phtrespalacios Fred Trespalacios

Perdidos en un mundo que no les pertenece, un grupo de viajeros en el tiempo tratan de regresar a su época. La muerte y la desesperanza les rodea, y harán todo lo posible por encontrar una luz en el camino.


Ciencia ficción Viaje en el tiempo No para niños menores de 13.

#halloween #laguaridadelwendigo
Cuento corto
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El canto de la libélula

Tedford abandonó la esfera en la pequeña zanja. Tomó la pala, cubrió el agujero y aplastó brevemente con sus botas mientras recubría con unas cuantas piedras. Haló la cuerda, suspiró con terror y observó el porcentaje de oxígeno que le quedaba. Era quizás la primera vez que pedía una intervención divina.


Esperar no era un asunto que estuviera dispuesto a proponer como el recurso más sencillo del mundo. Habían perdido demasiado tiempo, tanto, como para todavía suponer que podían arriesgar otra vida ajena. Tedford estaba seguro de sus cálculos, de lo que no tenía conocimiento, era cuándo o cómo iban a recibir una respuesta. Un salto de supervivencia a ciegas que mucho o poco, alguien tenía que ofrecer.


Tedford empezó a escuchar el chillido de la manivela de la polea. Su cintura se tensó y registró un movimiento lento y ascendente a medida que la cuerda se retraía.


—¿Todo listo? —era la voz del doctor G. E. Wolf.


—¡Listo! —dijo él, bregando por que alguna bestia invertebrada no los descubriera.


Si de algo tenía que preocuparse, era de las subsiguientes gotas que cayeron sobre su casco. No le perturbaba el infierno de agua que se aproximaba, la costumbre había activado su adecuado instinto de adaptación. De cualquier manera, todavía no había desarrollado un mecanismo que tuviera la capacidad de espantar relámpagos.


—Démosno prisa —urgió Wolf—, ya viene la maldita tormenta.


Lo único beneficioso, sería que la esfera se guardaría en los futuros sedimentos de carbono mientras las placas tectónicas se moverían hasta su final separación. Ahora, si el desplazamiento era correcto, el metal que lo reforzaba debía de soportar unos 250 millones de años, como mínimo.


—Enciende el carro, trataré de subir por mi cuenta.


—Entendido.


Estaba de más que Tedford le rogara que lo hiciera con el estricto cuidado posible. Lo que menos quería era que terminara volando como el fatídico cadáver del doctor Domina. Mientras el cable efectuaba su trabajo, se tomó de los peldaños sobresalientes y escaló con determinada lentitud. La tierra aún seguía húmeda, a pesar que había dejado de llover hacía tres días. Oyó el rugido mecánico, pero no pasó nada. Cuando salió del atolladero, G. E. Wolf aún se encontraba allí.


No sabía por qué le llamaban carro a una motocicleta de cuatro ruedas. STARLINE evidentemente lo había ideado por si la gravedad les jugaba una mala pasada y terminaban el interior de un planeta extraño. Con la salvedad de que debía ser rocoso, ya que de lo contrario les deparaba un destino similar a la sonda Cassini. A Tedford le parecía un carrito de golf, a excepción de su velocidad, que superaba sin complicaciones los 150 km/h. Tenía tres asientos, y un cuarto para el kit que la compañía había considerado que usarían para un viaje como este. Como fuera el resultado de los planes en que todos habían creído, era la cosa más útil que poseía la nave. Tedford recogió la cuerda, colocó la pala dentro de la caja y tomó el asiento trasero. A pesar que la señal de sus cascos aún era buena, se esmeró por causar el ruido menos detectable con cada fibra de su cuerpo.


—Wolf —susurró—, por lo que más quieras, no vayas a correr.


El suplicio le fue en vano en el instante que el doctor Wolf trató de buscar origen a su miedo. Tedford realizó un movimiento neutralizador, y compendió que la amenaza estaba fuera de sus alcances. Inevitable, el clima comenzó a recrudecer.


—No me digas —jadeó—. ¿Qué tan grande es?


Las descripciones no eran lo suyo cuando estaba bajo presión, y además no estaba seguro qué tan bueno podía serle si proveía esa información. Ya habían lidiado con un par de Proterogyrinus, lagartos rápidos y largos como ágiles cocodrilos, pero nada parecido a las enormes ocho patas que tenía en frente.


