...

—¡¡Entren de una buena vez!!

—¡Auch! ¡Tampoco tiene que patearme el trasero, señor oficial! Está abusando de su autoridad.

—¡¡Cállate el hocico!! ¡Cómo disfrutaré matarte, idiota!

—¿Matarme? No, oficial, me debe llevar a la estación policial y luego asignarme un abogado...

—¡¡Eusobio!! ¡No tienes que pegarle! Vamos, amigo. Cierra el pico y entremos de una buena vez.

...

—Hay algo que no entiendo, Fred.

—¿Qué es?

—¿Por qué está tan oscuro aquí?

—No sé, Eusobio. ¿Será porque estamos en un contenedor?

—¡Vaya! Los métodos policiales han cambiado, pero, aunque es un poco incómodo, ya sabes; el tambaleo, la oscuridad, el dolor de cuerpo...

—Al grano, Eusobio.

—¿Qué grano?

—Dijiste "aunque".

—Sí... ¿Y eso qué?

—Olvídalo.

—Como te seguía diciendo, aunque es incómodo, creo que es efectivo. En una redada o si van a encarcelar a toda una mafia este camión les sería muy útil.

—Agr... Creo que deberías dormirte un rato, Eusobi...

—¿Qué sucede, Fred? ¡¿Por qué está cosa se tambalea tan fuerte?!

—Cálmate, Eusobio. Solo es una calle incómoda. Al parecer, el secuestrador de mierda nos está llevando a un lugar remoto.

—Y dale conque el oficial es un secuestrador, él es un policía...

—¡Con un demonio, Eusobio! Deja de ser tan imbécil o sal de tu estado de negación. Ese hombre no es un oficial ni nada que se le parezca, ese es un delincuente que nos secuestró. ¡Esto es un secuestro, Animal!

—Sé que le temes a la cárcel, pero no es sano que te niegues a la realidad, Fred, estamos presos e iremos a prisión.

—¡Eres increíble! Me rindo, bestia, me rindo.

—¡Se detuvo! Ahora es una realidad que estaremos presos. Pobre de mi mamacita cuando se entere. Yo que siempre he sido un hijo ejemplar...

—Sí, claro. Cállate el hocico y estate alerta. No sabemos la razón de este secuestro ni que es lo que ese tipo quiere. ¿Y si nos sacan los órganos o nos venden para prostituirnos?

—¡Salgan!

—Señor policía, quiero un abogado.

—Sí, sí, imbécil. Termina de salir.

—¿Qué es este lugar? ¿Dónde está la comisaría?

—Como lo supuse, estamos en un lugar remoto.

—Hola, Ojo negro.

—Hola, Boca rosada.

—¿Quiénes son ustedes?

—Son policías, Fred. Mira hasta nos están apuntando, deben creer que somos peligrosos.

—¿Policía? ¿Quién es policía?

—Boca rosada, no te alarmes; es una broma de este imbécil.

—Cuidado contigo, Ojo negro. No querrás terminar con una bala en la cabeza.

—No tengo nada que ver con la ley, Boca rosada, y eso lo sabes muy bien.

—Eso espero, Ojo Negro. ¿Dónde está el maletín?

—¿Qué maletín?

—El maletín que estos desgraciados me robaron.

—No sé de ningún jodido maletín. Mi trabajo era secuestrarlos y traerlos a ti, no tengo nada que ver con un maletín.

—¡¡Quiero mi maletín!!

—Oye, Fred...

—Habla un poco más bajito. Ven acércate más, Eusobio.

—¿Sí?

—No sabemos nada del maletín. Diremos que no somos ellos —porque en realidad no lo somos— y que solo tomamos sus ropas y sus billeteras, nada más. ¿Me entiendes? Nunca vimos un maletín.

—Pero, Eusobio. Está mal mentirle a la autoridad, debemos encarar nuestro crimen, nosotros gastamos todo el dinero del maletín en el casino.

—Idiota, ellos no son la autoridad, son mafiosos. No fuimos encarcelados; una vez más: ¡Nos secuestraron, animal!

—¡Ustedes dos! ¿Qué es lo que tanto susurran?

—Nada, señor Boca hinchada...

—¿Cómo me llamaste, mequetrefe?

—Boca rosada, Fred, Boca rosada.

—Disculpe, señor Boca... rosada.

—¿Dónde está mi maletín, ladrones de mierda?

—Ah, no, oficial. Tampoco permitiré que nos ofenda, nosotros no somos ningunos ladrones, somos hombres de bien.

