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hermaire Mairene Torres

Lindsey Cooper es la hermana gemela de Lily. Ambas fueron separadas al nacer por alguna razón. Aunque creció lejos de su verdadera familia, ella, evidentemente también es una bruja, aunque por haber crecido fuera de inglaterra, solo ha escuchado hablar someramente acerca de Voldemort y el asesinato de los Potter, ignorando su conexión con Lily y por ende con el pequeño Harry Potter. Por azares del destino, Lindsey regresa al Reino Unido y solicita el puesto vacante de medimaga, para ayudar a la señora Pomfrey. El profesor Dumbledore no sale de su asombro al verla pero ¿Cómo reaccionará el pequeño Harry? Mejor aún ¿Qué hará Severus Snape al verla y comprobar su enorme parecido físico con la mujer que ha amado desde siempre?


Fanfiction Todo público.

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El nacimiento

A pesar de las contracciones de parto y del evidente malestar que a ratos se acrecentaba, la señora Evans estaba feliz porque daría a luz a su bebé, o a sus bebés ya que su obstetra le había advertido que, debido al peso y volumen de su vientre, lo más probable es que se tratara de mellizos. La pequeña Petunia de tan solo dos años de edad también estaba entusiasmada, aunque últimamente reclamaba más afecto y de vez en cuando se deshacía en rabietaspara llamar la atención de sus padres.

Todo estaba preparado ya. Antes de ir al hospital, pasaron primero por casa de los abuelos maternos para que cuidaran de la pequeña Petunia, pero ella, con la intransigencia e inflexibilidad propias de su corta edad, se aferró con fuerza al cuello de su padre mientras gritaba.

—¡Quiero ir con ustedes, quiero estar con mami!

El señor Evans, aunque estaba nervioso se llenó de paciencia mientras sentíaremordimiento al quitarse a la niña de encima para entregársela a su suegra.

—No puedes venir con nosotros, cielo. Mamá tendrá al bebé, o a los bebés. No puedes acompañarnos ahora pero te prometo que más tarde vendré a buscarte a ti y a los abuelos, ¿de acuerdo?

Ella asintió aunque con el rostro bañado en lágrimas y el ceño fruncido, mientras su abuela la tomaba en brazos.

—¿Serás una buena niña? —preguntó su madre desde el auto, tratando de reprimir una mueca de dolor.

Petunia volvió a asentir mientras se frotaba los ojitos, pero cuando el señor Evans se disponía a regresar al auto, la voz infantil de su hija lo hizo detenerse con una pregunta.

—¿Me aman?

—Desde luego que sí, amor —respondió el hombre, devolviéndose para besarla en la frente—, y mamá también.

—Claro que te amamos, corazón —afirmó la madre desde el auto.

—Pero...

—Seguiremos amándote después de que nazcan tus hermanos, no lo dudes —dijo el señor Evans mientras regresaba al auto. Era imperativo llegar al hospital, su esposa lucía muy adolorida.

—Por favor, no olviden llamarme para informarme como va todo. Espero que estés bien, hija —dijo la madre de la señora Evans desde el umbral de su puerta.

—Descuida, mamá, estaré bien.

La pareja se marchó al fin al hospital de Saint Thomas a unas cuadras de esa residencia.

Al señor Evans le permitieron entrar a la sala de partos pero no permaneció allí demasiado tiempo debido a que comenzó a sentirse mareado y descompensado nada más al escuchar las conversaciones del obstetra y sus enfermeras.

—Va a ser un parto un poco difícil —analizó el galeno—. En efecto creo que serán mellizos, pero esperemos que todo salga bien.

En la salita que estaba afuera de la habitación de parto, el señor Evans escuchaba todo el jaleo y de vez en cuando veía salir a una enfermera con expresión nerviosa.

—Todo estará bien, señor Evans, no se preocupe —decía la mujer a las apuradas, más por quitárselo de encima.

Emily Cooper, una enfermera de cincuenta y cinco años de edad que jamás había tenido hijos con su marido debido a que ninguno de los dos podían engendrar, siempre se sentía mal cuando le tocaba atender algún parto. Sabía que debía dejar sus sentimientos de lado y dedicarse a su labor con profesionalismo, pero algo en ella le hacía insoportable presenciar con tranquilidad los alumbramientos. Miraba a las mujeres sufrir pero luego las contemplaba sosteniendo a sus bebés con envidia y eso le causaba dolor... ¿Por qué ella no había podido? ¿Por qué su vientre estaba seco?

