edobaru Edgar Gasca

Ymrad ha experimentado el peor dolor del mundo, y aunque al unirse a La Guardia Mágica volvera a sufrir un tormento, es la única forma de evitar que los demás también pasen por eso.


Fantasía Medieval Todo público.
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Perdido en la capital

Perdido, no había duda alguna, Ymrad Culpepper, un chico de tez clara y pequeño en verdad, corto de anchura y corto de altura, se hallaba perdido en la capital del Reino Dreydorth, vagando por las amplias calles adoquinadas, entre casas, torres, iglesias y demás edificios hechos de piedra y con una altura colosal, provocando que Cynphera pareciera un intricado laberinto.

Ymrad había llegado tres días antes después de viajar durante medio mes y se había hospedado en un mesón sin salir mucho de este. Ahora pagaba su falta de preparación al vagar por los extensos caminos en busca de los terrenos de La Guardia Mágica, razón por la que había ido a la capital, pues ese día harían las pruebas de ingreso.

Avanzó por las anchas calles sorteando tumultos de personas, carretas, carrozas y bestias de montura, deteniéndose a veces para admirar con sus ojos grises los transportes hechos de diferentes materiales y a los animales que nunca antes había visto, como los hipogrifos, los gatos monteses de acarreo y los lagartos de montura.

Siguió caminando, un fuerte viento se colaba a través de los edificios y despeinaba su ya alborotado y corto cabello color trigo, el cual parecía el nido de un ave. Alzó la mirada y notó un cielo libre de nubes pero con carrozas, águilas gigantes e hipogrifos surcándolo.

De pronto chocó contra alguien al estar distraído, el impacto lo hizo trastabillar hacia atrás pero logró permanecer en pie.

—Perdón —dijo la otra persona antes de que él pudiera disculparse.

Con quien había chocado era un joven mucho más alto que él, poseía una espalda fornida, rostro afilado y cabello rojizo algo ondulado peinado hacia atrás. Pero lo que más sobresaltaba de ese individuo era la ropa que llevaba: una camisa carmesí, un pantalón azul ultramar y cinturón y botas de cuero negro.

Ymrad portaba prendas muy similares, pero eran de un tono café amarillento y se notaban usadas y remendadas hasta el límite, las del otro lucían nuevas y de un material de gran calidad, seguramente se trataba del hijo de algún mercader.

Aquel joven estaba agitado y ansioso, viendo para todos lados.

—Oye —dijo de pronto—. ¿No sabrás donde quedan los terrenos de La Guardia Mágica? Creo que ya casi empieza la convocatoria.

Los grises ojos de Ymrad se abrieron y relucieron tanto que parecieron monedas de plata.

―¿Tú también quieres entrar a La Guardia Mágica? ―mencionó Ymrad con un gesto de sorpresa.

El joven pelirrojo le dirigió una mirada seria y luego sonrió ampliamente, con un gesto que a Ymrad le pareció felino.

―¡Claro que sí! Yo perteneceré a La Guardia Mágica y me convertiré en uno de los mejores guerreros del reino ―contestó el pelirrojo, agrandando su sonrisa, alzando una mano y haciéndola un fuerte puño―. No importa que retos me pongan, yo triunfaré en todos ―su voz era jovial y entusiasmada.

Ymrad efectuó una ligera sonrisa al contagiarse de ese ánimo.

―Yo igual quiero pertenecer, y no me rendiré ante nada, pero, primero debemos hallar donde está.

Ambos se vieron por un segundo, luego vieron un reloj en la torre de una iglesia, diez para las siete, las pruebas iniciaban a las siete de la mañana, les quedaba poco tiempo. Corrieron calle abajo a gran velocidad, pidiendo instrucciones a cada minuto y virando en varias esquinas.

A tres minutos de que dieran las siete hallaron donde se harían las pruebas para acceder a La Guardia Mágica. Quince filas con decenas de personas se formaban tras un colosal muro, más grande que varios edificios de la capital, en el cual estaba labrado el símbolo de La Guardia mágica: la cabeza de un águila, la de un oso y la de un lobo dentro de un pentágono.

Se formaron, Ymrad respiró hondamente después de correr tanto, descansó las manos en sus costados, palpando con la diestra su morral de tela (donde guardaba otras prendas y un poco de comida), y tanteando con su mano izquierda la espada que cargaba, ancha y casi tan larga cómo él.

―Llegamos a tiempo ―pronunció el joven pelirrojo con una amplia sonrisa ladeando su cabeza hacia atrás para hablar con Ymrad pues se había formado primero―. Por cierto, mi nombre es Katze, ¿y el tuyo?

―Ymrad.

―Muy bien Ymrad, espero tengas lo necesario porque quiero ser tu compañero en La Guardia Mágica ―enunció Katze y le ofreció su puño para chocarlo como si así cerraran una especie de trato.

Ymrad chocó los puños, sonrió y luego observó a su alrededor. Calculó que debía haber cientos de aspirantes, tal vez mil, y eso que solo aceptaban a jóvenes de diecisiete años. Si fallaban en esa ocasión, no podrían intentarlo nunca más en el futuro.