—¡Hombres de bien! ¿Dónde está mi maletín?

—No... No sabemos de ningún maletín...

—Pero, Fred...

—No somos ladrones, solo tomamos las ropas y billeteras prestadas a esos borrachos...

—¡Exacto! Solo fue un préstamo. No se le llamaría robo, sería abuso de confianza, señor de la ley.

—¿Acaso creen que soy idiota? Y deja de tratarme como si fuera un maldito policía. Ni creas que me vas a confundir con tus palabrerías, más les vale que me digan la verdad o los mato, aquí mismo.

—Le voy a decir la verdad, señor Boca... rosada.

—¡Así mismo, Fred! Confiesa tus delitos, ¡yo te apoyo, amigo!

—Erg… Como le estaba diciendo antes de ser interrumpido por este estúpido; nosotros no robamos ningún maletín, es más, utilizar la palabra robar es muy ofensivo para dos hombres de bien como nosotros. Le voy a contar nuestra historia...

—Sí, es una historia muy conmovedora...

—No me interrumpas, Eusobio.

—Está bien...

—Señores aquí presentes, Eusobio y yo nos conocemos desde que éramos unos cagados chiquillos que andaban descalzos y sucios...

—De mierda, porque lo de cagados era cierto. Aprendimos a usar el baño después de los siete años.

—¡Eusobio, deja de interrumpirme!

—Está bien...

—Nuestra vida ha sido dura desde nuestra niñez, no pudimos terminar nuestros estudios, nos tocaban las novias más feas del vecindario y nunca hemos tenido un trabajo digno de nuestra capacidad. Es así como hoy, cansados de esta vida de mierda, caminamos por el área inalcanzable de los ricos de esta ciudad.

—¡Y vaya que nos quedamos idiotizados! Tantos casinos, mujeres bonitas y autos de lujo...

—¡¡DEJA DE INTERRUMPIRME, ANIMAL!

—Ya, ya, perdón...

—Como les seguía diciendo, vimos a un par de borrachos bien vestidos con un ma..., con unos relojes carísimos. Estaban tan sumidos en el alcohol que se cayeron cerca de un callejón. Nos acercamos a ayudarlos y notamos que estaban inconscientes, entonces decidimos tomar sus ropas y zapatos prestados y, asimismo, usar el dinero de sus billeteras para jugar en el casino.

—¡Y el maletín también!

—¡Eusobio!

—Es la verdad. Si vamos a confesar, contaremos la historia completa.

—¡Devuelvan el maletín!

—Oigan... dejen de apuntarnos.

—No te preocupes, Fred; solo son formalidades, ellos no... ¡Están disparando!

—¡¡Corre, bestia!!

—¡Maten a esos cabrones!

—Corre más rápido, Fred. ¡Ay, siento que se me escapa el aire de los pulmones! ¡Me cago del miedo, carajo!

—¡Por aquí! ¡Entren al contenedor, rápido!

—Esto me huele a trampa.

—¡Fred, entra! El señor policía no nos hará daño. Parece que al FBI no le gustó nuestra confesión.

—¿FBI? ¿Qué droga mala te metiste, Eusobio?

—De prisa, de prisa.

—¡Corra y arranque, no hay tiempo de cerrar esta mierda!

—¡Está bien!

—¡De prisa! ¡De prisa! ¡Se me salen los orines, las mierdas y hasta las tripas!

—¡Ellos nos están siguiendo, con un demonio! Debimos dejar que el secuestrador cerrara el contenedor, nos pueden pegar un tiro.

—¡Qué no es un secuestrador, Fred! ¡Respeta a la autoridad!

—¡Y tú baja tu cabezota de marciano! ¡Se te puede pegar una bala!

—¡Ay!

—¡¿Qué pasó, Eusobio?! ¡¿Te dieron?!

—No, pero por poco se me pega esa bala.

—¡Qué susto, maldito loco!

—¡Susto es poco para lo que siento en este momento! ¡Eso me pasa por llevarme de ti, Fred! ¡Sabía que era mala idea robarnos esas ropas!

—Ah... Pero no fue mala idea gastarte todo el billete del maletín...

—Ya que estábamos en el embrollo debía disfrutar…

—¡Pues deja de quejarte, carajo!

—Todavía nos siguen, Fred. No saldremos ilesos de esto, ¿cierto?