—Como la cosa más grande que no hayas visto en tu puta vida —contestó.


No era suficiente, pero trató de aminorar su deseo inquisidor.


—¿Como un espinosaurio o un tiranosaurio?


Era paleontólogo y lo sabía todo con respecto a cualquier bestia tan antigua como la Tierra. STARLINE lo había fichado por razones desconocidas y suponía que tenerlo en el equipo iba a resultar totalmente dispensable en el caso que aterrizaran en una zona selvática. Y bien que les había funcionado, ya que el doctor Gerhard Wolf les logró quitar la duda de que no se encontraban en el jurásico.


—Bueno —pensó Tedford, al tiempo que los ocho ojos se dirigían a él—, digamos, que es una verdadera araña gigante.


El animal avanzó y desplazó sus patas con sutileza, como si estuviera anticipándose a un ataque mortal. G. E. Wolf oyó el roce de los helechos aplastados. Su respiración agitada ensordecía el casco de Tedford a medida que su nivel de dióxido iba cada vez en aumento. Ninguno tenía un plan. Era el primer encuentro de proporciones abismales que registraban desde que habían accidentalmente aterrizado.


—Vamos, Tedford, dime que tienes algo en mente.


Lo tenía en caso de una Meganeura o en caso de algún reptil entrometido. Repetirlo no era una falta de estrategia cuando le había salido tan bien, y consistía en accionar al aire una pistola de plasma que, como bengala, bien los insectos salían ahuyentados, o en otras consecuencias, en repelentes persecuciones. Aunque nunca lo había hecho contra un arácnido, no podía tampoco darse el lujo de una improvisación. Tedford le miró sus horripilantes colmillos y estuvo a punto de considerar dispararle para que dejara el repiqueteo, solo hasta que escuchó otra pisada que provino a través de la vorágine. El doctor Wolf le ordenó que se detuviera. Tedford no sabía agradecer o maldecir la aparición de la sargento Elizabeth, o estudiar un nuevo plan antes de ponerla en peligro.


—¿Qué demonios? —murmuró.


La araña se paralizó ante la nueva integrante. Sus ojos bailotearon y parecía calcular qué presa le era más apetecible. De nuevo, Wolf le inquirió si podían librarse de ella.


—Tengo una idea, pero no sé si vaya a funcionar.


—Lo que sea, hombre, pero date prisa —dijo—, ya el oxígeno limpio se me está acabando.


Tedford intentó mover su brazo, pero la bestia enfocó la vista en él. Sus patas doblaron en su dirección y sus colmillos se abrieron lentamente. Le atacó un escozor escalofriante alrededor de su cuello.


—¡No! —gruñó en el intercomunicador—. No te muevas.


La sargento Elizabeth le obedeció, pero había sido demasiado tarde cuando el animal volvió a apuntar hacia ella. Tedford tomó ventaja de ello y rotó su brazo hasta su pistola. La tensión de sus músculos, el trémulo de sus cartílagos, no hacía otra cosa que crujir la coyuntura de sus huesos como bisagras oxidadas. Tocó la culata y la trajo para sí, en un desplazamiento que podía denominarse estratégico, aunque solo aceleraba el proceso de la lluvia. El contador de aire disminuía, y si su porcentaje seguía bajando a menos de cincuenta, ya podía considerar hacerle compañía al doctor Domina.


—¿Capitán? —suplicó la sargento.


La Megarachne caminó en su trayectoria como solía hacerlo un felino doméstico. Sus patas largas y su cuerpo pequeño acortaban la distancia que le separaban de su subalterna. Seguía pensando en algo, pero su mano no le dejaba de temblar.


—¡Wolf! —gritó.


Salió de su estático escondite. Ahora estaba entre la espada y la pared. Si fallaba el disparo, no solo se exponía como un blanco accesible, sino que le otorgaba libertad a que atacara al doctor Gerhard muy fácilmente. Las gotas más gruesas le punzaron como un ariete en todo el cuerpo, y los relámpagos quebradizos anunciaban los incendios que se avecinaban. Echado a la suerte, apuntó el láser hasta la cabeza del invertebrado. La sargento rayaba al punto de sollozar por la fatídica decisión de sus vidas. El paleontólogo, no cabía en la culpabilidad que le hendía el alma. Ninguno estaba seguro de querer formar parte de ese desenlace. Solo con su dedo, ese dedo rígido y frío de su índice derecho, daría comienzo a una nueva odisea selvática.


