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ladamne Camila Perales

Rodrigo despierta con resaca y la noticia de que está muerto. Lúa batalla con sus sentimientos tras la muerte de su padre ausente. Aún sin conocerse, ambos funcionan como la puerta que separa la vida de la muerte. Con un poco de suerte, podrán intercambiar sus lugares y conseguir lo que anhelan. Sin esa suerte, deberán aprender a enfrentarse a sus propios fantasmas antes de que sea tarde.


Paranormal Lúcido No para niños menores de 13.

#fantasmas #argentina #duelo #humor
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Mal despertar

—En definitiva eso no fue una buena idea.

Mi voz se apagó de a poco en el lúgubre rincón. No tenía idea de dónde o cuando estaba ubicado, pero el tener las cuatro extremidades en su lugar me reconfortó. Con cuidado intenté levantarme, apoyándome en una bolsa de basura a medio abrir para no perder el equilibrio por la resaca. El estomago se me queja, dando un revoltijo que amenaza con hacerme vomitar lo que había tomado y no recuerdo.

Parpadeé varias veces para regular mi respiración, aunque me dio la impresión de que era ínfima. Apenas sentía ese cosquilleo del aire pasándome por la garganta. Me pareció extraño, pero tenía un problema mayor: descubrir a dónde mierda había ido a parar. No tengo que hacer más de diez pasos parar salir del callejón, dejando atrás los tachos de basura y el ruido, que rezo para que no hayan sido ratas. La calle está vacía, y a los costados sólo diviso negocios con las persianas bajas o pintadas que anunciaban una próxima liquidación.

Carraspeó para aclarar la garganta del ácido que me recorría desde la comisura del labio hasta la garganta. No debía ser un genio para adivinar que me veía fatal, aunque tampoco me vendría mal ver a alguien, por más que eso supusiera que me califique como el ser más horroroso. Tal vez hasta se compadecería de mí y me explicaría dónde estoy, porque eso no era Flores ni por cerca.

Intenté dar un paso y mi cuerpo crujió, reacomodando los huesos en su lugar. Solo espero a que eso no deje secuelas y continué, buscando alguna señal que me indique dónde estoy. Me esforcé por hurgar en mis recuerdos alguna esquina similar, un poste de luz chueco o las baldosas desiguales que saltaba de chiquito, pero nada de eso apareció. Por el contrario, me sentí en una seria animada donde el fondo parece que cambia pero es siempre el mismo.

Si debía ser más preciso, me sentía abajo del agua, en ese momento donde nada del exterior te llega ni te afecta. Una pasividad extraña que nunca antes había percibido.

Extraño, ¿qué había de extraño ahí? Las piernas entumecidas, la capa grisácea que parecía cubrir el paisaje —¿también me drogué?—, la cabeza pesada... y no solo por el alcohol. Los cuernos también pesan, y más cuando los obtenes al ver a tu novia agachada frente a tu mejor amigo, sin ser ella católica justamente.

Ya decía mi abuela que de los cuernos ni de la muerte nadie se puede salvar. Podía tachar una de la lista.

Recordaba haberlos visto y entrar en shock. Me vieron, Guillermina balbuceó algo y Daniel se quedó mirando la nada, tardando más de lo que me hubiera gustado en subirse los pantalones. Solo me fui, riéndome como si hubiera visto una comedia de bajo presupuesto con Adam Sandler. En el camino a casa encontré a un antiguo compañero de escuela, ese al que los profesores no le daban futuro y al que los padres lo usaban como advertencia. Me reconoció y decidí proponerle ir a tomar esa birra que nos prometimos antes de fin de año, pero que pospuse porque realmente no era un tipo muy agradable. Pero, cuando uno descubre que la persona en la que más confiaba tampoco lo es, el resto pasa a ser buena gente un rato. Después de eso, nada. Una enorme laguna que me condujo hasta el punto donde desperté.

