Cuento corto
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Azul

Desperté. Llevaba toda la semana durmiendo muy mal pero esta vez me sentía diferente. El sobresalto habitual que tenía al despertar de un mal sueño que nunca recordaba del todo fue reemplazado por un lento retome de conciencia y una caricia tranquilizante de la almohada, sobre la que hundía de lado la mitad de mi cabeza y que impedía que abra uno de mis ojos por completo.


Revisando de reojo la ventana noté que aún no amanecía. La tranquilidad que obsequiaba el exterior era muy particular, casi adictiva, como si durante las primeras horas de la mañana no hubiese motivos para recordar todas las notificaciones y simulacros que nos ocupaban desde temprano; como si para ese instante nada malo fuese a ocurrir afuera, nunca. La tranquilidad era tal que la única prueba confiable de que existía algo allá era la luz que entraba por la ventana, alumbrando la habitación con un azul tenue y gentil que traspasaba las cortinas sin mucho esfuerzo.


Después de un estiramiento obligatorio, dispuse a levantarme. Usando mi brazo, aún entumecido por haber apoyado la cabeza sobre este por horas, logré sentarme al borde de la cama y enderezar la columna lentamente. Mientras me preparaba aún para evaluar el mentalizarme seriamente si vale la pena buscar mis zapatos o andar de descalzos hacia el baño, escuché un quejido corto y delicado.


A mis espaldas, aún durmiendo, estaba ella. Su cabello lacio y despeinado le cubría ese rostro precioso que muchas veces me habían dicho mis amigos que no era para tanto, cubierta hasta los hombros con las sábanas que la abrazaban con delicadeza, y apoyando la cabeza sobre la almohada con una paz tan desvergonzada que llenaría de envidia a todos los que, como yo, tienen problemas para conciliar el sueño.


Es cierto que vivíamos juntos, que estábamos juntos, y todo era perfecto. Si bien no recuerdo desde cuando este era nuestro presente, no era importante; el simple hecho de poder verla cada mañana al voltear el cuello, sabiendo que ella estaría allí, bastaba.


De repente, una sensación de ansiedad inundó mi cabeza, también diferente a la preocupación habitual que manejo diariamente. Tal vez me preocupaba que las cosas no hayan funcionado al principio entre nosotros, y que los problemas regresen a la larga; aunque nunca terminamos de manejar los que teníamos con el otro, supongo que lo resolvimos eventualmente. Puede que mi preocupación sea por nuestro futuro, de cómo viviremos ahora que solo nos tenemos el uno al otro, pero tampoco debería preocuparme tanto, teniendo suficiente como para vivir ambos, juntos, en este apartamento en el que llevamos viviendo tanto tiempo que no recuerdo cuándo fue que nos mudamos; pero supongo que es parte de llevar una vida rutinaria, en la que empiezas a dar por sentado ciertas cosas como el techo bajo el que vives. Entonces, puede que mi preocupación esté infundada en buscar su bienestar, porque sea feliz y no le falte nada nunca, pero estoy seguro que incluso cuando falte algo, nos apoyaremos el uno al otro.


Me quedé viéndola un rato más, de pie y con atención, sabiendo que si me descuidaba podría perderme algún detalle, intranquilo aún por esta ansiedad que no se iba ¿Viviríamos así de tranquilos siempre? ¿Es muy egoísta dar por sentado el lugar que conseguimos, cuando hay otros sin la misma suerte? ¿Es este lugar lo suficientemente bueno para nosotros? ¿Exactamente dónde vivimos? ¿Dónde fue que conseguimos este lugar, o desde cuándo? ¿Siempre vivimos juntos? Y aún más, luego de todas estas cuestiones, la pregunta que más me preocupaba era: ¿En qué momento me puse de pie?


Intenté tranquilizarme para analizar mejor la situación; no era la primera vez que me movía en un sueño lúcido, pero definitivamente hacía tiempo que no tenía uno, sobretodo uno tan detallado. Casos como estos son en los que te das cuenta del potencial del cerebro humano, capaz de replicar cada detalle de un rostro al que no le prestaste tanta atención desde hacía tiempo, hasta su olor característico luego de ducharse se sentía tan real como la tristeza de pensar que la vida perfecta que había asumido a partir de esta escena, solo era mi subconsciente jugándome la broma más pesada y depresiva que pudo haber maquinado. Un sueño en el que llevar mi vida a su lado, era solo eso, un sueño.