Ymrad tragó saliva y apretó sus puños al pensar en eso, tomó otro hondo respiro y trató de calmarse, había estado entrenando desde los once años, no tenía razones para preocuparse.

La Guardia Mágica era el grupo de guerreros con mayor prestigio, en el cual plebeyos como él podían ganar igual o más que los más importantes mercaderes y conseguían estar casi al mismo nivel que algunos títulos de la nobleza. Aunque Ymrad deseaba pertenecer por otras razones.

Las campanadas de las iglesias y dentro de los terrenos de La Guardia anunciaron que ya eran las siete de la mañana, todos los aspirantes se irguieron expectantes. Por la cantidad de gente que había (y por su corta estatura), Ymrad no pudo ver que sucedía con el primero en la fila por más que se puso de puntillas, pero luego de un minuto y medio, avanzó pocos pasos y observó a otro aspirante que se retiraba cabizbajo, al parecer el primer candidato había fallado.

Su corazón latió con desesperación, ¿qué tan difíciles serían las pruebas?, ¿de verdad tenía lo necesario para pertenecer a La Guardia? Agitó su cabeza para despejarse de tales ideas, no era momento de dudar, sino de darlo todo.

—Es muy emocionante, ¿no lo crees? —dijo Katze viendo a Ymrad con una entusiasmada sonrisa—. La espera me está matando, ya quiero que llegue mi turno.

―Yo no diría que es emocionante, sino inquietante —respondió no Ymrad, sino el aspirante detrás de ellos. Un joven más alto que los dos, delgado, de tez pálida y con cabello denso, rizado y azabache—. Debido a que somos muchos candidatos, la primera prueba ha de ser muy complicada para eliminar a la mayoría de una vez.

El corazón de Ymrad se inquietó más.

—Eso es lo que lo hace emocionante, mientras más difícil sea el desafío, mejor —contestó Katze haciendo más grande su sonrisa felina.

Ymrad sonrió, el ánimo y optimismo del otro eran contagiosos.

—No importa qué pruebas sean —habló por fin Ymrad—. Yo superaré todas.

—¡Sí! ¡Exacto! —contestó Katze.

—Tienen mucha confianza, eso es bueno —agregó el aspirante alto y de cabello rizado con una sonrisa—. Por cierto, yo soy Moddig Bristol ¿ustedes?

—Katze.

―Ymrad Culpepper.

Los tres avanzaron otro par de pasos y vieron como otro joven se iba con la mirada apesadumbrada. Transcurrieron varios minutos hasta que por fin llegaron al frente.

Ymrad vio que el acceso a las pruebas era un túnel con escalones que iban en descenso.

—Su mano por favor —pidió un hombre fornido de barba puntiaguda.

Katze, al ir primero, extendió su mano, el hombre extrajo un pincel que descansaba en un tintero hallado en una pequeña mesa a un lado, y con el pincel trazó una línea en la palma de Katze.

—Sígueme —ordenó el instructor.

—Los veo del otro lado —enunció Katze con una amplia sonrisa y la mano levantada.

Él y el instructor bajaron por los escalones hasta perderse de vista.

—Así es como lo evitan ―dijo Moddig.

—¿Qué cosa?

—Que los aspirantes vuelvan a hacer la prueba, de seguro esa tinta no se puede quitar con facilidad, así que si fallas y te vuelves a formar, la marca en la mano te delatara.

Ymrad asintió, tenía sentido. Pasó un minuto y ni el hombre ni Katze regresaban del túnel, de pronto el instructor apareció, pero Katze no, lo cual esperaba fuera bueno.

―Su mano por favor ―pidió el instructor, Ymrad recibió la marca de tinta, la cual se secó y se le impregnó rápido en la piel, y después siguió al hombre por el túnel en descenso.

Bajaron varios escalones, con antorchas en las paredes para alumbrar el camino, luego de descender unos tres metros llegaron a un corto pasillo, obstruido por una enorme puerta de metal con una línea que la dividía en dos hojas y con el símbolo de La Guardia Mágica tallado en el centro.

—Tendrás un minuto —comentó el instructor, sacando del bolsillo de su abrigo de lana un reloj de arena—. Si en ese tiempo no logras abrir la puerta, te retiraras y nunca serás parte de La Guardia Mágica.

Giró el reloj de arena y lo posó en su palma.

Ymrad avanzó, colocó sus manos en la puerta y empujó con todas sus fuerzas, escuchó un leve chirrido, pero la puerta no se abrió ni un poco.

La fuerza física no era una de sus cualidades, pero no se iba a rendir, trató de mover la puerta con su habilidad mágica, pero la puerta era de hierro y él se había especializado en el acero. Debía intentar otra cosa.

Flexionó sus piernas, recargó todo su peso contra la puerta y empujó aun más, nuevos chirridos, pero no parecía mover ninguna de las dos hojas siquiera un centímetro. Volteó su cabeza y notó que el reloj de arena ya iba por la mitad.

Siguió empujando la puerta, no podía fracasar en la primera prueba, pero por más que trató y empujó y usó todas sus fuerzas, la gran puerta de hierro no cedía.



23 de Septiembre de 2020 a las 19:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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