jorge-miranda1596269695 Jorge Miranda

Ava es una montañera austriaca. Frederich es un empresario. Digamos que su oposición ideológica se hace algo más serio que simples palabras.


Horror No para niños menores de 13.

#supernatural #austria #Madame-Bovari #industria #lluvia
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La lluvia

Estamos presenciando la decisión de Ava, una montañera austriaca, sobre la posibilidad de escalar los Alpes, lo cual no está respaldado por las buenas temperaturas ni la época.

Sobre las mismas tejas de su casa, tiene la costumbre de vislumbrar el ascenso de una ojeada escrutadora todas las cimas que rodean su pueblo, habiendo tantas y tan juntas que siempre debe escoger, con más gozo que aburrimiento. No es ningún misterio que allí en Austria raro es el paisaje que no contenga montículos de algún tipo, al igual que vegetación faldera que, encaramada hasta llegar hasta el cuello de la montaña, como una buena bufanda, y agujereada por lagos de aguas solo disturbadas por la lengua de las cabras, sirve de vestido ante la llegada del impúdico invierno. En pocas palabras, Austria es el paraíso de los montañeros. No tendrá las montañas más altas, ni las que más nieve tengan siquiera. Pocos afluentes caen en picado hacia ningún río principal de la meseta europea y tampoco es que su flujo, nivopluvial la mayoría del tiempo, coincida con la fuente de los Volga, los Dniéper ni los Dniéster. Nada de eso está disponible en la tierra de los tiroleses y, aun teniendo el magnánimo serpenteo del Danubio, no es lo que prefieren los montañeros. Al menos no todos…

Digamos que hay formas y formas de subir una montaña y aquel en el que se especializa Ava no tiene que ver precisamente con tener el suelo en los pies. Más bien, es un enfrentamiento entre dicho suelo y ella, cara a cara, erguidos ambos sobre sus puntillas para ser más alto que el otro y donde no es tan relevante quién comience estando por encima, sino quién acabe. No hay reglas, así que se permiten armas más o menos punzantes con tal de poder encontrar hendiduras, grietas, roturas tan lejanas unas de otras que brazos normales no serían capaces de unir; aliados, si tal es el deseo de tan innoble oponente; provisiones irrespetuosas a su singular duelo y protecciones para aguantar los posibles golpes que nunca vendrán de su parte. No, ella no lucha así. Solo aguanta mientras es agasajada por hombres y mujeres-araña que le producen más que un dolor con sus piolets y sus armaduras en los pies alargados, puntiagudas en un pobre intento de transformar la tecnología de las trepadoras en algo más útil para ellos.


Ese es el estilo de conquistar las cimas que le gusta y la razón por la que no tolera que ni una gota de agua empañe sus gafas y empape su pelo, sobre todo si no es la piedra caliza que pique con sus golpes y sus patadas. Ya las ha subido todas, pero no lo hace por coleccionarlas como la concepción moderna ha llegado a denominarlas. Es simple y no tan llana diversión. Si no significase la posible caída y muerte, se estremecería a cada golpe de piolet o a cada risco subido, sentiría sus pulsaciones aumentar al mismo tiempo que ella asciende, su respiración escapar en escaleras invisibles hacia el cielo hasta que la glacial temperatura los llevase de vuelta a ella. Todo eso la apasiona y ya que está plena de energía y ambición, mira hacia la montaña más escarpada y anquilosa que conoce, que además se trata de un lugar ancestral para los antiguos pueblos alpinos. Un manitú, un templo, una alabanza a la rocosa deidad que se alza en el terreno. Sí, esa va a ser…


Así, derrapa desde el tejado hacia el suelo y prepara su equipo en la furgoneta que la espera para partir: ropa interior térmica negra, guantes de goretex negros, finos como las ancas de un anfibio, más calientes de lo que la gente se espera al verlas; gorro de lana lapislazuli, gafas de ventisca anaranjadas, polainas que, unido a las botas, dan la apariencia de domador de caballos; crampones, destructores de césped, desesperación absoluta de la pirita en senderismo; cuerdas, con todos los cintajos, mosquetones y destensores que eso supone; piolets de dientes serrados, arnés, detector de víctimas por si le pasase algo y una pala para la nieve. Todo en la mochila sobre una espalda empapelada en un armatoste impermeable azul de templanza que descansan sobre su híbrido de chándal y chino, ribeteado de botones y cremalleras que yace sobre el asiento de la furgoneta.