La Megarachne saltó, y Tedford, con una licencia atávica, cerró los ojos y disparó. Oyó un chillido de su posterior ataque y no los abrió cuando el doctor Wolf gritó. Quería ver qué tan errado había estado, y sin embargo se llevó una sorpresa contrariada. Gerhard aún seguía en el suelo, pero no lograba soportar los segundos que le había costado mantener en vida. La araña se encontraba sin su caja torácica.


—¡Vaya! —jadeó—. Eso estuvo demasiado...


La última frase fue ahogada en el instante que Wolf desaparecía en el interior de la maleza. Tedford y Elizabeth gritaron ante el secuestro repentino. La estela se movía de un lado a otro, zigzagueante, ágil, escurridiza, e inalcanzable, como si se tratara de una serpiente totalmente desconocida.


—¡Capitán! —decía el doctor en el intercomunicador.


—¡Gerhard! —respondía Tedford.


El camino se hizo pegajoso, como si la tierra estuviera envuelta de mermelada. El capitán lo comprendió, y de forma automática, el doctor Wolf también.


—¡No! ¡Lárguense! ¡Fuera!


Tedford estaba reacio a volver a perder a otro miembro de su equipo, pero ni él, ni la suerte, ni la sargento que corría adelantada, podía detenerlo. Era inevitable. El Proterogynirus se detuvo en un riachuelo y dejó al paleontólogo entre sus fauces. Era verde olivo, a la par de una lagartija gigante. Luego le soltó, pero Wolf no consiguió zafarse de ninguna manera. El brazo con que iba a tomar su pistola fue atrapado de una sola mordida.


Sus oídos se hirieron cuando soltó un horrendo grito de dolor. Un dolor propio de alguien que estaba siendo devorado por un animal. La sargento Elizabeth retrocedió y se tapó la visión de su casco. El reptil había terminado de arrancarle su extremidad y sacudía su cabeza para deshacerse de la pieza de traje sobrante. Tedford vio cómo se retorcía en el agua y cómo una buena cantidad de sangre se esparció en la corriente. Intentó bajar de la colina, pero unas pisadas vertiginosas se lo impidieron. El olor a presa fresca llegó a las narices subdesarrolladas de los otros lagartos. El doctor Wolf suplicó, pero fue un raciocinio en vano. Lo habían agarrado como una manada de leonas a una cebra, y le tomaron de la pierna y le tomaron del casco, tanto que rogó por una muerte más rápida. Tedford apuntó a las bestias, pero no supo a cuál disparar. De pronto, un reptil salió con unas de sus piernas y se internó en el monte junto con otros dos. El doctor Wolf seguía gritando, y ahora un Proterogynirus se llevaba un bocado de su mano enguantada que se disputaban como niños.


—¡Sargento! —ordenó— ¡Arriba!


Y expulsó una bola de plasma. El círculo fue disminuyendo hasta que los más hambrientos dispusieron en arrancarle el traje. Uno de ellos abrió un boquete en la zona de su pecho y comenzaron a comer. Tedford supo que era suficiente cuando ya no volvió a verle su cabeza.


—¡Capitán! —dijo Elizabeth—. ¡Debemos irnos!


La sargento le asió en reversa, porque una sola presa no iba a satisfacer sus necesidades. En ese instante, la tristeza y la rabia se les había confundido.


Desde que habían llegado a habitar esa parte del planeta, desventuras como estas eran casi el pan de cada día. Huir de los milpiés gigantes, esconderse de las Meganeuras, o en algunos casos, salir del paso de los reptiles, era más una rutina que un hecho al azar. Pensando en hacerles un bien a la humanidad, habían terminado condenados para toda la vida. A Tedford le preocupaba una única cosa, y era saber cómo iba a decirles que el paleontólogo más valioso que tenían había muerto bajo su control. Cuando llegaron a la nave, Girona abrió la compuerta de grafeno. Ingresaron a la habitación expiatoria y las ventanillas retumbaron. Una vez el aire volvió a estar limpio, se quitaron los cascos. Supo que no sobreviviría a esta lapidación.