—Deja de llorar como niña y baja la cabeza. Esos cabrones siguen disparando, ¿cómo es que no se les acaban las balas?

—¡Ay pobre de mi mamacita! Si tú sobrevives, hazte cargo de ella, Fred.

—¡¿Y por qué me tengo que hacer cargo de tu vieja?! Mejor no te mueras que yo con viejas no cargo.

—Pero estás enamorado de ella...

—¡Ag! ¡Qué desagradable! ¿Cómo te atreves a poner esa imagen en mi cabeza?

—Pues me dio la impresión, siempre la espiabas cuando éramos niños.

—¡No a tu mamá desdentada y con cabello de nido! Era a tu tía que estaba más buena que la sopa de gallina.

—Ah... La tía Tuta. Mi mamacita es más bonita que ella.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja... ¡Ay me muero!

—¡No! ¡No te me vayas, Fred! ¡No! ¡Esos malditos te dieron! ¡Mi amigo del alma! Mi compañero de vida, mi confidente, mi hermano, quién se iba a hacer cargo de mi mamacita..., Fred...

—¿Por qué estás llorando?

—¿Dónde está la sangre?

—¿Qué sangre, animal?

—¿No te pegaron un tiro?

—No, es más, ya perdimos a esos rufianes. El secuestrador sabe lo que hace...

—¡Qué no le digas así al comando!

—¡Cómo digas! ¿Por qué creíste que me dispararon?

—Dijiste que te morías.

—¿Yo...?

—Sí, tú.

—¡Ah…! Es que me moría de la risa. Solo tú me haces reír en una situación como esta.

—Me alegra saber que te hago reír.

—Sí, eres todo un payaso. Ahhhhhh... ¡Qué sueño!

—¿Por cuánto tiempo ha estado manejando el policía?

—No lo sé, pero ya me duele el trasero.

...

—Agh... ¡Me quedé dormido!

—Yo también, pero desperté cuando se escuchó el disparo.

—¿Disparo? ¡¿Qué disparo?!

—No sé, Fred. Fue cuando el camión se detuvo. Después de unos minutos, arrancó de nuevo.

—¿Qué? ¿Por qué esto me huele mal?

—Perdón, fue que me cagué del susto.

—¡Qué asco! Ahora tendré que soportar tu peste.

—Estoy muy asustado, Fred.

—Yo también, pero debemos idear un plan.

—Pues a mí no se me ocurre nada.

—A mí tampoco, mis pocas neuronas no dan para mucho.

—Se detuvo, Fred.

—Debemos atacarlo y quitarle el arma...

—No, Fred. El policía solo hace su trabajo, él nos salvó la vida.

—¡Salgan, ineptos!

—Eusobio... Ese no es el mismo tipo que nos secuestró...

—Ahora que lo mencionas, no. ¿Crees...?

—¡Sí! Yo maté a ese traidor, salgan de una buena vez o les vuelo los sesos.

—No hay necesidad de que se tome esas molestias, señor. Ahora mismo nos bajamos...

—¿Dónde estamos? Este lugar es inusual.

—Eso que te importa. Caminen imbéciles.

—¡No tienes que empujarnos!

—¿Qué dijiste?

—Nada, nada. No tienes que poner eso en mi cara.

—¡Llévenlos con la jefa!

—Oigan, trátennos con cariño...

—¡Siéntense!

—¿Y por qué nos están amarrando? ¿Qué nos van a hacer?

—Solo jugaremos un poco...

—¡Qué hermosa!

—Eusobio, concéntrate. Ella es la jefa bruja que nos tiene amarrados.

—Es que es una jefa bruja muy hermosa. Aunque sus bubis y su nariz… Bueno, también sus cejas, uñas y pestañas son todas falsas. Espera... ¿Lleva una peluca?

—¡Cállate!

—¡No tienes que pegarme, loca de plástico!

—¡Loca de plástico tu abuela!

—¡Ahí, si no! Mi abuela era toda natural, fea, pero natural.

—¡Dejen de reírse, imbéciles!

—¡Perdón, jefa!

—Muy bien, inútiles. ¿Dónde está el maletín?

—¿Por qué todos quieren el dichoso maletín? Creo que gastan más dinero tratando de recuperarlo que lo que había allí.

—Fred, estás confesando...

—Deja de mirarme con ojos de cachorro. Es raro.

—¿Dinero? ¿Qué dinero?

—El que estaba en el dichoso maletín. Ya me harté de esta situación, si nos van a matar, mátennos; pero por lo menos nos dimos el gusto de gastarnos todo su dinero.

