criandomalvas Tinta Roja

Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.


Horror Todo público.
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Recogida selectiva.

Marcos fumaba tranquilo un cigarro, aún le quedaban unos minutos de asueto antes de que diese comienzo la jornada. Varias hileras de camiones, estacionados de forma ordenada, esperaban con los motores en marcha. El sonido del ralentí era un arrullo hipnótico, pero el verdadero responsable de que le entrase somnolencia era el maldito turno de noche. Llevaba en este trabajo nueve años y no conseguía acostumbrarse a dormir por el día, arrastrando un continuo cansancio a lo largo de toda la semana.

Telesforo ya estaba en la cabina hacía un buen rato. Siempre llegaba muy temprano al cuartelillo, por lo visto se encontraba allí mejor que en casa. —Menudo cretino. —Realmente no lo pensó de forma despectiva, llevaban en esto juntos casi desde el principio y los unía una sincera amistad, una camaradería que iba mucho más allá del trabajo. Telesforo asomó la cabeza por la ventanilla.

—¿A quién nos pondrán hoy de compañero?

Marcos se encogió de hombros. —Veo muchas caras nuevas pululando perdidas por ahí, seguro que nos encasquetan a algún bisoño enchufado como cada verano.

—No soporto a los eventuales, cada año lo mismo. Solo traen problemas.— Telesforo comprobó el funcionamiento del motor dando varios acelerones en punto muerto.

—Bien que quieres irte de vacaciones y que durante un mes uno de esos “enchufados” te releve del tajo. Igual tenemos suerte y nos mandan a alguno con experiencia.

Telesforo suspiró. —Ufff, solo doce días más y podré perder de vista tu fea cara durante cuatro semanas, se me está haciendo eterno. Que ganas tengo de que regresen los que se fueron en Julio.

—Si, este año hemos pillado agosto por fin. ¿Tienes pensado ir a algún lugar?

—No está el patio para viajes, ya habrás oído las noticias en la tele.

—No te quejes, lo importante es que no nos falte el curro.


Lo vieron acercarse con un papelito en la mano y cara de pánfilo. —¡Por favor, que no sea ese! —Exclamó el chofer. Su compañero sonrió maliciosamente al tener en frente a un jovenzuelo con la cara sembrada de acné, pelo rubio muy corto y cuerpo esmirriado.

—Lo siento, no encontraba el camión. —Se disculpó el muchacho y comprobó de nuevo que la matricula que había apuntado coincidía con la de aquel vehículo.

—No te preocupes chaval. —Lo tranquilizó Marcos. —¿Has trabajado alguna vez en la recogida de basuras?

El muchacho negó con la cabeza. —Es mi primer día.

—¡Dita sea, un pipiolo totalmente virgen! ¡Cada año lo mismo!

—No seas desagradable, lo vas a asustar. — Marcos era mucho más comedido y sabía ocultar su malestar mejor que Telesforo. El “bisoño” seguramente sería más una carga que una ayuda, pero nadie nace aprendido, solo era cuestión de aguantar pacientemente doce días y dejar que después otro cargara con el “mochuelo”. —No tomes en serio a mi compañero, es un cascarrabias. Él es Telesforo y mi nombre es Marcos. —Le ofreció la mano, al jovenzuelo se le cayó la bolsa que llevaba y Marcos contuvo la risa, nunca se había topado con alguien que estuviera tan nervioso en su primer día de trabajo. Le ayudó a recogerla olvidándose del saludo.

—¡Subid de una vez, ya han salido todos y hoy nos toca un barrio “chungo”! Vas a empezar con buen pie “chavalote”.


Atravesaron la enorme puerta de acero del cuartelillo tras otra media docena de camiones. No tardaron en desperdigarse por calles distintas, cada cual con una ruta establecida y un itinerario que, bajo ningún concepto, debían de variar. Telesforo observaba las manos del muchacho, temblaba como si le hubieran metido un tempano de hielo por el culo. Intentó tranquilizarlo.

