jancev Jancev

La ruta siempre parece ser la misma, a menos de que el destino tenga otra cosa planeada. Las seis de la tarde, era el límite seguro cada día, mientras llegara a casa antes de esa hora, todo estaría bien. Al menos eso pensaba Lucía. Ahora experimentaría las consecuencias de tomar el autobús de la ruta de las seis treinta.


Cuento No para niños menores de 13.

#cuento #crimen #viaje #hechosreales
Cuento corto
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La ruta de las 6:30.



La ruta siempre parece ser la misma, a menos de que el destino tenga otra cosa planeada.

Las seis de la tarde, era el límite seguro cada día, mientras llegara a casa antes de esa hora, todo estaría bien.

Al menos eso pensaba Lucía.

Salvo aquel día, el exceso de trabajo le había impedido cumplir con su tradición, esa era la razón de que siendo las seis y treinta, con el cielo oscureciéndose rápidamente, sus pasos apresurados la llevaban casi al trote hasta la parada de autobuses.

Los ruegos silenciosos por encontrar algún chofer rezagado casi escapaban de sus labios, el leve nerviosismo de observar el reloj en su muñeca deseando detener los minutos y su caminar apresurado, no dejaban duda de que quería llegar pronto a casa.

Se detuvo frente a un centro comercial abandonado que fungía como parada de autobuses "ruta urbana", el local a oscuras, las paredes mohosas y el sonido de las tuberías rotas desperdiciando agua, le otorgaban al lugar un aspecto siniestro. Apenas y quedaban personas en la calle, algunos esperando carros "por puesto" para cruzar grandes distancias y dos chicas cercanas Lucía, una de ellas era una imponente afroamericana con un suéter colorido al estilo "Britto" y unas grandes extensiones trenzadas.

La calle estaba vacía, la idea de que un autobús apareciera de la nada, ya parecía una quimera, la luz solar empezaba a escasear y la paciencia se iba junto con ella. Los faros de los autos al pasar causaban un reflejo chillón contra el astigmatismo de Lucía.

Cuando planeaba caminar los cuatro kilómetros ya tan conocidos, apareció una luz al final del túnel.

Era un autobús antiguo, de esos que parecía que se caerían en pedazos, el color blanco que antes lo engalanaba, ahora refulgía en amarillo en aquellos lugares en que el óxido no había ganado la batalla.

Se detuvo frente a las tres chicas, completamente vacío.

El chofer era un hombre pasado los cincuenta, con la piel brillante de la grasa acumulada, resultado de todo un día de trabajo en el calor desgastante del día. Las observó con desdén y empezó a gritar las rutas que abarcaba.

A veces el instinto marca cuando algo no anda bien, y aunque parezca mentira o una débil treta para hacer de aquel día algo más interesante de lo que era, una sensación desagradable se instaló en la boca del estómago de Lucía y le impidió subir a aquel autobús.

«Tengo muy mala espina», pensó.

Giró a ver a las chicas que la acompañaban en la acera, tampoco subieron y sus miradas le indicaron que el pensamiento desconfiado era compartido. Tres mujeres solas en un autobús; serían un blanco muy fácil. Así que decidieron silenciosamente quedarse quietas en su lugar a esperar otros pasajeros.

Algunos de los que esperaban carro por puesto se acercaron al autobús, cansados de la espera y en búsqueda de una salida rápida de aquel lugar que ya empezaba a espantar. En pocos minutos algunas personas más se unieron. Finalmente, cuando una cantidad considerable de personas subieron al transporte. Las chicas y Lucía tomaron valor y siguieron el ejemplo tomando asiento en el destartalado transporte.

La mayoría de los puestos traseros ocupados, de modo que Lucía optó por sentarse en el puesto junto a la ventana de la segunda fila a la izquierda. Lo único que podía ver en la oscuridad que empezaba a tragarse todo, fue la luz de una camioneta con un anuncio de venta de panes.

