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mjjofre97 Mauricio Jofré

El Marlowe era una nave de exploración que viajó hasta lo profundo del espacio interestelar, y ahora regresan a toda prisa a la tierra porque han hecho un descubrimiento tan fascinante como perturbador. Sin embargo, han debido desviar su curso hacia Lacaille 9352, un sistema restringido desde hace mas de cien años; algo horrible ha ocurrido en Lavoisier, su única colonia, y muy pronto, lo presenciarán en carne propia. Un sobreviviente del incidente de Lavoisier deberá enfrentar sus demonios una vez más cuando acuden a Talos, un laboratorio orbital que fue construido en el sistema con propositos desconocidos, mientras que la tripulación del Marlowe, además de presenciar los horrores dentro de Talos, deberán lidiar con los demonios de su propia expedición.


Ciencia ficción Sólo para mayores de 18.

#cyberpunk #bodyhorror #spacehorror #scifi #381
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001.02

Se supone que por fín volveríamos a casa. Eso fue lo que acordamos cuando salimos de Epsilon Indi, y después de todo lo que pasó durante la expedición, es lo único que queríamos hacer; volver a casa. Pensaba en eso cuando desperté dentro de mi cama de hipersueño ¿Cuanto había pasado? ¿Un minuto? ¿Una semana? ¿Diez años? ¿Cien? ¿Mil? ¿Un millón? No lo sabía; el paso del tiempo es imperceptible cuando estás en hipersueño, lo detestaba, pero no tanto como despertar. Se sentía como la peor de mis resacas multiplicada por diez después de haber recibido una paliza. Mis ojos dolían y mi cabeza pesaba; sentía como si el filo de mi mollera hubiese recibido un hachazo y mis tripas amenazaban con salir expulsadas por mi garganta hasta con el más mínimo movimiento.

Intenté moverme, pero me sentía aprisionada. Las camas de hipersueño eran más bien como un ataúd metálico con mucho menos espacio del que aparentaban, repletos de maquinaria de soporte vital, tuberías y válvulas que se conectaban a nuestros cuerpos bombeando nuestra sangre espesada por la dobutamina y leuencefalina. Había una ventanilla ahumada frente a nosotros, por la que entraba una ínfima porción de luz, estando lejos de calmar mi claustrofobia. Era la segunda cosa que detestaba y no solo del hipersueño. Podía sobrellevar el interior de una nave, pero no el de una cama de hipersueño, tampoco el de un submarino, y cuando pensé en ello recordé las profundidades de los mundos océanos, la negrura absoluta de los abismos planetarios, lugares cubiertos perpetuamente por la oscuridad, y donde las tinieblas se hacían sólidas, porque la luz no había llegado ni llegaría jamás. Una burbuja hecha de una delgada película de redes cristalizadas de Metacarbono y un armazón de Hiperacero nos protegía de la aplastante presión, y nos sumergimos por días, por semanas, descendiendo cientos de kilómetros bajo la superficie para dar con lo que la primera expedición del Marlowe dió, y lo hicimos, pero cuando lo vimos frente a frente, deseamos nunca haberlo hecho. Y entonces recordaba la luz, aquella luz blanca que nos quemaba el cerebro, luz de la que Isaac nos advirtió, luz que Ethan vió y que todos vimos y que a veces seguíamos viendo.

Al recordarlo una oleada de pánico se comenzó a apoderar de mi cuerpo, lentamente, pero expandiéndose como un cáncer. El corazón se me aceleró y sudaba frío. Mi labio inferior temblaba y en un impulso inconsciente traté de levantar los brazos para empujar la cubierta de la cámara, pero me resultó imposible. Intenté otra vez, pero era pesada, y mis brazos se sentían endebles, como ramas. Traté de gritar pero me sorprendí al escuchar de mi garganta un estertor ronco y patético. Intenté empujar la cubierta una tercera vez, y sentía que el metal de la cama de hipersueño se hacía cada vez más estrecho, encerrandome y estrangulandome como si fuese un retorcido instrumento de tortura. Mi respiración se tornó jadeante y entrecortada; mis ojos ardieron, un vacío se formó en mi pecho, mi corazón brincaba frenético en mi caja torácica y mis ahogados suspiros se transformaron rápidamente en un desesperado sollozo.

Entonces, la cubierta de la cama se abrió, dividiéndose en cuatro mitades y deslizándose lentamente hacia los extremos, dejando caer una luz enceguecedora blanca sobre mis ojos. Mi primer impulso fue levantar los brazos y entrecerrar los ojos. Apoyé las manos en los bordes y con un esfuerzo sobrehumano hice el gesto de reclinarme, muy lentamente y al hacerlo, el mundo se me dio vueltas. Cada gesto de mi parte era tan ágil como el de una puta polilla emergiendo de su crisálida; débil, temblorosa y asustada. A mi alrededor todo se movía como un disco giratorio, y cerré los ojos mientras resoplaba e intentaba reincorporarme, haciendo un esfuerzo por no vomitar.

