walter_bunn Walter Bunn

Una apacible anciana relata al lector, su más perturbadora memoria, una espantosa experiencia padecida a finales del siglo diecinueve en los fríos bosques del norte de Europa, cuando apenas tenía ocho años.


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#cuento #intriga #fantasia #suspenso #paranormal #terror
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Capítulo 1_El secreto de Lena

Capítulo 1

El secreto de Lena

Ya son las dos de la tarde, y como cada domingo mis nietos vendrán a visitarme. Tengo preparadas las galletas de damascos; la leche de cabra con miel recién hecha; los juguetes de madera y cerámica dispuestos dentro de la caja de roble, junto al hogar encendido, las fichas de Nught con los naipes para Elba, la mayor, a la que ya dejaron de interesarle las chucherías; y por si acaso, también sobre la mesa están las aventuras de Sigried, ése antiguo manuscrito que nos dejó su Abuelo, y que a pesar de saberse de memoria las peripecias del héroe, jamás se cansan de escucharlas.

En estos momentos deben estar atravesando los bosques de Bresto, quizá cruzando el puente de Vihel, sintiendo en sus narices el aroma de los campos de centeno.

Que feliz me hace su visita, y cuantos recuerdos me traen sus cabalgatas. Recuerdos de mi niñez, mis aventuras en el arroyo Langer, mis juegos de gallo ciego en el bosque. Sobre todo en Bresto, el cual atraviesan los domingos por la tarde; ese lugar... que me provoca sensaciones tan encontradas, recuerdos que quisiera no tener, es por ello que sin abstraerme en explicaciones, sólo les imploro que no se detengan a conversar con nadie. Sé que lo toman como un típico consejo de abuela, y yo también lo prefiero así, quizá porque nunca me atreví a contarles, ni a ellos ni a nadie, lo que allí me sucedió cuando era una niña.

Tenía la edad de ocho años cuando experimenté la situación más escalofriante de mi vida.

Vivía con mis padres y mi hermano Thomas, aquí, en la pequeña aldea de Erbohr a unas dos leguas de Bresto. Como cada tarde volvíamos de recolectar las siembras con mi hermano, almorzábamos con mamá y papá; y era allí, después de la comida o el postre, en caso de que hubiese, que comenzaba nuestro tiempo libre. Nuestras cortas horas de aventuras, digo cortas ya que estaba bien entrado el otoño y a las cinco de la tarde, el sol ya se sumergía en las montañas.

Era muy pequeña para aprender a bordar, y a su vez también lo era para jugar con Thomas, es que mi bello hermano estaba comenzando sus pasos hacia la adultez, y con 12 años, sus pasatiempos eran muy distintos a los míos, iba a cazar con papá, a pescar en el arroyo, se adentraba en los montes a “buscar insectos”; pero el olfato de mi madre, muchas veces la alertaba de posibles tretas, entonces bastaba solamente coincidir en sospechas con la señora Svarsson, para que juntas incursionaran en el boscaje y pillaran a los muchachos espiando a las gitanas que se bañaban en el arroyo, fue difícil contener la risa, viendo como traían de las orejas a esos jóvenes.

Por mi parte, la vida era más sencilla, a las mujeres nos ocupan otras cosas, así que pedía permiso a mi madre e iba a jugar con las otras niñas, aunque vale aclarar que sólo éramos tres, si, era una aldea muy pequeña y fuimos pocos los que sobrevivimos a la gran fiebre, la cual, por capricho divino, decidió tomar partido por los niños... ¡que fastidio! Pero, bueno, en fin; allí estaban encerrados éstos, con sus púrpuras orejas estiradas hasta los hombros, y nosotras libres, corriendo a las ardillas, comiendo los dulces de miel y jugando al gallito ciego, disciplina en la cual me destacaba.

Una tarde, con el sol a medio camino, con el follaje de los árboles sobre nuestras cabezas nos encontrábamos Dahila, Engla y yo practicando nuestro juego favorito. Era mi turno para buscar a las otras, así que Engla ajustó sobre mis ojos el trapo de lino, que todavía conservaba el olor de los panes que habíamos llevado envueltos en él, y antes de que comenzaran su carrera furtiva escuché gruñir a Dahila.