La chica de trenzas y su amiga tomaron asiento en la primera fila de la derecha a la misma altura que la de Lucía, en los dos asientos que quedaban junto a los tubos de metal en donde se sujetan aquellos desafortunados que siempre tomaban tarde el autobús.

Luego abordaron dos muchachos que no parecían mayores de veinte años y no más altos que 1.75 m, pantalones jeans ajustados y gastados, camisas de manga corta con apenas algún grabado. Bromeaban sobre no tener el dinero completo para pagar el pasaje.

Subió una morena esbelta pero demasiado alta para su propia comodidad y tomó el asiento frente a mí, a su lado se sentó un señor de al menos cuarenta años, con lentes graduados y rostro cansado.

La música retumbaba en los oídos de Lucía, quien deseaba sacar sus audífonos con desesperación, pero claramente no los llevaba, era una locura sacar un teléfono en cualquier parte, incluso más a esa hora.

Un típico chico universitario trepó los escalones desgastados con su mochila de medio lado y cabello alborotado, caminando directamente hacia la parte de atrás del transporte.

Por último, un joven blanco de franela verde y gorra naranja —era terrible la combinación—, se sumó a los pasajeros, acompañado de un señor regordete de chemise marrón.

Lucía empezaba a impacientarse y algunas palabras de apuro resonaban al final de la unidad. El último hombre en subir volvió sobre sus pasos para pagar por adelantado su pasaje.

Dieciséis personas ocupaban el armatoste, el chofer movió la palanca de cambios y arrancó, pero antes de poder avanzar realmente, una señora sentada en la segunda fila de la derecha observó a través del ventanal que venía un chico corriendo, haciendo señas al autobús con la convicción de no perder la oportunidad de volver a casa y le pidió al chofer que lo esperara.

El chico se montó al aparato, con la frente perlada de sudor, una gorra azul marino y una tortuosa camisa beige de manga larga. Agradeció al conductor por esperarlo y se fue al final del transporte.

A las seis y cuarenta y tres minutos el autobús arrancó, y como era costumbre, Lucía se persignó levemente, tratando que la señora a su lado no notara lo raro de su comportamiento. Esperaba que la sensación apremiante de su estómago se esfumara al llegar a casa.

Ese viaje no debía durar más de diez minutos.

Diecisiete personas abordaron aquel autobús; ocho hombres y 9 mujeres.

Trece personas siempre se arrepentirían de haberlo tomado.

Solo dos minutos después de haber arrancado el mismo, justo cuando en los ventanales se apreciaba el letrero de la panadería “Salto Ángel”, un fuerte estruendo se escuchó dentro del autobús, cuatro de los hombres corrieron al frente de la unidad y sacaron armas de fuego, los chicos que bromeaban de no tener el pasaje completo, llevaban armas cortas tipo Glock y el chico blanco de camisa verde portaba un escopeta recortada, aunado a ellos estaba el hombre de chemise marrón desarmado, pero con la mirada segura de alguien apoyado por sus rufianes compañeros.

A partir de ese momento todo fue caos.

El sol ya los había abandonado, y la esperanza estaba difuminándose en el aire, en la música que se apagaba y en los gritos que la suplantaban.

Los hombres vociferaban incesantemente que aquello era un robo, y que nadie se atreviera a verles el rostro, que cualquiera que levantara la mirada terminaría muerto.

Pero ya era tarde,

Lucía solo necesitó diez segundos para no olvidarlos nunca más. Los había visto subir, los había escuchado bromear, se había percatado de cada actuar al pasar por el pasillo hacía atrás, había memorizado cada detalle de sus debiluchos cuerpos y ahora había grabado en su memoria sus miradas perdidas, los ojos rojizos de personas drogadas y sin recato alguno.

Obligaron al chofer a desviarse del camino y tomar una vía solitaria, mientras seguían blandiendo sus armas sobre los pasajeros, riéndose cada vez que un espasmo embargaba el cuerpo de los rehenes.

Reunieron a los cuatro hombres restantes en la unidad y los llevaron a la parte trasera, como una forma organizada de control. Al mismo tiempo mantuvieron al frente solo a las mujeres.