—¿Sabes? Quizás tengas suerte y sigas aquí acabado el verano. Pero has de causarnos buena impresión, nosotros somos quienes hemos de responder por ti e informar a la jefatura de tu eficiencia. — Le dio una palmada en el hombro pasando el brazo por detrás del respaldo del asiento de Marcos que estaba sentado entre ellos.

—Sujeta el volante cretino. —Le recriminó este último.

Telesforo no le hizo ningún caso y continuó. —Tranquilo chaval, verás como no es para tanto. Lo que me extraña es que no te hayas apuntado al turno diurno. La gente joven lo prefiere.

—En la oficina de trabajo temporal me dijeron que se trataba de una faena estival, suplencias. ¿Por qué dices que podría continuar después de septiembre?

—La dotación de un camión es de tres y el que nos falta no está de vacaciones, se jubiló ayer.

—¡En serio! —El chico no pudo disimular su alegría. Marcos torció el morro en un gesto de desagrado.

—Echaré de menos a Marcelo, era un gran tipo, después de 7 años se me va a hacer duro acostumbrarme a su ausencia. — Telesforo se perdió por unos segundos en recuerdos.

Marcos miraba a través del parabrisas sin apenas parpadear. Las calles estaban desiertas, la deficiente iluminación les daba un aspecto tenebroso e intimidatorio. Circulaban a gran velocidad, dejando atrás los contenedores abarrotados de una basura que fermentaba envuelta por enjambres de moscas.

—El pasado es pasado. – Sentenció Telesforo con aquella obviedad que a Marcos se le antojó ridícula. —El chaval es el futuro. Por cierto, aun no nos has dicho tu nombre.

—Ezequiel, me llamo Ezequiel.

—Y bien Ezequiel... ¿No había plaza en el turno diurno? Ningún joven quiere trabajar por las noches.

—Demasiadas emociones. —Respondió de forma escueta. Marcos giró la cabeza y miró con atención al joven. Con aquellas hechuras desgarbadas y semejante porte de alfeñique, era poco probable que lo hubiesen aceptado en las brigadas de día. El muchacho, a todas luces, carecía de aptitudes.

—Pues no creas, no te faltará actividad por las noches para ayudarte a mantenerte despierto. — Telesforo adolecía de cierta incontinencia verbal, algo que molestaba a veces a su compañero. Con el tiempo el chofer había dado por perdida la partida y desistido de aburrir a su amigo con su cháchara insustancial, siempre poco receptivo y parco en palabras. Tampoco Marcelo, el jubilado, le hacía demasiado caso, pero ahora tenía al bisoño para hablar y hablar cuanto se le antojara con la excusa de “enseñarle” el oficio.

Marcos hizo un gesto brusco con la mano. —Detén el camión ahí. —Señaló una amplia rotonda.

—¿Detenerme? ¿Por qué coño habría de detenerme ahí en medio?

—He de recoger algo.

—¿Y qué? No pienso pararme, aún no hemos llegado al primer punto de recogida.

—Estamos dentro de la ruta. — Ya se habían alejado mucho del lugar que Marcos había indicado. —Da la vuelta donde puedas y regresemos. —Telesforo refunfuñó entre dientes.

—¡Está bien, pero si nos retrasamos en los horarios tú serás quien dé la cara delante del encargado! – Ezequiel, por su parte, no despegaba los ojos de la carretera. Las manos entre unas rodillas que se entrechocaban incesantes. El nerviosismo aumentaba y sus piernas parecía que se movían por propia iniciativa.

—¿Qué es lo que pasa? —Preguntó al fin.

—No será nada, tranquilo chaval. —El chofer descolgó el micrófono de la radio, estaban llegando a otra rotonda que les permitiría cambiar de sentido.

—Central, aquí vehículo 33/4. Vamos a retroceder hacia Avenida Meridiana con la calle de Compostela. Mi compañero creé haber visto algo. Cambio.

