jauladeletras Lucía Gardez

Alexander Van Haren es un agente de policía en la ciudad de Nueva York. Su infancia estuvo marcada por la pérdida pero, aún así, se las arregló para salir adelante. Hasta que perdió a la persona más importante de su vida. En San Francisco, Morgan Burier es una adolescente de diecisiete años que trata de sobrevivir a los abusos de su padrastro. Hasta que un día encuentra una carta que cambiará su vida para siempre. ¿Pueden dos imperfectos extraños ayudarse a superar los traumas del pasado?


Drama Sólo para mayores de 18.

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Alexander

❝No eres un bonito y único copo de nieve, eres la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás, todos somos parte del mismo montón de estiércol...❞ — Chuck Palahniuk, El Club de la Lucha.

Los pesados brazos de Emmet me abrazan mientras esconde su rostro contra mi torso. El ambiente es ciertamente asfixiante y mi mirada verde encuentra un punto fijo en el techo. Toda mi concentración está puesta en mantener la compostura y no apartar de mí a esa mole de grasa llorona de un fuerte empujón.

Tengo que comportarme de la manera en la que se espera de alguien que acude a un grupo de ayuda. Todas las noches, a las diez en punto, nos reunimos en el edificio situado al lado de la Iglesia St. Louis.

Robert, Matt, Emmet.

La inmensa barriga de Emmet siempre le impide abrazarme de manera más intensa, lo cual agradezco porque si me abrazara como a él le gustaría, me partiría todos los huesos del cuerpo.

Sin embargo, su cabello castaño, espeso y lleno de grasa, está manchando mi camiseta de los Bucks, mi equipo de baloncesto favorito. En ese momento, lo único que acude a mi mente no son las palabras de consuelo que nos enseñan en el grupo de apoyo. No, lo primero que pienso es que tendré que poner una lavadora esa misma noche.

Su regordete y húmedo rostro descansa contra mi torso mientras yo me quedo completamente quieto, con los brazos caídos a ambos lados de mi cuerpo, esperando que la agonía llegue pronto.

Ahora debería llorar.

Sería lo más apropiado en vista de que todos los allí reunidos se abrazan, esforzándose en divulgar físicamente sus emociones.

Pero no puedo. No me sale. No soy un llorica.

Ese es el problema. No sé cómo llorar. Me siento gilipollas tratando de esperar a que se me llenen los ojos de lágrimas o que se forme un nudo en mi pecho. Es demasiado para mí. Y, como es demasiado para mí, me siento imbécil esperando a que suceda algo que ya sé de antemano que no sucederá.

Mi padre diría que se debe a «un mecanismo de defensa ancestral que los Van Haren poseemos para no mostrar nuestra debilidad.» John Van Haren no derramó una lágrima en su puta vida y me enseñó a mí y a mi hermano a ser un par de ladrillos con la variedad de emociones de una cucharita de café.

Bueno, yo soy el ladrillo, a Vera le daba igual que nuestro padre le machacara con que era una cría con coletas si lloraba sobre el cuerpo de nuestro perro recién atropellado por un camión de la basura.

Ah, Vera siempre supo expresar sus emociones sin vergüenza alguna.

Ojalá fuera como ella.

Llevo casi tres meses acudiendo a diferentes grupos de ayuda. Tres largos meses en los que Emmet me ha abrazado, llorado, moqueado y manchado de grasa diferentes camisetas. Emmet sufre porque en Vietnam acabó con una aldea compuesta mayormente de mujeres y niños. Al volver de nuevo a su patria, le concedieron diversas medallas al valor. Pero él en ningún momento se sintió valiente. Más bien todo lo contrario: un montón de mierda.

Así nos sentimos todos los que acudimos a ese grupo en concreto, el cual promete ayudarnos a superar nuestros traumas más oscuros y profundos.

Se supone que es fácil llorar cuando rememoramos las atrocidades cometidas o el dolor por la pérdida sufrida. Uno de mis libros favoritos es El Club de la Lucha, escrito por Chuck Palahniuk, y hay un pasaje en concreto que resume muy bien lo que quiero expresar:

«Es fácil llorar cuando te das cuenta de que las personas a las que quieres acabarán por rechazarte o morirse.»

En mi caso, podrían aplicarse ambas opciones. Y ahora tengo que lloriquear en la sala de una iglesia católica cuando no he sido católico en mi vida. Ni protestante. Ni siquiera ateo. No es fácil definirme en cuanto a religión se refiere. Mi modo de pensar es bastante simplista: existimos porque no nos queda otra opción.

Recuerdo que a Katja, una novia alemana que tuve en el instituto, este tipo de pensamiento le horrorizaba.

«¿Cómo puedes tener un tipo de pensamiento tan pesimista? Es mejor creer en algo que dejarse llevar por la corriente.»

El problema es precisamente la corriente. No es buena idea dejarse llevar por la masa y el ser humano tiende a hacerlo por ese estúpido sentido de pertenencia que palpita en sus venas desde el primer momento que viene a este mundo.