_ ¡No tiene caso jugar a esto, siempre nos encuentra! contuve la risa en mis narices, empecé a caminar lentamente arrastrando los pies, y con los brazos extendidos hacia adelante, buscaba a esas voces que me susurraban:

_ ¡Estás muy ciega, es por éste lado!_ continué caminando. En el momento en que mi vestido se atascó en un arbusto pude oír una carcajada contenida y silenciosa, sólo necesité agacharme y girar, ahí estaba Dahila, quien sacó finalmente las manos de su boca para dejar salir su contagiosa risa. Todavía quedaba una fugitiva por atrapar. Le pedí a Dahila que haga silencio, di media vuelta y emprendí nuevamente mi ciega búsqueda. Me deslizaba siguiendo mis instintos. Mientras la fría brisa me acariciaba, podía sentir mis pasos confundirse con el silbido del viento atravesando las ramas de los árboles. En ese momento, otro sonido comenzaba a inmiscuirse, era una atorada risa cómplice que iba flotando, casi imperceptible. Con el propósito de oír mejor, levanté el lado de la venda que obstruía mis oídos y me dirigí hacia allí deslizándome cautelosamente.

Mientras más pasos daba, más se agudizaba aquella desprendida risita. El corazón me palpitaba de emoción al saber que me estaba acercando. Mis brazos extendidos se toparon con el áspero tronco de un árbol, fui acariciándolo delicadamente con mis manos frías, hasta que el tibio humor de un inquietante jadeo comenzó a atravesar la carne de mis entumecidos dedos; tomé el impulso y de un sólo salto rodeé el tronco, la tomé de los hombros y con una carcajada le dije:

_ ¡Engla! ¿Otra vez detrás de un árbol?_ en ese preciso instante, tomó el trapo que aún cubría mis ojos, me lo quitó violentamente y susurrando me dijo:

_ ¡Perdiste!_ al ver que no se trataba de Engla, di un salto hacia atrás. Con el corazón sacudiéndose en mi pecho y mis ojos intentando enfocarse, vi lo que parecía ser un niño, quien con su dedo índice extendido sobre sus labios, volvió a susurrarme:

_ No grites, necesito ayuda, estoy escapando de mi padre _ inmediatamente volvió a insistir _ No levantes la voz, si me encuentra va a matarme, como lo hizo con mi madre, no le digas a nadie que me viste.

En ese preciso instante unas pisadas se acercaban escandalosamente detrás de mí.

_ ¡Lena, Lena, te fuiste muy lejos, perdiste!

Entre los arbustos aparecieron Dahila y Engla, las dos agitadas y con cara de fastidio.

_ ¡Te alejaste más de treinta pasos!

_¿Qué te ocurre?... ¡hoy no es tu día!_ antes de seguir siendo juzgada, las interrumpí.

_ Por favor, no griten, su padre lo está buscando_ entonces, girando rápidamente, me dirigí al niño para pedirle que no tema.

_ Ellas son mis amigas_ mis palabras se disolvieron en el vacío del bosque, allí no había nadie, de alguna extraña manera aquel niño había huido.

Los ojos de Engla y Dahila parecían notar la alteración en mi rostro y sugirieron que debíamos marcharnos a la aldea. La tarde estaba terminando.

Mientras caminábamos de regreso, con sus voces un poco agitadas y sus cabellos luchando contra el viento me preguntaron.

_ ¿De qué padre hablabas?_

_ ¿El padre de quien?_ quise responderles pero no pude. Comenzaron a reírse, mi sensación de desconcierto se fue diluyendo y comencé a reírme también.

Ya podíamos vislumbrar el humo de las chimeneas, eso significaba que la carrera debía comenzar. Llegamos agitadas y casi sin aliento, como era habitual. Luego nos saludamos, y así terminó la tarde.

Esa noche, después de la cena, mientras mi padre encendía su pipa para fumar cerca de la leña encendida, mamá nos llevaba a la habitación a dormir. Apagó el caldero, y luego de hacerme unas cosquillas me arropó, saludó a mi hermano con un beso en la frente, apagó la lámpara y cerró la puerta. En ese instante escuché a Thomas acomodarse en la cama para dormir, y yo me dispuse a hacer lo mismo. Pasaban los minutos y no podía lograrlo. Todavía veía la cara de ése niño pidiéndome ayuda, por momentos creía habérmelo imaginado, pero lo sentí tan real. Estaba muy confundida.

Horas más tarde, el sonido de un golpe seco me despertó abruptamente, los sonidos de pasos corriendo sobre el piso de madera, los furiosos ladridos de los perros, el diálogo ininteligible de mis padres, y mi hermano preguntándole que ocurría. Mi corazón comenzó a acelerarse estrepitosamente, casi podía oírlo. En ese momento, Thomas alcanzó mi brazo haciéndome saltar de la cama, estaba muy agitado.