Tras el desagradable y clásico sonido de las interferencias, llegó la respuesta de una voz de mujer, fría y robótica.

—Recibido 33/4. Recuerden respetar en todo momento los protocolos. Manténgannos informados de cualquier novedad, cambio y corto.

Telesforo aminoró la marcha a medida que se acercaban al lugar, se detuvo en donde Marcos le indicó. El motor siempre en marcha y de nuevo el soporífero ralentí.

—¿Y bien? ¿Qué coño hacemos aquí? La empresa no nos pagará horas extras si llegamos tarde.

Marcos tenía los ojos clavados en un montón de cajas y cartones apilados junto a varios pallets de madera destrozados. El camión, estacionado en medio de la rotonda, quedaba apartado varios metros de allí. Un par de farolas alumbraban la avenida con su luz mortecina, las calles colindantes permanecían totalmente a oscuras.

—Shhhh, allí. —Susurró mientras señalaba con el dedo.

—Yo he visto moverse algo. —La voz alterada del joven no ayudó a calmar los ánimos.

—Yo no veo nada. —Telesforo entrecerró los ojos. Hacía tiempo que en las revisiones médicas le recomendaron ponerse gafas, los ignoró con el mismo desparpajo con el que solía ignorar las broncas de Marcos cuando, después de un volantazo, se comía un bordillo.

Marcos apartó a un lado a Ezequiel, y ante la mirada incrédula de sus compañeros, abrió la puerta y descendió del camión.

—¿Se te ha ido la “pinza”? Vas a conseguir que nos metan un “puro”. ¡Sube al camión ahora mismo!

Marcos no hizo caso de las protestas de su compañero y comenzó a rebuscar entre el montón de basura. Al poco apareció con una botella en cada mano y una radiante sonrisa en la cara.

—¡Gran Duque de Alba, reserva del 2000! Toda una “delicatessen” para el paladar.

—¡Marcos, eres un auténtico gilipollas! ¿Quieres que nos echen a la calle por dos putas botellas de brandy?

—No son “dos putas botellas de brandy”, son “dos putas botellas de ÉL brandy.”

—¿Cómo coño sabías que estaban ahí?

—Mi cuñado las ocultó y me ha dado el aviso.

—¿Y no podía, simplemente; habértelas dado él mismo?

—Ya sabes que en el turno de día los registran cuando regresan al cuartelillo. Los putos protocolos de los cojones.

—Tú y tu cuñado sois unos cretinos.

Marcos miró a Ezequiel. —Y tú ni una palabra de esto. ¿Entendido?

El muchacho asintió con la cabeza.

Apareció de debajo de toda aquella porquería tambaleándose. —¡Mierda, un puto borracho! —Exclamó el chofer. ¡Ya la hemos liado! No sé por qué siempre dejo que me enredes con tus tonterías.

—Míralo por el lado positivo. —Le respondió Marcos. —Una inmejorable oportunidad para que el muchacho se estrene.

—¡¿Yo?! —Exclamó este. —Yo no pienso salir del camión.

—Chaval… —Le dijo condescendiente Telesforo mientras metía el brazo bajo su asiento, cuando volvió a emerger sujetaba un bate de baseball. —… ¿A qué coño crees que has venido? Venga… — Le puso el palo sobre las rodillas. —¡A trabajar!

—¿Que…que tengo que hacer con esto? —Balbuceó el muchacho.

—¿Tu qué crees? No te preocupes, solo es un borracho. — Marcos intentó tranquilizarlo. —Míralo bien, apenas se tiene en pie.


Las puertas se abrieron y Ezequiel descendió del camión titubeante. Se volvieron a cerrar a sus espaldas. El chico sujetaba con ambas manos el bate, aun así, casi lo arrastraba por el suelo. Su compañero lo agarró por las muñecas y lo obligó a alzar el palo.

