robbie Robbie Grimm

Detrás de los guardianes con escudos de hierro, un cementerio onírico se alza siendo este lugar el preferido de sus perpetadores, que uniendose en hermandad celebran un acto oculto y de origen malévolo.


Cuento No para niños menores de 13.

#sueño-terror
Cuento corto
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Sueño tétrico

Me hallaba caminando sobre una banqueta. En la calle a mi izquierda no pasaba coche alguno. Sobre el asfalto, las huellas que dejó la lluvia permanecían y en algunos puntos se formaron charcos que reflejaban pedazos de un cielo ahora puro. El canto de los pájaros no existía, lo cual me pareció extraño. En realidad, no había vida en aquel lugar: ni los pájaros cantaban; ni la gente transitaba; ni los perros mendigaban. Me encontraría totalmente solo sino fuera por el entrañable amigo que me acompañaba. Alberto, a mi derecha, y yo, andábamos como los amigos suelen andar; con ese aire despreocupado, encontrando confortabilidad en la compañía del otro. No hicimos caso de la soledad que se juntaba alrededor de nosotros, envueltos por una platica amena, que mantuvimos durante todo el rato en que nuestros pies nos llevaron ante los guardianes con escudos de hierro.

En este punto por primera vez desde que comenzó el sueño nos detuvimos. Contemplábamos con gran inquietud los senderos conectados entre sí y las lápidas donde estos conducían.

—Puede que encontremos algo interesante, ¿no es así? —le dije a mi amigo induciéndolo a que entráramos.

—Puede que sí —viendo en sus ojos la indistinguible chispa de la curiosidad, insistí. Consiguiendo su aprobación me dispuse a recorrer una de las puertas de hierro frío y negro, irrumpiendo así en el cementerio que atrajo nuestro interés.

Recorrimos el primer sendero que nacía desde el otro lado de las puertas. A nuestro alrededor el aire era llenado con los sueños de quienes yacían durmiendo profundamente. Alberto, al igual que yo, permanecimos callados, explorando con la mirada puesta en el terreno que se revelaba a cada paso. El sendero se bifurcó debajo de un árbol seco, que tomaba el color del grafito. A la izquierda de este, el sendero se alargaba y llegaba hasta una mausoleo opulento, que alcanzaba nuestra vista a vislumbrar. Por el contrario, las lejanías del sendero de la derecha eran escondidas por arbustos muertos y bloques de hormigón cuyo propósito con el que se construyeron quedó olvidado. Todo esto le daba un aura misteriosa que no hizo más que alimentar nuestra curiosidad. Inquietos por resolver el misterio acordamos ir por este último.

La masa lodosa intentaba tragarnos con cada paso que dábamos, además del maloliente aroma que desprendía; la humedad parecía ser más marcada en aquel sendero, y sin embargo, todo yacía tan muerto alrededor, a excepción del musgo que aún crecía invadiendo el cuerpo de las piedras. Al final del cochambroso camino llegamos a un terreno notablemente más desocupado en que se podía caminar varios metros sin toparse con sepultura alguna —a diferencia del resto del cementerio en esta zona había vida; crecía una hierba hasta alturas prominentes, y donde hay hierva tenía que haber insectos.

Exploramos, Alberto por un lado y yo por otro. Mi atención la atrajo una sepultura en particular, cuya lapida estaba prisionera por una enredadera de espinas —de un grosor considerable— tapando la inscripción grabada. Varias arañas también habían hecho su trabajo tejiendo telarañas en el espacio entre las espinas —¡Mike! Ven a ver esto —Alberto se acercó a mí y me hizo señal para que lo siguiera.

—¿Qué pasa? ¿Has visto algo? —inquirí.

—Sí, tienes que ver —Alberto me llevó al borde de una pendiente que bajaba hasta una zona nueva y plana. Era muy parecida a la que estábamos en ese momento.

La hierba estaba más corta y seca, perdiendo casi del todo el color esmeralda. Precisamente en el centro de nuestro panorama estaba lo que Alberto quería mostrarme. No éramos los únicos en ese lugar; había gente, toda aglomerada en una misma área. Gente... rara sería quedarme corto. Los hombres estaban desnudos de la cintura para arriba; con sólo una especie de taparrabos verde-hoja se cubrían; su calzado constaba de unas simples sandalias. Las mujeres, por otro lado vestían de rojo granate; una capucha de fina tela burdeos, una pechera de cuero rígido y una faltada desgarrada exhibiendo la pierna izquierda. Cuando quiero decir que esta gente no era común no me refiero a su atuendo poco convencional sino a todo lo demás que conformaba su reunión. En varios puntos del área, sobre el pasto, estaban colocadas cabezas de buey con los cuernos clavados en la tierra. Por si eso no fuera suficientemente extraño en el centro de la aglomeración estaba dispuesta una caldera y en su interior burbujeaba una mezcla cuya consistencia y color semejaba a la de una salsa poblana.