Raramente salen los vehículos de la muralla pedregosa. Algunos se dejan intimidar por los montículos y los que no, suelen tener el trabajo en domicilio plano. Realmente, no es su culpa. El viaje de región a región es sencillo por mucha montaña que haya de por medio. Las carreteras pasan por los lados de los valles en uno de los muchos ejemplos en el que los árboles no te dejan mirar el bosque, pues están cercados en reservas naturales habitualmente. Las montañas también son lugares privados como tal y es necesario un permiso para subirlas, lo cual no es que preocupe a Aba en exceso. Tiene muy buena relación con el ayuntamiento guardián y es muy respetuosa con las posibles ruinas que se pueda encontrar después de todos estos años…

Parada en Elbigenalp antes de coronar el Großer Krottenkopf de los Alpes Bávaros. La cima está nevada, como todas las montañas deben de presentarse, grandes o pequeñas. De lo contrario, solo se tratarían de una roca, descomunal sí, pero una roca al fin y al cabo, y su hobbie se trata de algo más espiritual que lo que hacen los tuneleros. Con el hundido camino hacia su objetivo, vuelve a entrar en el camión, arranca y el colosal pedregal va creciendo y creciendo hasta que toda la flora se vuelve mate y solo quedan ellos dos, sin frío, pues aún no ha subido, sin sol puesto que se halla al otro lado de la montaña, sin aire ya que él acapara hasta la última ráfaga, las cuales verá cuando llegue al otro lado por la trazada que los demás han dejado sobre la piedra, aún lejana a la gélida caspa. Entonces, atando la cuerda a los piolets y al arnés, golpeas y vuelves a golpear y notas que tu cuerpo se ha suspendido por el fruto colectivo de tus esfuerzos, tus férreos brazos, silenciosos ante el sufrimiento producido por los aballestamientos a los que les somete tu cuerpo, y tus firmes piernas, esas dos garantías ante la caída que se tensan como pistones cada vez que se adentran en las grietas. Así, tu mecánico ascender, libre de pensamientos y prejuicios, con nada más que mineral y cielo despejado delante, te hace darte cuenta de todos los centímetros que avanzas, aquellos que se convierten pronto en metros que le restas a la pared. Y serán decámetros, más tarde hectáreas, y cuando sean kilómetros, ya habrás terminado y estarás sobre la cruz que corona la cima. Ava lo sabe bien, quiere que ocurra en todo momento, pero en cuanto encuentra una apertura lo suficientemente ancha como para permanecer en ella, descansa y mira hacia arriba, exhausta bajo sus ojos de libélula. Ya solo queda la mitad… Clang! Cada vez estás más cerca… ¡Clang! Esta montaña no va a poder contigo… ¡Clang! Te sientes vivo, irradiante de energía… ¡Clang! Ya sientes el frío en tus mejillas. Estás llegando… ¡Clang! Ya sientes el agua deslizándose por la piedra en cascada, pero no te va a detener. Vas a conseguirlo… ¡Cla… El piolet se resbala de la hendidura por la humedad de la piedra y el otro hace lo mismo y caes… siempre mirando hacia arriba… ¿Por qué había tanto agua?

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Ah, la industria pesada… Esa palabra a la cual las ánimas han de acabar de alabar, el pináculo de la cualidad humana. En toda su perfección ni más ni menos, pues en su arte alquímica, une los cuatro elementos y los otros tantos que surgen de ellos en un cierto equilibrio: tierra que conoce el fuego y que forma metal, fuego que se apaga con agua y aire que se contamina con la mezcla de los tres y contamina la madera. Respecto a la luz, nada se encuentra en ella, pues, oh, parece ser que dentro de sus caparazones de aleación y sus almacenes sin fin no hay otra que la de la fundición o un simple remplazo con tal de contentar al que trabaja. Y al final ¿qué queda? Un intrincado complejo de tubos de metal o que bien conforman un nido deshilachado en el interior por el que no se puede pasar sin sortearlos o se terminan antes de conectar de nuevo en el exterior, compañía formada por máquinas que les aleja los unos de los otros y producción abundante. Cada una de las invenciones del ser humano han sido conseguidas a partir de sacrificios, más ajenos que propios por supuesto, pero sacrificios. Tanto trabajo, tanto fuego que se enciende y se apaga, se llena de sustancia y descarga líquido, tanta artificialidad allí adónde vas para conseguir esas ruedas de celo gigante o esa sopa de sémola hecha a partir de todas las cucharas que se cayeron dentro al intentar probarla. Todo un imperio que está en las manos de Friedrich Brauer, ahora refugiado en lo alto de una plataforma, poco o nada impresionado por las chispas que se reflejan en sus negras gafas.