Con su marido intentó muchas veces adoptar un hijo, pero eran demasiados los requisitos que les exigían, además de un ingreso económico elevadísimo que difícilmente podían alcanzar, ella como enfermera y él como albañil. Incluso, las trabajadoras sociales esbozaban gestos de desagrado cuando ella revelaba su dirección.Hackney no les parecía el mejor barrio donde un niño pudiera crecer, y últimamente, su edad también se había convertido en un impedimento. Ni siquiera le prestaban atención cuando ella alegaba que su marido estaba esperando un gran contrato que le consiguió un amigo en España, allí trabajaría en la construcción de un gran centro comercial y ambos estaban seguros de que la vida estaba a punto de cambiarles y que recibirían buenos ingresos.

Su esposo ya se había resignado y de hecho hasta parecía contento con el hecho de no poder engendrar, pues a decir verdad, nunca le habían gustado los niños.

—¡Mándalos al caño! —le decía su cuñada con desenfado—, ¿y tú para qué quieres tener hijos? Yo ya estoy feliz de que los míos estén grandes, mientras son pequeños son bastante latosos.

—Pero de seguro estabas feliz cuando los tuviste a los cuatro... Yo en cambio no pude tener ni uno.

—¡Ahh, mujer! Tú que te la pasas en misa como buena santurrona de seguro habrás escuchado que así lo quiso Dios y punto.

Era verdad, Emily Cooper en busca de una esperanza o una solución que le permitiera tener un hijo, se había refugiado en la religión, llegando incluso a convertirse en una beata insoportable que luchaba constantemente con sus preceptos y esos sentimientos negros que de vez en cuando la envolvían...

Si todo fuese tan fácil como tomar a uno de esos bebés que siempre pasaban por sus manos en su labor de asearlos y pesarlos, y perderse para siempre, pero ¿cómo?.... Ella no tenía el valor y además la encontrarían fácilmente ya que en su trabajo sabían donde vivía.

Siempre era lo mismo, se sentía invadida por un ataque de ansiedad que la volvía loca, obligándola a salir de la sala de parto con la excusa de buscar algo que necesitaba. Se refugiaba en una sala contigua, entre toallas blancas estériles, imaginando mil formas de secuestrar a uno de esos bebés, pero inmediatamente se reprochaba a sí misma por tan negros pensamientos.

—¡Dios puede castigarte, Emily! —se decía a sí misma con la respiración entrecortada.

De todos modos ese era su último día en aquel hospital pues había presentado su renuncia en vista del inminente viaje que debía realizar a España junto a su marido, allá fijarían su nueva residencia.

Cuando la enfermera regresó a la sala de partos con unas toallas en las manos, ya el médico estaba sacando al bebé de la señora Evans.

—¡Qué bueno que ya estás de regreso, Emily! —exclamó el médico—, necesito una mano aquí. ¡Puje, señora Evans! Falta poco.

En ese momento, tras el esfuerzo de la parturienta, el bebé salió profiriendo un potente chillido que la llenó de alegría y alivio al mismo tiempo.

—¡Listo! —dijo con satisfacción el médico—. Es una hembra. ¡Sí! Una hermosa niña.

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La enfermera cortó el cordón umbilical y envolvió a la niña en una manta para mostrársela a la madre que estaba loca de alegría. Al tomarla en brazos su ansiedad se intensificó. ¡Era tan hermosa! Tenía una pelusilla roja en la coronilla de la cabeza y por unos instantes en que la criatura abrió los ojos, pudo notar que eran verde esmeralda, como los de la señora Evans.

La madre miró a su hija con una mezcla entre ternura y orgullo, pero casi inmediatamente se le dibujó en el rostro una nueva expresión de dolor.

—Es hora del nuevo alumbramiento —dijo el doctor—. No olvidemos que son mellizos.

Para ayudar al médico, Emily le entregó la niña a su compañera que enseguida se dedicó a asearla, pesarla y medirla.

Este parto se estaba volviendo más difícil que el anterior, lo que le provocó mala espina tanto al galeno como a las enfermeras. El bebé no hacía el más mínimo esfuerzo por bajar a través del canal de parto y la madre estaba agotada de tanto pujar, así que el doctor no lo pensó dos veces antes de proponer una cesárea.

—Ve a buscar al anestesiólogo, Emily —solicitó el hombre a la enfermera.

Cuando ella salió de la sala de partos, el señor Evans volvió a interrogarla.

—Nació una niña, pero hay dificultades con el otro bebé. Voy por el anestesiólogo, habrá que practicarle una cesárea de emergencia a su esposa —explicó.