A causa de un mal presentimiento —que nos pincho a ambos— nos agachamos. Seguimos observándolos desde una postura más segura. En mi interior, dos estados habían nacido contraponiéndose, por un lado la angustia, que comenzaba a comerme los nervios y por otro la emoción palpitante convirtiéndose en frenesí. No hacía falta ver a mi amigo para saber que estaba pasando por lo mismo que yo, después de todo, aun, sabiendo con terrible sagacidad lo que sucedía —o mejor dicho, lo que próximamente acontecería— seguíamos allí, expectantes.

La tarde siguió su curso. El sol bajó, irradiando un tono de luz de oro incandescente. Y como si esa hubiera sido la señal, un hombre que hasta el momento descansaba —sobre un cajón de madera volteado— se incorporó y avanzó hacia el centro del área que ocupaban. A diferencia de los otros hombres y mujeres, este llevaba en su espalda como capa la piel negruzca de un animal —más tarde comprenderíamos que se trataba de un macho cabrío cuyos cuernos estaban curvados hacia atrás—. En su mano derecha cargaba un cuerno de búfalo, del que sospechábamos que lo usaría como instrumento de tipo aerófono. Mientras avanzaba los participantes bajaban la cabeza con aire solemne. Se detuvo frente la caldera y levantando su brazo dirigió la mirada a uno de los hombres. De él no tuvo que salir palabra alguna para que el hombre entendiera; sacó de la tierra una de las cabezas de buey y con los cuernos hacia abajo se la acerco al hombre vestido con la piel de un macho cabrío. Este metió sus manos dentro y cuando las saco estaban empapadas de un líquido rojo y viscoso del que inferimos que era sangre. Sus manos formaban un recipiente imperfecto por el que chorreaba el líquido. En ese momento mi amigo y yo nos miramos atónitos encontrando en la expresión del otro la misma pregunta atascada: ¿se la tomará? Pero el hombre no se la tomó sino que se embarró la cara con ella, posteriormente volvió a introducir las manos y esta vez las pasó, embarrándose, desde el cuello hasta la cintura donde comenzaba el taparrabo. Una vez que su cuerpo quedó bañado por sangre le hizo una señal al hombre que le trajo la cabeza, y este lo imito bañándose en la misma sangre. Pronto todos los demás participantes comenzaron a hacer lo mismo; al terminar con su propio cuerpo pasaban la cabeza a otro de los participantes. Al final lo que quedo fueron seres moldeados por la sangre.

El de la capa del macho cabrío levantaba sus manos con la palma hacia arriba; levantaba la vista hacia el cielo y de su boca salían palabras que no alcanzamos a escuchar. Varios de los seres renacidos de la sangre también lo hacían, todos con gesto de idolatría.

—¡Hermanos! —exclamó el hombre revestido de las pieles del animal mítico, y, a continuación, lanzó un bramido al cielo que retumbó en los corazones de sus hermanos unidos por el rito que celebraban. Levantó el instrumento y dirigiéndolo al sol sopló en él emitiendo un sonido estridente. En los ojos de aquella gente un fuego emergió siniestro y hambriento; no pudo ser contenido más y estalló en un abanico abrazador cargado con una sola frase emitida al unísono. Sea lo que fuera ya había empezado.

Mis dedos que hasta ese momento se habían aferrado con fuerza a la tierra ahora estaban dolorosamente acalambrados. No tuvimos que emitir palabras para saber que debíamos de hacer. Nos fuimos arrastrando hacia atrás poco a poco con la idea de levantarnos lo más pronto posible y huir de aquella gente. Lo hubiéramos hecho sino fuera por qué detrás mía divisé a dos figuras aproximándose. Mi vista no se equivocó; aquellas figuras iban vestidas con los atuendos de la gente de allá abajo. Cuando Alberto quiso levantarse lo tire del brazo llevándolo de nuevo a la tierra.

—¿¡Qué te sucede?! Vámonos de aquí —suplicó.