—¿Fred...?

—Pero, pero... ¿Qué maldito dinero? ¡¿Quiero mi maletín?!

—¡Jefa, están disparando!

—¡¿Qué?!

—¡Son Boca rosada y sus hombres!

—¡Disparen, idiotas! Mátenlos antes de que logren entrar aquí.

—¡Suéltennos! ¡Suéltennos!

—Eusobio, gracias por ser mi amigo y hermano...

—¡No, Fred! Saldremos vivos de esto.

—¡Mataron a la jefa! ¡Ay!

—¡Los están matando a todos y luego nos matarán a nosotros!

—¡Solo queda uno! Bueno... Quedaba...

—¡Nos encontramos de nuevo, ladrones de mierda!

—¡Es boca hinchada!

—Boca ro...

—¡Fred, mataron a la boca de sapo!

—¡Disparen, mataron al jefe!

—¡Dejen de disparar! ¡Estamos amarrados aquí!

—Como si a ellos les importa eso…

—¡Mataron a todos los hombres de la boca hinchada!

—¡Todos están caídos, señor!

—¿Quiénes son estos?

—Creo que la verdadera policía, Eusobio.

—¡No nos maten! ¡Somos inocentes!

—¡Hay dos rehenes, aquí!

—¡No nos maten, por favor!

...

—Quiere decir que el dinero del maletín no era lo que ellos buscaban.

—No. Fueron secuestrados porque llevaban las ropas de los rufianes que robaron el maletín original, el cual contenía unos químicos muy peligrosos. Esos químicos costaban millones de dólares y esos ladrones lo vendieron por menos de un millón de pesos. Fue el dinero que ustedes se gastaron en el casino y por el cual están en prisión.

—Deberían bajar nuestras condenas, debido a que gracias a nosotros atraparon a esos rufianes.

—Nadie los mandó a robar esas ropas. Tenían rastreadores, los íbamos a atrapar de todas formas. Sabíamos que los estaban buscando y nuestro policía infiltrado le puso el rastreador mientras ellos se emborrachan. Esos ladrones de pacotilla fueron más imbéciles que ustedes.

—Por favor, saquemos de aquí. Evítele ese dolor a mi mamacita.

—¿Su mamacita? Ella sabe que es un delincuente sin escrúpulos. Esta no es la primera vez que roban, ¿cierto? Es más, se hacen los tontos para lograr su cometido, pero esta vez será diferente.

—¿Eso cree, señor policía?



—Eusobio, no debiste atacar al oficial y tratar de quitarle la ropa. Sabías que había cámaras allí y que ese lugar estaba lleno de policías.

—Creí que sería como en las películas, pero no me salió como lo planee. ¡Qué le vamos a hacer! Aceptemos nuestro destino, Fred.

—No quiero pudrirme en la cárcel. Hemos robado, pero cosas sin valor y nunca le hemos hecho daño a nadie...

—Solo a la viejita que dejé hambrienta. Creo que este es el castigo de no seguir estudiando y de no conseguir un trabajo honesto, Fred. ¿Sabes?

—¿Qué?

—Voy a dejar de robar cuando salga de la cárcel.

—Me parece bien, Eusobio. Aunque, no es que fuéramos ladrones de verdad, solo eran cositas sin valor, hasta se podría decir que no era robo.

—¡Era falta de confianza!

—Ja, ja, ja, ja, ja...

—¿Te digo otro secreto, Fred?

—¿Unjú?

—Siempre supe que era un secuestro, solo quería joder...

Fin

16 de Noviembre de 2020 a las 21:14 3 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

Angie Perez Bienvenidos a la galaxia de Angie, donde encontrarás romance, acción, ciencia ficción, drama, fantasía, suspenso, un poco de humor y erotismo; poesía y algunas cositas más. Tengo libros en venta en diferentes librerías y plataformas, donde me puedes encontrar como: Angie Pichardo. Me encanta dibujar y aprender otros idiomas y culturas; amo a los animales, en especial, una hermosa gata que no me deja ni respirar tranquila y, me gustan la artes marciales.

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Elly Castro Elly Castro
!Muy interesante! Se lee muy fluidamente y debido a la fuerza del diálogo uno no necesita de la descripción para imaginarse el contexto.
November 29, 2020, 04:53

  • Angie  Perez Angie Perez
    Muchas gracias 😍☺️💖. November 29, 2020, 12:39
~