_ ¡Vamos a ver!_ apenas alcanzamos el umbral de la habitación, los brazos de mi madre aparecieron como una barrera delante nuestro.

_ Vuelvan a la cama _ dijo con voz calmada, y continuó: _ Un zorro ha entrado al corral y papá soltó a los perros _ todo continuó en silencio, volvimos a dormir.

Por la mañana, apenas espabilados, nos dirigimos al comedor, y para nuestra sorpresa mi madre estaba desayunando sola. Nos contó que papá había tomado el arma, y salió rumbo al bosque, ya que uno de los perros no había regresado.

Mientras mi madre nos preparaba la avena cocida, miré por la ventana y las primeras luces del día me permitieron ver a “Lanudo”, nuestro perro, el que había regresado. Estaba allí, acostado en el suelo escarchado del corral, despidiendo vapor de su hocico, con el lomo y parte de su cabeza manchado con lo que parecía ser sangre. Desconfiada de lo que podía estar viendo, me acerqué a la ventana, pero a lo lejos, otra imagen distrajo mi atención. Era mi padre, quien venia caminando a paso veloz, con el rifle colgando de su hombro, y el vaho de su respiración desgranándose en la fina niebla. Luego de atravesar el patio delantero, entró a casa, colgó el arma en la pared, se quitó los guantes, y mientras nos tocaba la cabeza, alzó su mirada buscando a mi madre.

_! No pude encontrarlo!, sólo hallé…_ bajó su tono de voz con la intención de que no pudiéramos oírlo_ una gran mancha de sangre a unos dos kilómetros al oeste, bosque adentro. Hizo una pausa, y mirando desenfocadamente hacia la ventana, continuó.

_ Sea lo que fuere que estuvo merodeando esta madrugada, no fue un zorro_ se sentó trabajosamente en el sillón, y realizando movimientos toscos, comenzó a quitarse las botas, mientras la mitad de su cuerpo se vestía con la sombra que proyectaba la figura de mi madre parada allí, junto a la ventana, observaba la nubosa campiña con la mirada perdida, parecía buscar allí alguna simple explicación.

_ ¿Habrán regresado los lobos?_ dijo mi madre, mientras desanudaba sus brazos asidos a su pecho.

_ No lo sé, es probable. Puede que haya poca comida allá arriba y el hambre los haga bajar. Hay que avisar a los demás, y estar atentos_ Se levantó lentamente, calzando sus viejos calcetines de lana gris, se sirvió un poco de avena en su cazo de madera pulida y volvió a sentarse a su manera bruscamente habitual.

Luego del desayuno, nos dispusimos a reforzar el cerco del corral. Mientras Thomas y mi madre ajustaban los troncos, yo me dispuse acompañar a mi padre al río, a buscar unas rocas para asegurar una parte del muro que estaba débil.

A pesar de ir con el carro vacío viajábamos muy lento. Nuestra yegua Johle tenía ya muchos años, y se tomaba su tiempo para galopar. Mi padre iba silbando suavemente mi canción favorita, y yo le sonreía mientras acomodaba la ropa de mi muñeca.

Íbamos atravesando el bosque, y después de haber silbado ya cuatro veces aquella graciosa melodía, mi padre cesó la interpretación y calló completamente. Solo se escuchaban los cascos de Johle golpear contra el húmedo suelo, y las argollas de su bozal sacudirse suavemente. Mi mirada iba dispersándose en los árboles, hasta que una disonante imagen en la profunda arboleda me perturbó. Allí estaba él, ése niño otra vez, mirándome fijamente, con la mitad de su cuerpo detrás del tronco de un árbol seco. Podía notar entre el follaje su pálido rostro, era similar al de aquel que no duerme en días. Aquella inquietante figura, logró importunar mi camino, era como un lobo acechando su presa. Sin desatar su mirada de la mía, despegó lentamente el brazo de su cuerpo, extendió el dedo índice y lo deslizó por sus labios cerrados. Volteé hacia mi padre, pero éste iba mirando al frente, perdido en sus pensamientos. Volví a mirar en dirección a la sombra de los árboles para observar al niño, pero al igual que la tarde anterior, ya no estaba, había desaparecido. Escudriñé celosamente la arboleda, pero no pude encontrarlo. El dilema volvió a presentarse, el no entender si estaba o no imaginando todo.