Todo a mi alrededor se veía a manchones con demasiado brillo y entre las siluetas vagamente humanas que me rodeaban no era capaz de reconocer a ninguno de mis compañeros. Resoplé conteniendo las náuseas e intenté salir de la cama, saqué los pies, luego los puse en el suelo. Me quedé sentada durante unos segundos, respirando e intentando reincorporarme. No sabía si era frío o calor lo que sentía, pero el tacto de las cosas era afilado, como si tuviese fiebre. Con eso llegaron las sensaciones; había un olor aséptico, como el de un hospital, mezclado con un intenso hedor corporal; el viaje interestelar perdía todo el romance y sofisticación cuando recordabas que todos los fluidos corporales, sudor y saliva, habían estado estancados por años contigo, y de pensarlo, sentí náuseas.

Poco a poco mis ojos se fueron aclimatando al entorno; la cámara de hipersueño tenía forma de octagono, y cada cama estaba dispuesta una al lado de la otra, creando una figura que se asemejaba a una flor. Una luz azul intensa inundaba el lugar, y se supone que estaba para hacernos sentir despiertos y recuperar nuestras energías. No me sentía con ganas rebosantes de vivir, pero poco a poco las energías regresaban a mi cuerpo. Creyendo que ya estaba en condiciones, intenté ponerme de pie.

Grave error, tan pronto como adopté una postura erguida y dí un paso al frente, un hormigueo se hizo presente en todo mi cuerpo, mi visión se encandiló y me desvanecí; por suerte alguien me sostuvo, no sabía quién era, hasta que escuché su voz.

-. ¡Oh! Tranquila, Yuliana.- dijo Nayeri Odeh, nuestra piloto mientras me agarraba con firmeza y me ayudaba a caminar, llevándome hasta un asiento -. Te ves de la mierda, debe ser la Síndrome del Hipersueño.- observó con la nula sutileza que la caracterizaba. Me dejó caer en un asiento cerca, y antes de poder agradecerle o protestar me trajo una manta -. Descuida, todos nos vemos igual.- indicó despreocupada, y esbozó una sonrisa incómoda en su rostro moreno con mejillas acribilladas por pecas.

-. ¿Dónde estamos?- pregunté con un hilo de voz y antes de poder escucharme, me extendió un par de pastillas de Alfevac y un vaso con algo caliente; té seguramente. Me trague las cápsulas sin rechistar y le di un sorbo al vaso; estaba caliente y me quedé soplando como una idiota por quemarme la lengua.

-. Ya estamos en casa.- respondió con seguridad. Por alguna razón, me choqueaba ver su cabello marrón suelto, usualmente se hacía una cola de caballo y adelante lo dejaba caer a ambos lados. Ahora estaba suelto y mojado, y la hacían parecer como un fantasma de una película de horror japonesa. Estaba más pálida y demacrada de lo usual, pero todos estábamos igual -. Aterrizaremos dentro de poco.- afirmó después, y al escuchar aquello, me permití relajarme.

Entonces, ví a nuestro capitán, Nathan Kaufmann, caminando relajado, pero sin dejar de lado su compostura ordenada, casi militar. Estaba vestido con su uniforme primero que todos nosotros y estaba sosteniendo una taza con sus manos de alargados dedos. Como todos los marcianos era increíblemente alto y delgado, como si tuviesen síndrome de marfan, aunque sin los problemas de desarrollo ni de postura que ello conllevaba.

-. Muy bien gente, daros un poquito de ánimo.- dijo con voz firme, pero con su tono desanimado y una vibra de indolencia que lo hacía parecer distante. Aún así, todos nos quedamos más que sorprendidos al ver su capacidad como capitán durante la expedición. Mientras todos nosotros nos comenzamos a poner nerviosos desde que las cosas empezaron a salir mal en Wolf 294, él fue el único que conservó un temple de acero y nos mantuvo la moral elevada, aún cuando dos miembros de nuestra tripulación habían muerto más otros tres del equipo de seguridad complementario -. No es momento de relajarse, aún queda trabajo por hacer.-

-. Entendido, capitán.- escuché las voces de mis compañeros al unísono. Franz Hawkson, nuestro Ingeniero también ya estaba de pie y estaba al lado derecho de Nathan. Medía 1,88 pero apenas le llegaba al pecho, aún así a lo ancho ocupaba casi el doble de espacio. Estaba vestido con el mono azul del Marlowe anudado a la cintura. Arriba llevaba una camiseta sin mangas roja con un Aegishjalmur negro en el pecho, exhibiendo su torso ancho y sus brazos enormes recubiertos de tatuajes. Parecía un antiguo guerrero vikingo. Nayeri tenía razón, todos estábamos del asco; como todos nosotros, Franz ostentaba sendas ojeras y estaba más pálido de lo habitual. En sus manos sostenía una taza de café y suspiró cansado. No muy lejos pude ver a Fernando Cortés, nuestro Jefe de Seguridad. La compostura militar con la que lo conocimos en Mumbai Nova, en la órbita de la tierra había desaparecido a lo largo de la expedición, y ahora era un ermitaño espacial, tal como nosotros.

