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Un día mágico ...

Sofía no podía dormir. Afuera cantaban los pájaros, saludando al sol que se asomaba lentamente por el este. Era un típico domingo de verano. Silencio, solo se escuchaba la naturaleza que rodeaba la casita en la que estaba habitando con su novio. Salió de la cama, donde Nicolás seguía durmiendo plácidamente, se calzó unas pantuflas y se retiró del cuarto. Las 6 de la mañana, muy temprano todavía para ir a la panadería y comprar comida para el desayuno. Agarró el libro que dejó sobre la mesa del comedor, y salió a la cubierta, donde había una silla-hamaca que colgaba del techo. Se puso a leer, mientras que el sol calentaba la tierra con sus rayos dorados. Después de un rato levantó la vista y miró el panorama que tenía en frente suyo; el lago cristalino que reflejaba las montañas que lo rodeaban. Que lindo paisaje que tenía en frente de ella. Un lugar soñado, un lugar mágico, donde cualquier cosa podía pasar. Se había tomado una semana de vacaciones con su novio y decidieron alejarse de la multitud y del ruido y refugiarse en la naturaleza.


Volvió mirar el reloj. Marcaban las siete de la mañana. Entró, se puso unos shorts con una remera y unas zapatillas, y se fue al pueblo. Una vez allá compró pan fresco y miel de la región. También unos huevos y naranjas para complementar el desayuno. A la vuelta a la casita pasó cerca de un manantial. Frenó y se acercó a el. Dejó las bolsas con la comida en el suelo, se sacó las zapatillas y metió los pies en el agua helada. Que bien se sentía. Esto era vida. Escuchar los pájaros, ver como los rayos del sol atravesaban las hojas de los árboles, dándole al lugar ese aspecto mágico, de quietud y paz. Con los pies en el agua, se sentó sobre una roca y giró la cabeza hacía el sol. Sentía la energía de la tierra en la palma de sus manos, de cómo la tierra madre tenía vida y alimentaba todo lo que le rodeaba. Al cabo de unos minutos, se levantó, se calzó, agarró las bolsas y marchó hacia la dirección en donde se encontraba Nicolás.


Cuando llegó, todo seguía como ella lo había dejado. Fue directamente a la cocina, colocó la pava sobre el fuego para calentar agua para hacer café, cortó el pan en fetas, exprimió las naranjas para hacer jugo e hizo huevo revuelto. Mientras cocinó, puso música y su cuerpo comenzó a moverse al compás de la melodía. Y así es como Nicolás la encontró; metida en su mundo de la música, bailando sin que nada le importe. Los pelos sueltos, su cabeza se movía como loca, para atrás y adelante, siguiendo el ritmo de sus piernas que saltaban, giraban… por eso la amaba, por tener esa alma de espíritu libre, de no dejar la niña que fue en el pasado, saber disfrutar y vivir la vida. De ser una loca linda, como él siempre la llamaba. En uno de sus giros, lo ve y con el dedo le señaló hacia el jardín. Su plan fue desayunar al aire libre y aprovechar la mesita con las sillas que tenía la casita. Terminó de preparar todo, agarró la bandeja y siguió a Nicolás.


- Te amo gorda – le dice él, y le da un beso en la boca. – Disfrutemos de este día mágico que nos tocó. – Le saca la bandeja de las manos y juntos salen al mundo.-

23 de Septiembre de 2020 a las 18:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Florencia Strada Hey Stalker! Soy una chica amante de la literatura, de la cultura y de un rico café . Espero que disfruten de mis historias y gracias por pasar por mi perfil .-

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