—¿Cómo que está muerto? —preguntó la doctora Jancev, la física del equipo de STARLINE obligados a viajar en el tiempo. Tenía una severidad que se le notaba en la cara y el cabello plateado; poseedora de una dulzura hablada que contrastaba con el límite de su poca paciencia. La traicionaba quizás un instinto maternal que era la única cosa con que Tedford solía competir por un liderazgo que ningún miembro había votado—. ¡Esto es inaudito! Gerhard no puede estar muerto. ¡Estás mintiendo!


La doctora Sapkowska, la filóloga, la que en caso de un aterrizaje en un país extraviado no tendrían problemas en guiarlos, estaba aterrada de lo que había escuchado.


—Dios mío —expresó—. ¿Ahora qué vamos a hacer?


La poca fe que les quedaba se había esparcido con los últimos huesos del doctor Wolf. Girona estaba a su lado y su mano no soportaba el peso de semejante realidad que lo embargaba en la cabeza. En verdad Tedford se preguntaba, ¿qué iban a hacer ahora en un mundo que no tenían ni poco de pericia? Enfocó su vista en Díaz, el médico, de quien no tenía ni la confianza de decirle que se hiciera cargo de su propia autopsia en caso de que consiguieran recuperar su cadáver.


—Tenemos que mantener la calma —dijo—, nada ganamos alterándonos de esta manera.


—¿Calmarnos? —le miró Jancev—. Si por estar tan calmados no supimos que el oxígeno estaba demasiado alto y el doctor Domina encendió un maldito cigarrillo y explotó. Por estar tan calmados como sugieres, Gerhard ahora está muerto.


—Tú no estabas ahí —le reprochó.


—No, pero por tu plan de enviar mensajes al futuro lo complicó todo. Dime, ¿has visto algún cambio? ¿Alguien te mandó alguna respuesta u otra cosa parecida?


Negó.


—Girona, ¿recibiste alguna extraña señal en el computador?


—No —contestó.


—¿Lo ves? Mi teoría tiene razón.


—No podemos prolongar esta maldita conversación, hay que hallarle una solución a este problema —dijo Tedford.


—Tenemos diferentes soluciones, pero es evidente que no todos queremos lo mismo.


La doctora Sapkowska se levantó de la asamblea con las manos temblorosas.


—Yo sigo pensando en lo mismo, si volvemos al futuro las cosas van a hacer igual que antes.


—Si conseguimos viajar en el tiempo —opinó la sargento—, es porque se puede reestructurar el futuro a través del pasado. Como una célula.


—Sí, pero una célula no cambia por esos factores —respondió el médico.


—De todas formas no lo sabremos hasta que viajemos nuevamente.


—El propulsor se está quedando sin energía, necesitaremos algo más fuerte que restablezca el viaje —dijo Girona.


—¿Y si volvemos a perdernos? ¿Y si lo que hacemos es dañar líneas temporales y causar más estragos de los que hemos hecho? —inquirió Sapkowska—. Y si, ¿al final todas las personas que confiaron en nosotros murieron? ¿Y si así nadie nos rescatará?


A Tedford le dio una punzada en el alma.


—Mi plan funcionará y lo que sucedió con el doctor Wolf es enteramente mi culpa.


—Menos mal estás consciente, pero no, no funcionará —refutó Jancev.


—¿Por qué siempre tratas de llevarme la contraria?


—¿Será porque soy pragmática? —le miró—. De acuerdo, sí, le dimos una patada a Einstein en los testículos, y nos burlamos del principio de localidad, pero hay algo que no hemos tomado en cuenta. No sabemos si el portal que STARLINE construyó era o no un agujero de gusano.


—¿Agujero de gusano? —Frunció el ceño el médico.


—Un agujero de gusano en una abertura en el espacio-tiempo, llevándote de un punto A a un punto B de forma inmediata sin importar la distancia. Solo era una teoría y hasta ahora estaba formulada para recorrer el universo. De hecho STARLINE había logrado hacer dos viajes a Alfa Centauri de ida y vuelta. Jamás se creyó que tuviera capacidades de deformar el principio de localidad, al menos no hacia atrás. Lo malo, y es lo que creo, que cuando un agujero de gusano tiene la habilidad de llevarte hacia atrás en el tiempo, se convierte en una encerrona.