Miré hacia el frente y noté que había dos camas de hipersueño vacías. Eran la de Soraya Lebedev, nuestra oficial médico, y la de Jenna Jensen, nuestra psicóloga a bordo y la esposa de Nathan. Además de lidiar con el procrastinaje mental de todos nosotros, tenía además que lidiar con las manías de Nathan. En un principio su relación me parecía de lo más aburrida, eran como una pragmática pareja de androides, pero se amaban; a su inexpresiva y silenciosa manera, pero se amaban. Debí saberlo cuando por primera vez, ví a Nathan llorar desgarrado, sosteniendo el cuerpo de Jenna en sus brazos. Recordaba algo más pero no con mucha claridad; algo estaba mal con su cuerpo, era como si lo hubieran descuartizado y luego vuelto a armar, adherido de forma incómoda con piezas mecánicas, haciéndola ver como un perverso juguete de cuerdas roto. No recordaba qué o quién había hecho eso con ella, y tampoco estaba segura si quería recordarlo.

Todos estábamos de pie, bueno, había alguien más que seguía durmiendo. Era Ethan Kaufmann, nuestro Oceanógrafo y mi novio, bueno, lo fue una vez. Se supone que no lo despertaríamos hasta poner un pie en la tierra. Él vió cosas que ninguno de nosotros vió; fue el único que tuvo contacto directo con los Abismales. Supe que lo había perdido para siempre cuando lo sacamos de las profundidades de Xibalbá pero me negué a creerlo. Estaba riendo a gritos desgarrados, casi llorando. No era una risa de júbilo o diversión, más bien era desesperación y consternación manifestada por haber sido tocado por una inteligencia superior, desconocida y alienígena pero que su mente primitiva de Homo Sapiens no fue capaz de soportar. Su cuerpo suplicaba que su cordura regresara a su cuerpo, pero era inútil. Creí recuperarlo cuando fuimos hacía Ryukin, pero el hombre inteligente, algo payaso y un poco torpe del que me había enamorado estaba siendo arrastrado al olvido, siendo reemplazado por una carcasa de angustia y demencia.

La última vez que hablé con él fue antes de sumergirnos al abismo de Lylith, una de las lunas de Mefisto, una enana marrón de Epsilon Indi. Estaba exhausta, todos los estábamos. Luego de haber matado a Marco Janhonen sin quererlo, estaba al borde del colapso y me había reducido a ser un atado de nervios con forma humana que lloraba sin control. Fue ahí cuando Ethan me dijo sus últimas palabras;

-. Tranquila, vamos a terminar con esto.- fue lo que me dijo en ese momento, y le creí. Desde ese punto en adelante, no recuerdo nada más. De un momento a otro, estábamos cerca de la superficie y cuando le pregunté qué ocurría no me respondió. Subimos al Marlowe y entonces, le hicieron un interrogatorio, queríamos saber qué es lo que vió. Y entonces supimos que se había vuelto loco. Comenzó a despotricar; dijo que debía ir a Ross 128 para terminar todo de una vez, pero no sabíamos de qué hablaba. Cuando le pedimos explicaciones, y sin que hubiera razón aparente, sentenció que ya no podía estar más conmigo, con ninguno de nosotros de hecho y que debíamos alejarnos de él tanto como fuera posible; sobre todo yo. Fue como un balde de agua fría luego de una puñalada al corazón.

Después de eso, todo se tornó confuso. Sin previo aviso, Franz se abalanzó sobre Ethan y lo golpeó. No lo entendí en un principio, pero todos estábamos al borde del colapso y aquella revelación fue la gota que rebasó su vaso. Habíamos sobrevivido a un infierno en el vacío cósmico, lo unico que queríamos era regresar a casa y no escuchar nada acerca de los Abismales. Franz no se lo tomó muy bien; nada de lo que Ethan dijo se lo tomó bien, pero supimos que Ethan no comprendía la gravedad de su actuar cuando fue él quien terminó golpeando a Franz en el suelo, gritando que no lo entendía, ninguno de nosotros lo entendía ni lo íbamos a entender. La situación se salió de control rápidamente, y antes de darme cuenta, Nathan ya lo había sedado. Fue ahí cuando admití que lo habíamos perdido para siempre, tal como ocurrió con Isaac en la primera expedición, tal como ocurrió con Marcus en el viaje del Uriel, tal como ocurrió con todos los astronautas sin nombre de los siglos pasados que fueron tragados por los Abismales y sus historias habían pasado al olvido sin pena ni gloria, pero que sin quererlo, nosotros sacamos a flote, y deseamos nunca haberlo hecho.

