mazzaro Gabriel Mazzaro

El tiempo fluye como un río primigenio de dirección inalterable, superando cuantos elementos y seres se interpongan a su paso. Y en ese caudal, estamos nosotros luchando por no ahogarnos. No es la dirección ni lo que divinamente la genera lo que nos cautiva, sino la comprensión total de su comportamiento. Quizás, encontremos algún día la fórmula para surcar las aguas, incluso en contra de la inalterable trayectoria, para dejar de vivir y de morir en el caprichoso y descendente recorrido. Por lo pronto, solo podemos imaginar.


Post-apocalíptico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo I.

El visor cubital comenzó a destellar una luz grisácea intermitente, mientras el sonido de un violonchelo triste y solitario iba tomando presencia de manera progresiva. A los pocos segundos, parte de su piel vibraba al ritmo trepidante de una alarma conocida. Otra jornada se acercaba.

Metros arriba, en la superficie, una pareja de jóvenes circulaba por las arterias nocturnas de la provincia gaucha.

—¿Qué te pasa? —cuestionó Mercedes, apreciando como las luces de la calle se reflejaban en el rostro del conductor.

—No sé, ¿por qué? —repreguntó él sin voltear. Tenía una mano en el volante de tres brazos y la otra sobre la palanca de cambios, complaciéndose con cada engrane de marcha. Mariano posaba el pensamiento en el horizonte, volviendo de cuando en cuando para observar las esquinas.

—No sé, estás raro. No hablamos durante toda la película. Estás medio ido, así, ni bola. Parece que me fui sola mirá.

Frío hasta el tuétano, era un invierno como correspondía.

Llevaban las ventanas altas y cada tanto debían prender el aire acondicionado para evitar que se empañasen los cristales. Mariano manejaba el Renault Fuego GTA Max de su padre bajo las luces anaranjadas del barrio Ex Aero Club, al sur de la ciudad. El vehículo parecía desaparecer entre cada jirafa eléctrica que alumbraba el camino.

—Mi amor —respondió—, la idea de ir al cine es no hablar y prestar atención. No te pongas pesada.

—Si, obvio —refirió ella, bloqueando su teléfono celular—. Igual, estás raro. Y no me digas pesada. Yo no te digo a vos que sos un ni ni.

—¿Y qué es eso supuestamente? Cómo te gusta inventar cosas a vos.

—Un ni ni Mariano… ¿no sabés lo que es un ni ni?

—La verdad que no.

—Ni trabajás ni estudiás.

—No hace falta que digas eso —señaló—, por ahí te desubicás.

—Bueno, vos me dijiste pesada. Igual, nada que ver, estás raro.

El cupé de tres puertas, de un color negro brillante, era una reliquia deportiva con un robusto motor a nafta. De marcada presencia, el rodado se deslizaba por el pavimento con seguridad y confianza levantando las miradas de aquellos adeptos a los clásicos.

—¿Por qué? —volvió a preguntar Mariano, reacomodándose en el asiento.

—¿Me podés prestar atención por favor? —cuestionó ofuscada.

—Bueno —dijo Mariano, deteniendo el coche en la Avenida Sarmiento, frente a la entrada principal del anfiteatro “Mario del Tránsito Cocomarola”—. No estoy raro mi amor, no es eso.

Capaz de albergar a unos 15.000 espectadores, el anfiteatro era un coloso del espectáculo abierto, nombrado en honor a un reconocido bandoneonista correntino. Con más de una manzana de tamaño, poseía una forma trapezoidal, en cuyos límites exteriores, de amplias e iluminadas veredas, eran visitados por las noches por personas de todas las edades.

Sobre la vereda donde Mariano estacionó el automóvil, metros atrás, circulaban con premura y desprolijidad unos jóvenes montados en sus bicicletas debatiéndose el liderazgo del grupo.

—¿Entonces? —indagó ella, colocando su mano sobre la rodilla de Mariano.

—Mirá —dijo— ¿no te da la impresión de que viviste algo que ya pasó?

Al mismo tiempo que hablaba, Mariano seguía por el retrovisor central a la muchedumbre que se acercaba velozmente por la vereda.

«Por favor, que no me rayen el auto», rogó.

—No entiendo ¿cómo una especie de déjà vu?

—Sí, algo así —respondió él, asintiendo.

—¿Y cuándo te dio eso?

—Salimos del cine —enfatizó Mariano, llevándose la palma a la frente— y, te juro, que se me hace que ya vimos esa película mil veces.

Cuando la turba adolescente pasó por el lateral del automóvil, encolerizados en sus corceles mecánicos, ambos se distrajeron por unos segundos.