—¿Encerrona? —La palabra misma le causaba repulsión a Elizabeth.


—Es como si entraras a una habitación, cierras la puerta y la puerta desaparece.


Todos se miraron mutuamente. Nadie era capaz de interpretar de manera acertada y que no fuera con un aciago resultado. ¿Acaso estaban encerrados?


—¿Qué quiere decir con eso, doctora Jancev? —preguntó Tedford.


—Quiere decir, y tal vez sea una especulación, no lo sé, que haber cruzado ese portal cronosinclástico no hizo otra cosa más que destruir el universo en que habitábamos —y observó a Girona—. En un sentido más técnico, es como si oprimieran el botón de Reset y todo los archivos se borraran.


—No —se atrevió a pronunciar Sapkowska por el grupo—, eso no puede ser verdad.


El impacto de la muerte del doctor Wolf había sido reemplazo por la desequilibrante verdad de Jancev. Porque en algo tenía razón. Tedford llevaba semanas grabando bitácoras y enviándolas inútilmente al aire, no habían recibido una respuesta, nadie había enviado un segundo equipo viajero y sus mensajes enterrados ya eran para que surtieran algún efecto. Pero no. Todo parecía en vano como si STARLINE hubiera cortado sus comunicaciones, como si no existiera nadie del otro lado del espejo. Una realidad que los volvía vulnerables.


El grupo se quedó en silencio. Tedford, tratando de aminorar la frustración, se dirigió al médico.


—¿Cómo sigue Nat?


Pero la respuesta era la misma. Seguía sedada en la cama, bloqueada de sus sentidos antes que los dolores nocturnos le invadieran toda la columna rota producto de su caída. Solo, hasta que las plantas somníferas del carbonífero se extinguieran. El resto de la conversación no dio frutos en ponerse de acuerdo sobre cómo iban sobrevivir en un clima tan impetuoso. El viaje de regreso no estaba descartado, pero en lo que cada uno coincidía es que no podían seguir permaneciendo ni un minuto más ese lugar. Hasta que ocurrió otro hecho abrumador.


El capitán Tedford, al día siguiente, continuó su acostumbrado ritmo de mensajerías sepulcrales. Otro equipo sin embargo, conformado por la doctora Jancev, Díaz y Sapkowska, se dirigió esa mañana a usar el casco del fallecido doctor Domina como un experimento colegial. El plan sonaba sencillo, y pues, la fabricación de un rudimentario pararrayo en las manos de un experto, no era nada del otro mundo. Todo iba bien, pero la tragedia tocó sin previo aviso. Tedford escuchó la noticia por un drone de Girona que le transmitió la señal. Cuando regresaron a la nave, la escena para él era igual de indescriptible como la del doctor Gerhard Wolf.


Paula Sapkowska había perecido de la peor manera.


Tedford la encontró en la mesita del pequeño cuarto de enfermería. Tenía los ojos abiertos, sorprendida de que se iba a morir. Los labios separados y sanguinolentos, todo su cabello arremolinado y su piel más pálida que la última vez. Toda ella estaba conservada, a excepción de sus cortas piernas, las cuales una Meganeura se las había arrancado. La culpa al final de cuentas no era de nadie, pero el reproche grupal se lo atribuyeron a la doctora Jancev de quien no debió alejarse del radio de la nave por tranquilo que pareciera. Mientras ataban las piezas del casco del doctor Domina a una estaca, el médico y la física le habían abandonado a medida que estiraban el cable de cobre hasta el generador de la nave, y en ese instante y solamente en ese instante, la filóloga terminó por desaparecer. La búsqueda que emprendió con la ayuda de un drone determinó que Sapkowska estaba en un matorral cercano. Aún estaba viva cuando la encontraron. Jancev, que fue la primera en alcanzarla, le oyó decir un nombre extraño. «Zakopane, Zakopane», y se aterró peor de su estado paupérrimo. Nunca había sido testigo de una agonía presente.