Su atuendo, solo disimulado por un casco, hace que todos los trabajadores que trabajan con sopletes de llamas blancas, cubas rebosantes de escoria, complicadas directrices mecánicas en forma de interruptores de colores, vehículos que secuestran pesadas piezas, le miren, a lo que él no atiende para no resultar presuntuoso mientras atraviesa las vigas fundidas que conforman la salida del complejo. Eso sucede si bien se atraviesa el túnel de avión que cruza con un esmoquin y refleja el olor a hulla que sus oídos escuchan como triturada por la maquinaria. Al fin y al cabo, el eco de sus solemnes pasos le transportan más allá del ruido, más allá del olor y la falta de cobertura, allá donde el sol le aborda. ¡Oh, no, tú pérfido, pérfido sol que solo sabe derretir las retinas de aquellos que miran tu belleza! Por suerte, incluso su brillantez palidece ante la doble luna de sus gafas… Entre las costuras de sus bolsillos, un teléfono sale y, ya ante su oreja derecha, ambos esperan en silencio.

-¿Qué quieres, Mitch?-por fin pregunta Frederich.

-Me están presionando mucho por la actualización de precios que ha realizado la empresa recientemente. Dicen que no es rentable…

-Esto ya lo hemos hablado. El reajuste de precios de Schaffen no es menor al de las demás. Siempre podemos atender a otro promotor de venta más razonable, pero no me gustaría llegar a tanto. ¿Ahora que se han inventado para faltarnos a la verdad?

-Lo típico… que si has provocado un expediente de regulación de empleo, flexibilización de la plantilla laboral, desviación de fondos, apropiación indebida… ¿Debería llevarles a tribunal?

-Lo desaconsejo. Todos saben cual es nuestra situación. La desaceleración económica ha producido un gravamen adicional que no podemos ignorar. Que yo sepa, los daños colaterales no han aumentado y si no quieren que todos cesemos el negocio en esta especie de democracia orgánica, más vale que me dejen dar el paseíllo como yo quiera… ¿Algo más?

-Los verdes…

-No se cómo tomamos a esos hombres en serio… una empresa como la nuestra está luchando por un futuro mejor. Si eso supone llegar a su poco agraciado futuro, en el que bucearemos sobre residuos sólidos urbanos, que así sea. No somos tan discapacitados como para volverlo contra nosotros. Solo afectan a un par de montañas. Quizá no deberían transformar las calles en un teatro de operaciones…

Después de esa frase, la conversación con Mitch fue zanjada. Schaffen seguiría su ruta de camino y produciría material de construcción y misceláneo a escala masiva. No cambiaría su política sobre la contaminación (ninguna sorpresa aquí) y, por lo tanto, montañas como el Großer Krottenkopf seguirían sufriendo sus efectos. No había nada más que añadir. Apagó su móvil y volvió adentro, a su guarida de erupciones volcánicas controladas para acabar saliendo más tarde después de una tarde de papeleo y llamadas, pues algo de honor le faltaba al jefe al salir tan tarde como sus trabajadores, negro y sucio por otras circunstancias. Conducir tan hastiado como venía daba pereza, pero para ese tipo de minucias no había contratado a un chófer que pudiese llevarle a su confidencial vivienda.

Algo más al oeste, en Innsbruck, el multimillonario propietario de Schaffen poseía un hogar atípico a su condición y status actual, rehuyendo de la prisión urbanística hacia pazos más laderos y naturales a los que una escarchada pendiente les llevaba. Sin embargo, no conseguía escapar con éxito de la arquitectura alpina y su estructura bien sencilla, cuadriculada, bajo los aleros de un tejado casi plano que contaba con un material liso y casi plástico en el que difícilmente las nieves podían permanecer y unos grandes ventanales que alternaban contraventanas en una constelación de cuadrículas perfectas en el frente y los laterales del rectángulo pedregoso. La entrada, resguardada entre el verdor blanquecino de los fresnos y especies aetéceas bajo el manto de la noche, asomadas por el lado interior de la valla, observaba cómo la helada pendiente parecía afectar a la calle y sus alrededores desde la reflexión de su misma estabilidad.

Descorrido el cerrojo del corral, una acristalada contrapuerta y un pesado y oscuro portón de ébano se encontraban demasiado alejados de la madre selva. Frederick sacó su llavero de grúa y ambas se abrieron para desvelar el camino hacia el calor hogareño del rústico habitáculo y su distribución de estudio. Comedor, cocina, baño… nada les separaba más que el parqué no pudiese unir. Cientos de faroles colgados de los recovecos que la imitación agreste les proporcionaba iluminaban la parda estancia, en cuyas profundidades los sillones del comedor, que sobre el tapiz yacían apuntaban a su llegada y presenciaba como la encinta figura de una mujer aguardaba al otro lado del biombo oriental al son del trote de sus zapatos sobre el felpudo para zafarse de la nieve atrapada en las comisuras de sus botas. El fuego crepitaba en la chimenea, la televisión, apagada por el momento, mostraba una imagen convexa de su ser que apartaba el desplegable que le ocultaba el misterio. Allí delante de él, la mesa al fondo, y al otro lado de la labrada escalera, permanecía servida, su mujer le recibía con una sonrisa y un tímido abrazo les rodeaba instantáneamente con tal que el niño no hiciese lo mismo. Allí, en esa ambientación mixta, cenaron e ignoraron el segundo piso que tanto esfuerzo le costaba alcanzar a la futura madre. Entre el contacto de los calcetines contra la lisa superficie, la profundidad de las montañas sumergidas en tinieblas, las cenizas de la chimenea que ya apenas ardían, los símbolos mandarines que velaban por su seguridad y la música etérea de la apaciguadora radio, ambos cayeron rendidos…

