asteriabridget Asteria Bridget

“Sayonara” una palabra que nunca debí enseñarte. -Eiji Okumura. Advertencia: El siguiente fanfic contiene spoilers sobre la obra. Banana fish y todos sus personajes pertenecen a Akimi Yoshida.


Fanfiction Sólo para mayores de 21 (adultos).

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Ash Lynx: "Despedida".


“Jamás volveré a verlo, pero Eiji es mi amigo. Incluso si nunca nos volvemos a encontrar, ¿puedo permitirme pensar en él, verdad?”

—Ash Lynx


Finalmente, todo había terminado, el coronel Fox estaba muerto al igual que Golzine, y con sus muertes yo era finalmente libre. Ellos nunca más volverían a atormentarme, ni a hacerme daño de nuevo. ¿Por cuánto tiempo había soñado con que ese día llegará? Y, no obstante, me encontraba melancólico.


Las pruebas de la droga y toda la investigación, se habían perdido para siempre. Al ser quemadas por el fuego de la explosión, pero eso ya no importaba. La vida de Sing era más valiosa qué lo que pudiera resultar de exponer a “Banana Fish” y la conspiración en torno a ella en la que estaban involucrados criminales, militares e incluso figuras del gobierno. Esperaba que, con esto, mi hermano finalmente pudiera tener la paz que se le negó cuando usaron esa droga con él.


Ahora, quedaba un solo asunto por resolver y ese era que Eiji regresa a Japón. Observé impaciente las manecillas del reloj de muñeca que había colocado sobre la mesa. Esperando que las horas pasaran mientras me entretenía leyendo en la biblioteca pública: “Las nieves del Kilimanjaro de Ernest Hemingway”. No podía salir a su encuentro ni despedirme, él era demasiado bondadoso como para estar involucrado con un sujeto que solo actuaba como una máquina de matar.


Eiji estaba mucho más seguro lejos de mí, ya había resistido la tentación de verlo en el hospital. Sabía que apenas se estaba recuperando de la herida de bala así que él no vendría a buscarme. Ya solo faltaban unas pocas horas para que su vuelo saliera. Entonces podría estar mucho más tranquilo porque finalmente estaría a salvo.


No obstante, me sorprendió el hecho de que Sing me encontrará en este lugar, la biblioteca pública era casi como mi santuario. Un lugar en el que podía olvidar mis preocupaciones, pero cuando vi la carta que traía, me quedo claro que Eiji le había dicho donde encontrarme.


—¿Ash no tienes nada que decirle a Eiji? —gritó Sing mientras le daba la espalda.


¿Porque no lo entendía? No podía permitirme ponerlo en peligro. No de nuevo, el debía volver al mundo al que pertenecía, uno con el que yo siempre soñaría. Sin armas, sin violencia, sin muerte… sin mí. Me quedé en silencio esperando que se marchará.


—¡Eres un idiota obstinado! —exclamó y finalmente se fue dejándome solo.


En un inicio me sorprendió ver que, dentro del sobre junto a la carta, había un boleto de avión con mi nombre escrito en el. Era tan típico de Eiji. Entonces, me senté en una banca en los jardines cercanos de la biblioteca para leer el contenido de la carta, para ser más precisos sus últimas palabras dirigidas hacia mí.


“Ash, estoy muy preocupado porque no he podido verte y no sé si estas bien. Pero no estoy seguro de que sea así. Dijiste que vivimos en mundos diferentes, pero eso ¿es realmente cierto? Tenemos piel y ojos de diferente color, nacimos en diferentes países, pero somos amigos ¿No es eso lo que cuenta? Estoy realmente feliz de haber venido a América porque conocí a mucha gente y más que nada, te conocí… No estás solo Ash, estoy contigo. Mi alma siempre lo estará.”


Aquello que había escrito en la carta me conmovió hasta lo más profundo de mi ser. Eiji era la única persona que me había buscado sin intentar sacar provecho alguno de mí. Había sido un error intentar apartarlo sin darle una explicación. Tenía que verlo una vez más, y decirle como me sentía. Me puse de pie y comencé a correr hacia el aeropuerto. Hasta que la silueta de alguien familiar se interpuso en mi camino y sentí un dolor agudo en el abdomen.


—Nunca antes habías bajado la guardia. ¿Qué demonios te sucedió? —dijo Lao, sorprendido de haberme alcanzado con su cuchillo.


Sin embargo, yo siempre cargaba un arma conmigo, oculta en mi chaqueta. Acostumbrado a los intentos de asesinato, por lo que segundos después accioné el gatillo.


Ahora ambos estábamos heridos, justamente en la misma condición.


—Esquivaste todos mis órganos vitales —confesé, mientras trataba de contener el sangrado.


—Tú también, pero de todas formas ninguno lo logrará.


Lao realmente creía que iba a lastimar a su hermano Sing, aun cuando ya había decidido que no le haría daño. Lo entendía, pero realmente me molestaba lo inoportuno que había sido, aunque no podía culparlo. Observé mi mano cubierta de ese líquido rojo que incontables veces había derramado. No le temía a la muerte, muchas veces incluso la había anhelado, pero era curioso, ahora que sabía que realmente iba a morir me hubiera gustado verlo una última vez y tener la oportunidad de despedirme apropiadamente.


Aunque tratándose de mí, era de esperarse que este tipo de cosas me ocurrieran, yo nunca había sido afortunado en nada, pero ¿tenía que ser justo en este instante? Justo cuando había decidido ir a verlo.


Con dificultad, me dirigí tambaleándome al interior de la biblioteca, ese lugar en el que varias veces me había servido de refugio. No podía dejar a Eiji cargar con el sufrimiento de mi repentina muerte. Lo conocía a la perfección y sabía que creería que él era el responsable de ello. Por lo que agarré la libreta que alguien había dejado olvidada en una de las mesas y tomé asiento en el lugar donde siempre me sentaba.


Y comencé a redactar mi propia carta, dirigida a Eiji. Cuando terminé arranque las páginas y las guardé en mi bolsillo. No quería que se perdiera el contenido, aunque me preguntaba si tenía sentido alguno hacer eso. Después de todo él ya debía estar volando rumbo a Japón y no tenía ninguna garantía de que le llegará. Sí tenía suerte, cuando Charlie encontrará mi cadáver, se la haría llegar.


Al menos esperaba que entendiera la razón por la cual había permitido dejarme caer en este sueño profundo. Ya había tenido suficiente, estaba cansado de tantas peleas. Simplemente quería olvidarme de este mundo lleno de crueldad en el que vivía. Leí por última vez la carta que me envió, ya mi cuerpo comenzaba a sentirse pesado, cerré los ojos por un instante recargándome en la mesa.


Escuché los pasos de alguien acercarse, era una mujer. Sin embargo, su voz sonaba distante.


— ¡Hola! Disculpa, no deberías dormir aquí. —Sentí como alguien tocaba mi hombro, poco después escuché un grito—…una ambulancia, alguien llamé una ambulancia.

7 de Octubre de 2020 a las 00:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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