—Tranquilo —le dije, y le señala a las dos figuras que se acercaban. Hubiese sido imposible salir de allí sin que nos vieran.

—¡Mierda, Mike! ¿Qué hacemos ahora?

Yo me encontraba igual de asustado que mi amigo. Sin poder formular ideas claras, la mayor estupidez que mi mente podría crear vino a nuestro auxilio revestida en traje de genialidad.

—Albert, será imposible salir de aquí por ahora, no nos queda más opción que incorporarnos a ellos.

—¿¡Te, te has vuelto loco Mike!? Los has visto ¿cierto?, viste lo que estaban haciendo ¿y me vienes con eso?

—¡Alberto! —le lancé una mirada cargada con determinación. Mis ojos seguramente parecían a los de un loco— Sígueme, tengo una idea.

Apenas acabé de decir esto y rápidamente me arrastré sobre la hierva, Albert me siguió. Llegué hasta el borde del terreno donde comenzaba la pendiente y verificando que nadie veía hacia acá exclamé: ¡ahora! Y bajamos la pendiente lo más rápido que fuimos capaces. La adrenalina era un excelente combustible, en pocos segundo ya estábamos a cubierto detrás de un árbol. Nos asomamos y analizamos el campo. La gente se había acomodado alrededor de la caldera. En sus manos llevaban cuencos de madera, que imaginamos usarían para llenarlos con la mezcla.

Alberto propuso que nos acercáramos mientras ellos siguieran alrededor de la caldera. Gracias a que el árbol en el que nos escondíamos tenían un gran hueco en medio del tronco nos fue posible quitarnos los zapatos y depositarlos allí. En las ramas amarramos las playeras quedando ocultas por las hojas. Por último, nos remangamos los pantalones dos dedos debajo de la rodilla esperando que no se fijarán tanto en el hecho de que no llevábamos el atuendo que le correspondía a los hombres.

Poco a poco, primero en cuclillas, avanzábamos cautelosos. En el último tramo fuimos pecho tierra arrastrándonos; Alberto en dirección a una de las cabezas de buey; yo, en dirección de otra de ellas. Por fin logre tener una de las cabezas de buey frente a mí. Cómo lo habíamos planeado la gente cuya vista apuntaba en dirección a la nuestra se hallaba nublada gracias a la caldera humeante. Estire mi brazo y tomé la cabeza por uno de los cuernos y la acerque a mí. El hedor llegó violentamente a mi nariz causándome nauseas al instante. Indeciso miré el contenido viscoso; Habían vaciado los sesos del animal y en su lugar la llenaron sangre. Recordando el posible peligro en que nos encontrábamos ya sin ningún reparo metí ambas manos y mientras aquella gente llenaban sus cuencos, yo, me embarraba el rostro y el cuerpo de la sangre aún tibia.

Cuando terminé busque desesperadamente a Alberto temiendo que lo descubrieran. Él a su vez debió de temer por mí porque nos buscamos al mismo tiempo. Lo vi, y al igual que yo se encontraba ensangrentado pecho tierra. Le hice la señal de que teníamos que levantarnos y revelarnos ante el grupo con el nuevo camuflaje. Dudosos y temerosos nos alzamos con los pies tiritando del miedo. Tratábamos de caminar con naturalidad. De pronto, una reacción inesperada de parte de uno de los participantes hizo que nos detuviéramos en seco. Había lanzado un alarido eufórico. Temiendo que nuestra presencia fuera la razón tensamos los músculos involuntariamente preparados para lanzarnos a la huida. Los otros habían dirigido su mirada a este hombre que ahora apretaba la mandíbula y agitaba la cabeza —fue el primero en beber—. Su show no se detuvo ahí; jadeaba como perro sacando la lengua. Al verlo así todos rieron, pero no porque se burlaban de él. Todos tenían ya sus cuencos llenos y emocionados como un grupo de simios engulleron la bebida.

