ginyales Gin Les

¿Qué es lo correcto cuando se trata de enfrentar a tus enemigos? ¿Matarlos, dañarlos, desaparecerlos, hacerles sufrir a sangre fría? ¿Qué se supone que debe hacer uno cuando lo persiguen? ¿Correr, disparar y enfrentarles? Todo tiene una respuesta, es sencilla. Depende del valor y la conciencia que tengas para reaccionar. Puedes huir o enfrentar al enemigo o bien ser su presa. Hay cosas que no te enseñan en las academias militares, como el superar tus miedos. Pero siempre, siempre hay un motor que te anima a seguir de pie en plena acción de guerra, puede ser la búsqueda del heroísmo, el temor a no morir, la venganza o bien el deseo de una victoria. Pero todo ello no vale nada sin una palabra clave, valentía.


Histórico Todo público.

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Parte 1

A mis diecinueve años trabajaba con mi padre en la granja de gallinas. Teníamos parcelas de lechuga, zanahorias, maíz, frijol, rábanos y cilantro; con sumo esfuerzo pude terminar la educación básica e ingresar a la escuela de aviación. Mi familia no era burguesa ni de escasos recursos, se podría decir que teníamos lo justo y necesario para sobrellevar una vida normal a base de nuestra mano de obra en las tierras.

Mi padre, David Rodríguez registraba el séptimo lugar entre sus doce hermanos y éramos cinco sus descendientes, el mayor de nosotros, José María Rodríguez Santillana, tenía veinticuatro años y trabajaba en un buque petrolero en el golfo de México. Luego continuaba Victoria, de veintiuno. El siguiente era Heraclio de veinte y la menor era Rosa, de doce años, y yo, Héctor Ernesto.

Mi padre nos contó que tuvo que abandonar la escuela primaria para poder auxiliar con sus hermanos más pequeños a mi abuela, Hermelinda de Rodríguez. No obstante, los mayores lo adiestraron en la lectura y la escritura al mismo tiempo que mi abuelo Heraclio Rodríguez se encargó de enseñarle el oficio de granjero y agricultor con el fin de que adquiriera un oficio, con el cual se pudiera sustentar para que formara una familia en su momento.

Aún recuerdo cuando laboreábamos el terreno, moviendo la tierra, elaborando zanjas y expulsando agua. Mientras realizábamos nuestras tareas sintonizábamos algunas emisoras de música en una diminuta radio. A mamá le encantaba la música cubana, su estilo, su balseo, el ritmo, mientras que papá por otra parte prefería oír las noticias relacionadas con la guerra.

La música de la época inmortalizaba la situación mundial y también del país. Cantantes como Pedro Infante era uno de aquellos que lo hizo, cantando una que otra canción referente a ello.

Mi sueño era ser piloto y el de mi padre era que pudiésemos ser más que «simples granjeros». Eso decía él ya que aun siendo un oficio noble, no siempre daba para el sustento de la familia. Las heladas o las inundaciones a veces echaban a perder las cosechas y ponían de cabeza la economía de toda la región.

Mi padre siempre creyó que podíamos salir de la granja y formar un futuro en las ciudades urbanas, pero siendo sinceros, me gustaba la paz del campo, el olor de hierba fresca en los amaneceres, el café caliente en las horas entradas de la noche y la armonía de la familia con la naturaleza. Eso no lo podías encontrar en la ciudad tan fácilmente.

Por las mañanas solía dar un paseo por los alrededores del terreno cuando aún no aclaraba el día. Poder disfrutar de la soledad mientras caminaba por los desniveles y surcos de la tierra, al tiempo que sorbía un poco de café con el sabor tradicional de una taza de barro, lo cual considero es un sabor indescriptible, pero que me llenaba de vitalidad. Solía pensar en los posibles; será posible que un día mi hermano mayor vuelva, será posible que llegue a lograr mi sueño de ser piloto, será posible que mis padres tengan un mejor estilo de vida…

Diariamente podíamos oír las noticias en alguna emisora de la radio local, el veinte de mayo de 1942 los submarinos alemanes habían bombardeado un buque petrolero. Dicha noticia nos dio temor ya que mi hermano mayor estaba en uno de ellos. Nuestros padres a pesar de no ser muy religiosos, siempre nos encaminaron por el camino de la fe. Fue en estas circunstancias que todos elevamos (cada quien a su manera), una plegaria por la protección de mi hermano Chema. El día veintiocho del mismo mes el presidente de nuestra nación, Manuel Ávila Camacho dio el informe oficial de que México saldría de su estado neutral para involucrarse en la segunda guerra mundial.

