rgmendezr Raúl Méndez Rodríguez

Espiral de pensamientos de un mundo psicótico.


Inspiracional Todo público.
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En la boca del abismo

Pensamiento I

Cuando yo era niño en mi casa solo existían tres libros: un diccionario, una enciclopedia y un librito de cuentos infantiles. Así lo recuerdo. Caminaba yo de la sala al escritorio. Abría la segunda gaveta grande: la tercera de arriba para abajo si contamos la pequeñita, que pertenecía exclusivamente a mi madre. Y salía un olorcillo a moho del que siempre fue alérgico. Ese olorcillo no provenía de la gaveta en sí, sino de los libros que para entonces ya eran viejos. Tomaba el de cuentos y me sentaba que en el suelo, a veces en la silla y rara vez salía de la salita donde estaba el escritorio. Nunca pensé en ir al patio a sentarme bajo algún árbol. La lectura no era, en ese entonces, un juego más. Era algo extraño que solo se hacía cuando el aburrimiento era grande. Pero vaya que disfrutaba de leer. Los cuentos cortos fueron los que más veces terminé. Pero las historias largas, inmensas a mi parecer aunque solo se extendían tres o cuatro páginas, fueron las que más placer me dieron. Por fortuna siempre existieron momentos grandes de desocupación. La enciclopedia y el diccionario incluso llegué a usarlos en la secundaria para la clase de español. Y aunque me parezca que forman parte de otra época, casi otra vida, estos dos libros aún sobreviven en algún rincón de la casa de mi madre. No sé dónde fue a parar el librito de cuentos. Prefiero pensar que era un objeto mágico que estuvo presente en mi vida en el momento apropiado. Y después fue a parar a la gaveta de algún otro niño. Tendría en ese entonces yo ocho o nueve años. Y era feliz. La casa donde vivíamos era vieja, la construyó mi abuelo y allí creció mi madre. Había goteras y cuando hacía mucho viento, había que treparse al techo con un pesado bloque de cemento para ponerlo sobre el zinc y evitar así que este se soltara. A veces tocaba hacerlo bajo la lluvia, pero cuando yo lo hacía, lo hacía riendo. Y mi mamá se reía también desde abajo. No se si esto por dentro le entristecía, nunca lo demostró y yo no lo creo. Bajo ese zinc oxidado, estaban dos cuartitos pequeños que nos servían de bodegas. Uno para cosas que no se ocupaban y otro para las que con frecuencia buscábamos. Allí estaba el «balde de los clavos», donde se encontraban tornillos, tuercas y clavos de todos los tipos y tamaños. Un día mi padre, que trabajaba haciendo una construcción cerca de la casa me mandó a llamar y me pidió que buscara cien clavos de una pulgada en el balde de los clavos. Yo dije que sí con la cabeza y salí corriendo a buscar los clavos. Fui derecho a la bodega y saque el pesado balde. Comencé a escarbar entre los tornillos con uno largo y hasta entonces comprendí que yo no sabía cuáles eran los clavos de una pulgada. No tuve más opción que acudir a mi mamá, porque devolverme donde mi padre sin los clavos, pensaba, era imposible. Aun así resultó que mi madre tampoco sabía cuáles eran esos clavos de una pulgada y, igual que yo acudí a ella, ella acudió a mi abuela, que vivía muy cerca. Llevamos varios clavos para que nos dijera cuál era el correcto. Mi abuela tomó uno de ellos, luego otro y otro más. Hasta que por fin dijo que creía que ese era el adecuado. La explicación que nos dio fue convincente. Mi madre se quedó con mi abuela y yo me devolví a la casa a buscar los clavos. Llegue a toda prisa y mi hermana me vio. Se preocupó por mi agitación y le expliqué entonces que papi ocupaba cien clavos de una pulgada. De los que tenía ahora tenía un ejemplar. Y que los necesitaba cuanto antes. Mi buena hermana se fue conmigo a buscar clavos al balde de los clavos. A media tarea me levanté para ir al baño y cuando regresé, ya estaban los cien clavos en una bolsa. La tomé a toda prisa y me fui corriendo donde mi padre. Llegué jadeando y, al darle los clavos, arrugó el entrecejo. No eran los clavos correctos. Por suerte ya habían conseguido clavos en otra parte. Entonces me devolví un poco avergonzado. No recuerdo si con los clavos en la mano derecha o izquierda. No le dije a mi hermana del error. Ni a mi madre. Ni a mi abuela. Vacié los clavos en el balde de los clavos y acaricié al gatito que dormía en la bodega de las cosas que sí se utilizaban. Era una cría apenas. Su madre estaba afuera. Quizá comiendo. Su madre, es extraño pero era una perrita blanca llamada Chispita. Recuento cuando adoptamos esa perrita. Una señora del barrio llegó a la casa de mi abuela con la cachorrita. Era la primera vez que yo veía un perro blanco y no sabría explicar la envidia que me dio que aquella señora tuviera un animal tan hermoso. Pero la fortuna estaba de mi lado: la señora andaba buscándole casa al animalito. Cuando vi que mi madre salió de la casa de mi abuela sosteniendo la correa, no se me ocurrió que desde ese momento la perrita sería nuestra mascota. Estaba yo demasiado pequeño para apreciar detalles y tan solo me acuerdo que al llegar a la casa nos dimos cuenta que no sabíamos cómo se llamaba. Mi madre me dio la correa para que cuidara la cachorrita mientras ella iba a preguntarle a la señora, si esta no se había ido ya, que cómo se llamaba. Desde la casa pude escuchar cuando dijeron el nombre: "Chispita". De manera que cuando mi madre llegó de nuevo donde estábamos nosotros, yo ya había llamado a la perrita por su nombre muchas veces. No me di cuenta cuando creció tanto como para terminar embarazada. Ni tenía yo la menor idea de lo que era ello. Por suerte cuando uno es niño no capta todos los hechos, pues me hubiera desanimado saber que chispita perdió su cría. Y no tuve ninguna alteración en mi pensamiento cuando me dijeron que chispita era la madre de un gatito. Y por qué dudarlo si ahí estaban acostados en la bodega y el gatito mamaba de sus tetillas. Yo lo vi y nadie me podía decir que los perros no eran los padres de los gatos. ¿De dónde salió el gatito? Eso lo pregunto ahora y mi madre no sabe darme respuesta.