—¡Así, cógelo con fuerza, acércate a ese, levántalo sobre tu cabeza y aplasta la suya con todas tus ganas! Pero no te arrimes demasiado.

—No puedo hacerlo.

—Chaval, si no vales para esto, haberlo pensado mejor antes de aceptar el trabajo.

Poco a poco se fue aproximando, le temblaban tanto las piernas que apenas podía tenerse en pie. Solo el peso del palo evitaba que también sus brazos se agitaran como la gelatina. Lo interpuso entre él y el tambaleante mendigo. Detrás, Marcos le iba aconsejando.

—Muy bien chaval, ante todo precaución, mantente fuera de su alcance, muy bien, ya casi lo tienes.

—¿No hay ninguna otra arma en el camión, una pistola o algo mejor que este palo?

—Si claro, un bazooka para que nos escuchen en doce manzanas a la redonda.— Le propinó una colleja.— ¡Piensa con la cabeza chaval!

El pordiosero miró a Ezequiel, el costado arqueado hacia la izquierda y la espalda curvada. El jovenzuelo casi pudo ver la resignación en aquellos ojos sin brillo.

—¿A qué esperas? ¡Esparce los sesos de ese cabrón sobre los adoquines!

Desde la cabina del camión, Telesforo no perdía detalle. —Cada año la misma historia. —Se dijo a sí mismo. —¿Por qué cojones me toca siempre trabajar con inútiles?

Cerró los ojos (un gesto claramente imprudente) alzó tal como le habían dicho el bate sobre su cabeza y descargó un golpe con todas sus fuerzas. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, el mendigo yacía en el suelo con la cabeza destrozada.

—¡Muy bien chaval! Has dejado de ser virgen. —Marcos reía complacido. Ezequiel permanecía inmóvil delante del cadáver, la punta del bate impregnada de sangre, algunos trozos de cráneo y sesos se habían quedado pegados a él. Estaba horrorizado, pero fue mayor su repulsión al ver como su compañero despojaba el cuerpo de todo aquello de valor.

—¿Por qué nunca llevan nada que valga la pena? —Se lamentó Marcos mientras contaba unas pocas monedas y revisaba un reloj que debía de hacer mucho que se había parado. Cuando se dio cuenta de cómo lo observaba el novato se sintió incómodo. —¿Qué miras? Ah, ya entiendo. —Le ofreció el reloj. —Toma, tu parte.

—Es repugnante.

—¿Te parece repugnante? Nada de esto necesita ya “ese”, pero si nosotros. Chaval, definitivamente, no tienes estómago para este curro. Lo mejor será que a nuestro regreso pidas la cuenta. —Miró inquieto a su alrededor. —Este se les ha escapado a los del turno de día, podría haber más. Vamos, será mejor que regresemos al camión.

—¿No se os olvida algo? — Espetó Telesforo, Marcos refunfuñó y agarró por los pies el cadáver.

—No te quedes ahí parado como un pasmarote, ayúdame.

Ezequiel lo levantó rodeándolo por los sobacos con los brazos, entre ambos lo arrojaron a la trituradora del camión y la pusieron en marcha. El joven fue incapaz de mirar mientras las cuchillas destrozaban el cuerpo.


Se pusieron en camino sin informar del contratiempo. El muchacho no abrió la boca durante todo el trayecto. Continuaron dejando atrás calles desiertas y contenedores repletos de basura. Por fin llegaron a su destino.

Antes de apearse escrutaron el lugar palmo a palmo. Era una avenida amplia y larga con numerosos y oscuros portales.

—Parece que todo está en orden. — Telesforo volvió a llamar a la central. —Hemos llegado al punto de recogida sin novedad, todo parece tranquilo, vamos a proceder. Cambio.

De nuevo la voz metálica. —Recibido, procedan. Cambio y cierro.

El chofer abrió las puertas y puso en marcha el triturador de basuras. Ezequiel y Marcos se apearon del vehículo, el veterano casi tuvo que empujar al novato.

