J
J.O. Leon


Esta es la historia de un sacerdote llamado Esteban; quien después de 10 años de haber servido en la catedral de la ciudad y de haber disfrutado de las comodidades que esta le ofrecía, de un momento a otro se ve obligado a servir en la parroquia de un pueblo llamado el Calvario, donde tendrá que acostumbrarse a vivir pobre y humildemente. Por lo que se sentirá ofendido, traicionado y castigado por Dios. Sentimientos que lo consumirán y lo llenaran de odio, rabia e indignación, llevándolo a dudar de si mismo, de Dios, de la iglesia y hasta de su propia fe. Pero durante su estancia allí, le sucederán sucesos inexplicables que le enseñara que la comodidad no es lo más importante para alcanzar la felicidad, sino la humildad.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

#El-chivo-del-pueblo #Esteban #Chivo
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El calvario

“El calvario”, este el nombre del pueblo al que he sido asignado como nuevo sacerdote. Un pueblo olvidado en el tiempo, perdido geográficamente en el mapa, alejado de la civilización y de la vida moderna. Inexistente en internet. Un lugar desconocido en su totalidad. Desconocido para el mundo entero y des-conocido para mí. Un lugar al que no deseo ir, pero al que tengo que ir, debido a mi voto de obediencia.

Por eso me hallo recorriendo los senderos de este hermoso paisaje amazónico, a bordo de esta carcacha ambigua de transporte intermunicipal, que hace más ruido que un taladro demoledor de concreto. Y es que por ratos pareciera que fuera a destartalarse o a caerse a pedazos. O en un caso peor, incendiarse, como en varias ocasiones he visto en la T.V. donde pasan un autobús quemándose por estar en pésimas condiciones. Algo así, no es muy difícil de imaginar, pues en el largo recorrido que hemos hecho desde la ciudad hasta aquí, el autobús se ha tambaleado tan repetidas veces, que ya me tiene sicosiado. Lo puedo imaginar desbaratándose. Desprendiéndose sección por sección, parte por parte. Dejando metal, sillas, maletas, llantas, todo en medio de la vía, hasta terminar arrastrando a todos sus pasajeros con el.

Y eso, sin hablar de estas vías huecas y sin pavimentar que para lo único que sirven es para hacer de este viaje una travesía aún más agobiante y estresante. El transitar por ellas es una verdadera tortura. Me han hecho brincar tanto, que ya me tienen todo magullado, adolorido, mareado y desquebrajado por dentro. Y con una terrible jaqueca, que va aumentando a medida que nos vamos acercando a ese lugar.

Sé, que como buen hombre de Dios que soy, no debería sentirme preocupado. Pero es que tengo tanto miedo de llegar a allí, que no lo puedo evitar. Porque es un sitio desconocido. Nuevo para Mí. Tal vez un sitio ruin y peligroso.

¡Peligroso! Sé, que esta es una hipótesis demasiado apresurada sobre ese lugar. Pero que más se puede esperar de un pueblo con un nombre así.

¡Ay, mi Señor!.. ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Porque después de tantos años en la ciudad, siendo prelado de la catedral; tengo que terminar en un rincón de estos? Odio a Monseñor. Lo odio. Lo odio de corazón, por haberme enviado aquí. Tanto, que si lo tuviera aquí de frente, le gritaría unas cuantas verdades. Pues no entiendo, ¿Porque me hizo esto? Si supuestamente éramos tan amigos. Yo siempre me comporte bien con Él y lo ayude en todo lo que necesitaba. Entonces, ¿Porque ha decidido castigarme de esta manera?

Ya ha pasado una semana desde que recibí esta dura noticia y aún no he logrado aceptar mi nueva realidad.

Recuerdo que esa mañana de viernes estaba en la casa cural desayunando una deliciosa ensalada de frutas, acompañado de un jugo de naranja y una changua con huevo bien tibia. Desayunando tranquilamente, cuando de repente vi al padre Rodolfo entrar, acompañado de monseñor Mario Urbina.

- Esteban vengo a traerte una estupenda noticia, Dios te necesita - Me dijo el Obispo.

