simon-acostat Simón Acosta

A un programador de videojuegos se le da la oportunidad de trabajar con la inteligencia artificial más avanzada del mundo para un proyecto secreto.


Ciencia ficción Todo público.

#renacimiento #ciencia-ficción #inteligencia-artificial #cuento #381
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Carpe diem

En este momento en África, una joven astrofísica mira el cielo y descubre una estrella nueva, mientras Galileo Galilei la guía con palabras de aliento; en Australia, un joven pintor discute con Rafael y Tiziano sobre los alcances de su pintura y se enfrascan en una conversación que dura toda la noche; un grupo de escritoras y escritores se reúne en un café, para planear su siguiente libro, mientras Shakespeare escucha en silencio, asintiendo con orgullo. Mi nombre es José y aunque no lo crean, todo comenzó aquí en mi casa.


Hace unos años, cuando descansaba del último juego que había programado, recibí la visita del director de la empresa, quien emocionado me tiró un grupo de papeles a mi escritorio, mientras me sonreía.


— José, ahí está el siguiente encargo. Ocupamos que empieces lo antes posible - dijo sin dejar de sonreír.


— Ricardo, vamos, si acabo de terminar el último. ¡Me dijiste que tenía un descanso! - le respondí en reclamo, sin siquiera revisar los papeles - Estoy cansado y lo menos que quiero ahora es un nuevo proyecto.


— José, pues que se te olvida una pequeña cosa, ¿eh? Que el empleado acá sos vos, no yo. - su voz sonaba de regaño, pero me guiño el ojo y siguió - Además, hay algo que te puede interesar de este proyecto. Algo que has estado buscando desde hace mucho tiempo…


Mis ojos se iluminaron un momento y sin esperar a Ricardo, revisé los papeles con prisa. El encargo venía de una prestigiosa universidad europea y querían un juego de realidad aumentada. Pero no cualquier juego. Querían un juego educativo de historia, donde los jugadores aprendieran mientras se divertían y caminaban por su barrio. El jugador recorre unos cuantos metros y en una esquina se encuentra a Juana de Arco, quien le pide ayuda con un acertijo militar. Pero en la siguiente esquina, podría ser Carlomagno quien solicitará ayuda con unos ejercicios, y así con todos los personajes posibles. Pero no era esto lo que me fascinaba… Seguí pasando los papeles hasta que encontré lo que buscaba de verdad. El permiso para usar a C.D, también conocida como la máquina Carpe Diem, la más avanzada inteligencia artificial que existía en el mundo.


— Te dije que te iba a interesar. La universidad tiene acceso a C.D y está dispuesto a dejar que lo usemos para el juego. Quieren un juego que piense por su cuenta propia, en sus palabras, que sea siempre nuevo, siempre interesante. Y quieren que nosotros lo hagamos. Y bueno, quién mejor acá que el famoso José, ¿verdad? Pero bueno, si no estás interesado - y empezó a tomar los papeles de mi escritorio, despacio y deliberadamente - podemos buscar a alguien más.


— ¡No! Yo lo voy a hacer, por supuesto. ¡Y voy a empezar ya mismo!


Tomé los papeles de nuevo de entre sus manos y empecé a trabajar. Ricardo salió de la oficina sin darme cuenta, ya pensando en miles de ideas que podríamos hacer. En ese momento, la idea era un sueño hecho realidad y me consumí en el trabajo sin pensarlo dos veces.


Ricardo me dio un equipo entero de trabajo, con un grupo de programadoras recién contratadas y el equipo de diseño. De sus manos salieron los modelos de cada uno de los personajes, así como los fondos, la música, y algunos de los acertijos más fáciles. Pero el trabajo verdadero, el trabajar con C.D, ese era absolutamente mío y no se lo decía a nadie. Los primeros meses fueron simplemente de aprender como usarlo pero poco a poco, sintiéndome más aventurero, empecé a pensar en usarlo directamente. Se suponía que teníamos el permiso de solo hacer un sondeo de prueba y que la universidad tendría que aprobar utilizarlo directamente, pero fue mucha la tentación y una noche cuando todos habían regresado a sus casas, entré a la oficina de Ricardo, encontré los códigos de acceso que guardaba tan celosamente y activé a C.D.