Ahora dormía en su cama de hipersueño, atormentado por su propia demencia, con sus pensamientos aletargados por el sueño frío. No lo íbamos a despertar, no ahora, y cuando lo hiciera, es probable que se encontrase en una institución de salud mental, aprisionado con una camisa de fuerza, siendo arrastrado por los doctores y droides médicos mientras gritaba hasta desgarrarse la garganta, repitiendo lo que nos dijo una y otra vez, hasta cansarse, o bien hasta que lo durmieran de nuevo.

Al imaginar aquel escenario se me hacía un nudo en la garganta, y se me revolvía el estómago. Sin darme cuenta y sin poder hacer nada al respecto, Ethan se había transformado en aquella imagen que vimos en el Centro de Salud Mental Ramsay, en la tierra, hace ya casi un siglo. Su mirada sin vida, sus palabras sin sentido y su apariencia cada vez más descuidada, eran la viva imagen de Isaac Paul que vimos aquella vez. Fui tonta al pensar que esta expedición sería diferente a la anterior, o a todas las anteriores, no había forma en que esto terminara bien.

Cuando me hube reincorporado me tomé una ducha fría, y me quedé mirando a un rincón con cara de nada mientras que el chorro de agua caía sobre mi cabeza y recorría mi cuerpo. Quería creer que algo de esta expedición había valido la pena, quería encontrar una razón de que la muerte de cinco astronautas no había sido en vano. La única razón que se me ocurría era la siguiente; hicimos contacto con una especie alienígena en Wolf 294b, y no era como los tristes descubrimientos anteriores, donde había colonias proteicas en los pozos hirvientes de Gliese 667c, estromatolitos fosilizados en Delta Pavonis d (Harlan) o hongos unicelulares en 82 Eridani e que sobrevivían comiendo su propia mierda. Por primera vez en la historia de la humanidad, habíamos hecho contacto con una especie inteligente. No aprendimos casi nada de ellos, salvo que cualquier intento de comunicación resultaba inútil, y casi siempre perjudicial para los astronautas.

Todas las expediciones anteriores, incluidas la primera del Marlowe en 2665, la del Excalibur en 2389 y la del Sealtiel en 2494 así lo demostraban. En las dos últimas, toda la tripulación murió o enloqueció. Ninguna de ellas regresó a casa. La única conclusión que logramos sacar de todo esto, es que los Abismales, como los llamamos, tenían una forma de comunicación telepática, que la mayoría de las veces resultaba unidireccional. Al parecer buscaban aprender de los exploradores que los visitaban, y la forma en que lo hacían resultaba, cuanto menos, perturbadora. Drenaban las memorias de los exploradores, dejando sus cuerpos como recipientes vacíos, títeres con forma humana que gritaban, babeaban y se retorcían en espasmos. Para ellos era como leer un libro, memorizando cada página a la vez que se destruía cada una de ellas.

En un principio, Astrid, la IA del Marlowe durante ambas expediciones, los definió como Bancos de Memoria Vivientes, y su único propósito se reducía a absorber información de los viajeros. Creíamos que no había nada más, y que sería imposible razonar con ellos, pero éramos exploradores tercos, y a pesar de las advertencias no nos dimos por vencido, y una vez más, nos sumergimos al abismo, encontrándonos con locura, horror y muerte, tal como nos dijeron. Quienes sufrieron nuestra imprudencia fueron Ethan y Soraya.

Pensamos que no valdría la pena, la tragedia del Marlowe volvía a repetirse y discutimos volver a casa, pero hubo algo diferente, algo que nos hizo quedarnos. Luz. Ethan y Soraya decían ver luz, una luz blanca, ardiente y enceguecedora que al cerrar los ojos les quemaba el cerebro, y no podían dejar de ver. Soraya no pudo sobrellevarlo, y saltó hacia el vacío por la esclusa de aire. Ethan fue diferente. En un descuido, garabateó una serie de números en una mesa, destrozando todas sus uñas en el proceso. Creímos que por fín, había perdido la cabeza, pero Nayeri observó los números, y notó que eran coordenadas. Al descifrarlo, Ethan estuvo en paz por unos días. Luego volvió a hablar. Nos insistió que debía ir al sitio de las coordenadas por el mismo, pero no estaba en condiciones. En su lugar, bajaríamos Nathan, Franz y yo. Ni siquiera pudimos aterrizar; una ola nos los impidió, llegaba hasta la mesosfera y tenía al menos cien mil metros de altura. Se me formaba un vacío en el pecho con solo recordarla, tan grande que parecía fusionarse con el cielo y recordaba a las paredes interiores de un cilindro de O'Neill.