Durante todo el camino de regreso estuve observando hacia los árboles con total detenimiento, tanto fue así que me gané un regaño de mi padre por venir tan distraída.

Al llegar a casa continuamos reparando el corral, y entre las bromas de mamà y las rabietas de papá, la pesada jornada se transformó en un divertido momento en familia.

Por la tarde, luego del almuerzo, vino a visitarnos Dahila, con la noticia de que la señora Nedved, madre de Engla, estaba enferma y que sólo ella la estaba acompañando. Conmovidos por aquella noticia, mis padres le encomendaron a Thomas la tarea de cuidarnos ya que irían a visitar a la señora Nedved.

Hoy no habría tarde de gallito ciego para nosotras, no sin Engla, por lo tanto rompimos la rutina. Se nos ocurrió construir una casa para nuestras muñecas, utilizando barro, algunos troncos, y pequeñas piedras que habían sobrado de la reparación del cerco.

_Necesitamos piedras pequeñas para el piso_ dijo Dahila mientras miraba concentrada el interior de lo que pretendía ser nuestra mansión para muñecas.

Recurrimos a Thomas, quien nos aclaró que las había usado todas como proyectiles para su onda. Había un inconveniente y teníamos que solucionarlo.

_ ¿Qué hacemos ahora?_ dijo Dahila, mientras que con ambas manos acariciaba una de sus rojizas trenzas.

_ ¡Podríamos ir nosotras, nos llevamos el carro pequeño y lo cargamos a tope!_afirmé, llevándome las manos a la cintura mientras observaba al pequeño carrito brillar sobre el patio. Pero la tarea parecía ser muy arriesgada para Dahila.

_ ¿Y si nos perdemos?

Thomas, que estaba sentado sobre un tronco tallado, reparaba su onda mientras oía fastidioso nuestra conversación.

_ ¿Perderse?, Lena sabe como regresar, yo mismo se lo enseñé...por la tarde hacia la derecha y por la mañana hacia el frente_ Dahila seguía desanimada.

_ ¿A la derecha de que, no entiendo?_ Thomas, parecía no comprender la sugestiva actitud de mi perezosa amiga, y terminó explicando:

_¡Claro!, que cuando se encuentren perdidas en el bosque deben tener en cuenta la posición del sol, si se pierden de mañana, tienen que caminar hacia él, y si se pierden de tarde, caminen hacia su derecha_ tomó una profunda bocanada de aire y sacudiendo su cabeza, regresó a sus tareas.

Dahila no estaba convencida de aquello, o no quería estarlo, deseaba a toda costa quedarse, así que decidimos recurrir a una irritante estrategia, nuestra persistencia. Le suplicamos obstinadamente a mi hermano para que fuese él quien se ocupe de traer las piedras de la orilla del río. Abatido por dos niñas de ocho años, alzó su mirada hacia el cielo en un histriónico gesto de resignación.

_ ¡Ustedes van a conseguir que me arranquen las orejas!_ su rostro comenzaba a enrojecerse _¡está bien!_expresó con desagrado _ pero no perderé tiempo seleccionando piedritas, tomaré tantos puñados como quepan en el saco y regresaré lo más rápido posible!_recogió el saco de piel de oveja, lo cruzó sobre su torso, y salió con la velocidad de un rayo. Al pasar frente al corral, llevó sus manos abiertas hacia ambos lados de su boca y alzó su voz.

¡Las dejo al cuidado de Lanudo, vuelvo enseguida, no se les ocurra hacer ninguna estupidez!_

Para ganar tiempo, decidimos ponernos manos a la obra con los muebles de nuestra pequeña gran obra. Mientras Dahila elegía las maderas, yo me dirigí al depósito de herramientas que estaba dentro del corral, a unos cien pasos.

Llegué hasta allí, y apenas atravesé el cerco mi perro vino a recibirme, como era su costumbre, con una inusitada euforia. Unos minutos de caricias bastaron para aplacar su alegría desmedida, y habiendo recobrado su compostura se dispuso a acompañarme hacia el depósito. Pero ése momento de inocente algarabía, estaba a punto de precipitarse inexorablemente a la desgracia.