—Y… —conjeturó ella—, puede ser eso del déjà vu, o capaz que viste varias películas con tramas parecidas. Qué sé yo. ¿Y por eso te quedaste tan colgado conmigo?

—Sí, pasa que nunca me había sucedido tan fuerte —indicó Mariano, suspirando al ver al grupo ya lejos del bólido.

«Pendejos de mierda» pensó, olvidando su propia adolescencia. Los chicos abordaron a toda velocidad la esquina del anfiteatro; formando una serpiente de escamas vivas que se iba torciendo dispareja mientras tomaba una curva estrecha. No llegaron a lugar alguno, desaparecieron en el frío húmedo sin ser notados jamás. Ni siquiera el eco de los gritos e insultos quedaron dispersándose en el aire. Se esfumaron sin más, al igual que ocurre con cientos de miles de estrellas sin que nadie lo note.

—¿Cómo qué ‘fuerte’? —cuestionó Mercedes, con incertidumbre en su rostro.

—Y sí, una vez arriba de la otra o una vez dentro de otra. O sea, un déjà vu de un déjà vu o un déjà vu dentro de otro. Qué sé yo.

—Bueno, entonces no sé mi amor —dijo ella, volviendo a asir el teléfono.

—No debe ser nada —expresó, encendiendo el automóvil—, ya fue.

Entretanto Mercedes se recostaba sobre el hombro de su enamorado.

En la penumbra del cuarto, acostado y con los ojos sellados, aunque ya despierto, Aristóbulo imaginaba la angustia como una suerte de éter invisible que lo rodeaba sin prisa. Una desesperación incorpórea lo abrazó, acurrucándolo en brazos fantasmales que hacían su presión sanguínea incrementarse. Sintió sus pensamientos rozar unos contra otros, cual hormigas comunicándose nerviosas antes de una batalla; una cosquilla debajo del cuero cabelludo que con extrañeza dejaba de picar para dar paso a un placer levemente masoquista.

La temperatura era ideal para permitir un descanso sostenido en la comodidad del lecho, pero fue escupido del sueño a las pocas horas de haberse acostado. Sin sobresaltos, una vez recobrada la consciencia, supo que no volvería a dormir esa jornada.

Inspiró un suave aroma a jazmín.

Al doctor la oscuridad total le era indiferente, pues en todas las habitaciones, existía una iluminación perpetua que se adaptaba a la actividad del único prisionero. Despegó las pestañas y dejó que el reconocimiento del lugar hiciese su trabajo. Estaba en la alcoba principal y en la postura habitual en la que despertaba tras el descanso: en posición decúbito lateral izquierda. Se incorporó con paciencia sobre el borde de la cama y, moviendo en círculos la cabeza, un par de vértebras tronaron sin permiso. Apagó la alarma con un gesto rápido y desinteresado.

La cama de Aristóbulo se formaba por aparente magia. A su merced, brotaba en el centro de la habitación, una especie de mueble minimalista, placentero y de vasto tamaño. Las almohadas eran parte integrante de toda la estructura y podían crearse en el lugar, con la altura y consistencia requerida: no había más que pedirlo. Sábanas o frazadas no eran necesarias, pues la temperatura ambiental jamás aumentaba o descendía más de lo programado. Era su cuerpo desnudo en cada descanso, acariciado por una especie de tela con consciencia que además de relajarlo lo obedecía sin recriminación.

La recámara era muy amplia y carecía de muebles, ventanas u otros detalles; la imagen de una mudanza detenida justo a la descarga del segundo efecto personal, era una síntesis conveniente. A lo lejos, Sosa podía escuchar con esfuerzo el funcionamiento de algunos de los cientos de equipos que compartían con él ese moderno y cómodo calabozo. Por un lado, estaba el sonido constante de grandes y pesados equipamientos y, por el otro, los reducidos chasquidos de algunos circuitos y alarmas que no hacían otra cosa que delatar la ausencia de errores.

—Atenea —dijo—, Canto Della Terra de Quaranototto y Sartori por Bocelli.

—Recibido, doctor —escuchó, y la música comenzó a sonar de inmediato, dejando atrás el susurro del ermitaño violonchelo—.

«He estado muerto» pensó, al instante que la melodía de los violines se imponía con vigor, «pero solo puedo saberlo porque ahora estoy despierto, ¿no es así, el último descanso imposible de conocer?».

Las mañanas en las cuales la medicación lo entorpecía, sus despertares se transformaban en una odisea repleta de cuestionamientos existenciales y de fuertes cefaleas.

—Doctor —consultó Atenea—, ¿se encuentra usted bien?

