simon-acostat Simón Acosta

Un grupo de jóvenes se reúnen en su pueblo para recordar la historia que más los marcó cuando eran niños.


Horror Historias de fantasmas Todo público.

#cementerio #terror #cuento
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La risa del cementerio

Daniel entró a la cantina donde todos lo esperábamos, con una sonrisa como las de antaño. Pidió una cerveza y se sentó con todos, saludando y bromeando. Estábamos todos reunidos, como cuando éramos jóvenes, en el pueblo que nos había visto crecer. Era de noche ya y los temas de conversación habían gravitado a las historias de miedo, como acostumbrábamos.


— Pero si vamos a hablar de cuentos de miedo, tendríamos que hablar del susto que me pegaron ustedes cuando éramos carajillos - dijo Daniel, mirándonos con reproche. Todos sabíamos que historia era, pero sería la primera vez que él nos la contaría, así que lo miramos con expectativa sin decir una palabra - La historia de ese maldito reto del camino.

Daniel empezó su relato, con la música de fondo y nuestras miradas fijas en su rostro.


— ¿Se acuerdan cómo era uno cuando tenía 10 años? Uno se creía invencible, que nada lo podía tocar. Éramos un montón de güilas sin nada que hacer en este pueblo. - su mirada gravita hacia la entrada, que va directo al camino. El pueblo, alejado de todo, consistía todavía en la misma calle larga donde todo gravitaba hacia ella y aunque ahora estaba asfaltada, no era difícil imaginar los tiempos de su camino de lastre.


— De principio a fin, desde la escuela a esta cantina, con su iglesia, su cementerio, su pulpe y sus casas. No había más que este camino, y no era de nadie más que nuestro. Los adultos tenían esta cantina, este era su refugio, pero el nuestro era el pueblo entero, sus árboles, sus atajos. Jugábamos hasta tarde, porque en aquellos tiempos todo era más seguro, y no había día que no estuviera lleno de aventuras inventadas.


Todos recordábamos cómo éramos en ese momento e inevitablemente nuestra mirada se pierde entre las luces de las ventanas, recordando cómo era ser joven y ser libre. De nuestra libertad venían nuestros juegos, nuestros famosos retos. Retos de correr, de subir a los árboles más altos, de probar quien era el más rápido, la más valiente, la más atrevida.


— Pero de todas las aventuras, la peor fue el maldito reto. ¿A quién se le había ocurrido, a Jimena? - pregunta mirándola de forma acusadora, mientras la misma Jimena lo mira confundida - Sí, tenía que ser Jimena de proponer el famoso reto y tenía que ser yo, el más valiente de todos, en probarlo. ¿Que iba a saber yo que me esperaba esa noche, cuando me estaba escapando por la ventana de mi cuarto, a media noche, para irme para la escuela?¿Qué iba a saber yo que al llegar a la escuela, esperándolos a todos, me encontré completamente solo, con el viento aullando como una bestia, moviendo mi abrigo con violencia como preguntándome qué hacía yo ahí?


Como en respuesta, el viento de afuera de la cantina se incrementa, y el dueño cierra alguna de las ventanas, mientras pedimos otra ronda. No decimos ni una sola palabra, seducidos por la historia. Llegan las cervezas, Daniel toma un sorbo y prosigue.


— A lo lejos, bien lejos, estaba la luz de la cantina. Los dos postes de luz que habían entonces alumbraban el camino después del cementerio y el foco que había traído brillaba débilmente. La luna, cubierta parcialmente por las nubes, alumbraba lo suficiente para ver monstruos en cada sombra, entre los árboles, entre cada piedra. Tenía miedo carajo, tenía mucho miedo. Pero que no se diga que Daniel Aguilar es un cobarde. Así que empecé a caminar.


— Chicharras y otros animales cantaban mientras daba paso por paso; el único sonido el de mis zapatos arrastrándose con arrepentimiento por las piedras de la calle. No había ni un alma, ni en las terrazas de las casas ni caminando a mi lado. Era solo yo, el pueblo y el camino. No había pasado mucho cuando llegué a la iglesia. En sus adentros, una débil luz jugaba en las paredes; sabía que era la vela del Santísimo, claro maes, yo lo sabía. Pero ver esa vela, en medio de la más terrible oscuridad, me disparó algo en el interior y cuando me estaba dando cuenta, mis pasos se aceleraron y quise estar ya por fin en mi casa. Iba a correr, estaba a punto de, cuando llegué a la puerta del cementerio, a lado de la Iglesia, y algo me hizo detenerme, con mi mirada fija en su interior.


El cementerio del pueblo, a diferencia de los de la ciudad con sus muros y sus mausoleos, no era más que un grupo de lápidas y nichos mal cuidados, simples y vulnerables. No había nada evitando que alguien quisiera entrar… o salir.