“Dios te necesita”, una frase que aún hoy, después de siete días no he podido olvidar. Esta grabada en mi memoria como un mal sueño o más bien una pesadilla. Pues aún no he logrado entender, cómo es que Dios me podría necesitar en un lugar tan apartado de la civilización. Si es que para servir estaba bien donde estaba, en la catedral. Ese era mi lugar, allí nunca falle, siempre hice las misas puntualmente, nunca me negué a confesar a una persona, ayude a los pobres con mercados cada primer día de la semana, trabaje con los jóvenes y visite a los enfermos del hospital todos los sábados. Sin fallar. Hice todas las cosas bien.

Entonces, ¿porque me castiga?..

Me siento desilusionado, furioso y triste. Pues, cómo es que he pasado de estar en un lugar tan cómodo y tranquilo a uno donde de seguro tendré que pasar muchas pesadumbres y desdenes. Empezando por la calor. Aquí hace un intenso calor. Es tan intenso que ya me tiene deshidratado. Prácticamente vivo con la lengua afuera. La tengo tan estirada, que en vez de lengua, parece que tengo una corbata.

Así que, ¿porque carajos el obispo me ha enviado a este rincón del infierno? ¿Porque no se vino el mismo?

Ah… pero, para eso es que están sus lacayos. Eso es lo que soy para él, un mísero lacayo, el cual puede manejar como si fuera un simple títere. Un títere de juguete, que puede mover y mover de un lado a otro sin que este pueda reaccionar, defenderse o decir nada.

Mientras que él, si se queda en la catedral. Muy tranquilo y cómodo. Fresco. Y a Mí que me jodan.

Es muy triste, tener que haber dejado todo atrás, sobre todo la catedral. Siento una gran nostalgia por ella, ya que fueron diez años de trabajo dejados allí. Prácticamente comencé en ese lugar desde que me ordene como sacerdote. Me había acostumbrado tanto a las comodidades que esta me ofrecía, que ya se me es difícil comenzar en un sitio diferente, sobre todo en uno que no existe.

Siento una gran preocupación. Es una preocupación absurda que me llena de estrés. Estoy todo desanimado y decaído, y con una terrible jaqueca, que pareciera querer hacer estallar mi cabeza, y para aumentar más mi dolor, el conductor hace frenar el autobús tan estrepitosamente que salgo disparado del puesto, directo contra el espaldar de la silla de enfrente.

- Hemos llegado – Grita el conductor.

Blando mi rostro, con una expresión de malhumor y unas ganas intensas de querer insultar a ese desgraciado conductor de mierda. ¡Joder! Que golpe más fuerte me ha dado. Bajo la mirada y respiro hondo. Intento calmarme. Sé, que pelear no es algo que debiera hacer un hombre de Dios. Me sobo la cabeza y volteo la mirada hacia afuera, para poder dar un primer vistazo a lo que será mi nuevo hogar.

- Baaaaaa – Bala un chivo. Un chivo de color marrón, con manchas blancas y una barbilla larga. Un chivo bastante feo. Tan horrible que creo estar viendo al mismísimo diablo en persona. Bueno, tal vez exagero un poco, pues solo es un bendito animal, pero se parece.

Ahora ha volteado mirarme. Observándome tan profundamente, que pareciera que supiera lo que estoy pensando. Y camina hacia Mí, pasando justo por debajo de mi ventanilla, descargando una pilera de mierda, tan nauseabundo que me ha hecho dar ganas de vomitar.

Me tapo la nariz y salgo del autobús, pido mi maleta y me retiro de allí, distanciándome lo más lejos posible de esa asquerosa peste. Ni siquiera volteo a mirar. Camino tan apresuradamente que casi tropiezo dos veces, deteniéndome solamente frente a un billar para tomar dos birras bien frías que me ayuden a calmar esta incesante sed.

Las personas en el lugar se me quedan mirando extrañadamente. Tal vez por mi vestimenta negra y mi clériman amarado al cuello. Ornamentos que me identifica claramente como sacerdote. Puede ser por eso o porque estoy bebiendo un par cervezas. Para Ellos debe ser algo raro ver a un sacerdote tomar; aunque no sé porque, si esto es algo normal, ya que al fin y al cabo, no soy un ser celestial, ni divino; soy un ser humano, común y corriente. Tan normal como cualquier otra persona. Por lo que no es pecado tomar una que otra cerveza para saciar la sed. El auténtico pecado radicaría en tomar trago solo por el simple hecho de malgastar y desperdiciar dinero.