…hasta que la insolente luz del día, capacitada por la ausencia de persianas que la detuviese, terminó la velada de ensueño para devolverlos a la realidad y a la rutina del amanecer, aka desayuno. Natural era acompañar el sonido de cereales crujidos y masticados por algo más que el azote ocasional del viento sobre el rectángulo, así la mano de Frederick siempre acababa en el botón rojo del mando a distancia. Un punto blanco se convirtió en contados nanosegundos en una imagen y Schaffen apareció bajo el punto de mira de las noticias. Desconcertadoras imágenes de las volutas de humo que sus altos hornos producían acompañadas de cifras escandalosas y entrevistas a gente que claramente estaba en contra de ese tipo de empresa. Frederick reía por no enfadarse. Siempre era lo mismo y con los mismos argumentos… ya ni siquiera le divertían… la señora Brauer atendía a las noticias callada y acababa por acariciarles los hombros para que cambiase de canal. Y él apagaba la televisión, lo que era una solución mucho más efectiva. Y alejarse de la tele fuera de casa, coger el coche, salir del garaje, bajar de la rampa con cuidado para no resbalar, entrar en el pueblo por medio de una rotonda congelada y aún solitaria, coger la segunda a la derecha para hacer carambola con la siguiente para hacer lo mismo y perderse en algún kilómetro de la P-43 resultó ser incluso más eficaz.

La carretera estaba algo lenta por la nieve acumulada que las quitanieves tenían que apartar y sazonar con tal de que no se formase hielo del pastiche aplastado por los cientos de ruedas que ya las habían pasado por encima. Un auténtico aburrimiento, pero imposible escapar ahora mismo. Dos pilares de nieve que cualquier niño confundiría con una manga de mascarpone en el que se zambulliría, entonces el quitamiedos y luego cerros nevados, que anticipaban los altos riscos, no le dejaban ir más que hacia delante o hacia atrás… y olvídate de vigilar las líneas discontinuas hasta que la carretera fuese negra otra vez… hasta entonces, no correr y no sacar los brazos por las ventanas. Lento, pero seguro, avanzó al ritmo de Agaetis Birjun, música casi ambiental, 7 minutos la canción más rápida. No presenciaba nada bueno sobre la duración del viaje, pero era muy difícil enfadarse escuchando a los ángeles… todo parecía tan parado, de hecho… la carretera estaba vacía, ningún pájaro se atrevía a salir, las nieves no se movían por falta de vientos, tampoco las formaciones rocosas o las nubes, que parecían hechas de mármol… y aún no había salido de la maldita P-43… ¡Oh, mira! Otra señal de tráfico que seguro que iba a respetar por ir como un caracol… y gracias por la advertencia del peligro por capas de hielo. No se había fijado… ¿10 kilómetros aún? Menos mal que tenía el depósito cargado… Aaaaahg…

Frederick se llevaba las manos en ese lugar de su nariz en el que tendría marca de gafas si las llevase, provocándole una corta ceguera que los elementos decidieron aprovechar. Una nube negra como un terrón de antracita trufada se presentaba descargando truenos y lluvias. ¡Por fin algo de variación, en el mal sentido, no obstante…! Era tan aguafiestas que podía ver la zona donde caería para hacerse notar. Solo era una nube, pero estaba causando todo un estruendo… muy baja y pequeña, de hecho, separada de las demás como la oveja adoptada de la familia, allí, delante de él, definida y amenazante como si se tratase de un ovni. No iba a encontrar muchos campos de trigo cerca, por suerte… Quizá debería de prestar más atención al terreno mojado que iba a atravesar. Frederick suspiró y bajó la mirada. No quería atropellar a esa misteriosa figura con forma de feto y con manos de mantis religiosa con un cordón umbilical que llegaba hasta la nube después de todo… … …