El hombre se pasó las manos por la cabeza en señal de preocupación, no se esperaba eso. Por una parte estaba feliz porque había nacido uno de los bebés, pero por otra parte estaba aterrado por lo que pudiera pasarle al otro y también a su esposa.

A Emily se le cruzaron miles de ideas por la mente mientras buscaba al médico, ideas inverosímiles que iban desde quedarse con la criatura nacida si la madre moría, hasta robarla en ese momento, aprovechando que todos estaban avocados a la mujer durante la cesárea, pero casi inmediatamente se refutaba todas y cada una de las descabelladas ocurrencias.

—¡No! Sería un pecado terrible. Ni siquiera pienses en eso.

La señora Evans estaba aterrada y los médicos tuvieron que tranquilizarla para que estuviera preparada para la operación. Emily se quiso seguir encargando de la recién nacida mientras su compañera asistía a los galenos. Acarició sus manitas mientras esas ideas locas volvían a su mente, pero enseguida se disiparon de nuevo al escuchar su nombre.

—¡Emily!

—¡Ya voy, doctor!

Dejó a la niña en su cuna y se fue inmediatamente a ayudar al hombre, pasándole instrumentos que él requería. La otra enfermera se dedicó a tratar de tranquilizar a la señora Evans mientras la anestesia hacía efecto. Los galenos intercambiaron miradas y entre susurros compartieron teorías que afortunadamente la madre no podía escuchar.

Cuando la señora Evans estuvo lista, el hombre comenzó a trabajar, haciendo una incisión para poder extraer al bebé. Lamentablemente al terminar de sacarlo confirmó su terrible hipótesis. La criatura estaba muerta: no tenía pulso, no reaccionaba ni respondía a ningún estímulo.

—¡Lo siento mucho, señora Evans! Su otra bebé... no tiene signos vitales.

—¡No! —exclamó la madre con voz somnolienta—. Eso no puede ser. Mi bebé no puede estar muerta... ¡Quiero verla! —exigió intentando levantarse pero debido a la anestesia le fue imposible.

—No creo que sea conveniente, señora Evans —refutó el médico, sosteniendo en brazos la otra bebé, inerte, inanimada, pero igual de hermosa que su hermana viva.

—¡No me importa! Quiero ver a mi hija —dijo sollozando la mujer.

—Brenda, por favor —dijo el hombre, entregándole la bebé a la otra enfermera.

Ella cortó el cordón umbilical y le mostró la recién nacida a su madre que, sin dejar de gemir y sollozar, la besó en la frente.

—De verdad lo lamento, señora Evans, pero afortunadamente su otra hija nació en perfectas condiciones —intentó animarla su doctor, luego le hizo señas a Emily para que se acercara a él y le susurró al oído—: Por favor, muestrasela al padre, está en su derecho de saber lo que ocurrió, luego hazlo pasar para que vea a su esposa y a la otra niña y encárgate del cadáver.

Ella asintió.

—Sí, y es tan hermosa ¿Cómo desea llamarla? —preguntó Brenda, la enfermera que sostenía a la bebé muerta.

—¡Dámela! —dijo Emily, recibiendo a la bebé que su compañera le ofrecía.

—Lily —respondió la madre con voz trémula—. Lily Evans.

—Es un bello nombre.

El señor Evans, al igual que su esposa, se derrumbó con la noticia y todavía más al ver el pequeño cadáver de su bebé.

La enfermera notó algo extraño... cierto movimiento casi imperceptible que la obligó a mirar a la bebé. Ella seguía imperturbable, inanimada, pero a la mujer le pareció percibir un nuevo movimiento, entonces el señor Evans hizo el amago de besarla en la frente pero la enfermera, con amabilidad, se lo impidió.

—No es conveniente, Señor —dijo girándose un poco para poner a la bebé fuera de su alcance. Ante la expresión de sorpresa del hombre, la enfermera se excusó—: Puede haber bacterias —luego se apresuró a cubrir completamente a la niña con la manta rosa que llevaba y añadió a las apuradas—: Será mejor que entre a esa habitación. Allí encontrará un cubrebocas, gorro y todo lo necesario para entrar al quirófano, allí lo están esperando su esposa y... su otra bebé.

—De acuerdo —dijo el hombre, secándose las lágrimas, con la otra mano en el pomo de la puerta que la enfermera había indicado—. Pero dígame una cosa... ¿A dónde lleva a mi hija? —preguntó señalando el bulto que la mujer sujetaba mientras en el rostro se le dibujaba una expresión cada vez más ansiosa.

—La... la llevo a... debo llevarla a la morgue, es el protocolo.