Inconscientemente me llevé la mano al bolsillo trasero y palpé, con la desesperación incrementando a cada segundo. Ni en el derecho ni en el izquierdo; tampoco en la campera. Al fijarme allí, me percaté de que algo tibio y carmesí la atravesaba, manchándola. Con el alma caída a los pies, froté los dedos empapados en el líquido frente a mi nariz.

¿Eso era...? ¡Un auto!

Ensimismado, no vi al vehículo que se acercaba a velocidad hacia mí. Esos segundos fueron eternos, en los que el conductor gritó algo pero mi cabeza ya no estaba conmigo. El cuerpo, tampoco porque no sentía más que las piernas hechas gelatina.

No me quería morir así, pero lo único a lo que atiné a hacer era a lo que mejor me salía: rendirme, y aceptar lo que me tocaba. Cerré los ojos, esperando el impacto que nunca llegó. No sé qué pasó en ese momento, al que describiría como un cosquilleo, pero unos segundos más tarde el auto estaba del otro lado de la calle.

Tal vez pudo bordearme justo a tiempo... en una calle de una sola mano. Y había dos postes demasiado cerca como para subir a la vereda, esquivarlos, y seguir sin dejar un fatídico episodio atrás.

—¡Bastardo! —gritó el conductor desde su auto, asomando la cabeza pelada desde la ventana. Me quedé sorprendido, pensando en quién tenía un modelo del año cincuenta en pleno siglo veintiuno.

No, estaba sorprendido porque salí ileso de una muerte segura. O porque estaba es un barrio completamente desconocido y descolorido. O las tres juntas, y en lugar de estar sorprendido estaba sufriendo un infarto.

Descarté la posibilidad porque, por lógica, esperaría que el corazón me martillee como loco en el pecho. Y, en realidad, apenas sentía su bombear.

Alto. ¿Lo estaba sintiendo?

No entiendo nada.

—¿Vas a quedarte ahí o vas a moverte, hijo?

No, en definitiva no entendía nada. Alcé la cabeza y miré hacia la plazoleta a tan solo unos metros. Un hombre de traje y bombín me observaba con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa divertida.

—Yo... —Miré a los costados y troté hasta la vereda, saliendo del blanco de los conductores imprudentes. Tenía demasiadas preguntas y ese hombre era el único que parecía poder responderme aunque sea una—. ¿Dónde estoy?

Él sonrió.

—Bienvenido al purgatorio.

—¿Al qué?

El hombre estiró la espalda echándola hacia atrás y caminó unos pasos para acortar nuestra distancia. Mientras más atención le prestaba, más extraño se volvía: el anticuado moño, a juego con las rayas beige del traje, y los anteojos delgados y circulares. Llevaba un pañuelo en el bolsillo del saco, calculé que rondaría los cuarenta y tantos años.

—Creo que ahora lo conocen como Parque Chas, aunque para mí eran solo unas parcelas. Pintoresco, el dueño quiso hacer un diseño de primero mundo... —Dibujó con su mano figuras abstractas que intenté seguir sin éxito—. Yo sólo llegué una vez, en el tranvía Lacroze. Después... bueno. Acá estoy, es obvio qué pasó. —Rió, grave y sin cuidado.

—Sos un delirante, boludo.

Su risa se detiene de golpe y me observa con atención.

—¿Disculpa?

Intento hacer unos pasos hacia atrás, pero ya no me siento dueño de mi cuerpo. Cuando consigo darlos, es de manera torpe y tropiezo con mis propios pies hasta caerme. En ningún momento el desconocido se mueve de su lugar, siguiéndome con sus ojos azules ampliados por el aumento de los lentes.

—¿Dónde estoy?

—Ya lo dije.

—No me jodas, ¿dónde estoy? Perdí mi celular y no tengo idea de cómo voy a pedir el Uber para volverme antes de que mi vieja me mate.

Ahora la confusión se contagia al hombre, que frunce el ceño hasta dejar resbalar los anteojos por el puente de su nariz. Cruza los brazos sobre el pecho y se inclina hacia mí.