—Ahora empieza el trabajo de verdad, manos a la obra. Haz todo lo que yo te diga y no tendrás nada que temer. —Por como manchó el chico los pantalones con orina, estaba claro que las palabras de su compañero no lo habían tranquilizado en absoluto.

—¡Dios mío! — Es todo lo que acertó a decir. Delante de ellos, iluminados por los faros del camión, debían de haber más de dos docenas de cadáveres.

—Los de diurno se han empleado a fondo, aunque se nota que también ellos tienen en sus filas a algunos novatos. —Marcos le arrojó al nuevo el bate. —No correremos riesgos. Ya sabes cómo hacerlo, destrózales la cabeza.

En realidad, apenas quedaba cabeza que destrozar de la mayoría de ellos. Los habían acribillado a balazos y rematado con un tiro a bocajarro en la azotea.

—¿No vas a desvalijar a estos? — Ezequiel lo dijo más por posponer el momento de comenzar tan desagradable tarea, que por incomodar a su compañero.

—A estos ya los habrán registrado a conciencia los del otro turno, sería una pérdida de tiempo. — Por lo visto no se tomó a mal el comentario del chico.

Le costó mucho controlar su estómago, a cada golpe las arcadas arremetían con más fuerza. Finalmente, la cena a medio digerir escapó por su boca.

—Chaval, eres un blando.— Telesforo lo vigilaba desde el camión con el brazo apoyado en el borde de la ventanilla y medio cuerpo asomando por ella, no sabía si reír o llorar.

Finalizado el apaleamiento fueron arrojando uno a uno los cuerpos a la trituradora. Ezequiel los sujetaba por los pies, Marcos los rodeaba con sus brazos por debajo de las axilas y los levantaba. Finalmente los balanceaban un par de veces... y al camión. Ezequiel veía como la trituradora los engullía, desaparecían devorados por los terribles dientes de metal que giraban desgarrando carne y hueso.

Estaban despachando a los últimos cuando el joven rompió su mutismo.

—¿Sabes el tipo de antes?— Casi fue un lamento lo que salió de sus labios.

—No le des más vueltas, hiciste lo que debías. Cuando te acostumbres no será más que rutina. Para todos fue duro el comienzo, aunque ninguno lo queramos admitir. Aun, después de tantos años, a veces sigo teniendo pesadillas. —Se acercó a la cabeza del chico y le susurró al oído. —Pero eso ni se te ocurra decírselo al “Teles”.

—No, no es eso…Deja que me explique. —Un, dos... tres balanceos y adentro. Los cuerpos pesaban como un muerto (literalmente). Marcos sudaba, se estaba haciendo viejo. —Ese el “borracho”. —Continuó el chico.

—¿Qué cojones te pasa? ¡Déjalo ya, me das dolor de cabeza!

—Es que creo que eso es lo que era, un borracho.

—Por supuesto que era un borracho. El miope es ese que se despanzurra cómodamente en la cabina del camión mientras nosotros nos deslomamos aquí fuera. Yo veo perfectamente.

—Un borracho, un pordiosero, un vagabundo… un pobre hombre.

Marcos dejó caer al suelo al último de los cadáveres, Ezequiel quedó sujetándolo por los pies.

—No digas tonterías. ¿Cómo iba a sobrevivir fuera de la zona de cuarentena? Deja de sentirte culpable y da gracias de que fuese un borracho y no un “corredor”, esos sí que dan miedo. —Un escalofrío recorrió su espina dorsal al pensarlo.

—Lo vi en sus ojos, en cómo me miraba suplicando que no lo hiciera.