Mis padres estaban preocupados por mi hermano mayor, ya que trabajaba en uno de los buques, situado en el golfo de México, y aunque ya llevaba cinco años allí, en ese momento estaba muy expuesto al peligro de ser bombardeado. Yo por mi parte trataba de calmar los nervios de mi familia que acrecentaban al igual que los ataques a los buques. Por mi parte, sentía un pequeño impulso de irme a enlistar a la armada y así poder hacer algo por mi familia y mi país.

En una ocasión se lo comenté a mi hermano Heraclio, pensé que estaría de acuerdo y me apoyaría, pero a cambio de ello me dio una tremenda regañada y hasta me pegó en el brazo alegando que con lo feo que estaba la guerra en Europa no podía hacerles eso a mis padres. Lo reconsideré y le pedí que no dijera una palabra a ellos, no quería preocuparlos más.

Mes a mes recibíamos siempre una carta de Chema y le respondíamos con otra, que cada uno de nosotros redactaba de forma personal. En ocasiones se demoraban en llegar, algunas de ellas las habíamos leído dos meses después de la fecha de envío. La correspondencia en altamar no es cosa fácil. Nuestras cartas eran enviadas junto a las provisiones de los buques, dependiendo la demanda de estas se hacían los envíos, así que todo estaba a merced de las necesidades dentro del mismo barco.

Yo admiraba mucho a José María o «Chema», como le decía; era listo y un gran hermano mayor. Aún no se casaba lo que le permitía viajar libremente sin estar atado a algún hogar; era más alto que mi padre, tez morena, y ojos verdes, al igual que los míos y los de mi madre. Claro que esto no quitaba que admirara a el resto de mis hermanos, pero Vicky y Rosa siempre estaban en complot contra los hombres de la familia; ambas eran muy hogareñas y ayudaban a mamá en todo lo doméstico, mientras que Heraclio y yo la pasábamos en el campo o en la granja con nuestro padre, siempre que estábamos de vacaciones en casa. Éramos una familia unida y sólida, fuerte, trabajadora y todo iba bien en ella hasta ese día...


◇◆◇◆◇◆◇◆◇◆◇


Días anteriores había estado lluvioso y la radio no funcionaba muy bien, pero ese día había dejado de llover y el sol ya había salido. Papá quería que revisáramos las hortalizas y hacer un recuento de los daños. Caminamos hacia la colina detrás de la casa, el cielo aún estaba oscuro, sabíamos que dos horas más tarde mamá mandaría a una de nuestras hermanas para que fuéramos a desayunar. Por un lado de la casa teníamos un pequeño estanque, que mi abuelo y mi padre construyeron cuando mis padres se vinieron a vivir aquí.

Heraclio llevaba la radio y la iba sintonizando, él era igual de alto que yo. Se caracterizaba por su buen sentido del humor y su manía por la música de Pedro Infante. Hasta deliraba con que se parecía a él. Yo siempre le dije que no era así, pero la verdad es que si tenía un aire.

Por su lado papá y yo cargábamos las palas y azadones, una parte de las lechugas ya se tenían que cosechar y lavarlas en el estanque. Esto era para que a media mañana llevarlas a vender al mercado. Eso hacia yo o Vicky, mi hermana mayor, la cual era excelente en la administración del dinero de la familia e increíblemente buena vendedora. Tenía ese poder de convencimiento que hacía que más de dos cayeran perdidos en su sonrisa y sus ojos color miel.

Llegamos a las hortalizas y nos dispusimos a trabajar. Yo con una hoz sacaba las lechugas y mi hermano las ponía en la carreta, mientras papa removía la tierra para trabajarla después, por la radio se podía oír música de salón interpretada por una mujer.