Así que me quedo un buen rato en este lugar, descansando, sentado en una de las mesas que hay alrededor del andén.

Bebo… Bebo, sin darle importancia a las miradas de todos aquellos campesinos chismosos, que parecieran no tener más oficio que hacer, que estarme observando, en vez de estar jugando billar. Y mientras lo hago, contemplo con mínimo detalle la estructura de cada una de las casas que conforman el pueblo. La mayoría son hogares con estructuras algo viejas, antiguas y coloniales, dignas de todo un monumento a la historia nacional. Están bien cuidadas, congeladas en el tiempo, como si la tierra y el polvo no las achacara, ni les formaran arrugas. Se mantienen firmes y arraigadas en una nueva época de cual ya no forman parte. Se podría decir que estoy atrapado en el pasado, en la época de mis antepasados, de mis bisabuelos o más bien de mis tatarabuelos.

Es raro, pero todo este toque ambiguo, le hace dar un atractivo nostálgico; un atractivo que de cierta manera, me muestra una mejor perspectiva de este lugar. Hasta ya empiezo a creer que no es tan malo estar aquí y que este pueblo tiene su encanto.

El parque también es de admirar. Es esplendoroso y la vista es magnífica. Sus altas palmeras y árboles frondosos expresan un aire de frescura, que a la vez transmiten armonía, paz y tranquilidad. Y es por eso, que no logro evitar querer tomarle una foto con mi Iphone, para poder tenerla de recuerdo.

Termino mis cervezas y me dirijo sin prisa hacia aquella bella floresta, adentrándome por entre sus senderos, aprovechándome de su sombra, para lograr protegerme de los rayos del sol.

Que intenso calor hace aquí, es mucho más intenso que el que hacía en la ciudad.

Allí el clima era más o menos agradable. Solo en temporada de junio a julio se ponía algo caliente. Pero el resto del año era fresco. Bien fresco. En cambio aquí es diferente. Esto es el infierno.

Arribo al otro extremo del parque, llegando a mi destino. Ahí está… Ahí está mi nuevo hogar. Lo contemplo con dura resignación. Está ahí… Ubicado al otro extremo de la vía, en toda la esquina de la calle, justo al lado de la notaria. Aquel sitio es tal como lo había imaginado, una pequeña capilla, vieja y achacada. Deteriorada. Hecha del mismo material que todo el resto del caserío de este anticuado lugar.

No soy capaz de avanzar, me siento frustrado y acongojado, sin la más mínima intención de querer entrar allí. Solo mi instinto de obediencia a Dios, me obliga a hacerlo. Camino despacio, mirando hacia ambos lados de vía esperando que un vehículo detenga mi caminar, pero no pasa ni un alma, solo una ventisca de tierra que lastima mi vista.

Llego al andén.

- ¿Es usted el padre Esteban? – Me pregunta una anciana, que aparece de entre aquellas calles polvorientas.

Es una anciana de unos 70 años, de piel blanca, canosa, jorobada, vestida de blanco y con un turbante en la cabeza.

- Si, ese soy Yo – Le respondo.

- ¿Cómo esta, padre? – Me saluda emocionada, extendiéndome la mano - Mi nombre es Doña Blanca – Yo la saludo de igual manera – Bienvenido al Calvario –

“Bienvenido”, que palabra más torturante, y más aún, si la oigo decir solo de esta vieja cotorra. No llevo ni dos minutos y ya me ha contado que es ministra de comunión, catequista, sacristana, miembro de la legión de maría y que sirvió al difunto padre Andelfo durante los casi cuarenta años que este vivió en la parroquia. Además de ser la persona encargada de recibirme.

¿Solo Ella?… La verdad esperaba algo más. Si bien, venir a este pueblo no era de mi agrado, al menos esperaba una bienvenida un poco más apoteótica. Con fuegos pirotécnicos, gente rodeándome, aplaudiéndome, queriéndome tocar, felices por mi llegada. Pero la única persona que está aquí, es este vejestorio.