—¡Bobadas! Deshagámonos de este último y continuemos. Me duele la espalda, solo falta que llegue a casa también con dolor de cabeza. Era un "borracho". En la última etapa de la enfermedad están tan débiles que son prácticamente inofensivos. Creo que ahora entiendo por qué no te has apuntado a las brigadas de exterminio. No tendrías cojones de enfrentarte a los “corredores”. Eres un cobarde, y lo peor de todo, es que también a mí me estás metiendo el miedo en el cuerpo. —Aupó el último cadáver casi sin ayuda de Ezequiel, impaciente por largarse de allí. Lo arrojó con desprecio a la trituradora, luego subió a los estribos del vehículo, golpeó la carrocería y dio un grito al conductor para que se pusiera en marcha. —Sube al estribo mequetrefe, aún nos quedan otros tres puntos de recogida, la noche se me va a hacer muy larga por tu culpa.


Con los dos operarios sujetos a la parte posterior del camión, Telesforo circulaba a poca velocidad. No había noche que no diera gracias al cielo por tener un puesto de chofer. En la cabina blindada se sentía seguro, pero en los estribos… Decidió que era mejor pensar en otra cosa. Puso la radio y buscó una emisora que le levantara el ánimo. Sonaron los primeros acordes de Hotel California de los Eagles, le encantaba aquella canción. Subió el volumen.


—¿Por qué no nos desplazamos en la cabina? Me estoy helando.

—Estamos a mediados de julio. ¿Cómo puedes tener frío? —Lo que hacía temblar a Ezequiel era el miedo. —Solo nos queda una manzana para el próximo punto, llegaremos en minutos. Si lo que tienes es “canguelo” no te preocupes, las brigadas diurnas lo han “limpiado” todo como ya has visto. Llevo 9 años en esto y nunca he tenido un solo contratiempo. —Marcos reparó en la mancha de los pantalones de su compañero. —Si mañana aún no has pedido la cuenta, tráete unos pañales. – Agudizó el oído. —¡Joder, mañana me los traeré yo también! — Golpeó la carrocería con el bate de baseball y comenzó a gritar. —¡Maldito cretino! ¿Es que no los ves? Ponte gafas de una puñetera vez! ¡Acelera y sácanos de aquí!

—¿Qué… qué está pasando? ¿Por qué le gritas a “Teles”?

En la cabina del conductor, Telesforo tarareaba a viva voz el estribillo de la canción. – “Wellcome to the hotel Californiaaa”. — El volumen estaba tan alto que no se percató más que de una breve vibración provocada por los golpes en la chapa.

De un portal salió como alma que lleva el diablo una mujer joven, y como un demonio parecía que aullaba. De otros portales y calles colindantes comenzaron a aparecer muchos más.

—¡Madre del amor hermoso! — Marcos le lanzó su bate cuando casi la tenía encima. La alcanzó de lleno en la cabeza que empezó a sangrar, pero eso no detuvo a la mujer en su frenética carrera.

—¡Telesforo hijo de puta, acelera coño, que los tenemos pegados al culo! —Marcos asomaba el cuerpo por el lado del remolque en la esperanza de que el chofer lo viese por el retrovisor.

—¡Dijiste que los diurnos lo habrían limpiado todo! ¿Entonces de dónde han salido estos? —Balbuceaba Ezequiel.

El veterano reparó en los uniformes negros con sus respectivos cascos y chalecos acorazados que llevaban algunos de los “corredores”.

—Esos que nos vienen detrás son el equipo diurno. ¡Maldita sea, la han cagado bien! ¡Malditos novatos! ¡HIJODEPUTAAAAAAAA, ACELERAAAAAA! ¡¿Es que no los ves, ciego del demonio!?


— Then she lit up a candle

And she showed me the way

There were voices down the corridor

I thought I heard them say

Welcome to the hotel California

Such a lovely place

- Such a lovely place-

Such a lovely face


—¡Dijiste que nunca habías tenido un solo contratiempo!

—¡Te mentí, estaba harto de tus lloriqueos!