Quise despertarla, hablar con ella, decirle todo lo que pensaba desde la última vez que nos dirigimos la palabra allá por diciembre; pero este era de ese tipo de sueños, ese en los que no importa qué tanto te esfuerces, al intentar hablar vociferas nada y al intentar moverte caminas en el mismo lugar. De nuevo, no era la primera vez que me encontraba en esta situación de manera consciente, pero sabía que para poder hacer algo significativo debía aplicar un esfuerzo mental que podría acabar despertándome de verdad. El único lugar en el que podía estar así de cerca a ella, en un escenario feliz donde estoy a su lado y sin preocupaciones, era en mi cabeza, y definitivamente no quería despertar.


Regresé a echarme a su lado unos minutos para pensar en la situación mientras la veía, sabiendo que me daría cuenta al despertar que en realidad no habría pasado tanto tiempo. Recordé muchas cosas que pasamos, de lo que queríamos hacer cuando tuviésemos el tiempo, de lo que queríamos intentar si tuviésemos el dinero, de cuánto nos queríamos. Pero no mucho después, aún echado e incluso debajo de las sábanas, un frío penetrante empezó a molestarme. Mis manos se entumecían aún luego de frotarlas una con otra, por lo que supuse que yo (el de verdad) estaría durmiendo con la ventana abierta o algo por el estilo, y despertaría eventualmente a causa de la incomodidad. Es triste saber que debes despedirte de alguien a la fuerza, que la única forma de continuar es solo ir hacia adelante y que voltear hacia atrás no sirve de nada si sigues en movimiento, que eventualmente perderás de vista lo que antes tenías a pocos centímetros de tu nariz, sin importar lo feliz que te sentías entonces. Viendo que no quedaba alternativa y que en unos instantes todo el sueño se apagaría con ella, forcé la garganta al punto de gritar lo que me hubiese gustado que ella escuchara:


— Ạ̴̹͚̮̥̟̺̞̞̣͗̉͌̈́̈́͛͊̾̄̑͛̀͛̂͜͠͝ú̵̲̰̀̈̊̏́͂̔̑̍͊́͌̎̈̌n̴͎̭̜͉̫̞͓̈́̑͂̂̈́͘ ̵̲̲͛̑̇͂̅̏̈́̒̑̋̒̏̌́t̶̡̡̺̹̗͍̝̗͒͌̀̓ḙ̴̛̛̯̬̣̲̪̠̯͔͖̯͈͙̩͊̑̈̍̇̓͒͌̄̂͊͆̚͜͜͠ ̶̗̅̆̃q̵̦̞͎̙͇͇̙͎͓͖̻̜̺̰̂͌̑̀̀̈́̄̔̈́̅̔̓͝-̶̼̪̺͍͗͂̐̋͌͊̈́́͋̏͋̎͂̽̚͝i̴̡͉̺͎͍̓̽̇͑͊e̷̬̮͇͖̰̮̰͔͆̒̈́̓͋̍͝;̷̡̞͓̲͚͓̝͉̫̫͖̖̹̞̟̽̎̊̓̚0̵̥͍̞͒̑͌̓̃̓͂͌͛̈́͝ͅ


Desperté. Llevaba toda la semana durmiendo muy mal pero esta vez me sentía diferente, me sentía peor. El despertar abrupto de los días de trabajo fue reemplazado por un lento retome de conciencia melancólico y frío.


Revisando de reojo la ventana noté que aún no amanecía. La tranquilidad que obsequiaba el exterior era muy incómoda, casi desorientadora, como si arriba no fuese arriba, ni abajo tampoco. La tranquilidad que percibía parecía solo estar en mi cabeza, y que la única pista de haber algo o alguien allá afuera era esa luz que entraba por la ventana del copiloto, iluminando intermitentemente con un azul fuerte y enceguecedor que penetraban mis párpados aún con los ojos entrecerrados.


Supongo que al evacuar todos ignoramos las medidas de orden, viendo cada uno por sí mismo; y no los culpo sinceramente. La señal de evacuación era ver que el sol saliera por un lado de la montaña, pero nadie esperaba que una de esas cosas explotara la montaña. El patrullero con el que había chocado mi auto se alejaba, pero incluso si alguien hubiese bajado ayudarme, el frío intenso que sentía solo era evidencia de que ya había perdido mucha sangre, y muy rápido.


Todo me resultaba ajeno. Era extraño haber tenido el accidente o que atacaran el lugar en donde vivo; pero lo es aún más el que en tiempos tan caóticos, donde otros querrían a sus seres queridos, familiares o amigos a su lado, la única persona que hacía falta ahí para irme feliz eras tú. No me arrepiento de nada.


27 de Agosto de 2020 a las 22:27 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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