Después de eso, hubo tormentas apocalípticas que se extendieron por un mes, haciendo imposible un eventual aterrizaje. Por momentos parecía que el planeta se había agitado como un remolino y a veces, parecía que se iba a desgarrar por completo por las fuerzas abrumadoras que lo removían. Discutimos volver a casa, pero Ethan insistió en bajar por el mismo, una vez más. Debimos hacer lo primero, y haber regresado sin mirar atrás, pero no lo hicimos. En su lugar, bajamos con Ethan, y tan pronto nos metimos al Cloud Jumper, la tormenta cesó y todo el planeta se volvió calmo, como un espejo de agua. Aterrizamos y lo dejamos bajar, él solo en un submarino, mientras nosotros lo esperamos. Pasó una semana, y cuando creímos que el abismo se lo había tragado,emergió la superficie, y consigo traía el cadáver de Mason Lutz, y un submarino del Excalibur, una nave que llegó mucho antes que el Marlowe.

Fue ahí cuando lo comprendimos. Los Abismales si intentaban comunicarse con los viajeros, pero no todos lograban hacerlo. Para algunos, como la primera tripulación del Marlowe, Soraya, y casi toda la tripulación del Excalibur era luz enceguecedora, pero para unos pocos, era información, imágenes, números y palabras. En un principio pensamos que el Coeficiente Intelectual de los exploradores tenía algo que ver, pero lo descartamos rápidamente; Soraya tenía un 128 mientras que Ethan un 125. Isaac por su parte tenía un 136, pero no fue capaz de ver nada más que luz. Marcus Branigan, el capitán del Sealtiel, tenía 143, y a diferencia de Isaac, logró ver imágenes y números, con las cuales llenó las paredes de su nave. No supimos qué significaban, pero se repetían una y otra vez.

Entonces, surgió la segunda interrogante ¿que intentaban comunicar? ¿que buscaban obtener de los buzos a quienes seleccionaban para hablar con ellos? Nunca lo supimos con exactitud; lo que Ethan vió oscilaba entre información reveladora que jamás pensamos siquiera en descubrir hasta fotogramas desquiciados que no tenían explicación aparente, y en ambos casos, Ethan los dibujó. Nos dimos cuenta de que el universo era un lugar más extraño que incluso de lo más extraño que creíamos que era, y eso, sin duda alguna nos abrumó. Había historias de civilizaciones completas en cada de una de las láminas que dibujó frenético, con indicaciones exactas de su fisonomía y estilo de vida y mapas de sus sistemas solares, los cuales quedaban más allá de la Vía Láctea, en galaxias tan lejanas que aún no les dabamos nombres.

En el IEI podrían decirnos que Ethan había inventado todo esto, era un dibujante ejemplar, más no era creativo. Todo eso que nos enseñó no podía haberlo inventado de la noche a la mañana, y tenía un nivel de detalle que llegaba a ser espeluznante. Quién sabe qué harían en casa con esta información, tal vez se burlarían de nosotros, porque no habría modo de verificarla, más que nuestra propia palabra, la de Astrid y los datos de la caja negra del Marlowe.

Había más cosas que ocurrieron después, cosas horribles que prefería no recordar, una pesadilla en el vacío del espacio interestelar. Cerraba los ojos y lo único que veía eran las paredes de nuestro submarino barnizadas en sangre y el cuerpo de Marko Janhonen hecho compota a mis pies. Lloraba y estaba temblorosa, sentada en el suelo y en posición fetal pensando en que por fin había perdido la cordura, e Ethan me abrazaba, afirmando que todo terminaría y que volveríamos a casa. Creo que en parte, lo habíamos conseguido; pero por desgracia, Ethan no vino con nosotros. En lo que a mí respecta, el se había quedado en el abismo de Lylith, y este se lo había tragado para siempre.

Al salir de la ducha me vestí rápidamente. Me puse mi uniforme, que era un mono azul marino más bien holgado con muchos bolsillos, nuestro nombre en el lado del corazón; el logo de nuestra nave en el hombro derecho y nuestra bandera respectiva en el hombro izquierdo. En mi caso, era la ucraniana, que era azul en la parte superior y amarillo en la inferior, con el tridente en medio rodeado de 12 estrellas. Es muy probable que al volver a la tierra, aquella bandera estuviese obsoleta, después de todo, habíamos pasado casi un siglo afuera y no teníamos idea de lo que ocurrió durante nuestra ausencia.

Como siempre, me hice un moño de dona, con dos mechones que dejaba caer a los lados, y bajo la parte superior del mono me puse una sudadera gris del IEI con capucha, luego subí el cierre y fui al encuentro de mis compañeros, en el comedor.