Pensamiento II

Dígame si estoy loco. Solo eso le pido. Así le dice el anciano a su doctor. No sabe que hace encerrado todo el tiempo en un cuartito. De paredes blancas. Y una pesada puerta con una ventana que da a un pasillo. Todo el día pasa mirando esa ventana. A veces cruza por allí alguien. Al principio intentó muchas veces entablar conversación con los caminantes. Pero las personas no se detenían. Como si se hubieran olvidado de su existencia. Dígame, vuelve a hablar, dígame si puedo salir a ver el sol algún día. La lámpara de este cuarto es muy pálida. Véala. El doctor se levanta. Ya se va doctor, murmura. Tan rápido. No me ha dicho nada. Acaso piensa que estoy loco. Le demostraré que no lo estoy. Pregúnteme lo que sea. La capital de Francia es París, la de Costa Rica es San José. Y en algún lugar de esa provincia me encuentro ahora. No recuerdo cómo llegué aquí. Solo me acuerdo de un silbido. Nada más. Luego esa ventana. No pasa casi nadie por el pasillo. Antes pasaban más personas. Acaso ya no hay tantos pacientes como antes. Dígame algo doctor. Parece que me ignora a propósito. Me duele la mano desde hace días. El hombro derecho mejor dicho. Nadie lo ha revisado. Me duele más cuando lo muevo. Ya sé que usted no se especializa en esos asuntos. Pero doctor. Me preocupa. Ya no soy tan joven. Quizá esas pastillas que me dan tengan la culpa. Antes no me dolía el hombre. El derecho. Es inevitable. Me va a dejar aquí solo. En el cuarto. Viendo la ventana. Cuando regresará, dígamelo por favor. No creo poder mantener la cordura si estoy encerrado. No recuerdo cuándo fue que sentí el sol en la cabeza. Y tengo el cabello muy largo. No se ha fijado. Hace mucho que no me lo cortan. Si me dan unas tijeras yo mismo lo haría. Pero no me darán unas tijeras. Podría cortarme. Un día pasó un paciente con la mano cortado por el pasillo. Yo lo vi. Como se habrá cortado. No creo que le hubieran dado unas tijeras. Pero no se preocupe, yo no me cortaré los brazos. Yo no estoy loco. Eso creo. Pero dígamelo usted doctor. Dígame si estoy loco. Podría recuperarme si me lo dice. O irme si ya estoy curado. Podría comerme un helado. Hace mucho tiempo quiero un helado. Uno blanco de vainilla. Y uno de chocolate. Siempre me ha gustado el chocolate. De niño mi padre me compraba un helado en el supermercado. Podía elegir dos sabores. Ahora elegiría el de vainilla primero y después el de chocolate. Así me quedaría arriba el de chocolate. Casi puedo saborearlo con el pensamiento. Creo que no estoy loco. Si lo estuviera no podría pensar como lo estoy haciendo. Primero un sabor y luego otro. Y no recordaría el sabor del chocolate. Me parece que también recuerdo el sabor del helado de vainilla. No podría decirle cual me gusta más. Tendría que probarlos. Escúcheme. Podría usted traérmelo aquí. Yo tendría cuidado. No ensuciaría la cama. Me gusta mi cama, es cómoda como un nido. Pero suena cuando me acuesto. Chilla. Entonces me quedo quedito y el silencia me invade. Ha escuchado alguna vez tanto silencio que su mente no lo resiste y hace ruido para mantener la cordura. Este cuarto es silencioso. A veces solo escucho mi respiración. Pero no me he vuelto loco. Eso creo. Dígamelo, confírmemelo usted doctor. Si usted lo dice tal vez me dejen escribir una carta. Hace mucho que no veo a mis padres. Casi no recuerdo sus rostros. Ahora deben tener más arrugas. No recuerdo cuándo fue la última vez que los vi. Mi madre es más baja que yo. Un día me di cuenta que estaba por llegar a su altura y luego recuerdo que le llevaba una cabeza de diferencia. Cómo crecemos tan rápido. Y nos hacemos viejos. Escúcheme por favor. No quiero ser viejo aquí adentro. La comida no me gusta: el fresco tiene demasiado saborizante. Pero no me queda de otra. Puede usted ayudarme. No tengo a quien más acudir. No se vaya. La puerta es pesada. Tenga cuidado. Su figura saliendo me desanima. Adiós doctor. Vuelve pronto.

21 de Agosto de 2020 a las 20:32 0 Reporte Insertar Seguir historia
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