Sus voces se mezclaban, la desorientación en sus actos era lo que más consternaba a los presentes. Era inevitable no pensar que en cualquier momento alguno de los pasajeros, por no decir todos; morirían.

Lucía estaba asustada a límites que desconocía, sus piernas eran las que demostraban sus nervios desbordados, pues se tambaleaban con tal fuerza que parecía imposible la forma en que brincaban en el espacio reducido de su asiento y el espaldar del asiento frente a ella.

Estaba asustada, estaba molesta y decepcionada… no quería morir así.

La señora a su lado rezaba mientras enterraba su cara entre sus rodillas, y Lucía pensó que sería una buena idea hacer lo mismo, pero apenas y se sabía el padre nuestro y el salmo noventa y uno. Esperaba que eso fuera suficiente.

Sopesaba de forma fatalista que si la idea era robar, podían haber tomado las pertenencias y bajado de la unidad, el hecho de que los delincuentes decidieran llevarlos con ellos, solo significaba tragedia.

Era insólita la cantidad de cosas que pasaban por la mente humana en cuestión de segundos. Muchos aseveraban que en situaciones de ese tipo veían su vida pasar frente a sus ojos. Sin embargo, Lucía no vio eso, pero si recordó con desconsuelo que aquella mañana había sido la primera vez en su vida que su madre se había quedado dormida y no le había despedido con una bendición en la puerta de su casa.

La chica pensaba en todo lo que no había podido hacer todavía y que ahora tal vez nunca haría, pensó en todas sus historias empezadas ¿Quién las acabaría?

Decidió que realmente era muy injusto morir aquel día.

Cuando tuvieron a todos los hombres al final del autobús, los criminales se separaron. Uno se dedicó a apuntar al conductor con la escopeta recortada y decirle el camino que quería que siguiera. Los dos más jóvenes se quedaron constriñendo a los pasajeros varones en los asientos traseros y el hombre regordete empezó a despojar a todos de sus objetos de valor.

Lucía cabizbaja entregó el pequeño teléfono que llevaba, que de hecho no era suyo, se lo había prestado su hermana pues su anterior teléfono se lo había robado un carterista hacía menos de quince días. A la señora a su lado el hombre la revisó completa, sin importar cuántas veces repitió que no tenía celular, aprovechándose de tocarla sádicamente mientras la veía sollozar, solo cuando se cansó de manosearla se apartó de su lado.

Y el infierno se desató cuando la joven de las trenzas decidió que no perdería su teléfono. Había sido lista para esconderlo, pero había olvidado que el cargador estaba en su bolso de mano.

El hombre regordete notó el cable de cargador y le soltó un golpe en la cara, haciéndola caer sobre su amiga, prosiguió a levantarla por las extensiones mientras llamaba a sus compañeros de robo quienes se acercaron a la escena, colocando ambas pistolas en la cabeza de la chica que lloraba silenciosamente mientras buscaba con manos temblorosas el teléfono escondido en medio de los asientos.

El episodio con la chica había causado una gran distracción en los captores, distracción que uno de los hombres aprovechó para lanzar su bolso fuera de la unidad y de intentar lanzarse por una de las ventanas.

Todo ocurrió en segundos, pero se sintió como un interminable infierno.

Pasos profundos en la superficie del autobús, gritos desesperados de los captores, la vibración en los asientos denotaba un intenso forcejeo… Y luego el disparo.

Lucía nunca había presenciado un disparo, ahora nunca olvidaría como sonaba, ni como olía un disparo.

Sucedió en cámara lenta, o tal vez fueron sus sentidos agudizándose, pero en el momento que el disparo sonó, el silencio que se formó fue tal que solo pudo distinguir un leve siseo en el viento, un siseo parecido al que hace una gota de agua al caer en una superficie caliente y luego el olor, el intenso olor a pólvora y a carne quemada.

Nadie volteó a ver qué había ocurrido, todos empezaron a temblar con mayor ímpetu y a rezar con mayor pasión al escuchar a uno de los delincuentes decir:

—¡Joder, se me fue un tiro! —dijo el maleante en medio de risas.