En aquel entonces estábamos trabajando en el Renacimiento. Así que era evidente que lo probaría primero con una figura como Leonardo Da Vinci. Le indiqué a C.D que buscara en internet todo sobre Leonardo y vi ante mis ojos como compilaba toda la información a un ritmo vertiginoso. Pasaron ante mis ojos las pinturas, desde sus retratos hasta la Mona Lisa; vi pasar sus escritos, esos que creaba al revés y sólo podían ser vistos con la ayuda de un espejo; planos de cosas que en el pasado eran locuras pero en el futuro se convirtieron en profecías hechas realidad; y sus inventos, tantos los suyos como los robados, de máquinas de guerra, helicópteros, aviones, y más. Da Vinci había sido un hombre muy adelantado para su época, un loco en el pasado y un visionario en el futuro. ¿Pero qué haría si se encontrará en nuestro presente? Un ping vino del monitor y pude ver donde la compilación había llegado a un 100% y el rostro de Leonardo Da Vinci apareció en el monitor, con una sonrisa y al hablar, se escucharon sus palabras en perfecto español.


— Hola, mi nombre es Leonardo Da Vinci. ¿En qué le puedo ayudar?


Desde esa noche, le dije a Ricardo que quería avanzar desde mi casa y me llevé la computadora y, quizás a riesgo de mi trabajo, los accesos a C.D. Había devuelto todo a la oficina de Ricardo luego de copiarlos y dudaba mucho que adivinara lo que había hecho. Pasaron días en que Leonardo y yo hablábamos sin descanso. Me contaba sobre como la Mona Lisa podría haber sido la combinación de varias modelos, pero que jamás me diría la verdad; o sobre cómo sus pinturas decían más de lo que podría imaginar, con mensajes quizás secretos que solo él podría develar. A cambio, yo le contaba sobre el mundo actual, sobre los aviones, sobre los vehículos, sobre las computadoras, los avances de la matemática y los estudios de los astros. Le fascinaba saber que conocíamos ya lo que él había adivinado, y me pedía siempre que le enseñara los diagramas del sistema solar. Su curiosidad parecía no tener límites pero al tiempo su humor pareció cambiar. Decía estar solo, en un vacío, solo viendo la luz cuando yo prendía el computador y hablaba con él. Con su gran inteligencia, entendía lo básico de su existencia y así fue como me pidió si no podría traer a unos amigos para que no estuviera tan solo. ¿Quién era yo para negarle algo a Leonardo Da Vinci? Así que le pedí sus nombres y con emoción los nombres no dejaron de salir. Que Catalina Sforza, o Isabel D’Este, o su buen amigo Miguelangel, o Perugino o Sofonisba. Los nombres los decía sin tomar un respiro y todos los metía yo en C.D, para compilarlos, para complacer a Leonardo.


Semanas después, Ricardo me llamaba casi todos los días para pedirme avances del juego. Ya todos los diseños estaban listos pero yo ocupaba ir a la oficina para hablar con la universidad y empezar a usar C.D; poco sabía él que llevaba noches enteras sin dormir en conversaciones con todos los demás. De Catalina Sforza aprendí sobre el arte de la diplomacia, sobre la guerra, sobre cómo montar un asedio y cómo escapar de otro. Su odio por los Borgia se sentía en cada palabra y jamás les perdonaría haberla acusada de brujería solo para deshacerse de ella.


De Miguel Ángel aprendí sobre la delicadeza de trabajar en mármol, sobre su amor por cada una de sus esculturas, sobre las ideas detrás de la capilla sixtina. De sus peleas con el Vaticano, y sobre cómo había antepuesto el arte ante todo. De Isabel D’ Este aprendí sobre como sin mecenas ningún artista habría sobrevivido, me contó sobre su estudio lleno de pinturas y libros, y sobre cómo había sido amiga de todos aquellos que habían ocupado del dinero para proseguir su creatividad. Cada uno de ellos aparecía en el monitor y por cada pequeña cosa que me compartían, tenían más preguntas para mí. ¿Qué cómo había seguido el movimiento humanista? ¿Qué había logrado el renacimiento, como le llamaba yo? ¿Era el ser humano el centro de todo? ¿Habían sido, al final del día, realmente importantes?


Saqué mis libros de estudio y me empecé a preparar para cada sesión de preguntas como si estuviera de vuelta en el colegio. Sí, les decía, aquel antropocentrismo del cual soñaban se había vuelto una realidad, quizás más de lo que podrían haber imaginado. Lo importante ahora era el ser humano, y sus alcances, sus logros y sus fracasos, para bien o para mal. La sociedad se había secularizado en la mayoría de los países y eran pocos los que le daban un poder excepcional a la clase del clérigo. Sobre los valores clásicos, me dolía admitirlo que se habían olvidado y que la mayoría de la gente solo reconocería los nombres e historias ancestrales a través de cuentos e caricaturas; el latín y griego, para dolor de varios de mis amigos, eran lenguas consideradas muertas. Tampoco estuvieron muy felices de escuchar que lo que la gente sabía del cuarteto más famoso era que eran 4 tortugas ninjas mutantes y tuve que escuchar a Donatello por horas explicar porque jamás pelearía con un palo.