—Ahora soy yo el que no entiende lo que vos decís. No llegué a vivir esas cosas que mencionas... ¿cómo es? ¿Lubel?

Me froté la cara con la mano, desesperado, consiguiendo así ensuciarme con los restos líquido aquel, ¿a caso todo mal me iba a salir ese día?

Me saqué la campera armándome de valor. La sangre, y la mayoría de fluidos humanos, me daba asco y prefería evitarla a toda costa. Al hacerlo, la inspeccioné rápidamente para ver lo mismo de antes. Un redondel casi seco y oscuro. Extendí la remera, encontrando lo mismo y amagué a apretar en el centro de la herida, siendo interrumpido por el hombre.

—No va a funcionar.

—Callate.

—No te va a doler.

—Callate.

Me mordí el labio con fuerza, cargado de frustración.

Uno, dos y... tres. Apreté, metiendo el dedo índice como si mi vida dependiera de ello. Cerré los ojos y dejé escapar un grito, que se detuvo cuando me di cuenta de que el desconocido tenía razón: no dolía. Manoseé, apretando en diversos lados sin variar el resultado.

Me saqué la remera, sin preocuparme en que estábamos en pleno Julio con temperaturas menores a diez grados. A pesar de eso, no lo sentí.

Supuse que el shock estaba afectando demasiado. Tal vez, también, la pérdida de sangre me estaba haciendo alucinar personas sacadas de décadas atrás.

Sí, seguro. Tiene sentido.

La poca calma que me trajo el pensamiento de evaporó cuando vi la espantosa herida. Era un agujero con los bordes desiguales, suficientemente amplio como para meter dos dedos. Levanté la mirada al cielo que nublé con mis lágrimas.

¿Ahora qué hago?

Apreté los ojos para evitar que las lágrimas salieran y volví a mirar la herida. La sangre seca seguía el contorno unos centímetros antes de caer hasta mi cadera. Sin pensarlo dos veces, pasé la yema de los dedos y, por milésima vez, no sentí nada. Mi pavor fue mayor y no metí allí el dedo, pero la falta de reacción al tacto me asustó. Ya mi mente empezaba a imaginar una vida sin mitad del tronco, abandonado y vendido a la merced de un circo ilegal.

—Esto..., ¿esto es estar drogado?

—Eso es estar muerto, hijo.

Analicé su rostro, quitando de inmediato la duda inverosímil: no se parecía a la figura que vi por años en las fotos. No era mi papá, o al menos no el que fingió por diecinueve años no serlo. Me sentí un idiota por haberlo contemplado aunque sea un segundo.

—No estoy muerto.

—¿Tu corazón late?

—Por supuesto que sí, tanto como ese tema de Imagine Dragons.

—¿De qué-quién?

No solo que estaba alucinando una persona, sino que también una bastante tarada.

—Nada. No, para. No tengo que hablar con vos.

—Cómo desees, yo estaré acá por si me necesitas.

—¿Qué clase de cosas me metí por la nariz ayer? —Por mucho que me esforzara, la noche anterior había sido tomada y borrada por completo de mi mente. Me sacudí la mala sensación de aquello y me puse de pie—. Espero que vos te vayas pronto, si es antes de que vaya a mi casa, mejor. Mientras tanto voy a buscar cómo conseguir un remis para tomármela de acá y terminar con esto.

—¿Tomar qué? La ventaja de esto es no tener necesidades que cubrir...

—Callate.

Alcé la mano, más para detenerme a mí que a él. Si estaba en lo correcto, el resto de las personas me verían ahí hablando solo y no era la imagen que quería dar, aunque yo no los vea a ellos.

Ahora necesitaba encontrar alguna señal de wifi, o cordura. Con cualquiera de las dos me vería conforme.

8 de Agosto de 2020 a las 23:34 1 Reporte Insertar Seguir historia
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𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑 𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑
¡Me ha encantado el comienzo! Cuidado con algunos errores de letras y comas, que sobreviviero a los controles de edición. ¡Lectora nueva! Cherie AR, embajadora.
August 09, 2020, 22:40
~

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