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Salvador Villalba


En un mundo donde abunda la prosperidad, el apoyo mutuo entre gobernantes, la relativa paz mundial es partícipe de grandes invenciones de gente ajena a el derramamiento de la sangre, donde las únicas armas de un niño son unos libros para estudiar y apoyar el desarrollo de la humanidad misma... Así solía describirse la miseria de planeta en el que habitamos ahora; después de la gran guerra, nada volvió a ser como antes, ahora todos somos enemigos y no dudarán en apretar el gatillo si te ven por ahí.


Fantasía No para niños menores de 13.

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Capítulo 1

Era alrededor de la media noche, el correr de la brisa por entre los arboles era el único movimiento y a la vez sonido en todo el entorno, bostecé mas o menos 3 veces en un lapso no mayor a los 10 minutos, los párpados me pesaban y cada vez era más difícil mantenerse sentado en aquel banco sin que el sueño sedujera mi cuerpo.

-¿Si tuviera un deseo cual sería?- preguntó entre susurros una voz femenina acercándose por mi espalda; su caminar era algo sosegado a juzgar por el sonido de las pisadas en la madera -¿Y por qué?-

Entreabrí la tapa del cajón, dejando escapar un débil resplandor que apenas podía mantenerse encendido. Era capaz de ver el clavo incrustado en la vela casi en su totalidad. Tan puntual como siempre… -Eso depende de que limitaciones tenga…- Respondí retornando la vista al frente.

-Ninguna…- dijo mientras se sentaba de espaldas en la madera -Usted es su propia restricción-

El silencio se adueñó del ambiente por un momento solo interrumpida por una leve ventisca que movía el pelaje de mi abrigo; de reojo pude notar que su mirada estaba perdida en la nada, en el vacío mismo de la existencia. -Toda la cerveza del mundo obviamente- Finalmente contesté

Una media sonrisa se dibujó en su rostro aún con la mirada fija en quien sabía dónde -No esperaba otra respuesta a esa. –

-¿Cuál sería su dese..?- Fue entonces que el plato dentro de la caja de madera sonó, recuerdo que era un sonido al que yo asemejaba como una campanilla utilizada por los “zpöks”. -Parece que tendré que escuchar su respuesta en otra ocasión- Dije anticipándome a su predecible respuesta mientras colocaba el rifle sobre el muro cautelosamente.

-De hecho, no…- Se levantó de aquella gélida madera para sentarse en la banca -Esta vez es una respuesta rápida y sencilla- Tomó entre sus guantes de lana blanca la culata del arma -La tranquilidad es todo lo que anhelo…-

Observé el cielo por unos segundos; allá arriba yacía la luna en su estado más “puro” (como solíamos nombrarlo) tan pálida, tan apacible, tan perfecta… -El único momento que podemos denominar como “tranquilo” es aquel antes de dormir- dije pisando el primer escalón cubierto de nieve en la escalera -Y no estoy muy seguro de poder llegar del todo a ello- hablé más para mí mismo que como respuesta. atisbé su rostro una última vez esa noche, la luna iluminaba ligeramente su piel, la hacía ver como si fuese porcelana recién pulida, su mirada era firme, fija, como si el miedo en ella hubiera tomado un papel irrelevante en su vida, aun así, no perdía el encanto y la ternura de su franca sonrisa que desenfundaba en repetidas ocasiones a lo largo del día.

Ya en el suelo (y apenas pudiendo ver lo que había a mi alrededor a pesar de la claridad) empecé a caminar en dirección al distrito 3; allí, en una pequeña habitación de no más de 10 pasos de largo y ancho, era donde me hospedaba junto a otros “vakts”. Recuerdo que la mayoría de nosotros no superábamos los 17 años de edad; pues se consideraba como el trabajo peor recompensado dada su poca dificultad (ideal para aquellos que apenas iniciaban su doctrina armamentística) Nuestras raciones de comida no eran más que las sobras de la caza; los ojos de alce, las colas de los lobos desnudas, los pulmones de las aves; simplemente lo que se les diera gana de poner en nuestros míseros platos.

***

Desperté acurrucado, titiritando del frío como todas las mañanas, tapado de pies a cabeza entre una maraña de cobijas tiradas en el suelo que parecían más un vórtice. Saqué la cabeza de la pequeña carpa verde para inspeccionar si ya habían puesto mi desayuno en la entrada, y efectivamente, allí estaba. No era más que dos panes con sabor algo añejo y un chocolate casi frío (imaginé en ese momento que era por el tiempo que llevaba fuera) No mucho tiempo después, un familiar rechinar se acercaba apresuradamente. Giré la mirada en un movimiento casi mecánico y forzando un poco la vista pude ver de quién se trataba.

