unacaracolamas Andrea Correa

"Después de una calma, siempre viene una tempestad peor." Han transcurrido cuatro semanas desde que la oscuridad gobernó la tierra, y la vida de Adrienna parece ir de mal en peor. Los ángeles oscuros invaden sus mañanas mientras que la desesperación y el miedo dominan sus eternas y dolorosas noches. Unos beligerantes demonios han capturado a la familia de Adrienna, y ella hará todo lo posible para rescatarles. Incluso aliarse con un ángel oscuro enemigo y aventurarse a adentrarse en el aterrador y siniestro reino de fuego. Será un camino lento y peligroso. Adrienna- junto con sus dos compañeros- unirán fuerzas y dependerán los unos de los otros para sobrevivir. Sobre todo, si quieren conseguir el poder del fuego para detener la guerra entre los ángeles y los ángeles oscuros.


Fantasía Fantasía oscura Todo público.

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Preámbulo

La ciudad se encontraba en completo silencio, excepto por aquel fuego famélico de sangre. Grito tras grito, la ciudad sucumbió a la melodía más trágica y discorde.

La mujer de cabellos rojos emergió de entre las llamas, victoriosa. Caminó entre la multitud que corría despavorida, esquivaba a otros tantos. Su mirada perseguía a aquella niña de apenas cinco años que escapaba de las garras de la muerte, de sus propias garras.

Visualizó cada calle, cada plaza, cada atajo que pudiera darle ventaja. Los segundos transcurrían rápidos, no podía perder más tiempo del que tenía. El fuego avanzaba con velocidad, pero a ella no le importaba. Sabía que el fuego no podría herirla, mucho menos matarla. Pero a la niña que perseguía sí podría herirla con tan sólo acariciarla, y, en caso de que aquello sucediera, ella estaría muerta también.

—¡Niñita!—Exclamó. Sus pasos eran más raudos con cada segundo que pasaba.—¡Sabes qué no podrás huir por siempre!

Vislumbró su pelo azabache escabullirse entre el callejón de la avenida siguiente. Una sonrisa se extendió en su rostro. Su mano comenzó a centellear con el vaivén de ésta y, a su vez, el tiempo comenzó a detenerse. Una vez el tiempo se hubo detenido, se aproximó al edificio más cercano y saltó hacia el tejado. El aire vibró a su alrededor, el cielo se abrió paso a su presencia y las estrellas, desde esa altura, parecían alcanzables.

Tras varios segundos danzando junto al aire, su cuerpo comenzó a descender lentamente hasta alcanzar las tejas del tejado. Subió hasta el punto más elevado y contempló las vistas con detenimiento. Ante ella, una ciudad consumida en cenizas.

Aterradora. Insignificante. Perdida.

Tres palabras cruzaron su mente, mientras escrutaba la ciudad con cautela. Una ciudad insignificante, perdida en un mapa sin nombre y que yacía aterradora siendo presa de las llamas que ella misma había causado. Una sensación de poder comenzó a consumir sus entrañas, mientras veía aquella ciudad sin nombre, corrompida por la ambición del ser humano.

La mujer de cabellos rojos se estremeció al ver el caos causado. El caos originado por ella misma. Y, después de tanto tiempo, se sintió orgullosa. Orgullosa de manejar la situación como ella misma había planeado. Orgullosa de ser la cazadora y no la presa. De ser esa cazadora que jugaba con su víctima cómo se le antojaba, que se entretenía con el tiempo que pasaba, porque eso la excitaba aún más. Porque sabía que el tiempo era tiempo, y, una vez que se escurría de entre sus manos, nunca más podría volver a ella; aún pudiendo manejarlo a su antojo, lo que se iba nunca volvía.