—Afirmativo —respondió—, es la medicación. Voy a pedir que la ajusten a parámetros más actuales. Por favor, realizar nota y deshabilitar la alarma lumínica y vibrante del visor.

—Recibido, doctor.

Aristóbulo se quedó tendido en la cama unos minutos más, dejando a su mente divagar libre entre recuerdos que creía suyos. Con la música pedida llegando a su fin, la iluminación se incrementó en la habitación llenando de una luz cálida y acogedora el cuarto. Sosa se incorporó y extendió los brazos, arqueando ligeramente su columna hacia atrás. Al finalizar un profundo bostezo, volvió a sentarse presionando con fuerza sobre ambas sienes.

—Doctor —insistió—, algunos parámetros de su estado psicofísico se encuentran fuera de equilibrio. Comunicaré al departamento de estructuración sináptica para informar lo acontecido.

—No es necesario —remarcó Sosa—, es un malestar matutino, no hace falta tener que desplegar protocolos secundarios o modificar el actual. Ya me encargaré de esto.

Tras frotarse los ojos, Aristóbulo notó una pequeña porción de uña que sobresalía de la línea de corte, en el tercer dedo del pie derecho. Era un diminuto montículo impertinente que se alzaba sobre una curvatura casi perfecta.

—Recibido, doctor. ¿Desea usted conocer el reporte general del cuadrante?

—Afirmativo.

Delante de sí, se proyectó un holograma incoloro que se desplazaba sin apuros. Sosa apoyó las palmas sobre la cama y escudriñó con detalle cada parte de las extrañas grafías que le eran expuestas.

—Todos los departamentos han reportado sus evaluaciones en estado continuo —comenzó a informar Atenea—, no se observan alteraciones en las rutinas ni presencia de subrutinas. Como fenómenos significantes, se han producido tres nuevas planificaciones de aterrizajes y cinco reseteos de copias en varias secciones. Sin embargo, aún requieren de la autorización del departamento maestro. No existen eventos externos disfuncionales, ni se ha producido ningún tipo de quiebre en las redacciones de los acontecimientos. El Algoritmo de Aurora se encuentra funcionando en estado óptimo. Las tablas completas de la actual jornada están a disposición.

—¿Alguna ruptura o grieta del algoritmo? —consultó.

—El Algoritmo de Aurora se encuentra funcionando en estado óptimo —redundó Atenea.

—Lo esperable… —dijo Sosa, repitiendo el movimiento de incorporación y estiramiento, esta vez sin perder el equilibrio.

—Solicitud verbal inexistente —esbozó Atenea.

—No importa —respondió—, es un comentario irónico.

Sosa observó su miembro desnudo, olvidando la uña despareja. Pensó en lo maravilloso de una anatomía en la cual primaba lo funcional. Tocó con curiosidad, recorriendo paciente cada centímetro con la punta de los dedos.

—Comprendo, doctor. Aguardo por usted en la sala de monitoreo —lo interrumpió.

—Recibido, Atenea —refirió Sosa, abandonando la indagación de su privada anatomía—. Por favor, O Sole Mío, de Capurro y Di Capua por Pavarotti.

—Procedo, doctor.

Ese miércoles se cumplían dieciocho días desde que había cambiado el gramaje de la medicación, agregando otros tres psicofármacos para equilibrar el reajuste sináptico que lo anterior significaba.

A un costado del muslo izquierdo, se observaba adherida a la piel una tira delgada compuesta por diversos compartimentos de diferentes colores. Cada una de estas divisiones contenía fármacos específicos de liberación programada que se gestionaba por conexión inalámbrica. Algunos de ellos de forma automática, en tanto que otros debían ser peticionados verbalmente mediante comandos específicos. Los efectos secundarios de la nueva medicación podían ser: confusión sensorial, mareos, ardor y entumecimiento en las manos; aumento de la temperatura corporal y otras contraindicaciones más. No obstante, Sosa era un agente entrenado y listo para abordar sus obligaciones, sin importar que el dolor y la angustia estuviesen presentes en cada jornada.

Todos los operadores del Proyecto, en especial los encargados de controlar áreas tan bastas como la de Aristóbulo, transitaban por una rigurosa intervención medicamentosa que buscaba equilibrar la química cerebral y lograr el mejor rendimiento cognitivo posible.

10 de Noviembre de 2020 a las 02:27 2 Reporte Insertar Seguir historia
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ASHLEYCOLT 777 ASHLEYCOLT 777
Te pasas, Gabriel, en serio te pasas, excelente, me encanta tu manera de escribir.
December 06, 2020, 23:02

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