El siguiente debate no fue para discutir dónde debían enterrar a la doctora, sino que el viaje sí o sí tenía que llevarse a cabo. Con cuatro votos a favor y una abstención, no había nada que lo imposibilitara, pero tampoco serían consciente de la próxima fatalidad que le traería consecuencias desastrosas.


Esa noche de lluvias inclementes, se volvió la noche perfecta para planificar el retorno. La energía se apagó y la nave se inundó en una tiniebla total. La duda, sin lugar a dudas pululaba en el aire incordioso. Todavía quedaba interrogantes que resolver. ¿Iba a funcionar? ¿El relámpago lo estropearía todo? Si cruzaban el portal, ¿volverían a la misma época? Y si no, ¿qué hacer después? Como fueran tales respuestas, a Tedford le seguía atemorizando algo en especial: ¿cómo seguir salvando a la doctora Scuderi de un dolor mortal?


De pronto ocurrió. Jancev y la sargento consumieron sus gritos ante la poderosa luminosidad. Díaz y Tedford expulsaron una interjección maligna. Sus oídos explotaron y sus sentidos de orientación quedaron abatidos momentáneamente. Tropezaron en medio de la oscuridad mientras trataban de guiarse a través de los rayos circundantes.


—¡Energía restablecida! —gritó Girona.


Solo un ochenta y dos por ciento, el mínimo que habían requerido para desplazarse por el tejido espacio-temporal.


Cada quien ocupó su asiento en la cabina de control. Hasta Nat, asistida por Tedford y Díaz, se sentó para ser partícipe del regreso a casa. Todo iba bien. La nave se elevó en el cielo nocturno y abrió el portal cronosinclástico que necesitaban. Atravesaron un precioso tubo de luces variopintas que se estiraba hasta la infinitud mientras el cuerpo de la nave se dirigía hacia lo desconocido. Todo se hizo blanco y todo se hizo negro. Después, un momento precedido por los corazones agitados, vieron un cielo añil en el cristal. La emoción de una victoria aprisionada, fue perforada por una ráfaga de metralla que hirió el ala izquierda.


La nave osciló estrepitosamente. La desesperación de las chicas con la emoción de los hombres, no dejó calcular una vez más el aterrizaje del capitán Tedford. Figuras grises se atravesaron, continuado por una serie de explosiones y humo y una neblina pesada y herrumbrosa. Tedford no vio nada excepto el muro del campanario que se le apareció encima. Todo ocurrió en cámara lenta. El concreto había conjurado junto con el grafeno una cacofonía de estallidos aparatosos, seguido de sonidos metálicos y de cristales rotos que se repitieron sin ningún cesar. Tedford vio el celaje de Jancev escapar del cinturón de seguridad. Sintió algo golpear su cabeza y por un momento pareció desfallecer. Solo escuchó el grito de Elizabeth tratando sacarle una viga a Girona del pecho.


La nave se precipitaba a una caída segura. Los escombros y la campana mantenían el peso de una iglesia que de por sí llevaba días destruida. Tedford escudriñó con un dolor procedente de su frente. Sangraba, pero no se revisó. A Díaz le obstaculizaba el paso una enorme roca. El asiento de Nat estaba volteado. Jancev no estaba en su lugar. Había atravesado el cristal, y a su cuerpo le acompañaba una serie de rocas y añicos alrededor. Girona había dado su último respiro cuando la sargento ya no pudo desenterrarle la viga del corazón. Cuando Tedford sacó a Scuderi, la nave bamboleó. Elizabeth ayudó al médico, pero en el momento en que ambos avanzaron, la nave se hundió al vacío. La mano certera de Tedford logró asir a su subalterna mientras el único hombre sabio caía en la profundidad de la catedral.


Los cuatro trataron de examinar en qué época se encontraban, pero era evidente que habían escapado del infierno selvático. Cuando bajaron por el derruido campanario, reconocieron la muerte de Díaz de manera oficial. Su cuerpo estaba tendido frente al mando de control y la cabeza destaponada y hendida de un rojo escandaloso. La puerta principal estaba cerrada, y por el estado de las trancas, la madera llevaba años pudriéndose. Al abrirla, Elizabeth bloqueó el paso con un movimiento vertiginoso.


—¿Qué sucede? —preguntó el capitán.