-¿Tarde de nuevo Kalev?- Pregunté en un tono algo burlón al chico de cabello oscuro

-Ya no debería extrañarle ¿Me hace el favor de nuevo?- respondió frenando en seco el pequeño carrito con una bandeja de plata encima -Aún debo entregar otros a…-

-Solo dígame para donde va este y lo llevaré- Interrumpí amarrando el machete a mi espalda y cerrando la cremallera de la carpa.

-Distrito 7 frutas con miel, tortilla, mermelada y café ¿Sabe cómo llegar?-

-No tengo ni idea-

El chico se apoyó sobre su rodilla izquierda y con un cuchillo que sacó de su pantorrilla, empezó a dibujar en la nieve -Estamos en este punto- Hizo un pequeño punto al principio de una línea recta -Siga derecho hasta encontrar la casa 112, ahí gire a la derecha y al atisbar un letrero que anuncia la entrada al distrito 5, gire a la izquierda. De ahí en adelante siga derecho y se topará con las termales del distrito 7 sección femenina ¿Entendió? -

-Intentaré recordarlo- contesté tomando la manisilla del carrito y caminando en simultaneo sin tan siquiera mirar hacia atrás o por lo menos pensar de a quién podría encontrarme allí.

***

Logré pasar la casa 112 de la que me había hablado Kalev y no mucho tiempo después, encontré el letrero que avisaba el inicio del distrito 5, faltaba poco para poder llegar al distrito cuando una pequeña pero intimidante criatura se posó sobre el domo plateado de la bandeja; una criatura con unos ojos furibundos teñidos de amarillo, con unas puntiagudas garras que se aferraban fuerte a la cúpula; su cuerpo era envuelto en un plumaje elegante y mayoritariamente blanco, tanto como la nieve misma. Realmente se trataba de un animal asombroso, increíble y del cual yo era testigo por primera vez. Desvié la mirada a una de sus patas, la cual tenía una clase de papel enrollado dentro de un estuche. Lentamente con mi mano, intenté palmarle, pero antes de que pudiera hacerlo y tan rápido como aterrizó, el búho despegó nuevamente acariciándome con una ligera brisa a su empuje, para cuando miré en la dirección en la que pensé que había volado, no había absolutamente nada. Después de unos segundos mirando hacia el cielo y con una leve esperanza de volver a encontrar aquella majestuosa ave, reanudé mi camino al comedor del distrito más importante de la ciudadela; una zona donde vivían las grandes personalidades y guerreros de todo el bastión. Mientras caminaba por aquel camino recientemente despejado de la nieve, sentía como el ambiente se tornaba más vistoso, acogedor y agraciado, también había casas muy espaciosas y hechas de materiales tan finos como lo era el roble (algo envidiable sin duda) Finalmente pude llegar a la puerta de aquel lugar, el calor acompañado de la cortina de vapor que provenía de adentro era impresionante. Me acerqué con el carrito a la única persona en la sección de mujeres.

-Buen día, traigo el desayun…- Tal fue mi sorpresa de ver la destinataria, que me detuve de golpe para meditar unos segundos antes de seguir avanzando por el piso de piedra. Se trataba de la matriarca de Ilardan; una mujer de temer, respetada tanto por enemigos como por aliados, gracias a su fama fuera de las murallas, se evitaron varias batallas por el miedo de las tropas enemigas.

La mujer se levantó del agua hirviendo sin decir nada, se acercó a mi con ese aire de seguridad y superioridad, ya estando ella más cerca (y sin poder ocultarse en el vaho) me era imposible no mirar aunque sea de reojo su cuerpo desnudo; recuerdo que era alta, pues aun con mi estatura no alcanzaba su hombro, aproximadamente 1.90 cm, su cabello ocre yacía recogido con lo que llaman valaca mientras pequeñas gotas se deslizaban por su cuerpo fornido y bien ejercitado, sus senos eran enormes, muy grandes (aunque tampoco es que yo hubiese visto muchos en ese entonces) recuerdo numerosas cicatrices a lo largo de su cuerpo seguramente por batallas anteriores.

-¿Hoy que es?- preguntó indiferente

-Tortilla, mermelada… fruta… con miel y café- respondí bastante desconcertado

La mujer destapó el domo de la bandeja, agarró con su imponente mano el plato y su fue únicamente vociferando <<Gracias>> mientras caminaba a quién sabe que lugar. Tomé nuevamente la manecilla del carrito, di media vuelta y empecé a caminar.

8 de Agosto de 2020 a las 17:29 0 Reporte Insertar Seguir historia
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