arletterr Arlette Reynoso

Edlynne Kestrell es la heredera al trono del séptimo reino humano, a pesar de no pertenecer propiamente a la familia real, su abuela la a adoptado y criado para ser reina algún día y a ella no le a quedado más que aceptar el destino que se le a impuesto. Un día, se entera de que su abuela la a comprometido con el príncipe del tercer reino, pero no todo es lo que parece: Él príncipe no es quien dice ser y Edlynne lo sabe. Ahora tendrá que decidir si creerle al misterioso chico, que ahora sé a convertido en su prometido o arriesgarse a una guerra inminente que destruiría el mundo y todo lo que cree conocer.


Romance Todo público.

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Capítulo 1

La luz del amanecer empapaba mis rasgos, cada refinado ángulo rosado por ligeros rayos de sol a penas amortiguados por las cortinas de seda que cubrían los enormes ventanales frente a mí; me lleve una mano al rostro para poder saborear unos segundos más la envolvente y parcial obscuridad en la que me había encontrado sumergida hace un par de segundos, preparándome mentalmente para lo que tendría que enfrentar, otro día más en la gran jaula lujosa de la abuela, había salido tan pocas veces de ella que así había llegado a sentirla, una jaula bonita cubierta de maldades eh hipocresías; podía tomar largas caminatas por los extensos jardines y disfrutar de el ala de la mansión dispuesta únicamente para mí, pero de algún modo nunca me había atrevido a llamarle hogar. La abuela esperaba y yo ya debería estar terminando de prepararme para el nuevo insufrible día que tendría por delante.

Me levante de la cama, el caminar pesado, lo que una dama no tendría permitido hacer, pero… que más daba, que se pudrieran aquellos que intentasen regañarme en mis propios aposentos. Me abrí paso hasta el cuarto de baño y puse a correr el agua de la bañera mientras me quitaba el camisón y pasaba los dedos entre mi desordenado cabello ondulado, en un intento inútil por controlarlo antes de que me fuese más difícil una vez mojado. Aún adormilada me metí a la bañera cuando esta estuvo lo suficientemente tibia, no faltaba mucho para el invierno, así que disfrutaría los deliciosos y tranquilos baños matutinos mientras pudiera, sumergí mi cabeza y me perdí en la embriagante tibieza del agua, y los vapores que a su vez inundaron mis pulmones.

Una vez salí, me puse un vestido color rosa palo, pomposo como lo dictaba la moda de los últimos años, un vestido bastante lindo pero cómodo para el día, tenia un bonito corpiño color crema que se cubría por los lados con una vaporosa tela del color predominante del vestido, finalmente me mire al espejo.

Mi piel clara por la falta de sol se notaba algo pálida en contraste con mi ondulado cabello de un castaño oscuro, un ligero rubor se acomodaba sobre mis mejillas dándome un aspecto fresco y relajado, delicadas pecas me adornaban el rostro y finalmente los ojos de un azul tan tenue que casi parecía gris estaban salpicados de mágicos brillos dorados que iluminaban la pupila de un modo peculiar que jamás había visto a nadie portar. Eché un ultimo vistazo al espejo, recorriendo mi reflejo con resolución.

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Corrí escaleras abajo rogando a los dioses que nadie pudiera verme rompiendo tan descaradamente el protocolo, llegue hasta su estudio, al que se me había ordenado llegar puntual hace quince minutos, toque la puerta, recuperando el aliento, al tiempo que enderezaba mi postura como se me había enseñado durante años. La puerta se abrió revelando a una mujer mayor con escasas líneas de expresión, la cabellera rubia recogida en un moño, era claro que se preocupaba bastante por el cuidado de su piel, tenía unos ojos color avellana endurecidos por la edad que mostraban a una persona muy estricta y segura de sí misma, a una a la que nunca le había gustado regalar demasiado afecto a cualquiera que le rodeara. Mi abuela.