Faltaban solo unos pasos para llegar al depósito, cuando Lanudo, dando un repentino salto, puso su delgado cuerpo frente al mío, hundiendo sus negros ojos en aquella puerta. Sus orejas se echaron hacia atrás, y los pelos de su lomo se erizaron como puñales, conservaba la inamovible postura de una gárgola. Comenzó a gruñir agresivamente y luego se lanzó hacia la puerta, atropellándola, la rasguñaba con fuerza mientras sus brutales ladridos dejaban ver sus colmillos. Me aterré de tal forma que crucé el cerco de un solo salto y comencé a correr hacia el patio para buscar a Dahila. Logré dar sólo dos zancadas, cuando escuché la puerta del depósito abrirse violentamente, y a mis espaldas, el atroz estruendo de una encarnizada pelea. Gruñidos furiosos, golpes, piezas de hierro cayendo al suelo. Volteé hacia donde estaba mi amiga, con la intención de gritarle para que se meta en la casa, pero no logré verla. Continué corriendo en dirección a la casa y antes de llegar al árbol, el cual se erguía en el patio como una gran torre, me resbalé con la argamasa que habíamos hecho para jugar, y caí desplomada sobre mi estómago. Mientras intentaba incorporarme, escuché un fuerte, seco, y muy breve gemido.

Allí en el suelo, el pavor comenzó a punzar mi espalda con sus frías agujas. Después de unos torpes intentos, al fin pude levantarme y entrar a la casa. Aterrada, cerré la puerta, y con cautela corrí las viejas cortinas de la ventana para observar en sigilo el depósito del corral. Pero mis manos temblorosas y mi agitado aliento empañaban el vidrio, no me permitían, distinguir qué, o quién era lo que estaba saliendo lentamente de allí. Parecía un animal pequeño, se veía oscuro, no podía precisar, era como una mancha negra que el grueso, deformado, y empañado vidrio de la ventana no me permitía ver. Pero aquella oscura sombra iba escurriéndose trabajosamente hacia aquí, rápidamente cubrí la ventana con la cortina. No podía contener mi agitación, me aturdía el sonido de mi corazón, creí que iba a desfallecer. Sorprendida por un fugaz brote de valentía, me atreví a mirar nuevamente por la ventana, sólo para desplomarme bruscamente hacia atrás, después de que la palma de una pequeña y oscura mano se estrellara violentamente contra el empañado vidrio, llevando mi agitación a umbrales insospechados. Empecé a gritar, o a llorar, o quizá todo junto, no recuerdo bien; lo que sí recuerdo, es que la manecilla de la puerta comenzó a girar, crujiendo agónicamente, hasta que finalmente se detuvo, y la puerta empezó a abrirse, encontrando en su ínfimo recorrido, el atravesado cerrojo de hierro. La mole de madera maciza volvió a cerrarse para luego embestir nuevamente, pero esta vez con sorpresiva virulencia, pero no pudo contra aquel robusto cerrojo. Luego de unos segundos de silencio, los fuertes golpes sobre la madera de la puerta despertaron nuevamente mis gritos. Los azotes eran cada vez más fuertes e insistentes. Dentro de aquél abrumador bullicio, logré distinguir una voz aguda que se colaba entre los golpes, los cuales cesaron de repente, hice un esfuerzo por detener mi llanto con la intención de oír mejor.

_ ¡Abre la puerta Lena, soy yo, Dahila! ¿Que ocurre?

Como la bala de un preciso cañón, salí disparada hacia la puerta, quité el cerrojo y ahí estaba Dahila, no recuerdo nunca haberla abrazado tan fuerte.

__¡Que ocurre!_ me dijo alzando su voz.

_ ¿Dónde estabas?_le reproché, mientras secaba mis lágrimas.

_ ¡Fui a buscar maderas a esa empalizada que hay detrás de tu casa!_mi conmoción la desconcertaba, sus ojos lo expresaban claramente.

Calmando de a poco mi exaltación, fui contándole lo ocurrido, hasta quedar casi sin aliento. Decidí hacer una pausa, y mirando por encima de sus hombros pude ver a Thomas regresando a casa, una brisa de alivio, se colaba en mis pulmones. Salí a su encuentro, lo abracé, y sin detenerme a respirar, le conté lo ocurrido en el depósito. Me pidió que me metiera en la casa con Dahila, tomó su onda, un palo, y fue a revisar el corral. Nosotras mirando todo desde el pórtico, estrujándonos las manos, observamos como mi hermano, se asomó sigilosamente al umbral del granero, observó detenidamente hacia adentro, luego dio un salto hacia atrás y corrió hacia nosotras.

_ ¡Los lobos atacaron de nuevo, mataron a Lanudo, no vengan para acá, hay mucha sangre!_ en ese momento compartimos miradas con Dahila, en una encrucijada de confusión y espanto.