Su coche chilló de pánico y paró de golpe sobre la frígida carretera para observar a ese monstruoso ser ¿Qué hay tras esa ducha de códigos de barra, Fred? Sé que puedes verlo. Los regueros de sus dominios deshacen la nieve de la montaña más rápido que la misma sangre. Cambia el color de todo ¿sabes? El requesón a los bordes ha sido devorado, los quitamiedos gotean lágrimas que se drenan pesadamente por las alcantarillas o escapan montaña abajo… pero no va más allá. La nube le sigue allá adónde vaya. Todo para ti, Fred… Lo vuelve acre y sucio, lo difumina todo con sus frenéticas pinceladas, lo aplasta bajo el peso de cientos de agujas que caen y caen … es tan maravilloso… Camina impasible hacia la dirección contraria, pero no parece ir recto ¿verdad? Cojea y se desloca todos los huesos. Ya puedes escuchar sus gomosas zarpas pisar el agua cerca, muy cerca de ti… ¿Qué vas a hacer, Fred? Seguro que te mueres por escuchar “¿Papá?” ¿A que sí? La curiosidad puede más que tu propia vida, por lo visto, porque ya escucho el sonido de la lluvia sobre el coche. Ese aporreo que no para, que bien podrían ser tus huesos, tus órganos, tus…

La palanca de cambios casi se desencajó con el siguiente movimiento. El coche estaba demasiado horrorizado como para dejar de mirar a esa cosa, esa cosa… la marcha atrás la dejaba adelante y ella no parecía inmutarse… se alejó a más de treinta metros y no reaccionó… tampoco cuando de esa nube solo se distinguía un punto negro… ahí se paró el coche. Frederick tragó saliva y dio la vuelta al coche para volver a casa. No se le ocurría ir al trabajo tras experimentar tal aborrecible experiencia… Pero esto no había acabado. Ah, no… Allá por donde pasase, allá donde el sol se asomaba, le parecía siempre ver la misma nube, la misma figura, el mismo avance quejumbroso y ortopédico, por muy bien que supiese que en realidad nada de eso quedaba ante sus ojos más que hielo y un coche que había perdido su calma anterior ante los gélidos parajes entre las llamadas telefónicas y el miedo. Era incapaz de no verlo. Cruzó la rotonda y aparecía al lado de las señales de tráfico, cruzó la segunda y permanecía sentado en los tejados, subía la escarpada cuesta y él se escondía tras los árboles, llegaba a casa y, sin embargo, no se mostraba en la televisión… ni una noticia de ese pre-infante calado ni de la oveja negra que sobre él balaba… sí restos de su paso por los lugares que fácilmente se podían atribuir a la temperatura habitual de los vientos alpinos, pero ninguna noticia de su paradero. Ahora entendía Frederick por qué las quitanieves habían estado tan activos durante la mañana, pero ese detalle era lo de menos. Había recibido tantas alegorías de bebés en un espacio tan corto que no podía sino preocuparse por Elisa y su tripa bajo el mal augurio de una visión que vaticinaba una auténtica calamidad y que Frederick no consiguió entender. Agua, bebé, sombra… ¿Mantis… religiosa? Verdad era que a ninguno de los dos les sobraba el fervor cristiano, ¿qué venían a decirle todos estos conceptos? Tan vagos como venían emplastados, tenía que tratarse de una alucinación tal y como la propietaria de la barriga decía. Las llamadas, los tratos con los demás, la demanda popular, todo aquello había formado una quimera de ensueño y se había materializado en su nerviosismo más reciente, pues la responsabilidad de ser futuro padre también pesaba en el negocio. Nada que un día sabático no solucione, así que dio autoridad para llevarlo a cabo…

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¿Recordáis esa segunda planta que no hemos nombrado? Resulta que además de miles de toneladas de rocas y nieve, las montañas ofrecen una muy bonita vista del cielo, normalmente aclarado, claro. Las nubes suelen cambiar de trayectoria en cuanto ven a esos titanes picudos… La planta de arriba es algo así como un observatorio disfrazado de habitación… o de marea inapropiada para navegar como esa alfombra en forma de torbellino… o de cámara secreta de los soldados de terracota como esas maquetas advierten en la estantería lateral…-adivinad la profesión de Elisa-…o de la Duat del antiguo Egipto como esa estrafalaria silla con anj incorporado señala… bueno, sea lo que sea, está claro que no hay ningún elemento que domine sobre el otro, así que se puede especular. Y la verdad es que a Frederick no le importa mucho la denominación y se está limitando por el telescopio que tiene apuntando hacia la ventana, que nos podría dar una buena discusión sobre qué posición tienen esos marcos de la ventana en forma de pentagramas y que se ondean cuales ribetes tienen en el entramado… ¡Tch! ¡Qué pesado soy! Perdonadme. No lo puedo evitar…