—¿Podremos verla luego? A mi esposa y a mí nos gustaría darle un sepelio y...

—No lo sé, señor Evans, más tarde le indicarán si eso es posible. Por ahora, debo irme.

Emily Cooper entonces, en lugar de dirigirse a la morgue como había dicho, entró en un consultorio de pediatría que sabía estaba vacío, colocó a la recién nacida sobre una camilla y comprobó lo que sospechaba... Ella no estaba muerta, ahora sus signos vitales comenzaban a manifestarse, solo que muy débilmente. Era un caso raro, pero ocurría de vez en cuando en algún que otro recién nacido. La enfermera, con tantos años de servicio en la unidad neonatal, estaba preparada y sabía qué hacer, así que, sin más miramientos tomó un instrumento que estaba a su alcance y comenzó a aspirar la nariz de la bebé, pero ella seguía sin reaccionar, luego la tomó por los pies, dejándola colgada cabeza abajo, mientras con la mano libre le daba enérgicos masajes y palmadas en la espalda. Realizó esta operación unas cuatro veces hasta que al fin, para satisfacción y alegría de la mujer, la niña reaccionó llorando.

Emily le colocó un pañal que encontró en una de las gavetas y la envolvió de nuevo con la manta. Por una parte estaba feliz porque la niña estaba viva y su llanto provocaría que sus pequeños pulmones se llenaran de aire, pero por otra parte, ese llanto podía entorpecer los planes que casi sin darse cuenta estaba fraguando en su mente desde que percibió los movimientos de la nena.

Había una batalla en la mente de Emily. Tenía que volver a ese quirófano y notificar a los padres que podían estar completamente felices porque su otra hija también estaba viva, ese era su deber como enfermera y como buena cristiana pero... tal vez esa era la oportunidad que estaba esperando... tal vez Dios con su infinita bondad le estaba otorgando un regalo. Los Evans no quedarían con los brazos vacíos, ellos ya tenían a su otra bebé a la cual decidieron llamar Lily, ella sería su consuelo y pronto olvidarían a la otra bebé —pensó la enfermera mientras contemplaba el rostro de la nena que cada vez tomaba más color.

—Shhh tranquila, mi nena, yo cuidaré de ti —dijo Emily meciendo a la niña al ver que volvía a hacer el amago de llorar.

Ella intentó callar su conciencia con miles de argumentos para justificar la decisión que acababa de tomar mientras caminaba por los pasillos más desérticos para ocultarse. Los Evans ni siquiera se darían cuenta, estarían demasiado felices con su otra bebé y además, según había escuchado decir a la madre, ellos ya contaban con otra hija.

La fortuna parecía estar de su parte porque cuando Emily llegó al puesto de enfermeras, este estaba vacío, sus compañeras estaban atendiendo pacientes, lo que ella interpretó como una señal divina de que estaba actuando correctamente, así que ella, con rapidez tomó su bolso y, de nuevo ocultándose por donde sabía que no habría personas (ya que conocía ese hospital como la palma de su mano) se dirigió hasta el estacionamiento donde tenía su auto.

No podía creerlo, ya podía considerarse una madre , al fin su sueño se había hecho realidad.

—¡Gracias, Dios mío! —decía una y otra vez mientras acunaba a la bebé con un brazo al tiempo que conducía.

Ella estaba obnubilada con lo sucedido, pero por más que consideraba a esa niña como un regalo divino, su parte racional le indicaba que debía abandonar esa ciudad, tenía que marcharse hasta que ella y su esposo se fueran definitivamente a España.

Cuando llegó a casa le contó todo a su marido, el cual quedó estupefacto.

—¿Estás loca, Emily? ¿Te robaste a esa niña?

—¡No la robé! —exclamó la mujer ofendida—. Fue un regalo de Dios, ya te lo dije. Nació muerta y fue un milagro que reviviera en mis brazos —dijo la mujer, contemplando con ternura a la bebé.

—Pero ¿y los padres?

—Ellos tienen a la otra, eran gemelas. Con ella estarán bien y no la extrañarán. Esta será nuestra, Jasper: tuya y mía. Al fin Dios nos ha concedido la dicha de ser padres. Como la hija del faraón en la biblia ¿recuerdas? La que encontró a moisés entre los juncos del río.

—¡Estás loca! Ya me había resignado... ¿Qué vamos a hacer con esa niña? Ni siquiera me has dado tiempo de asimilarlo. ¡Devuélvela! Será mejor así. No estoy seguro de querer ser padre.

—¿Qué dices? —preguntó su esposa esbozando un puchero que logró conmoverlo. Él sabía cuanta ilusión le hacía a ella criar a un hijo—. Sé cómo atender a un bebé. Por favor, Jasper.