Más agitado por el susto que por la carrera, Thomas llegó hasta nosotras y se sostuvo de mi hombro.

_ ¡Escuchen, voy a ir a buscar a papá, métanse en la casa!_ hizo dos pasos y regresó con una forzada mueca en su cara.

_No le digamos que me fui al río y las dejé solas, por favor, van a matarme_

_No te preocupes _ le dije, mientras le acariciaba el brazo _ papá no va a enterarse_

Tomó un respiro y salió velozmente hacia la casa Nedved.

Minutos más tarde llegaron mis padres, y a paso veloz cruzaron frente a la casa sin detenerse, dirigiéndose al corral. Por los gestos que hacían, noté que le habían pedido a Thomas que regrese a la casa.

Mi hermano iba deslizándose cabizbajo hacia nosotras. Mientras que la conmoción y la impresión por lo sucedido parecían haber aplacado los ánimos de Dahila, quien asiéndose suavemente de mi brazo, dejó salir trabajosamente, unas pocas palabras.

_ Creo que me voy a mi casa Lena, no me siento bien, mañana continuaremos con nuestra casita de muñecas.

Antes de que huyese al galope, como lo hace cada vez que regresa a su casa, la tomé del puño de su camisa y con una mueca en mis labios que imitaba a una sonrisa, le reproché.

_ ¡La próxima vez intenta no golpear de esa manera la ventana, me hiciste caer del susto!_ me miró con desconcierto, como si me hubiese dirigido a ella en un idioma totalmente ininteligible.

_ ¿La ventana?, nunca golpeé la ventana, solo escuché tus gritos desde el fondo de la casa, luego corrí hacia la puerta, y fue allí que me abrazaste.

Sin reparar en lo fulminante que fue para mí aquella respuesta, Dahila fue alejándose indiferente, dejando perder su roja cabellera en el horizonte de aquella empinada calle, mientras yo caía petrificada en la más profunda incertidumbre.

Mis padres regresaron a la casa preocupados, mi madre me tomó de la mano, y dando uso a su excelso don de calmar los ánimos, utilizó las palabras justas para lograr devolverme a la realidad, pues todo lo acontecido minutos atrás parecieron destellos de una horrenda pesadilla.

Dio inicio entonces el interrogatorio a Thomas, quien luego de un sencillo cuestionario comenzó a trastabillar en sus declaraciones. Todo salió a la luz. Reprimenda y castigo para él, y un relajado llamado de atención para mí.

Todo aquello terminó, con mi hermano silbando y mirando desenfocado hacia cualquier lado cada vez que yo intentaba hablar con él, evitando descaradamente su diálogo conmigo.

Llegó la noche, y sus oscuras alas iban cubriendo la aldea, en un silencioso abrazo, estirando las sombras de los árboles del bosque hacia los humeantes caseríos, los cuales repelían a su insistente enemiga con unas inofensivas e inquietas luces que apenas brillaban, como pequeñas monedas de oro desparramadas en un paño negro.

Llegó entonces la hora de dormir, la luz azul negruzca que atravesaba el lino de la cortina sobre la ventana, iluminaba vagamente la espalda de Thomas, quien permanecía tumbado hacia la pared. Decantaban agónicamente los minutos, mientras buscaba inútilmente distraer mi vista en cualquier cosa que llamara mi atención en esa oscura habitación, Intentando en ese incomprensible juego, alcanzar el sueño más profundo, para no pensar, no recordar el horror que padecí aquella tarde. El silencio era abrumador, mucho más de lo habitual, ni siquiera se oía ladrar a los perros, eso me recordaba aún más lo acontecido. Cerraba mis ojos con la intención de que cesaran de moverse, los latidos de mi corazón iban incrementando su fuerza, al punto en que perturbaban cruelmente el silencio, y mis manos entrelazadas sobre mi vientre comenzaban a resbalarse por el sudor. Un inquietante golpeteo empezó a confundirse entre mis fastidiosos latidos, los cuales, en cierta manera, comenzaban a irritarme, pues no me permitían distinguir ese extraño sonido. Me resistía a abrir los ojos, decidí respirar profundo, necesitaba forzosamente mitigar mis latidos, hasta que al fin pude dominarlos. Agudicé el oído como quien intenta ubicar al ratón dentro de la casa guiándose por el tañido de sus dientes raspando la madera, y allí lo encontré, sólo para aterrorizarme aún más.

Fin del capítulo 1

10 de Septiembre de 2020 a las 22:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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