Los mismos efectos que tuvo en el primer hombre se repitieron en los demás. Nos habíamos quedado todo ese rato sin atrevernos a dar un paso más perplejos por la despampanante escena. Nos asaltaron unos pasos que se dirigían a nosotros; era el mismísimo hombre revestido con las pieles del macho cabrío. Se postró frente nosotros, irguiéndose cuán alto era, sacándonos por lo menos cabeza y media y con la sangre aún escurriéndole por el pecho. No podría explicar la aplastante presencia que era la de aquel demonio. El fuego dentro de sus cuencas fue suficiente para cernir la desesperanza en nuestro espíritu. Los ojos de mi amigo y los míos se perdieron en los senderos infernales de sus cuencas ¡Desprendía hedor a muerte! El corazón lo traíamos palpitante en los oídos, pero algo había golpeado contra nuestros pechos. Sí, definitivamente. Al bajar la mirada vimos lo que era: el hombre nos había acercado los cuencos llenos de la bebida que usaron los otros para embrutecerse. «Beban»: fue lo único que nos dijo y suficiente para que le sostuviéramos los cuencos. Su mirada aún

se clavaba en nosotros expectante. Todo para que dejara de mirarnos. Haríamos todo para que dejara de mirarnos.

La bebimos con la esperanza de que fuera el bálsamo con el que curaríamos la enfermedad con la que aquel ser nos azotó. La mezcla era grumosa y ardía al descender por la garganta. La injerimos mientras adolecíamos de leves espasmos. De partir de aquí lo demás se vuelve confuso. La bebida nos había pegado rápido.

Recuerdo al principio tener una horrible resequedad en la lengua lo cual fue atenuándose al poco rato. También sentí un fuerte vértigo y hasta temí perder el conocimiento. El sonido de las voces sonaba distante y todas se entremezclaba en una maraña sin sentido. No era consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Me perdí a mí mismo. Mi mente guerreaba por enfocarse en algo; aferrarse inútilmente a un recuerdo, quizás. De pronto recobre la conciencia en aquel nuevo mundo que me recibía. El miedo me abandonó y, en su lugar, me invadió una sensación de alivio e incluso de bienestar. Pero sobre todo eso me hallaba eufórico, ¡condenadamente eufórico! Alberto continuaba a mi lado y él se sentía de la misma forma que yo. Se escuchó un fuerte golpe sobre el pasto; una mujer alta, de espalda y caderas anchas había arrojado al suelo a joven de proporciones menores a las de ella. El joven parecía que se había dado un fuerte golpe en la cabeza pero por la excitación no le tomó importancia. La mujer se hincó sobre él y de un tirón le arrancó el taparrabos; ella hizo lo mismo con la falda y la pechera, desgarrándolas, mostrando un cuerpo desnudo; los surcos de sangre descendían hasta su trasero. Lo siguiente se vio venir; la mujer convertida en fierra lo montó —y he de decir que domó al joven— con la intensidad de los animales. El resto del escenario no era distinto; por todos lado se escuchaba el indistinguible ruido de las prendas desgarrándose. Aquello se había convertido en una orgía. Mientras ocurría todo esto recuerdo haber estado bailando con el buen Alberto. Si quieren imaginarse todo esto que les estoy contando les ayudaría si pensaran en una melodía celta de fondo. Sí, ¿entienden lo que les digo? Todo lo que acontecía a mi alrededor yo lo veía mientras la música celta retumbaba fuerte en mis oídos.

—¡Alberto! Música celta amigo.

—¡En efecto mi Mike, es música celta!

Y así bailamos, golpeando nuestros pies desnudos contra el suelo, dando medias vueltas y otra vez repitiendo el proceso. Marchando hacia el costado del otro, regresando y ahora del lado contrario. El chiste era nunca dejar de patear el suelo. Y así seguimos bajo los efectos embrutecedores, quizás durante horas.

Un olor extraño y asfixiante interrumpió nuestro baile.

—¿Hueles eso Alberto? —inquirí.

—Sí, huele como a plástico quemado.

Los efectos de la bebida ya se nos habían pasado considerablemente, y, un malestar parecido al de una resaca se asentaba en nosotros.

No sólo era el olor, también los lamentos agudos provenientes de algún lugar. Buscamos la fuente de aquella distorsión en el ambiente tan alegre que hasta hace pocos momentos disfrutábamos. Entonces lo vi: los otros habían armado una fogata de un gran tamaño. A unos cuantos metros de ella, debajo de una lona se alcanzaban a ver dentro de una jaula a los animales que chillaban. En su mayoría eran gatos, entre el resto habían conejos, gallinas y cuyos. Fue en ese momento en que volvíamos a ser consientes del lugar en donde estábamos. Vimos a una de las mujeres tomar a uno de los gatos y degollarlo sin reparar, como una profesional. Tiró el cadáver al fuego con tal ímpetu que me estremeció, y, puedo jurar que la nube de humo que ascendió después tenía la forma de la cara de un gato y los bigotes eran rápidamente consumidos por las brazas ardientes que saltaban de la madera. De nuevo ese olor extraño se asentó en el lugar. Era el olor a pelo quemado. Todos comenzaron a imitarla, arrastrando a uno de los pequeños animales enjaulados y llevarlo hasta su muerte. Desnudos, los participantes del ritual degollaban —manchándose aún más las manos— y tiraban al fuego los cuerpos.

