Cuento corto
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Día 0

Han pasado 182 días desde el día 0.

El día que todo se fue a la mierda.

Aquella mañana, sin que nadie supiera como o porque, el cielo se volvió rojo, y poco después, las calles se bañaron en sangre. Algo que parecía estar en el aire condenó a la mayoría de las personas; sus ojos y oídos sangraron a borbotones, su piel se cayó a pedazos y finalmente murieron, por desgracia, no se quedaron en el suelo, los cadáveres se alzaron con un único propósito: Devorar a los vivos.

Cuando el cielo reflejó al infierno, yo me encontraba en la universidad junto con mi hermano gemelo, Natan. Salimos corriendo de ahí antes de que el primer cadáver del salón se levantará, y desde el pasillo, escuchamos los gritos horrorizados de aquellos que, o fueron devorados primero o vieron como sucedía eso. Había sido una locura ver a casi todos desplomarse en un charco de su propia sangre y pedazos de piel que parecía putrefacta, pese instantes antes estar complementa sana, pero muy rápido entendimos que aquello había sido tan solo el inicio del fin, la primera nota de la sinfonía del apocalipsis.

La ciudad completa era un caos.

Los gritos hacían eco por todas partes.

La sangre bañaba cada una de las calles, se esparcía por el suelo de cada casa, cada escuela, cada local, no había un solo lugar que quedase exento al nuevo orden natural, mismo que estaba imponiéndose con una brutalidad sin par.

Esas cosas, a las que llamamos zombies porque ninguna otra palabra nos venía a la cabeza al verlos, conservaban la fuerza de cuando estaban vivos, ya que aunque su piel decoraba la ciudad, sus músculos sanguinolentos parecían estar intactos, pero con su cerebro básicamente muerto, sus reflejos eran más bien lentos, y al menos que te cogieran en grupo, si tú reaccionabas antes que uno de ellos, tenías la posibilidad de salir bien librado.

De algún modo, mi hermano y yo conseguimos sobrevivir al día 0, luego al 1, al 2, y así hasta el día de hoy, el día 182.

Y créanme, aunque siempre agradezco que tanto Natan como yo seguimos respirando, no hay día o noche que no piense que intentar seguir vivos es una locura, una locura casi tan grande como la que mandó nuestro mundo al demonio.

En fin, hoy, como todos los días, hemos salido a echarle un vistazo a nuestro entorno, si ponemos atención, podemos escuchar el sonido de pies arrastrándose por el asfalto y gruñidos hambrientos, es algo bastante molesto, sin embargo, dentro de todo lo malo, que el día 0 haya extinguido a casi todos los humanos trajo consigo una ventaja: No había muchos con quienes pelearse los recursos.

La última vez que vimos a alguien vivo, dos meses atrás si no mal recuerdo, tanto él como nosotros corrimos en direcciones opuestas. Una decisión sabía en un mundo post apocalíptico, en el que a duras penas puedes confiar en tu propia sombra, además, fuera del tema de la desconfianza, aglomerarse en grupos grandes es una pésima idea, allá por el día 10 descubrimos, por las malas, que entre más gente hubiese junta, más fácil era que nos encontraran los zombies, arrastraban sus pies putrefactos hasta nosotros como si pudiesen oler la vida que ellos ya no tenían.

Volviendo al punto, ayer visitamos una ferretería y un supermercado, antier un complejo de departamentos, antes de ese día, las casas de un fraccionamiento. Hoy hemos optado por el pequeño centro comercial a un par de kilómetros de nuestro refugio.

—Nat. —Le hago una seña indicándole que nos separaremos para registrar el lugar. Él asiente y se va por la derecha, con pasos silenciosos.

Del mismo modo, parto hacia el ala izquierda. Necesitamos encontrar algo comestible, lo que sea, llegados a este punto, hasta la comida de gato es bienvenida en nuestros estómagos.

Entro a uno de los locales, creo que cuando funcionaba se dedicaba a vender golosinas y demás comida chatarra, no estoy muy seguro, está oscuro, la luz rojiza del día no alcanza a llegar hasta aquí; no muy conforme con tener que gastar lo que me queda de batería, enciendo mi linterna, la sostengo con mi mano derecha y con la izquierda mantengo alzado mi cuchillo.

—Hey —digo en voz baja, nada ni nadie responde—, ¿hay alguien? —Sé que nadie responderá, y honestamente así lo prefiero, pero nunca está de más verificarlo.

Estoy a punto de entrar al primer pasillo, pero…

Escucho disparos.

—¡Natan!

Y salgo corriendo a buscar a mi hermano. Algo debe de estar muy mal como para que él haya decidido disparar sabiendo que nuestra munición es limitada. Malamente, cuando lo encuentro…

—¡Te pregunté qué demonios haces aquí!

Natan no está solo.

Un hombre apunta a su pecho con una pistola, no puede verme porque estoy a sus espaldas, pero Natan sí me ve, lo noto en sus ojos aunque él intenta que su agresor no se percate de mi presencia.

—¡Habla, cabrón!

No lo piensos dos veces, sacó mi pistola de la parte trasera de mi cinturón y pegó el cañón a su cabeza.

—Imbécil —digo muy molesto—, mi hermano es mudo.

En primera instancia, obvio, habría odiado que le apuntaran a mi hermano con un arma, pero vaya, que encima usaran esa palabra con él “Habla”, cuando Natan había nacido sin poder hablar, bueno, eso me cabreaba bastante.

Yo había sido el interprete de mi hermano desde que teníamos memoria.

—Niño —arrastró la palabra al pronunciarla—, si vas a disparar, hazlo y ya.

Tal vez piensa que no disparare.

Pero yo soy el protector de Natan y él el mío.

Así que sin que me lo diga de nuevo, jaló el gatillo.

Su sangre salpica mi arma y mi mano, una gota cae en mi rostro.

Natan me mira disgustado, a él no le gusta que mate a los pocos sobrevivientes del apocalipsis, es de los que piensa que con los zombies dándonos caza ya es más que suficiente.

—¿Él o nosotros? —respondo a sus ojos de juez.

—“Nosotros” —dice en lenguaje de señas.

Por más que se haga el justo, sé que, en el fondo, Natan también haría de verdugo si fuese necesario.

Quizá antes del apocalipsis pudiese dejarme a mí todo el trabajo sucio.

Pero ahora… ahora tenemos que dividirlo a partes iguales.

—Eso creí. —Guardo la pistola en mi cinturón y la cubro con mi camisa.

—“¿Encontraste algo?” —Pasa del tema, sé que en realidad no le ha costado tanto hacerlo.

—Una tienda de golosinas. —Le sonrió—. Tal vez encontremos tus preferidas.

Quizá sobrevivimos al día 0 porque desde el primer segundo solo vimos por nosotros.

26 de Agosto de 2020 a las 20:17 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Eli Rodríguez Siento un profundo amor por la lectura, y ese mismo afecto me ha conducido a querer hacer mis propias historias. Me gusta más de un género literario, pero por sobre todos me fascinan el terror y la fantasía. Soy una persona reservada y temperamental, la mayoría del tiempo la paso leyendo o trabajando en mis historias, siempre sumido en mi propio mundo.

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