Y así, al son de la música y de los primeros rayos del amanecer trabajamos.

Aún lo recuerdo, papá estaba por un lado mío agachado limpiando la tierra, cuando se oyó por la radio que un buque de petróleo ha sido atacado y bombardeado por submarinos alemanes en el Golfo de México.

Nos quedamos quietos tratando de oír atentamente lo que decían, empezamos a sudar frío. Heraclio solo se pasaba la mano por la frente, no le importaba llenarse de lodo.

Papa seguía hincado en tierra apretando sus piernas con los puños. Se veía ansioso.

Yo les observaba y sentía que el aliento me abandonaba. Lo presentía. Ese dolor en el pecho, esa sensación de escalofríos y miles de mariposas asesinas en mi estómago.

El locutor habló, «Tenemos el informe completo»

Nuestros mayores miedos se cernían sobre nosotros y no había nada que los detuviera.


◇◆◇◆◇◆◇◆◇◆◇


Estábamos esperando qué el locutor de la radio diera el informe, nos sentíamos ansiosos y desesperados, teníamos miedo, sabíamos que México estaba a un paso de la guerra, y que un buque más fuera atacado, sólo confirmaba que dentro de muy poco el gobierno mexicano tomaría la situación en sus manos.

Permanecíamos en silencio, y el locutor habló:

«El buque Tuxpán fue torpedeado a las 23:15 horas del 26 de junio, a 40 millas de la Barra de Tecolutla, con treinta y nueve tripulantes de los cuales murieron cuatro»

Papá estaba temblando, Heraclio se apretaba la cabeza y yo... Yo estaba en shock. El buque Tuxpán era donde mi hermano estaba.

«Los nombres de los tripulantes fallecidos son: Antonio Urías Martínez de 28 años, José María Rodríguez Santillana de 24 años… »

Mi hermano lanzó la radio lejos. Todo era un caos en ese momento y en mi familia estaba comenzando el colapso.

Los gritos de mi padre fueron de dolor, los de mi hermano de desespero, y yo sólo pensaba en la venganza. Sabíamos que teníamos que dirigirnos a nuestra casa pero, ninguno de nosotros tenía el valor para hacerlo. Enfrentarnos a nuestra madre y hermanas sería tal vez una de las cosas más dolorosas qué haríamos, darles la noticia de la muerte de su hijo y hermano mayor causaría el mismo efecto qué causó en nosotros.

Mi padre no se levantó, quedó tirado en la tierra, en el lodo, llorando, gritando, desesperado, ya sin esperanzas de poder hacer algo por uno de sus hijos.

Heraclio después de arrojar la radio se comenzó a jalar el cabello de la cabeza, lo jalaba con saña, haciéndose un dolor menor pensando que tal vez sofocaría el dolor más grande de su alma. Yo me levanté, fui cogí la radio que mi madre tanto amaba y que sólo había tenido pequeños daños.

Sabía que tarde o temprano iba a explotar, que tarde o temprano tendría que sacar el dolor, la vida nunca había sido justa, eso lo sabíamos, pero al menos pensé que si nos esforzábamos lograríamos que el destino cambiase para bien, para nuestro beneficio. Sólo que esta vez el destino fue muy cruel y dentro de mí, por el momento sólo había una cosa, venganza. Vengar la muerte de mi hermano, vengar la sangre que corría por sus venas y que fue derramada inocentemente en esas aguas, venganza por mi país que se vio obligado abandonar su posición de neutralidad sólo por los ataques injustos y crueles de un país, que era manipulado a seguir las órdenes de un hombre que estaba más loco que una cabra.

Mi padre se levantó y comenzó a terminar el trabajo, a recoger las lechugas y a ponerlas en la carreta. Heraclio hizo lo mismo, todo por instinto al igual que yo. Todos sabíamos que tarde o temprano teníamos que ir con nuestra madre, en este caso no quería estar en los zapatos de mi papá, el tener que decirle a su esposa qué su hijo había muerto.

Creo que eso causó un daño irreparable en nuestra familia.