—¡Mike! ¡Mike! —Me llamaba mi amigo mientras yo seguía absorto a la escena. Alberto trató desesperadamente de llamar mi atención—. Tenemos que irnos de aquí Mike. Esto es un ritual, ¿¡recuerdas!?

—Sí, sí. Tienes razón, tenemos que largarnos —deje de observar al fuego y busque al hombre con la capa de macho cabrío. Al no divisarle ceca creí que es era nuestra oportunidad de huir.

—Muy bien Alberto, cuando cuente cinco corremos y subimos la pendiente.

—De acuerdo.


—Uno... —una gallina y dos gatos fueron degollados—. Dos. Tres... —sus cuerpos eran comidos por las criaturas del fuego cuyos dientes ardientes mordisqueaban con avidez el pelo y la carne—. Cuatro… —Otra nube de humo ascendió y esta tenía el retrato de los tres animales asesinados. Más olor a pelo quemado—. ¡Cinco! —corrimos a toda velocidad hacia la pendiente. La resaca que nos dejó lo que bebimos era horrible; solamente alcanzamos a correr unos cuantos metros cuando nos quedamos sin aire. Además, nos afligía un dolor punzante en el centro del pecho. Lo más raro de todo era que nuestras piernas, no tenían la suficiente fuerza para impulsarse; escapar de ese lugar fue como tratar de atravesar un pantano. Subimos la pendiente con poca eficiencia. Por fortuna —y desgracia a la vez— aquella gente de allá abajo continuaba en lo suyo. Nos detuvimos sólo para tomar algo de aire y volvimos a correr. Hubiéramos alcanzado la misma velocidad intentando correr en una alberca sumergidos hasta la cintura. Por más que lo deseáramos las piernas no nos dieron más. A pesar de estar ya lejos de la fogata y de la nube de humo, nuestros ojos comenzaron a arder; a pesar de estar lejos de los animales que sacrificaban, el chillido seguía latente dentro de nuestro oído; a pesar de alejarnos de la gente, los ojos del hombre macho cabrío aún amenazaban nuestra cordura.

Regresamos por el mismo sendero que tomamos, llegando por fin con el corazón en la garganta al árbol seco donde estaba la bifurcación. De ahí dimos vuelta a la izquierda y con las pocas brazas de fuerza, que luchaban por sobrevivir llegamos a unos cuantos metros de los centinelas escuderos. Me detuve allí y mire en dirección donde se celebraba el ritual.

—¡Venga, Mike! Allí está la puerta. ¿Qué esperamos? —Casi no escuchaba la palabras de mi amigo. Permanecí con la mirada fija, como si mis ojos pudiera ver el ritual a través del cementerio. No puedo decir que era lo que pasaba por mi mente, de pronto tuvo unas ganas inexplicables de regresar. Di el primer paso en esa dirección y en una décima de segundo, Alberto, me tomó firme del antebrazo.

—¡Mike, reacciona! Te lo ruego ¡vámonos de aquí! —Me dirigí a mi amigo y con total naturalidad le dije: "es que quiero regresar"

—¿De qué estás hablando Mike? Bien sabes que no puedes hacer eso. No te voy a dejar, aunque tenga que arrastrarte hasta las puertas.

—Alberto, siento unas irresistibles ganas de regresar ¿por qué?

—¿Por qué? Porque creo que te he perdido Mike, al menos una parte de ti que se quedo en aquel lugar ¿no es así? Tranquilo. Venga. Vámonos Mike.

Aún no me rendía ante la fuerza de mi amigo que tiraba de mí, queriendo llevarme fuera del cementerio, pues una fuerza mayor me atraía desde las entrañas de aquel lugar. Definitivamente había algo que me llamaba. ¡Tenía que regresar! ¡Tenía que regresar! Sentí entonces un sudor frío bajándome por la nuca. La atmosfera cambió; una presencia negativa se arrastraba entre las sepulturas y pasaba de largo a los mausoleos recorriendo la tierra que pisábamos. Y toda ella se dirigía donde el ritual tomaba lugar. Parecía ser que Alberto también la percibió, pues su mano tiritando se aferraba a mi brazo como el marinero a la deriva se aferra al remo. Seguramente yo también tiritaba.