En mi opinión, tampoco es buena idea basar nuestras esperanzas en un supuesto ente todopoderoso que podría acabar con las guerras si quisiera. Pero está visto que este ente todopoderoso prefiere tenerme entre los fofos brazos de Emmet.

Hijo de puta.

Pero bueno, volvamos a la reunión del grupo de apoyo.

Algunas parejas se abrazan con tanto ahínco que parecen intentar fundir sus cuerpos para que todo aquel horror doliese menos. Emmet se separa lentamente de mí, limpiándose las lágrimas con esas manazas semejantes a jamones y sorbe sonoramente por la nariz.

—Acepto mis errores —balbucea, con esa voz ligeramente infantil que no te esperarías de un hombre tan enorme—. Acepto los errores que cometí. Las vidas que tomé. Me acepto a mí mismo con todo lo que ello conlleva.

Ese es el mantra que debemos entonar al final de cada sesión. Siempre he dudado que todos los allí presentes se acepten tal como son después de todo el dolor que estruja sus corazones. Pero supongo que consiguen engañarse a sí mismos hasta el día siguiente, cuando vuelven a enfrentarse al mundo.

En cuanto la sesión llega a su fin, pongo los pies en polvorosa. Es una expresión que se está perdiendo: poner los pies en polvorosa. A mí me hace mucha gracia; me imagino a alguien corriendo tan rápido que una polvareda se alza tras él, como en los dibujos animados.

Abandono la iglesia a toda prisa, como digo, porque no quiero que Emmet o cualquier otro me alcance. O peor, me dé unas palmaditas en el hombro como si comprendiera mi situación.

Como si todos estuviésemos en el mismo barco.

Me hubiera gustado poner una bomba en la sala y accionarla en la siguiente sesión. Todos volarían por los aires, reencontrándose con su Creador quien les haría pagar por los pecados cometidos. Esos mismos pecados que intentan limpiar a base de lágrimas y mantras entonados en una de las iglesias católicas de Nueva York.

—Hasta luego, Alexander.

Adele, una menuda mujer asidua al grupo de anoréxicas y bulímicas, me adelanta, ofreciéndome una amable sonrisa de dientes podridos a causa de los reflujos del estómago al vomitar. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta, le dedico un movimiento con la cabeza. Es todo lo que puedo ofrecerle sin sentir unas imperiosas ganas de abrirle la boca y meterle a presión un tubo conectado a una olla repleta de carne.

No sé qué clase de impresión estaré dando con este relato pero he de aclarar que no soy un mal tipo. En serio. En realidad, soy policía. O lo era que, para el caso, es lo mismo.

Sí, eso me deja como el clásico tipo que puede dedicarse a:

a) detener a los malos e impartir justicia

o

b) ser un corrupto que se deja empapelar por un buen maletín de billetes

Lo cierto es que me expulsaron del cuerpo hace tres meses exactos por un mero tecnicismo. Al menos, yo lo denomino como tecnicismo.

El teniente de mi unidad utilizaría otras palabras:

«Alexander Van Haren es un agente modelo que ha ido de culo y cuesta abajo hasta que se ha abierto el ano a base de tomar las decisiones incorrectas

Bueno, nadie es perfecto y por culpa de esas supuestas decisiones incorrectas, estoy obligado acudir a dos grupos de ayuda tres días a la semana. Y a visitar cinco días a mi psiquiatra.

Acudí por primera vez a un psiquiatra cuando mi padre murió. Vera y yo fuimos obligados a acudir semanalmente a contarle nuestras vidas a una señora de pequeños ojos y grandes tetas.

Nosotros sólo queríamos que nos dejasen en paz. Sí, nuestro padre había muerto en acto de servicio. Sí, estábamos traumatizados. Pero, ¿contarle nuestras penas a esa señora haría que mejorasen las cosas?

No.

Por aquel tiempo, mi madre comenzó a tomar esas pequeñas cápsulas azules de doscientos miligramos de amital sódico que la dejaban fuera de combate toda la tarde. Así que no nos podía ir a buscar a las sesiones. Terminábamos volviendo en autobús, siempre atentos de que no nos robaran o nos secuestrara un pederasta con ganas de acariciar nuestras tiernas carnes.

Nunca ocurrió nada. Salvo que Vera se marchó al cumplir la mayoría de edad y yo me quedé con un grave problema de insomnio que fue degenerando hasta el punto que masticar raíces de valeriana sólo me servía para sentir la boca acartonada.

Emmet también había probado con la valeriana. Me contó que al principio podía dormir pero tenía unas terribles pesadillas donde niños que se deshacían cubiertos de napalm le acechaban por las esquinas. Bebía tanto café para mantenerse despierto que su sudor incluso olía a cafeína. Sin embargo, a las dos semanas de estar así comenzó a sufrir episodios de narcolepsia que lo dejaban tan atontado que se vio obligado a dejar su trabajo como conductor de camiones.

Eso fue hace tres meses.

Una vez que subo a mi coche, ese Chevrolet Impala que heredé de mi padre, meto las llaves en el contacto y mis claros ojos verdes evitan a toda costa encontrarse con mi reflejo en el espejo retrovisor.


7 de Agosto de 2020 a las 20:34 0 Reporte Insertar Seguir historia
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