A la sargento le embargó el silencio y una hebra de trémulo negativo. Todos se dirigieron a la capilla y lo extraño fue descubrir que mantenían un antiguo depósito de armar en su interior. Antiguo, porque a medida que iban mirando, los fusiles que encontraban tenía al menos cien años, o mejor dicho, de la Primera Guerra Mundial. De pronto una herida Jancev les llamó. Tedford no prestó atención sino a la voz de hombre que sonaba en el exterior. «Liberemos a Pierrenoire del ejército alienígena. Viva la Madre Patria. Por los caídos», mientras oía una especie de metralla.


—¡Capitán! —insistió la física.


Cuando recogió los periódicos, Tedford lo entendió con una angustiosa desazón. Eran páginas de antiguas publicaciones sin ningún orden de los años, pero que afirmaba la época en que habitaban. Fue pasando una a una los mismos títulos, hasta que se enfocó en el último que había tomado. No supo qué tan bien había sido cruzar ese portal cronosinclástico.


VIGO, MÁRTES 5 DE NOVIEMBRE DE 1872


LA LUZ DE VIGO


BARCOS EN EL CIELO

1 de Noviembre de 2020 a las 02:19 15 Reporte Insertar Seguir historia
16
Fin

Conoce al autor

Fred Trespalacios Escritor, estudiante de publicidad y amante de la nueva literatura https://www.instagram.com/phtrespalacios/

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Joel Quintos Joel Quintos
Me encantó.
May 06, 2021, 18:25

Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Impecable!
November 26, 2020, 14:34
Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
Muy bueno Fred! A mi me recordó (sobre todo por el final) un poco a la versión Tim Burton del Planeta de los Simios... XD. Aunque claro, más violento y con más sangre.
November 20, 2020, 16:04

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    😂😂 pensé que nadie se daría cuenta 😂😂 muchas gracias por tus comentarios, Sebas, un saludo fuerte !!! November 20, 2020, 19:00
Andrés D. Andrés D.
Una historia extraña, sanguinaria y también llena de acción. Me encantó. Le da ciertos toques a los viajes temporales de Bradbury, además de que las escenas de suspenso y las muertes me parecieron bien ejecutadas, sin tanto exceso y para darle más vigor a la trama. Muy entretenida y además bastante inquietante. Muy buen trabajo, Fred! Me había tardado en leerte pero ya veo por qué el alboroto que causó tu historia jajaja
November 18, 2020, 19:09

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    Gracias, compañero :D!!! Me encanta la literatura de Bradbury, aunque el guiño era más para Kurt Vonnegut con su portal cronosinclástico :) muchas gracias por tu apreciación, siempre es agradable tu lectura y mucha más tu opinión (y perdón por haberte matado jajaaj) November 19, 2020, 19:34
Nataly Calderón Nataly Calderón
Muy buena historia, no podía parar de leer.
November 04, 2020, 21:56

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    Muchas gracias por el tiempo que te has tomado, un fuerte saludo!! November 09, 2020, 03:22
Is Bel Is Bel
Una pasada de historia, me gustó mucho, desde luego le has sacado mucho jugo a mis exigencias.
November 03, 2020, 17:17
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
Joder, Fred, ciencia ficción con suspenso está potente jajaja. Muy buenas las descripciones científicas y la desesperación de los personajes 👏🏻✨
November 01, 2020, 22:53
Elizabeth Vázquez Elizabeth Vázquez
¡Madre santa, increíble relato! Me quedé con ganas de más. Es asombroso. 😍
November 01, 2020, 17:45
Jancev Jancev
¡Genial Historia! Rompiendo el molde de lo solicitado pero sin desperdicio, y ese destino ufff. Bien ahí Fred.
November 01, 2020, 17:43
Rowena Draugr Rowena Draugr
Ay no pero que serie de eventos desafortunados!! Es que con ustedes nunca encontraremos finales sin desastre? Jajaja me encantó y sin duda te saliste totalmente de lo que me esperaba con las temáticas de este reto. Felicitaciones!!❤️
November 01, 2020, 14:14
German Martinez German Martinez
Es mucho lo que puedo aprender leyéndote, Fred, tienes una buena narrativa, te felicito, excelente historia. Larga vida al doctor Wolf.
November 01, 2020, 11:25
~