Mire a mi amigo en busca de esperanza y lo único que encontré fue mi propio terror reflejado en sus pupilas.

—¡Vamos pues Alberto, larguémonos ya!

En un último esfuerzo corrimos hacia las puertas, mientras, ese mal aire continuaba arrastrándose tomando posesión del cementerio. Delante de las rejas de hierro una nube densa nos esperaba. Tras cruzar el umbral fuimos engullidos por ella.

24 de Septiembre de 2020 a las 04:20 10 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

Robbie Grimm En el otoño me deleito, pues es la estación en que una magia lúgubre brota de lo que está próximo a morir. Sean pues bienvenidos a mi mundo en que el otoño es eterno, donde podrán soñar sin miedo de ser censurados. "En el otoño todo está cansado y más dispuesto morir" —Patrick Rothfuss. ¡Bienvenidos, soñadores!

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Buttercup Jones Buttercup Jones
Puedo decir que amo un trillon de veces esta historia? Porque la amo un trillon de veces de verdad!!!! ❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️

  • Robbie Grimm Robbie Grimm
    ¡Cuánto me alegra eso, Buttercup. Gracias! :) Espero pronto traer nuevas historias. 1 week ago
𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
Leí esta historia hace unos días y no entiendo por qué no dejó mi comentario XD en fin, acá volví. Amé esto, lo burdo y crudo del ritual, cómo ellos se desesperan por no ser vistos cómo intrusos, como siguen el ritual y ese final... uff, eso fue por completo inesperado! Relato increible!

  • Robbie Grimm Robbie Grimm
    ¡Saludos! Muchas gracias por tu comentario. Vaya que los sueños son tan impredecibles; nunca sabes qué te llevará a qué y por dónde ¿a que sí? 2 weeks ago
Samantha Hirszenberg Samantha Hirszenberg
¡Lo amé muchísimo! Fue intrigante desde la primera frase. Me llamaron mientras leía y me dejó ansiosa por saber qué pasaba después, jaja. ¡Gran trabajo!

  • Robbie Grimm Robbie Grimm
    ¡Gracias, Samantha! De verdad me alegra que hayan encontrado al relato así. Si les pudo transmitir la experiencia, haciendo brotar emociones en su interior, yo me quedo más que contento. 2 weeks ago
Noly ArtOs Noly ArtOs
Narración impecable y mantiene a uno atrapado de principio a fin. 👌🏼

  • Robbie Grimm Robbie Grimm
    ¡Hola Noly! Gracias por dejar tu comentario. Me alegra saber que pienses así del relato. Espero te haya hecho sentirte inmersa en él por un rato, ya sabes, como en un sueño. 2 weeks ago
Oscar Fernandez Oscar Fernandez
Buaah, ¡qué pasada de relato! Me ha encantado en todos los sentidos, tengo que destacar (entre todo), tu gran estilo de narración, es muy bueno, es lo que me enganchó a seguir leyendo este cuento hasta el final. En cuanto a la historia, es genial debido a lo dispar que es, no sabes lo que va a pasar, sucediendo acontecimientos la mar de interesantes y que incluso escalan bastante rápido. Quiero dejar aquí mi F por los protagonistas, casi logran escapar. Espero que subas más relatos como estos, ¡son geniales! ¡Sigue así! :D PD: Unas observaciones. La primera, separa los diálogos, que al estar juntos, se hace un poco confuso saber quién habla o quién deja de hablar. Y la última, es que el párrafo de: "Apenas acabé de decir esto y rápidamente, me arrasté..." ese párrafo lo has puesto 2 veces, lo comento para que lo puedas modificar luego en edición. Y ya estaría, ¡buen trabajo!

  • Robbie Grimm Robbie Grimm
    ¡Saludos, Oscar! Primero que nada te agradezco por tu comentario; me alegra saber que has disfrutado del relato, lo que me da ánimos de continuar subiendo este tipo de contenido. Segundo, te doy las gracias por tus observaciones: ciertamente no hice una ultima revisión y se me fueron los párrafos repetidos e incluso omití parte del desenlace; por lo que te pido que leas la ultima parte con el fin de que te quedes con toda la experiencia de la narración, que con júbilo me entero te mantuvo atrapado. También enmendé detalles del guion con lo que espero sea más claro. Y una vez más te doy las gracias, Oscar. :) 3 weeks ago
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