Era un espacio modesto, a un lado del puente y que compartía espacio con una pequeña sala de estar. La mesa tenía forma de octagono, y estaba a un lado de un rincón que se supone, era la cocina. Teniendo un aspecto ciertamente más digno que cuando salimos de nuestras camas de hipersueño, nos dignamos a saludarnos como seres humanos, y no como muertos vivientes con resaca. Franz me reservó un asiento a su lado y se lo agradecí con una leve sonrisa; era como el hermano mayor que nunca tuve; y así mismo lo veía el resto de la tripulación.

Astrid era quien nos cocinaba, y su gusto era tan anodino y pragmático como hubiéramos esperado de una IA. Nos había preparado una gacha caliente de avena con leche, azúcar derretida y canela espolvoreada; al parecer ese era su día creativo. Junto con ello y por cada uno, había una taza de café o té; sabía tan bien nuestras preferencias que no hacía falta preguntarle y al medio, pan, queso, jamón, mermelada de moras, masas con forma de oruga retorcida que reconocí como croissants y una jarra con jugo de naranja.

El intercambio de palabras fue escaso, y cada uno de nosotros solo se abocó a comer de su plato, apenas levantando la mirada. De vez en cuando, alguno de nosotros hablaba para pedir una barra de pan o que le pasaramos la mantequilla o el queso o el jamón. Fernando le pidió a Astrid una paila de huevos revueltos y Nathan unas tostadas francesas. Me sorprendió cómo es que aún tenían apetito. Me quedé pensando y caí en cuenta que esto era muy diferente al primer día de la expedición, cuando llegamos a Xibalbá.

...

-. Franz, ¿que es esta mierda?- bromeó Ethan cuando nos sirvieron el desayuno. Como gran excepción, fue nuestro ingeniero quien nos cocinó, y debo decir que tenía mucho más dotes de chef que nuestra IA. A veces lo recordaba como el banquete de bienvenida, aunque lo correcto, tal vez, era llamarlo la última cena. El último momento de relajo y alegría antes del desastre.

-. Son Wraps de Seitán salteado.- le explicó Franz mientras se lo dejaba en su plato y esbozaba una sonrisa burlesca, acusando un sarcasmo -. Cometelos todos, así crecerás grande y fuerte como yo.- era cliché, pero aún así nos reímos, por el irónico hecho de que Ethan y Franz tenían una diferencia de estatura de poco más de medio metro. Ethan arrugó la nariz y resopló triste.

-. Nunca me voy a acostumbrar a la carne de seitán.- dijo desilusionado. En ese momento todo era risas, compañerismo y expectación. Me llegué a preguntar si la tripulación de la primera expedición estaba tan relajada como nosotros, y era probable que sí. Recuerdo que Ethan se puso a alardear del Angus Marciano que criaban en Argyre, al sur de Marte, a lo que Fernando hizo una mueca de asco, pero que no iba en serio.

-. Esa carne es pura grasa.- dijo irónico -. La mejor carne es de Wagyu Australiano; no cabe duda.- afirmó con seguridad. Fernando Cortés era nuestro Jefe de Seguridad. Venía de Chile, lo decía su divertido acento español y su bandera en el hombro izquierdo; un rectángulo amarillo en la parte inferior, un cantón azul al lado izquierdo de una franja blanca y una estrella araucana blanca de ocho puntas. Se pusieron a discutir amistosamente, y luego terminamos hablando que comida extrañaríamos durante la expedición. Cuando fue el turno de Fernando, esta vez fue Ethan quien se burló mientras nos explicaba porque un “completo” no era un hot dog, y que básicamente, sonaba como un hot dog pero con tomate, aguacate molido, y mayonesa, mucha mayonesa.

-. Eso suena como un hot dog con pasos adicionales.- bromeó Ethan.

-. Y como ganarse un bypass coronario.- bromeó Soraya luego de que Nathan preguntara cuantos personas comían de un completo, Fernando aseveró orgulloso, que eran individuales, y que se comían al menos tres, cuatro o hasta cinco por persona y si es que no más. Todos quedaron shockeados al saberlo.

Fernando insistió y cuando Ethan se lo reiteró por tercera vez, pensamos Fernando iba a perder la paciencia, pero no lo hizo, y solo disimuló una peineta mientras se rascaba el cabello. Hasta dijo que intentaría preparar unos luego de la primera inmersión con los materiales que teníamos en el Marlowe. Tal cosa no ocurrió. No tomamos el peso de dónde nos encontrábamos; nos sentíamos como en un picnic o un paseo por el campo, y fue el vacío mismo del espacio quien nos puso en nuestro lugar.