Los gritos resonaron en sus tímpanos, devolviéndola a la realidad que afrontaba. A sus pies, la niña que buscaba intentaba huir del caos resurgido en la ciudad. Frente a ella, un alma solitaria emergió del suelo hasta intimidar al pequeño ratoncito. La mujer volvió a sonreír. Alzó su mano derecha, brillo rojo saliendo de ella. Con un par de movimientos determinados, el tiempo empezó a resurgir de entre las cenizas. Miró a la niña de cabello azabache y observó cada uno de sus movimientos. Pudo visualizar el odio en sus ojos, unos ojos negros como la oscura noche.

—Así que no has podido huir de tu destino, ¿eh?—La mujer se preguntó a sí misma, aún sabiendo la respuesta.—Supiste que traer a esa bestia hasta aquí te traería la muerte inmediata. Así que ¿por qué lo hiciste? ¿Acaso quisiste sentir la adrenalina recorrer tus venas antes de que se desangren sin poder remediarlo? ¿O es porque tu cabeza desea morir para evitar tu desenlace?

La mujer de cabellos rojos se cruzó de brazos. Tantas preguntas se amontonaban en su cabeza, buscando respuestas que se atenuaran a la situación que se daba bajo sus pies. Solo veía a una niña de cinco años intentando luchar contra algo que ella, ni siquiera la humanidad, puede explicar.

La bestia comenzó a acercarse a ella, su final seguía aproximándose, como si fuera polilla yendo hacia la luz. La mujer de cabellos rojos se excitó viendo la escena, saboreando poco a poco el resurgimiento de la muerte ante sus ojos. Los segundos seguían transcurriendo, la bestia seguía avanzando hacia la niña, ésta seguía temblando en su sitio.

Los gemidos de la bestia erizaban la piel de la mujer de cabellos rojos; pero, sin embargo, cuando la bestia alzó uno de sus brazos magullados hacia la niña, un fuego azul emergió de las manos de la niña. El tiempo se detuvo, ni siquiera la mujer de cabellos rojos pudo detener el poder que había brotado del cuerpo de aquella niña, y la pequeña, en un cuerpo a rebosar de adrenalina, desapareció de la ciudad dejando atrás un rastro de aquel fuego azul.

El nerviosismo afloró en el cuerpo de la mujer, su plan-aunque bien meditado-se había esfumado en cuestión de segundos, al igual que las cenizas del monstruo vaporizado por llamas azuladas.

—¡No!—Gritó. La furia sustituyó a los nervios, pasando a ser un miedo inhumano.—¡Joder! ¡Esto no puede estar sucediendo!

La mujer de cabellos rojos saltó al vacío y no se permitió sentir nada más que no fuera la inseguridad de haberse convertido en una presa más de los arcángeles oscuros. Suspiró, esquivando los cuerpos carbonizados de los humanos de aquella ciudad. Sus manos temblaban de ira y miedo, chispas rojas saltaban hacia el suelo. El atardecer se podía ver tras la colina, convirtiendo a su cabello en una llamarada completa.

—Has vuelto a fallar, ¿verdad?—Una voz masculina sorprendió a aquella mujer. Sus músculos se tensaron ante aquel tono. Ella asintió lentamente, contemplando su último atardecer.

—Sabes que el jefe se enfadará con esto, ¿no?—La mujer volvió a asentir. Ella se giró para mirarlo y pudo ver sus facciones más marcadas por su madurez recién adquiridas. Si no fuera su hermano, ella habría caído a sus pies sin pensarlo.—Pero sabes que estaremos juntos pase lo que pase. Y si tenemos que huir, lo haremos. No dejaré que nadie te haga daño.

La mujer se dedicó a mirarlo con amor. Su hermano había madurado bien, pero ella bien sabía que él no podría enfrentarse a los arcángeles solo. Pero sin saber porqué, sus músculos comenzaron a aflojarse y sintió esperanza.

Pero lo que ella no sabía es que después de la calma, siempre viene una tempestad peor.


26 de Agosto de 2020 a las 19:10 0 Reporte Insertar Seguir historia
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