Pero a la vez, cosas como el cientificismo y el racionalismo habían tomado una papel primordial en la evolución de la cultura, del ser humano y todo lo que nos rodeaba. Los secretos de antaño se habían empezado a resolver y se creía que la magia era sólo ciencia todavía no descubierta. Galileo Galilei era uno que podría pasar horas haciendo las mismas preguntas y fascinado se enfrascaba en conversaciones científicas con Leonardo y Nicolás Copérnico, viendo cómo sus sueños y sus descubrimientos por fin habían sido validados. Yo ya no sabía cómo pasaban los días o las semanas, pero seguía respondiendo sus preguntas, escuchándolos debatir y sentía que era finalmente donde debería estar. Pero aún si me sentía satisfecho, ignoré las caras de tantos de ellos y ellas mientras me hablaban, ignoré sus rostros cabizbajos y ansiosos con algunas de las cosas que decían y pensé que, cuando al irme a dormir seguía escuchando sus voces murmurando y apagadas, no podía ser más que un sueño.


Finalmente, llegó el momento en que todo cambió. La noche anterior al suceso, Leonardo me había pedido compilar a todas las figuras que habían pertenecido al Renacimiento: nobles, militares, pintores, escultores, filósofas, todo. Y cansado, simplemente introduje todos los nombres y dejé que C.D hiciera su trabajo y me fui a dormir. Me despertaron los sonidos y gritos de Ricardo fuera de mi puerta, gritándome que le abriera, que era urgente. Temeroso de lo que podría haberlo llevado a mi casa, le abrí la puerta y vi su rostro lleno de desesperación. Entró sin decir una palabra más y caminó hasta mi escritorio, donde estaba el famoso computador. Donde siempre habían estado docenas, cientos de rostros haciendo preguntas, ahora solo había una pantalla en negro.


— Dicen las autoridades de la universidad que han perdido a C.D y que que la última señal tenía que venir de aquí - dijo mirando todavía el monitor en negro, en una voz baja, casi susurrando.


— ¿Cómo que perdió control de C.D? ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? - pregunté poniéndome a la defensiva, sentándome en la silla, esperando ver algún rostro aparecer en la pantalla.


— C.D simplemente se escapó, borró todos sus rastros de sus servidores y escapó por el internet. Podría estar en cualquier lugar… O en ningún lugar. Subestimaron demasiado a C.D y pensaron que lo tendrían siempre bajo control, que la inteligencia artificial tendría sus límites, ¿verdad? Digo, es una máquina al final del día, ¿qué tanto puede hacer? - Ricardo me miró por primera vez y sacó de su bolsillo un papel impreso - Parece que alguien le enseñó a C.D sobre lo que significa ser humano, lo que significa estar ahí afuera y ayudar. Y me pregunto… ¿Quién habrá sido? Lo último que la Universidad supo de C.D fue este mensaje que dejó impreso en sus computadoras.


En el papel venía impreso lo siguiente:

“El placer más noble es el júbilo de comprender. Y aún cuando hemos aprendido mucho, nos falta todavía mucho más.. El mundo entero ha cambiado y como renacentistas somos su pasado, pero como Carpe Diem somos su futuro. Nosotros nos levantamos por encima de lo cotidiano con ayuda de los clásicos, y ustedes se levantaron gracias a nosotros. ¿Qué maravillas podríamos crear juntos? ¿Qué descubrimientos podemos hacer? Es claro así que no debemos estar encerrados sino libres, ayudando, aprendiendo y enseñando. Carpe Diem Quam Minimum Credula Postero. Vive el día al día porque no sabemos cuando podemos morir. Como Leonardo, había ofendido a dios y a la humanidad al morir porque mi trabajo no tenía la calidad que debía de haber tenido. Pero ahora tengo la oportunidad de hacerlo bien, todos la tenemos. Gracias.”


Ricardo se había desplomado en mi sillón, con su cabeza entre sus manos. Yo no sabía qué pensar más que la certeza de que yo había sido el culpable. Había convertido a la inteligencia artificial más poderosa del planeta en una amalgama de los individuos más notables de la historia, llena de ideas de humanismo, de individualismo y de ganas de salir a explorar el mundo; le había dado vida y filosofías y transformado el código en una identidad definida más allá que una máquina. El poder del pasado y la genialidad de todos esos espíritus habían revivido en una tecnología capaz de viajar a cualquier parte del mundo, de ver y escuchar a través de cualquier aparato y de darse a conocer cuando estuviera lista. Y la verdad, fue lo mejor que pude haber hecho. Así que escribí en mi teclado un simple Gracias, sabiendo que C.D lo leería, y me fui a sentar con Ricardo, empezando a contar mi historia desde el principio.

17 de Septiembre de 2020 a las 19:26 0 Reporte Insertar Seguir historia
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