Ahora miraba los rostros de nuestros compañeros; cada mirada, cada suspiro y cada gesto supuraba estrés y agobio. Estábamos exhaustos, queríamos poner un pie en la tierra y no volver al espacio nunca más en nuestra vida. Lo que vimos en la oscuridad de aquellos mundos, en los rincones más recónditos del vacío nos superaba por completo, y si nos ofrecieran borrar cada una de nuestras memorias con tal de no tener que recordarlo, creo que muchos de nosotros lo haríamos sin duda. Se me formaba un nudo en la garganta, y entonces veía que en nuestra mesa, había tres asientos vacíos. Sonaba frío, pero en retrospectiva, nuestra misión no había salido tan mal como la primera; perdimos cinco personas y tres de ellas fueron del equipo de seguridad complementario que nos obligaron a traer. De no haber sido por ellos es muy probable que hubiésemos terminado como la primera expedición.

Con aires de un triunfo agridulce comenzamos a ponernos de pie para realizar los preparativos finales. Nos anclaríamos con la órbita terrestre y comenzaríamos el aterrizaje una hora después. Dejamos nuestros servicios en la mesa, Astrid los levantaría por nosotros y fuimos hacia el puente. El pasillo era octagonal, con el suelo negro como el vacío y blanco como mármol; la luz emanaba de todos lados y no había sombras, haciendo que la piel brillase con un contraste incómodo. Por fin se terminó. Ninguno de nosotros lo dijo, pero estaba segura que todos lo pensamos.

En eso, Fernando le habló a Nathan.

-. Capitán Kaufmann, Astrid lo necesita.- le habló en voz baja -. Es una luz amarilla, así que es importante.- usualmente lo llamábamos por su nombre, excepto cuando estábamos en cubierta.

-. Oh, muchas gracias, Cortés.- le retribuyó cortesmente, y entonces se arregló los lentes sobre el puente de su nariz -. Odeh, Hawkson.- Nayeri y Franz voltearon a mirarlo con relajo y reverencia a la vez -. Encarguense de la llegada, quiero que nos den el empujón final y estemos aterrizando dentro de 120 minutos y contando, no quiero que perdamos tiempo ¿ok?-

-. Delo por hecho, capitán.- respondió Franz, y le devolvió un distendido saludo militar. Ante ello, Nayeri solo resopló cansada. Mientras se alejaba chasqueó los dedos y volteó hacia nosotros una vez más.

-. Por cierto, Poklonskaya.- se dirigió a mí, y tragándome el desgano escuché las instrucciones -. Como eres la Primer Oficial estarás a cargo del puente durante mi ausencia, quiero que coordines todo; no será difícil ¿Verdad?-

-. Por supuesto que no, capitán.- respondí poniendo mis brazos tras mi espalda, asintiendo con un gesto algo nervioso. Él sonrió conforme.

-. Muy bien, me alegra saberlo.- y sin más preámbulo volteó y continuó su marcha. Al ver que se alejaba suspiré sin permitir relajarme aún. Nos quedaba trabajo extenuante por hacer, como terminar de frenar a un monstruo de 10,000 toneladas. Esto no terminaba hasta que terminaba.

La Cubierta de Vuelo era el area mas solemne de la nave y su aspecto era más funcional que estético, y así lo diseñaron desde un principio. No era muy espaciosa, y nuestras cabezas casi chocaban con el techo. La mayor parte era gobernada por innumerables instrumentos y pantallas que vibraban y refulgían, mostrando códigos, nomenclaturas y señales gráficas en hologramas monocromáticos que solo nosotros, la tripulación, entendía del todo. La iluminación era escasa y provenía de los gruesos botones parpadeantes y de las pantallas, apiladas una sobre la otra en lo que parecía un desorden ordenado. Eran de una época mucho más antigua que la nuestra. Cuando despegamos en 2699 la nave ya tenía 254 años, y los equipos fueron refaccionados con cada expedición, aún así, había una atmósfera avejentada, como si cada artefacto pudiese estar en un museo. No se cual era la afición de los prospectores interestelares por utilizar tecnología antigua; debía ser porque era confiable, o bien una forma de indicar que sus naves eran burbujas temporales respecto de su lugar de origen. Frente a nosotros, estaban los ventanales, desde donde se filtraban los rayos de luz y la mayoría de las veces, la enceguecedora oscuridad del vacío interestelar.

Nos ubicamos en nuestros puestos; Nayeri en el asiento del piloto y Franz a su lado izquierdo. Detrás de ellos estaba yo, en la estación del capitán, sentada en el trono donde Nathan gobernaba la nave, rodeada de instrumentos que ronroneaban y parpadeaban, haciendo saltar cadenas de información frente a mis ojos. No muy lejos estaba Fernando Cortés en la estación de comunicaciones, con enormes y abultados audífonos sobre su cabeza. Sin perder más tiempo, iniciamos los preparativos. Desplegué una pantalla con mis manos, donde esperaba ver un diagrama del sistema terrestre con un gráfico de todas las rutas en tiempo real; se supone que Control Orbital nos indicaría el vector de información. Grande fue mi sorpresa, cuando me encontré con un espacio vacío, sin ninguna ruta y eso me desconcertó por completo.