De un puntapié se deshizo de uno que a punto estuvo de agarrarlo por la pierna. Mientras, Ezequiel intentaba trepar al techo del remolque en una maniobra harto peligrosa. De poco le fue caerse en un par de veces por lo que desistió. Uno de los “corredores” puso tanto ímpetu en la persecución, que del impulso cayó dentro del triturador, para desgracia de los operarios estaba apagado. El joven comenzó a patearlo histéricamente, el veterano en cada intento por golpearlo perdía el equilibrio. Sujeto por una sola mano al asidero del camión, le era muy difícil atinar un impacto contundente. No dejaban de gritar en ningún momento, de maldecir a Telesforo, de encomendarse al altísimo, de contener los esfínteres.

Tenían encima por lo menos a una docena de aquellos enloquecidos individuos. Ahora también Marcos intentaba desesperadamente subir al techo del camión. Tan próximos estaban, que podían ver perfectamente las expresiones desencajadas, los ojos inyectados en sangre de los “corredores”. Los que llevaban casco al menos, triste consuelo, suponían un peligro menor al no poder morderles, pero si destrozarlos a golpes.

—¡No quiero morir! — Gritaba el muchacho sin dejar de patear al caído en la trituradora. Por fin, de un puntapié lo pudo empujar con la suficiente fuerza como para ensartarlo en uno de los dientes de las palas trituradoras. El tipo le vomitó encima una abundante bocanada sanguinolenta antes de quedar inerte.


Los Eagles habían acabado su tema y el que sonó a continuación no fue del agrado de Telesforo, recorrió el dial en busca de algo más de su gusto. —¿Qué demonios? —Un exaltado se cruzó por delante acabando bajo las ruedas del camión, otros tres habían conseguido subir en el lateral e intentaban romper los cristales a cabezazos.

—¡Jodeeeer! — Pisó a fondo el acelerador. Ahora si miró el retrovisor, tras ellos una autentica jauría de infectados. —¡Jodeeer, jodeeer, jodeeeer, menuda cagadaaa! —El micro de la radio se le resbaló de las manos sudorosas. Se agachó a recogerlo y cuando asomó de nuevo el hocico por el parabrisas solo tuvo un segundo para esquivar a una camioneta atravesada en mitad de la calle. El giro fue tan brusco que Marcos cayó del camión. Quedó sujeto de un brazo al asidero, pero la velocidad con la que lo arrastraban por el asfalto le estaba destrozando. Miró angustiado a Ezequiel que había decidido que era más seguro meterse en la trituradora que seguir sobre el estribo. El hedor de la carne picada era más soportable que la idea de caer en manos de los “corredores”. Los estaban dejando por fin atrás, Marcos llegó al límite, suplicó con la mirada a su compañero que lo ayudara, pero este estaba aterrorizado, petrificado.


—¡Central, aquí vehículo 33/4, esto está atestado de apestados! ¡¿Cómo nos habéis mandado a este infierno?! ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA! ¡Voy a exponer mis quejas al sindicato, os voy a meter una querella que os vais a cagar! ¡QUIERO UN AUMENTO EN EL PLUS DE PELIGROSIDAAAD!!!

—33/4 aquí central, mantenga la calma y guarde los protocolos de actuación. ¿Está bien el resto del equipo?

Telesforo miró por el retrovisor, no pudo ver a ninguno de sus compañeros.

—Creo que los he perdido. ¡ESTO ES UNA MIERDA, JODER!!!

—Mantenga la calma y los protocolos de actuación. Recuerde que en la cláusula 652/44 de su contrato se le hace responsable de cualquier desperfecto que pueda sufrir el material de la empresa. ¿Cuál es su actual ubicación?

Telesforo comprobó el GPS. —Estoy en Gran Vía con la calle Letamendi.

—¿Lleva infectados a bordo?

—Aporreando las puertas hay por lo menos tres que pueda ver, soy incapaz de deshacerme de ellos.

—Entendido, diríjase a la plaza del Doctor Letamendi, es un punto “limpio”. Repito, plaza del Doctor Letamendi. Siga los protocolos de actuación y no pasará nada. No abandone bajo ningún concepto la cabina, repito. ¡Bajo ningún concepto!