¡Joder! ¿Y dónde está el resto de la gente? ¿Nadie más piensa venir? ¿Es en serio? ¿Acaso creen que soy un simple forastero?

Pues eso parece, ya que el resto de la gente pasa por mi lado como si Yo fuera una persona cualquiera y no un emisario de Dios.

Doña Blanca estira su mano derecha entregándome las llaves de la iglesia.

Las tomo, con absoluta tolerancia, sin decir ni una palabra. Trato de adaptarme a esta pesadilla. Una pesadilla que se vuelve aún más frustrante apenas abro la puerta.

Este sitio es un basurero. En el altar solo hay una mesa, una silla, un sagrario y unas diez bancas todas llenas de mugre y casi a punto de desquebrajarse. Y ni que hablar de la pieza donde voy a tener que dormir. Es un cuarto bastante oscuro, sucio y lleno de telarañas. Con unos pocos chécheres, todos viejos y destartalados. Entre estos, una cama, un reloj de pared, una mesita de noche, una cocineta, unos platos, una bombona de gas, un par de sillas y una mesa.

- ¿y el televisor? – pregunto, con gran inquietud.

- No hay televisor - Responde Doña Blanca - Al padre Andelfo no le gustaba ver televisión –

¡No hay televisión! ¡No hay televisión! ¿Pero cómo puede ser posible que una persona viva sin televisión? Este sí que es un castigo divino, pero con tal de que haya internet todo esta bien.

- ¿Y dónde está el internet? – le pregunto a Doña Blanca.

- ¿internet? –

¡No jodas!… No hay internet… Trágame tierra. En qué clase de pueblo quintomundista estoy. Esto debe ser una pesadilla. No puedo creer lo que estoy oyendo. No hay internet. Y para colmo de males no hay televisión. Prácticamente me he quedado desconectado del mundo exterior.

¡Mierda!, pero aún no estoy perdido, porque gracias a Dios aún tengo mi iPhone. Así que lo único que tengo que hacer es ponerlo a cargar en… en… en… ¿en dónde carajos voy a poner a cargar el puto iPhone? Si no hay tomas; no hay bombillos, no hay breikers, no hay luz, no hay nada, solo una vela en la mesita de noche. ¿Pero cómo diablos sobrevivía el padre Andelfo en esta choza prehistórica?

¡Joder! Como deseo gritar… Gritar fuertemente, que odio estar en este maldito lugar. ¡Gritar! ¿Pero aunque gritara en qué cambiaría las cosas y en que mejoraría mi vida?, pues en nada, porque de este sitio ya no puedo irme. Lo único que puedo hacer es simplemente resignarme.

Tiro mi maleta sobre la cama y comienzo a desempacar. Pero entonces miro para todos lados y me doy cuenta de que tampoco tengo un escaparate, por lo que mi situación, se pone cada vez peor. Y para hacerla más amarga, Doña Blanca me informa de que tengo que realizar una misa de entierro esta misma tarde.

¿Una misa de entierro? Pero que mal augurio.

No esperaba tener que iniciar mi labor en este pueblo con una misa de entierro. Con la misa de entierro más deprimente de toda mi vida. Y digo deprimente, porque a ella solamente llegan siete personas. Y eso que supuestamente era un hombre con fincas y mucho ganado en este sector, con unos diez hijos, una esposa y un centenar de amigos. Pero al fin y al cabo, solo asistieron siete ancianos, con los que tuve que recorrer el camino hasta el cementerio; y con los que tuve que colaborar para llevar el cajón, porque nadie más se prestó para ello.

Y si esta misa fue una decepción, la de las seis de la tarde fue peor, porque a esta solo acudieron cuatro personas, por lo que me voy a la cama, desilusionado, furioso y triste. Agobiado por esta absurda jugarreta del destino que me ha llevado a terminar en este pueblo llamado el Calvario, donde estoy viviendo un calvario de verdad.

16 de Septiembre de 2020 a las 21:06 0 Reporte Insertar Seguir historia
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