Lucía rogó mil veces porque la persona estuviera herida y no muerta, deseo escuchar algún quejido que le diera pistas de la situación, pero no pudo girarse a constatar, sabiendo que los delincuentes no sentían el menor remordimiento al utilizar las armas.

El chofer redujo la velocidad, conmocionado por lo que acababa de ocurrir, y eso fue suficiente para que los delincuentes se volvieran a separar y le apuntaran para que mantuviera el curso.

La noche ya no permitía distinguir el ambiente exterior, lo que indicaba que tenían al menos media hora de camino con aquellos locos apuntándoles por simple sadismo. Uno de ellos se sentó al lado de la chica alta frente a Lucía, pasando la punta del arma por la silueta de la fémina y sintiéndose poderoso por las reacciones que causaba.

Lucía escuchó claramente las palabras que brotaron de la boca del individuo:

—Ese maldito, me ensució el pantalón con su sangre —Al finalizar aquella frase inhumana, pasó su mano derecha sobre la superficie de su jeans, con gesto de asco.

El tiempo pasaba sin lograr avistar el fin de aquella horripilante travesía, mirar por la ventana no traía consuelo, puesto que el asfalto parecía interminable.

Hicieron una segunda requisa buscando celulares o dinero, y fue el momento en que Lucía pensó que era su hora de morir. El hombre que le revisaba pidió el teléfono, mirándole a la cara con sus ojos dilatados, a lo que la chica solo pudo contestar que ya lo había entregado, el hombre se giró a preguntarle a su compañero de fechorías si era cierto y aquel sujeto que minutos antes la había robado, negó con la cabeza.

El desquiciado frente a ella comenzó a mangonearle mientras le apuntaba y le pedía el teléfono, la señora a su lado solo se acurrucaba en sí misma y rezaba bajito. Lucía se mantuvo diciendo una y otra vez que ya había entregado el teléfono y esperando con temor el accionar de esa arma que apuntaba contra su sien.

Al parecer no era su día.

El hombre la soltó, lanzándole a la cara su cartera vacía y prosiguió su camino. Lucía lloró quedamente con la cabeza gacha esperando escuchar alguna señal del hombre herido pero jamás llegó tal signo.

El viaje, las palabras obscenas, las amenazas y los cañones de las pistolas volando sobre sus cabezas se mantuvieron constantes al menos diez minutos más. Hasta que el autobús llegó a un punto inhóspito en una zona boscosa que la chica jamás había visto, la cantidad de maleza que cubría aquel puente era perfecto para abandonarlos.

Y así fue. Los delincuentes se bajaron del autobús dejándolos quebrados de los nervios y sintiéndose miserablemente afortunados de seguir vivos.

La chica de las trenzas fue la primera en voltear en busca del herido. También fue la primera en gritar al observar que no había ningún herido.

El último chico en subir, ahora se encontraba tirado en el pasillo del autobús, con un tiro certero en la cabeza que le había dejado una gran abertura en la frente y exposición de masa encefálica. Murió al instante.

La escena era como mínimo catastrófica, una chica de 16 al final de la unidad había recibido el cuerpo del chico al caer en su maniobra de escape y ahora la mitad de su cuerpo pálido estaba bañado de carmesí. Sus ojos desorbitados y su mano tapando su boca para que no escucharan sus llanto.

La sangre del hombre se había regado por todo el suelo del transporte, pero tan asustados como estaban los demás pasajeros, ninguno notó que el residuo carmesí de lo que una vez fue su vida, ahora pintaba cada uno de sus zapatos.

Todos lloraron en sus asientos mientras el indolente chofer los llevaba hasta la estación de policía más cercana, argumentando que: “No cargaría con el muerto él solo”.

El camino se llenó de lamentaciones.

Algunos lamentando haber tomado ese autobús, otros lamentando perder sus posesiones y otros, como la señora que había detenido el autobús para dejar subir al último pasajero, culpándose de la muerte del chico, por el simple hecho de haber ayudado a que abordara aquel fatídico viaje.