Él lo meditó por unos segundos...

—¿Qué sucederá si vienen a buscarla?

—No lo harán. Ellos creen que que ella está muerta, además hoy era mi último día en el hospital, es normal que no regrese.

El hombre se pasó las manos por el rostro.

—Tendremos que irnos de aquí, no quiero correr riesgos.

—¿Qué sugieres? —preguntó la mujer, meciendo a la bebé para que no llorara.

—Déjame llamar a Deborah a ver si puede recibirnos en su casa hasta la semana que viene cuando nos vayamos a Madrid —respondió Jasper, levantando la bocina del teléfono.

—¿En Cokeworth? —preguntó la mujer esbozando un gesto de desagrado—. No me gusta esa ciudad y mucho menos ese barrio donde vive tu hermana. Esa calle apesta y el humo de la fábrica puede hacerle daño —dijo mirando a la bebé.

—Solo será hasta el martes de la semana que viene cuando salgamos del país.

Por un momento hubo un silencio que se llenó de tensión mientras ambos meditaban. Un silencio apenas roto por los débiles sonidos que emitía la recién nacida.

—No lo sé, Emily... esto podría ser una locura. Ya me acostumbré a la idea de no tener...

—¡Por favor, Jasper! —suplicó la mujer con los ojos llenos de lágrimas.

—Ya no somos unos jovencitos, Emily. Deberíamos dedicarnos a nosotros, como siempre. Dentro de algunos años no tendremos energía para criar a una niña tan pequeña.

—No seas egoísta, Jasper ¡Por Dios! ¡Te lo imploro! Es un regalo de Dios.

—No es un regalo, Emily. ¡La robaste!

—¡Ellos no no la extrañarán! —dijo la mujer en voz alta, asustando a la pequeña que comenzó a llorar. La mujer automáticamente relajó el semblante y se dirigió a la niña—. Perdóname, cielo, te asusté.

—¿Cómo vamos a alimentarla? Es muy pequeña y no puedes tenerla tan solo con ese pañal y la manta del hospital.

—Le compraremos ropa de camino a Cokeworth y también leche de fórmula —dijo la mujer mirando con aprehensión como la pequeña se chupaba el puño.

—Está bien —musitó el hombre con resignación mientras miraba la expresión de alegría de su esposa. La amaba y no soportaba verla sufrir—. Ve a empacar, mientras yo llamo a Debi, estoy seguro de que nos dirá que sí.

La mayoría de la ropa estaba empacada en maletas debido al inminente viaje que ya tenían en puerta, así que Emily solo tuvo que empacar algunas cosas que necesitaban, y así, poco tiempo después ella, su marido y la bebé se encontraban camino a cokeworth. Deborah, la hermana de Jasper, después de escuchar la historia por teléfono quedó anonadada, pero a pesar de parecerle una locura, más que todo por considerar un fastidio que su cuñada se hiciera cargo de un bebé a su edad, estuvo más que dispuesta a recibirlos en su casa.

Emily no estaba demasiado feliz con la idea, no le agradaba ese barrio donde vivía su cuñada y a decir verdad, tampoco ella le agradaba. Era una mujer vulgar que ni siquiera estaba casada con su pareja (vivían en pecado) fumaba, decía groserías y maldecía como camionero, pero debía reconocer que no tenía más opciones, así que no le quedó más remedio que aceptar la propuesta de su esposo —pensó mientras cerraba la ventanilla del auto para que la brisa no le hiciera daño a la niña.

—Me gustaría que la viera un pediatra lo más pronto posible, para estar seguros de que está completamente bien —dijo la mujer besando la frente de la bebé, meciéndola constantemente para que no llorara—. Y en cuanto salgamos de la ciudad es imperativo que encontremos un lugar donde podamos comprar algunos biberones y leche, además de ropita.

—De acuerdo pero todavía falta algo.

—¿Qué cosa? —preguntó Emily.

—Un nombre para ella. No podemos llamarla siempre «la bebé» —respondió Jasper.

—Tienes razón —respondió Emily, recordando a la señora Evans en la sala de partos, sintiendo un poco de remordimiento que intentó aplacar con una decisión respecto al nombre que requería su hija—. La llamaremos Lindsey. Su hermana se llama Lily, así que es bastante parecido. ¡Sí! Lindsey Cooper y será nuestro mayor orgullo —afirmó recostándola de su hombro con sumo cuidado.

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5 de Agosto de 2020 a las 01:22 0 Reporte Insertar Seguir historia
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