—Ni se me pasa por la cabeza, puedes creerme loro del demonio.


Aminoró la marcha al entrar en la plaza hasta estacionar justo en el medio. De inmediato se encendieron multitud de focos que lo deslumbraron. Era como si de golpe se hubiera hecho de día. También los apestados quedaron desorientados. El sonido hueco de una deflagración distante y el cristal de la puerta derecha se manchó de sangre. Otra más, y otra. Una tras otra, las cabezas de los subidos en el camión se abrían como sandias. Luego el silencio.


Entró derrapando a toda prisa un furgón blindado y de su interior salieron una docena de hombres ataviados con armaduras antidisturbios y armados hasta los dientes. Comprobaron a los caídos, los francotiradores habían hecho un trabajo casi quirúrgico. Le hicieron señas al conductor para que siguiera en la cabina y continuaron comprobando el perímetro.

Uno de ellos se paró en seco e iluminó el interior de la trituradora con la linterna de su fusil de asalto. Distinguió una figura ensangrentada que balbuceaba palabras inconexas. Le descerrajó medio cargador.

—¡Todo despejado! — Los exterminadores regresaron a su furgón y desaparecieron de la misma forma en que llegaron.

—Central a vehículo 33/4, regrese a la base y vaya directamente a la zona de cuarentena. De no seguir los protocolos se le aplicara el articulo 971/38 del convenio. —Aquello era un eufemismo burocrático para omitir decir que le volarían la tapa de los sesos.

—Menudo asco de semana.— Maldijo Telesforo.— Tres “jubilaciones” en tan solo dos días. ¡Que ganas tengo de pillar las vacaciones!


Marcos vagaba por las calles desiertas, no pudo seguir sujeto al asidero. Las ropas hechas girones y la piel medio desollada. Su aspecto era la pura imagen de un infectado. Debía buscar un refugio donde pasar la noche a salvo de los apestados y en el que esconderse por el día de los exterminadores.


—¡Mierda de novatos!



(En el año 2020 el mundo se vio afectado por una pandemia. Los gobiernos, presionados en gran medida por los poderes económicos, antepusieron a estos por encima de la salud de sus ciudadanos.

Incapaces de acabar con la plaga y temiendo por la defenestración del sistema capitalista y neo liberal, depositaron sus esperanzas en las vacunas. Estás llegaron demasiado deprisa. Azuzadas las farmacéuticas por la presión de los estados y su propia avaricia, no pasaron por los pasos previos para asegurar su efectividad y la carencia de contraindicaciones posteriores. Los gobiernos inocularon en masa a sus ciudadanos, obviando a los estratos más bajos de la sociedad, con unas vacunas sin garantías.

Los efectos secundarios comenzaron a aparecer pocas semanas más tarde.

Las personas enloquecían y se volvían extremadamente violentas. Transmitían el mal por medio de la saliva. Fue mucho más devastador el remedio que la enfermedad, un virus con una letalidad reducida había mutado en aquella atrocidad.

Los pocos no infectados se refugiaron en zonas de acceso limitado donde atrincherarse y hacer frente a la nueva plaga. Los enfermos carecían del raciocinio mínimo para incluso mantener sus necesidades más básicas y morían con el tiempo de sed e inanición, lo que permitió a los sobrevivientes recuperar el control de las ciudades poco a poco. En esta tarea, las brigadas de “limpieza” tuvieron un papel fundamental.


Todos eran susceptibles de contagio, todos salvo curiosamente, aquellos infectados por el VHI. El sida destruía las células infectadas con la nueva enfermedad y los mantenía a salvo de la pandemia. El “pero” es que debían de elegir entre la inmunidad que les brindaba el VHI y morir por él, o enloquecer convirtiéndose en un nuevo descerebrado. Pero eso es otra historia.)

4 de Octubre de 2020 a las 12:11 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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