-Pasa – dijo simplemente señalando la habitación que teníamos por delante. Obedecí y entré en la habitación de bello mármol pulido, tallado con intricado detalle, una habitación lujosa sin duda. Me dirigí hacia el gran escritorio y me senté en la silla frente a el, una silla pequeña que se había dispuesto para los invitados de espaldas a la puerta y frente a la cual se encontraba un gran sillón aterciopelado con gemas incrustadas que había pertenecido a la familia durante generaciones y en la que ahora mi abuela se disponía a sentarse con aires de superioridad.

-Bien Edlynne, ya que, tuviste el descaro de correr hasta mi oficina con unos minutos de retraso imperdonables, en vez de desmenuzar la información para ti como se había planeado, tratare de ir directamente al grano- entrelazó las manos sobre su regazo y espere a que me diera esas importantes noticias, lo suficientemente importantes para querer citarme en persona en lugar de mandar a alguien a mis propios aposentos, se aclaró la garganta y prosiguió – nuestra situación económica no ha sido la mejor últimamente, lamentablemente, nuestra reserva familiar se ha estado agotando, recuerda que tus padres me dejaron a tu cargo cuando eras tan solo una niña y te he cuidado como la mía propia desde entonces- No tenía idea de a que quería llegar con todo esto, pero la seriedad del asunto comenzaba a preocuparme, ¿desde cuando existían estos problemas económicos de los que me estaba hablando?, ¿por qué mencionaba a mis padres?, mi cabeza se atestaba de preguntas mientras proseguía- pero, claro que todo tiene un precio y ellos me prometieron que, en cuanto llegara el momento, tu estarías dispuesta a pagarlo- sonrió, una sonrisa realmente aterradora, dado el contexto de la situación- por ellos.

Mi corazón se detuvo, mis padres me habían vendido a cambio de una suma bastante generosa, eso ya lo sabía, necesitaban dinero, no podían alimentarme, nuestras vidas corrían peligro, fue la única opción, dejar de verlos y convertirme en la nueva y única heredara de una mujer lo bastantemente vieja como para que la opción de tener algún hijo por su cuenta no fuera una opción y ahí estaba yo, de pie frente a la persona que me había criado, que me había alejado de mi familia, pero que igual nos había salvado a todos. Nunca volví a ver a mis padres.

-Estoy segura de… que mi deber como descendiente al séptimo reino, fue el único pago acordado, el trato era oro a cambio de mi presencia y crianza en este lugar a demás del desconocimiento de mis padres biológicos- porque no podía llamarlos de otra manera… reglas de la abuela- la deuda esta pagada.

La cara de mi abuela se retorció hasta formar una mueca iracunda – niñita insolente- levantó su mano enguanta, tomó vuelo y me estampó una abofeteada, evite llevar la mano a la mejilla punzante, pues sabía que hacerlo me regalaría otra del otro lado, así que lo deje pasar, respirando profundo para evitar regresarle una a ella también, últimamente no me costaba tanto mantener mis impulsos a raya, recuerdo que en mis primeros meses en el palacio, le había devuelto ya unas cuantas, lo que me daba un pase directo al hoyo negro bajo el castillo, donde me esperaba una buena sarta de golpes por parte de sus guardias y ella misma antes de dejarme encerrada dentro durante las próximas doce horas. La abuela continuo- ¿creíste que tu sola valdrías todo ese oro? - soltó una riza amarga- tus padres tendrían que darme otras seis iguales antes de poder pagar la deuda que tienen conmigo desde hace más de quince años.

Me quede muda, como respondería a las crueles palabras de la abuela, solo me quedaba pagar lo que debían aquellos que me dieron vida y cuidaron de mí durante mis cuatro primeros años. Asentí para que la abuela prosiguiera a hablarme de los planes que tenia para mí en un gesto de rendición.

-Muy bien- hizo una breve pausa y continuó- te he comprometido con el príncipe menor de la tercera casa del reino- otra vez aquella aterradora sonrisa, acompañando las terribles palabras que marcarían mi destino.




...

14 de Agosto de 2020 a las 02:35 0 Reporte Insertar Seguir historia
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