Dentro de sus cavilaciones, Lucía no pudo evitar pensar en la teoría del caos y como cada evento de aquel día pudo influir en la muerte de aquel chico. Su llegada tarde a la parada, su instinto diciéndole que no subiera a aquel autobús, lo extraño de encontrar un autobús rezagado sin pasajeros…

El desarrollo en la policía no merece ser relatado, ella solo recordaba las lágrimas en cada uno de los rostros cayendo sin descanso; silenciosas y avergonzadas. El trato descuidado de los oficiales, la infructuosa entrevista de testigos y finalmente, pasadas las 9:00 de la noche, llegar a casa y abrazar a su madre.

Luego de abrazarla fue a su habitación, y su primer acto de desahogo fue quitarse los zapatos con desesperación. Eran unos tenis azules con suela blanca; ahora todo lo blanco estaban manchado de sangre.

Los lanzó debajo de la cama deseando borrar el recuerdo de su cabeza, y lloró, una vez más, por aquel desconocido que no podría llegar a su casa a abrazar a su madre como ella lo había hecho.

Ya han pasado tres años desde ese 15 de febrero, se dilucidó que el chico asesinado era un oficial de policía fuera de servicio, sabía que al revisar su bolso encontrarían sus credenciales y su chaqueta de policía, de allí su intención de no ser revisado por los criminales, sujetos que hasta ahora no han sido capturados.

Lucía siempre observa la zapatera en su habitación.

La mancha de la sangre del chico, nunca abandonó sus zapatos.


4 de Enero de 2021 a las 02:09 11 Reporte Insertar Seguir historia
10
Fin

Conoce al autor

Jancev Seudo escritora de historias que llevan a un mundo de maravillas en el cual escapar de la rutina y lo ordinario... apasionada del arte en todas sus expresiones, entre ellas, la literatura una de las mejores, capaz de plasmar sueños e imaginaciones desbordadas en palabras ingeniosas. Creo en la eternidad, pues no hay mejor forma de permanecer en el espacio y en el tiempo que con un libro. El único limite del ser humano está en sí mismo. Si lo puedes creer lo puedes hacer.

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DR Daniel R
Muy buen microrelato...excelente . Saludos..
April 19, 2021, 20:16
Maria Muñoz Maria Muñoz
Me ha gustado mucho. El desenlace me ha encantado. Gracias
January 10, 2021, 07:34

  • Jancev Jancev
    ¡Muchísimas gracias por darle un oportunidad a esta historia! Me alegra que te haya gustado. January 10, 2021, 20:21
RACHID EL HADF RACHID EL HADF
COMO ME GUSTA LEER TUS MICRORELATOS👋👋 SALUDOS.
January 08, 2021, 12:33

  • Jancev Jancev
    ¡Hola Rachid! Muchas gracias, me alegra mucho que te gusten y que le hayas dado una oportunidad a esta historia. ¡Saludos! January 08, 2021, 12:34
Franyelis Ramirez Franyelis Ramirez
Hermoso en un sentido escalofriante.😙 Saludos.
January 06, 2021, 03:27

  • Jancev Jancev
    ¡Gracias colega!💜💜💜 January 06, 2021, 03:31
Jonathan Sanchez Jonathan Sanchez
Increíblemente aterrador!
January 04, 2021, 16:57

  • Jancev Jancev
    ¡Hola Jony! ¡Gracias por leer y comentar! Me alegro haber logrado causar esa impresión💜🍁 January 04, 2021, 17:01
Luciano Fierro Luciano Fierro
Excelente, Jancev! Me suelo meter mucho en lo que leo, así que la pasé muy mal con este atraco jaja. Saludos y buen año!
January 04, 2021, 12:58

  • Jancev Jancev
    ¡Hola, Luciano! Gracias por leer y comentar💜 Créeme yo también la pasé mal en ese atraco, mis zapatos lo recuerdan :( January 04, 2021, 13:03
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