La cortina de nubes que se había presentado adormilada por la mañana desde luego que es una chica sonámbula porque se ha marchado en mitad de la noche y nos deja ver miles de botones de su larga gabardina de ozono quemado del cielo. Le llega hasta las piernas, rocosas con medias blancas y grises, oscurecidas, tan largas que llegan hasta la misma casa. Dependiendo de la ocasión, parece que le gusta llevar un disfraz distinto en su carnaval anual y sin fin: cuando hace más frío, es cuando menos abrigada va, tal y como sus modelos de centauro arquero muestran, siempre en enero, siempre resfriada en cuando llega a febrero, por lo que debe de abrigarse de fauno, y una vez se recupera, comete el mismo error cubriéndose con poco más que una alforja que echa al suelo toda el agua de las nieves que caen. Tan calada acaba como la trucha en la que se disfraza en marzo… carnero, toro en primavera, luego se aburre y llama a su hermana gemela para ir de ellas mismas… los demás disfraces quedan tan lejanos… Frederick puede ver el fauno y sabe que lo va a poder ver durante un mes, por eso lo ignora por el momento. La nieve y el paraje ártico que refleja la luz de la luna con tan pocas viviendas sin embargo… sumada a una escalera de cerros, agujereados por los conejos y con hileras de abetos que dan paso a la visión a animales salvajes de hábitos nocturnos que se creen a salvo de miradas indiscretas. Solo entonces tienes un claro ganador… o bien puedes bajar al infierno pavimentado que los demás comparten con un toque del visor. También tiene su propia escalera de tejados, incompleta y ocupada por los elementos, de barrotes sin barandilla que humean el aliento del poco espacio del que disponen ¿Por qué ver esas latas de sardinas? Cabe alejarse de ese escenario unos 150 grados aproximadamente y ver si alguien sale a recibirse a sí mismo. Los muflones no son especies nocturnas y las rapaces parece que no se atreven a hacer horas extra. Paciencia diría cualquier cazador… los ñoquis siguen saltando en la olla, así que te dará tres minutos de cortesía a partir de ahora… 3… 2… 1… ah, parece que alguien sube por la cima. Aumentamos el zoom y esperamos… se está tomando su tiempo y aún se le ve borroso… … creo que el problema es más bien del visor, porque ahora también se está viendo borroso el risco. Su manga hizo un apaño hasta que su ojo volviese de nuevo a mirar por los cientos de cristales cóncavos y convexos que ampliaban la imagen… El cerro se había comprado una boina de algodón y una peluca de pelo cuyo color era difícil de distinguir a primera vista, todo esto sin que se hubiese dado cuenta. De sus dos consejeros del bien y el mal, solo el de su derecha se dignaba a susurrarle algo al oído, pero con tanto pelo de por medio, solo se le veía la figura y…

Una sobresaltada vocal silenciosa le hizo alejarse momentáneamente del telescopio. Su piel estaba tan granulada como una pelota de baloncesto y su vello corporal imitaba las plantaciones de trigo seco antes de ser segadas por la guadaña de los campesinos… No podía ser él otra vez... Tenía que verlo de nuevo... Sus ojos, fuera de órbitas, no parecían caber en el visillo cuando vio toda esa agua cayendo en cascada y asomándose por el siguiente risco, cual tobogán de parque de atracciones de las que esa cosa se aprovechaba derrapando montaña abajo. El telescopio temblaba junto a sus retinas, su mandíbula se tensaba y sus pies le transportaron fuera del aparato. Entonces, tras recuperar el aire en sus pulmones, negó su existencia. No iba a amargarle la velada con su encantadora señora, como tampoco iba a amargarle el sabor de sus bolitas de patata casi hervidas al dente, porque no le iba a hacer caso porque no era real. Era producto de su imaginación ¡Eso era! Y si él decidía que esa conversación se acababa, él tendría que esfumarse y dejar de arruinar el paraje con su egoísta agua.