Terminamos rápidamente el trabajo en un silencio incómodo y doloroso. Luego lavamos las lechugas en el estanque y las pusimos en la pequeña carreta, papá estaba ido y se veía el dolor en sus ojos, era una tristeza profunda. Extendió sus manos hacia nosotros y nos hizo acercarnos lo cual hicimos sin titubear. Nos abrazamos. Un abrazo fuerte. Un abrazo cargado de apoyo, de sustento y después de eso caminamos hacia la casa, teníamos que enfrentarnos de nuevo al dolor.

Aún puedo recordar con tanta claridad al entrar a casa. Mi padre, mi hermano y yo estábamos nerviosos, los ojos de ellos estaban hinchados de llorar. En mi caso sentía el dolor como hielo en mi sangre pero también sentía la calidez del hogar.

La casa estaba llena de un aroma a café y huevos revueltos, se oía ruido en la cocina lo que suponía que mamá ya estaba despierta y al menos Vicky también. Nosotros tres nos miramos uno al otro pensando en quién debía dar la noticia, por lo que me adelanté unos pasos y giré a ver a mi padre que ya tenía la cabeza gacha y con una mano cubriéndose los ojos, iba a llorar de nuevo, no lo soportaría.

Yo en ese momento seguía temple, puse mi brazo sobre su hombro y les dije que yo lo haría; me acerqué a la cocina, mamá estaba frente a la estufa, unos comales grandes y el jarrón del café. Vicky estaba poniendo la mesa y por un lado, mi hermana menor sentada en una silla aún adormilada.

Me acerqué a mi mamá y se me quedó mirando de una manera extraña, entonces les pedí que se sentaran. Mi papá y Heraclio aún no entraban a la cocina por lo que los llamé, al ver a mi padre llorando mi madre comenzó a llorar. Todos sabíamos que en algún momento algo iba a suceder, sólo que no sabíamos cuándo, ni cómo, ni tampoco sabíamos que la mala fortuna le tocaría a mi hermano.

—Mamá, todo estará bien— le trató de animar Victoria mientras se acercaba a ella, con lágrimas en los ojos.

—No, no. Nada estará bien. Díganme que pasó —mi madre balbuceaba entre el llanto.

—Madre. —Me hinque a sus pies tomándola de las manos—. Ayer en la noche bombardearon el Tuxpán, Chema y otros tres no sobrevivieron… Lo sentimos, nos duele al igual que a ti —susurré las últimas palabras.

Mamá comenzó a llorar al igual que el resto de la familia. Ella me abrazó con fuerza y lloró sobre mi hombro. En todo ese momento yo la sostuve con la misma fuerza y consuelo, no sabía lo que era perder un hijo, pero comenzaba a entender lo que era perder un hermano.

Afuera el día era soleado, pero en nuestra casa una gran nube densa y oscura se había posado. Mi papá y mi hermano se acercaron abrazar a mamá, la cual ni el consuelo de su marido podía lograr que su llanto se apaciguara un momento.

Estábamos ahí todos, Victoria se acercó y mi hermana menor también, mi madre se levantó de la silla y yo me levanté del suelo, ella abrazo a mi padre y lloraba en su pecho y uno a uno nos fuimos acercando a ellos, abrazándonos, sosteniéndonos, fortaleciéndonos unos a otros.

La guerra ya había llegado a nuestro país y también a nuestra familia pero nada de eso podría lograr que nuestra familia se dividiera. Teníamos dos opciones, dejarnos caer y tener un pretexto para hundirnos en nuestra propia miseria o bien tomar el dolor y encauzarlo en una causa justa, en un deseo ferviente de justicia, de valor; yo sabía bien lo que quería y tenía que vengar a mi país, a mi hermano, y a mi familia. Tenía que hacer algo bueno, sabía que en una granja no lo lograría; tenía que salir de ahí, tenía que volver a un avión y eso iba a hacer.




30 de Octubre de 2020 a las 01:23 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Francisco Rivera Francisco Rivera
Tema extraído de la memoria de una historia familiar con tinte de drama nacional y avatares históricos expuesto en plano de intimidad sentida. Buena impresión de época y contexto desde personajes contemporáneos bajo hechos ocurridos en esa etapa de México posrevolucionario. Sensibilidad de escritora y narradora interesante, sobria y evocadora.
October 30, 2020, 19:31
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