— Mi mirada se quedó fija en un nicho vacío en el centro del cementerio. Una sensación, viniendo desde mis pies, me fue llenando poco a poco. Los antes sonidos de la noche se sofocaron de pronto, como si estuviera en una caja. Fue ahí que vi, claramente, una sombra moverse entre los nichos del cementerio. Una, dos, tres sombras, corrían entre los arbustos. El miedo me dominaba, mi visión empezó a oscurecerse, mi olfato perdió su agudeza, mi tacto se volvió frío como de muerto. Mis ojos secos, sin poder parpadear, solo podían ver las sombras y el nicho, como si nada más existiera. Me sentí a punto de desmayarme, cuando escuché las risas. Alguien, ahí en el cementerio, me miraba y reía. Escuché el crujir de las piedras y supe que se acercaban. Y fue ahí que recordé que tenía piernas y sin dudarlo, empecé a correr.


— El foco, sin darme cuenta, quedó olvidado en la entrada del cementerio y su tenue luz apuntaba hacia mi huida. Fue por eso que pude ver claramente a estas figuras saltar y correr hacia mi. Yo sólo corría, sus risas haciendo ecos entre los árboles. Podía casi que escuchar su agitada respiración y su jadeo entre paso y paso. Sentía sus manos casi sobre mí pero no podía siquiera volver a ver hacia atrás, por miedo de paralizarme ante lo que podría ver. La noche perdió toda la luz y todo asemejaba una pesadilla donde jamás podría escapar. Sus pasos seguían implacables y sonidos sin sentido provenían de mis espaldas, como llantos o gritos o maldiciones todas dichas por diferentes voces, burlándose de mi huida. Yo sentía que no podía dar más, cuando miré al frente y vi la cantina más cerca, dos o cinco kilómetros, y decidí seguir. Pero las sombras también seguían.


Daniel cuenta cada palabra como todavía viviendo en su pesadilla y le transfiere a cada uno de nosotros su terror. Podemos verlo corriendo, el sudor frío recorriendo la espalda, sus piernas cansadas, un grito ahogado en la garganta; su abrigo yace perdido, su camisa revoloteando con el viento como alas. Estamos al borde del asiento, aún cuando sabemos el final.


— El super lo pase como si fuera un borrón. Yo sólo quería seguir corriendo. Pasé uno, dos postes de luz, y pude ver claramente como miles de figuras me perseguían, como si toda la noche fueran sombras que estuvieran a mi acecho. Juraba haber levantado a los mismos infiernos esa noche, con diablos torturándome, sabiendo que inevitablemente sería suyo. Así como me acercaba a la cantina, mi único refugio, las sombras se sentían cada vez más cerca. Me respiraban en el cuello, me rasgaban mi camisa, me susurraban mentiras y empecé a llorar en silencio, cansado pero sin detenerme.


— Creí poder llegar, cuando la cantina estaba ahí nomás. Creí poder salvarme, pero faltando poco, caí por una piedra y al volver a ver, vi claramente las sombras acercándose, riendo y señalando. Cerré los ojos. Unas manos sujetaron mi rostro, pero fue más de lo que podía tolerar. Grité y fue ahí que me desmayé.


— ¡Pero qué sorpresa fue cuando, al abrir los ojos, los veo a todos ustedes conmigo en la cantina, con cara de preocupación y con lágrimas en los ojos! - dice Daniel, subiendo el tono de voz, mirándonos a cada uno de nosotros - Muy valientes para asustarme que estaban pensando que me había muerto.


Nos miramos culpables, con una risa nerviosa, mientras Daniel también ríe. Nunca supimos de quién fue la idea, pero habíamos quedado todos en asustar a Daniel. Salimos todos antes de nuestras casas temprano y esperamos ver si llegaría como había prometido a la escuela. Lo vimos, nervioso, mirar a todos lados, esperándonos, hasta que con paso decidido empezó a caminar. Corrimos todos, entre los matorrales, hacia el cementerio donde sería el golpe final. Fue ahí donde en el momento en que Daniel miró hacia el cementerio, empezamos a correr como locos entre las sombras, riendo y brincando. Lo habríamos dejado ahí, pero al ver a Daniel correr, algo se apoderó de nosotros y como si fuera una cacería, corrimos detrás de él, vociferando como animales. Pero al verlo caerse, al verlo gritar y desmayarse, comprendimos que habíamos hecho algo malo y mandamos a dos a traer a adultos de la cantina.


— Maes, eso fue un susto pero de verdad. Me acuerdo que mandaron a llamar a mi tata y me vio tan mal que ni pudo pegarme con la faja. Yo sí sé que a todos ustedes les fue mal, pero bien merecido lo tenían - Daniel se echa hacia atrás, su relato concluido, satisfecho de nuestras caras de arrepentimiento. Toma un largo sorbo de la cerveza - Y tras del susto, no saben ustedes cuánto me duró la espalda en curarme. No les dije nada para que no se preocuparan, pero los arañazos fue algo que sí me costó perdonarles.


Nos volvemos a ver todos y a Daniel. Un viento frío entra por la puerta y nos hiela la sangre. Ninguno de nosotros llegó a tocar a Daniel esa noche, mucho menos para arañarlo. Trago duro y abro la boca para decirle a Daniel. Pero justo antes de decir la primera palabra, una risa se escucha viniendo del camino, macabra y antigua. Todos nos estremecemos y Daniel, a espaldas de la puerta, se paraliza del recuerdo. La risa del cementerio.

17 de Septiembre de 2020 a las 16:39 0 Reporte Insertar Seguir historia
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