Hizo un gesto de ajustarse el esmoquin y bajó por la escalera para vigilar la olla. Sacó la escurridera mientras su esposa adornaba la pasta carbonara con unas hojas de albahaca a modo de lazo y se llevaba los tomates con mozarela al punto de orégano al otro lado del biombo. Es lo que tenía realizar una sesión italiana: o bien utilizabas albahaca u orégano. Todo llevaba orégano en Italia… La actividad de los ñoquis en geiser que se formaba en la mitad de la olla indicaba que se desharían si permanecían más tiempo, así que el traslado fue inminente. El agua, entonces, se derramada y una nube de vapor que empañaba hasta la ventana más lejana se elevaba y, ante esa extraña máscara de metal de cientos de diminutos ojos, quedaba irregular y caldeado el objeto de la comida que tuvo que ser efectivamente escurrido antes de servirlo desnudo al plato. Vino de buena cosecha para él, agua para ella… quería cuidarse por lo del bebé… cómo no… Llevó ambas copas a complacencia y se sentó a probar el fruto de su maestría cocinera. El tomate le pareció que estaba en su punto de dulce y ácido y que el queso lo ensalzaba a la perfección. Su bocado se deshacía al cortar la apepitada cinta roja y el tierno bloque blanco. La pasta, objeto de preocupación, se alejó de la correosidad típica de sus ingredientes y quedaron tan desgranados y libres ante la manipulación del tenedor, que podías rizar el rizo en tornados de acero que acababan en la boca, uno tras otro. El beicon no se había apoderado del sabor del plato y bajaban por la garganta sin necesidad de engrasarla con el excelente buqué tinto de la botella, signo de buena mano cocinera. Respecto a la pedrea esponjosa de patata, poco duraron antes su fácil digestión y su adictiva comodidad. En resumen, la comida había sido digna de cualquier conciglieri de la familia más profunda de la Toscana y la conversación que a ella se adhirió fue banal y despreocupada, repartida en hablar sobre el mismo alimento y su comparación con otros intentos fallidos y acontecimientos asociados a esos días en que tal mal les salió de manera desigual. Él le preguntó sobre su estado, así que ella hizo lo mismo. Ella estaba bien dentro de todo lo bien que pudiese estar mientras que él tenía que hacer definir cómo era estar bien. Porque si se refería a si había vuelto a verlo, entonces quizá no aún. Ella reflexionaba y sentía una curiosidad que la vencía por completo. Alguna explicación psicológica debía de haber implícita en todo ese asunto… ¿Dónde lo había visto? En el risco más alto. Esa respuesta no le valió y el pobre e hinchado Frederick se vio subiendo a por el telescopio para que ella pudiese ver el lugar. Se abrigaron y salieron. Frederick apuntó al risco y ella no vio nada. Ni presencia ni nube ni nieve ni nada. Él tampoco… ¡Tachán! Ya estaba curado. Por mucho que bajase el telescopio, no encontraba pista alguna en el triple cerro, ya fuese por ausencia de ellas o por poca claridad de las más bajas por cierta niebla que reconocía... ¿Ves? Ya estaba otra vez ahí. Tan cerca que no necesitaban más que su propia vista para verlo y parecía como si siguiese avanzando. ¿Contenta? Elisa escudriñó la mirada para vislumbrarlo cuando Frederick lo señaló. Frederick esperaba su respuesta, pero esta no llegó como lo esperaba. Pálida, paralizada y sobreprotectora con su barriga, ella también lo veía… y eso era malo…

Paso… paso en el agua que se abre paso colina abajo, paso en la carretera mojada bajo la temperatura bajo cero… pero paso, sin congelarse, cuesta abajo, bajo nubes negras y temblorosas, sin prisa para llegar abajo, sobre el agua resbaladiza. Entonces no más pasos ni calma, ni nieve, solo agua que llega abajo con violenta saña y correr alocado. Tras la puerta se marchan, vienen aguas y cuerdas en las nubes que las reciben, pero nadie abre. Intentan llamar, hablar en el teléfono marcando números cortos. No pueden. Debe de ser por la lluvia… Está ya muy cerca. Aplastar la nieve, mojar, regar, empapar todo es lo que hace. También a él mismo… no le importa… él sigue caminando… nada más que hielo donde él pasa… Ella grita asustada. El biombo se cae, cae el biombo y la ventana llora. No se ve nada… Nada más que camina entre tanta agua, colina abajo ya no más, enfundado en gruesas líneas de oscuridad, enfundado entre litros de claridad y privado de paso por una valla. ¡Oh valla calada, detén a la figura calada! Pisada por siniestras zarpas ya se halla... La pared superior de la casa se repite en sonidos secos de dioses mayas que deshacen la piel con solo tocarlos, tensan las articulaciones, tararean hasta volverte tarado, trastocan a la antes tranquila esperanza cuando él se acerca y los rumores de la tormenta la atormentan. Aumenta el agua, aumenta el ruido, aumenta la humedad, aumentan los pasos sobre charcos que nunca acaban… ¿Por qué llueve tanto? Los grifos de las nubes se abren y pronto quedará inundada la casa, la montaña y ellos dos junto a lo demás… excepto por él… No se oye nada… Frederick corre hacia arriba, salta hacia abajo, es zarandeado por una casa que se voltea sin control ante el incesante sonido. Llega a la habitación, vuela hacia el comedor, cae hacia la cocina, al igual que el biombo, rueda hacia el comedor y se arma y espera ante la llegada de la figura oscura, cerca… cerca… cerca, cerca, cerca, cerca, cerca, cada vez más cerca a la ventana… hasta que desaparece de sus miradas y llama a la puerta. ¡BLAM, BLAM! Los faroles tiemBLAN, BLANdos, BLANquecinos, cubiertos en tinieBLANS, BLÁNGUIDOS e inertes en semBLANte y semBLANdos de miedo cerVLAN. Dos colpes llegan, no terminal, no cesan, son dardillos, son barras de sarro contra madera. Los golpes siegan, lo terminan, no pesan, son martillos, son parras de hierro contra ladera. L-los gol-pe-pes… ¡BLAM! Una pinza agarra el marco de la ventana. No se vive nada… Los pasos llevan a la figura a traspasar la sombría cortina de agua. No es un bebé… Su aliento es tan frío y seco que no forma vaho en el vidrio. Sigue lloviendo. Sus manos están desgarradas más allá del guante y sus articulaciones, cada una por un lado, casi incapaces de agarrar esas guadañas romas que sostiene… Sigue lloviendo. Su cuerpo enseña costillas rotas, fuera de la piel, fuera del chubasquero rojo, una larga cuerda atada a una cadera desfigurada que fuerza el pantalón, agujereado y sangrante a adoptar posiciones bizarras y escalofriantes. Sigue lloviendo… Sus hombros están desiguales y su cabeza, ladeada a un lado, se halla cubierta por una capucha, roja como la sangre y que no se desfigura lo más mínimo bajo la lluvia. Es su propia cabeza abierta… Sigue lloviendo… Su sonrisa es espantosa … sus ojos rebotan y tiemblan al igual que sus labios, que mascullan sin hablar. Han visto a Frederick y le observan sin moverse. Sigue lloviendo…