-. ¿Dónde está la tierra?- preguntó Nayeri arrugando la nariz y sin despegar la mirada desde el frente del ventanal.

-. No lo sé.- respondió Franz -. Tu deberías saberlo.- indicó con un sarcasmo amable mientras revisaba los controles. La luz ámbar del que creímos nuestro sol nos llegaba de frente, y nos hacía ver como dibujos en escala de negros y naranjos. Había algo raro con su luz, y Fernando no tardó en repararlo.

-. ¿Es idea mía, o el sol se ve más oscuro de lo que lo recordaba?- Franz iba a abrir la boca para arremeter con una broma, pero se arrepintió de inmediato, y tácitamente le dió la razón. No era idea suya; la luz del sol se veía mucho más rojiza de lo que debería serlo. Intenté buscar la constelación de la Osa Mayor, que se supone, debería ser visible durante nuestro regreso, pero no la encontré. Es más, ninguna de las constelaciones que busqué aparecían en el firmamento. Eso hizo surgir una inquietud punzante que solo fue creciendo, y sin decir nada le ordené a Astrid que analizara nuestro alrededor. Mientras tanto, Fernando intentó comunicarse con señales de radio.

-. Estación Arcangel de la Órbita Terrestre, este es el ISV Marlowe completando el itinerario Wolf 294-107 Piscium-Epsilon Indi-Solsis, solicitamos autorización de ingreso y vector de acercamiento, cambio.- como respuesta, solo se dejó escuchar ruido blanco. Suspiró e insistió una vez más -. Estación Arcangel de la Órbita Terrestre, este es el ISV Marlowe completando el itinerario Wolf 294-107 Piscium-Epsilon Indi-Solsis, solicitamos autorización de ingreso y vector de acercamiento, cambio…- podía imaginar cómo sonaría su voz para cualquier nave que captara la señal de radio en medio del vacío, ruidosa, aguda y repleta de interferencia, como una psicofonía, entremezclada con el sonido de agujeros negros rugiendo, estrellas pulsando y galaxias entonando sinfonías de radiación y la vibración de nuestra propia nave.

-. ¿Porque no usamos el Haz Estrecho?- sugirió Franz.

-. Es una buena idea.- respondió Nayeri -. El problema es que no veo nada a lo que apuntar.-

-. Tal vez despertamos antes; en ese caso la tierra no es más que un punto.- concluyó Franz mientras revisaba los instrumentos una y otra vez -. Habrá que buscarla y apuntarla, el láser tiene potencia para señalar una aguja en un pajar desde Ceres hasta Texas.- se quedó pensando y habló para sí mismo -. Tal vez estamos en el Borde Exterior o en un lagrange; Marte-Tierra tal vez, habría un desfase de 20 minutos al menos…- Fernando iba a insistir una vez más cuando dejé caer la sorpresa como una bomba atómica. Lo revisé una y otra vez, hasta estar segura de que no se trataba de un error, y supuse que a todos les disgustaría tanto como a mí.

-. No es nuestro sistema.- sentencié. Fernando abrió los ojos como un plato y sacudió la cabeza.

-. ¿Qué?- preguntó Fernando -. Será una broma ¿no?-

-. No, por desgracia, no.- le respondí mientras alejaba y comprimía el mapa estelar holográfico con mis manos hasta hacer visible el Vecindario Local en un radio de 20 años luz. Cuando comprobé nuestra ubicación, me quedé de una pieza -. Todo indica que por alguna razón estamos en el sistema Lacaille 9352, a 10 años luz de casa.-

-. Chesumadre…- masculló Fernando en una expresión que mi traductor fue incapaz de descifrar, pero que calificó como un insulto.

-. ¿Lacaille 9352?- preguntó Nayeri volteando la cabeza desde su asiento para mirarme, y su semblante reflejaba tanto desconcierto y sorpresa como yo lo estaba sintiendo en ese momento, pero hacía un esfuerzo sobrehumano por disimular -. ¿Qué demonios estamos haciendo Lacaille 9352?-

-. Ni puta idea…- le respondí, y entonces la voz de Nathan resonó por los altavoces, tan indolente e inexpresivo como lo hubiera esperado de su parte.

-. Tripulación, se les requiere en la Sala de Comunicaciones para dar a conocer información de suma importancia; Codigo Ketter.- dijo desanimado y luego profirió un suspiro tan largo como un lamento -. Creo que esto no os gustará nada.- afirmó después. Y entonces supe lo que estaba pasando, lo supe desde el momento en que Astrid requirió su presencia, pero lo había ignorado, y no pude evitar sentirme furiosa con nuestra IA; como si no tuviésemos ya demasiada mierda encima, Astrid decidió desviarnos de curso.

10 de Agosto de 2020 a las 20:25 0 Reporte Insertar Seguir historia
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