-¿QUIÉN ERES?

Ella no responde. El ruido es ensordecedor y su mirada le sigue allá adonde vaya mientras ella se balancea de un lado a otro. Musita, no para de musitar, pero Frederick no la comprende (“No debería llover en invierno ¿no crees?”). No se cala por mucho que llueva, ya está congelada. Sus pulmones ignoran el aire, pues están aplastados y sus piernas, también desgarradas, están lo suficientemente enteras como para desmenuzar el charco en el que está, izquierda a derecha, formando ondas que compiten con las de la lluvia (“…esto debería ser nieve, no agua…”). Pero Frederick no la escucha porque sigue lloviendo… Renquea sobre su cadera rota para mirar de reojo las montañas mientras afloja sus piolets irónicamente (“…me la he encontrado en la montaña…”). Una gota de agua rompe su cuello con un crujido sordo al lado en el que unos irises no tiemblan, las pupilas no se dilatan, y sus ojos, profundos como pozos, dejan correr las gotas que sobre ellos caen (“…yo no debería estar muerta… es tu culpa…”). Frederick no lo entiende, pero su pistola tiembla junto a todos los elementos del habitáculo y sudor brota en su cara… … … Sombra de un piolet levantado. ¡BLAN! Cristal roto. Ahora la lluvia se escucha incluso más fuerte y hace frío… ella sigue con el piolet levantado y la cuerda desatada de su arnés. Permanece parada en la misma posición, sin dejarle de mirar con ese movimiento de cuello de títere y sus manos que obran con ella hacia afuera y hacia dentro, hacia fuera y hacia dentro, hacia fuera y hacia dentro para enrollarla sobre sí misma, hacia la izquierda encogiéndola, hacia la derecha para extenderla. Entonces, cuando las manos ya han terminado, su cabeza se mete entre la cuerda. La nube sube y ella se ahorca… siempre mirando a Frederick, entre la lluvia. Incluso cuando ella se eleva y sus piolets se sueltan de sus manos para colgarse de sus muñecas, sigue lloviendo y ella se aleja más y más, siempre mirando, de vuelta a la montaña. La lluvia ya acaba y ahora llega el frío, en todo tu cuerpo, en toda sus cuerdas vocales, tartamudas y balbuceantes, en todas sus articulaciones, tensas y endebles como un alambre de cobre, en toda tu alma, atormentado por alguna razón y sin ser capaz de acabar de despedirte del ángel ahorcado, antes bebé que resultó ser mujer, que le ha visitado y ha terminado con la nieve.

Poco después, se encontró el cadáver de Ava Hammel. Había tenido la mala suerte de caer sobre una de las ruinas que tanto había respetado y ser elegida por sus deidades como elemental, en este caso de las montañas, tal y como la agencia de sucesos paranormales los llama. Se dedicará a defender el Großer Krottenkopf lo que le resta de existencia. Al enterarse de esta noticia, Frederich decidió que Schaffen cambiase de instalación y buscase una alternativa a tanta contaminación.

12 de Septiembre de 2020 a las 08:43 0 Reporte Insertar Seguir historia
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