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J
José García


Cuento del libro Rompecabezas, de José García.


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Cuento Primero

Se nos dijo y no lo creímos. Ahora vaya si lo creemos, si siquiera nos ha nacido la esperanza de que sea cierto y tengamos algo de fe.
La casa es vieja y con mucha historia. Sabíamos, por ejemplo, que aquí el general Rayón pasó sus noches a espera de un diciembre que se le adelantó. Que aquí vivió la bruja del pueblo a principios del siglo XVII, que cuando se opuso al nuevo imperio fue quemada junto a su familia y sepultada en su propio terreno tras habérsele negado el santo entierro. Esa misma noche quemaron todo aquí y llenaron de sal por órdenes del Virrey. También que quienes construyeron estos cimientos y estos muros fue una familia proveniente de los bajos de Jalisco, que con la migración obligada en los 30 se vieron en la necesidad del saqueo y la violación, del asesinato. Este pedazo de tierra se obtuvo con sangre y se levantó con robo. De ahí que murieran pronto. Nos lo dijeron cuando llegamos, y en este momento pareciera que esas voces nos lo gritan de nuevo, pero ellos, los cuerpos que reclamarían las voces, no lo saben y no sé si lo sabrán, solo lo creen, como nosotros, que en esas andamos pero con paso más firme.

La casa es vieja y un desarreglo la estaba renovando. Hace dos semanas el piso del descanso a la salida del baño se botó. La cosa empezó cuando vino Lauro a quererlo quitar para volver a pegarlo, ahí descubrimos dos cosas; la casa está construida de mármol, y el azulejo está rayado a cincel por la cara por la que se pegó. A consejo de Lauro y consentimiento de mi padre, se inició la labor de quitar todo el piso de la casa para después volverlo a poner. La primera sala a trabajar fue el descanso a la salida del baño, de ahí se continuaría con las dos recámaras principales, el comedor, la cocina y al final la entrada, sin embargo nada se concluyó. A los tres días Lauro se quedó sin 4 trabajadores, que al quitar el piso se fueron dando cuenta de lo que ocurría y prefirieron abandonar a cuidado de su persona. Tras levantar por completo el piso del descanso, los 4 empleados juraron que justo a medio día los muros del cuarto tomaban un aspecto completamente diferente y el ambiente cambiaba sin importar el clima que fuera hubiera, pero Lauro se disculpó con mi padre y continuó el trabajo. Dos días después Lauro ya no volvió. Entonces mi padre, mi tío, mi hermano y yo seguimos con la labor después de las nuestras, por lo que el avance era poco y el cansancio era más a medida que la semana avanzaba. Mi hermano, que es observador y nada tonto, pasados los días nos dijo algo que todos habíamos notado pero nadie se atrevía a comentar: ahora la casa ha envejecido como cien años más. La miramos y de pronto las paredes parecían tener humedad y las piezas haber perdido luz; mirando hacia adentro, uno podía intuir que llovía afuera, pero no era así. Llegamos a la cocina y a pesar del cuidado que habíamos dedicado a la tarea del suelo, en los muros parecían aparecer ligeras grietas que en la noche se acentuaban con la luz de las lámparas y la luna. El día era pesado, sin embargo disfrutábamos de la noche, del trabajo y de la compañía, del miedo que día con día habríamos de descubrir.


Cuando llegamos al lugar de la entrada nos detuvimos. Desde donde estábamos, miré hacia el fondo de la casa y no alcancé a percibir el descanso a la salida del baño de lo oscuro que estaba. Cuando regresé la mirada mi padre me estaba viendo, supe que él ya había hecho con anticipación lo mismo, pero sin resultados distintos; eso él lo descubría. Guardamos silencio un rato largo y evitábamos en medida de lo posible cruzar miradas. Escuchábamos nuestras respiraciones agitadas como si fuesen las de diez, pero nos hallábamos en el suelo sin movimiento, firmes, quizá luchando contra el instinto que no es otra cosa que origen del pensamiento. Nos levantamos, y sin trabajar esa noche, volvimos a pie al cuarto donde dormíamos durante el tiempo de remodelación; dejamos de ir dos días. Ayer regresamos, y sin mediar palabra, continuamos con el trabajo a ritmo cada vez más desesperado. Levantado el primer bloque, la respiración agitada a la altura del comedor comenzó a sonar impacientando a mi hermano y a mí que le dábamos la espalda, que girábamos la cabeza para no lograr mirar nada. Después fueron los pasos sobre madera en una casa construida de mármol, los golpes desesperados en una puerta que no había, el murmullo de una multitud imaginaria, las grietas y la humedad ensañadas sobre la pared. Mi padre se levantó de imprevisto y en la última fila de piso de la casa dijo que nos detuviéramos, que volviéramos a otro día, que terminaríamos hoy.
Por la mañana no fuimos al campo y no hemos hablado entre nosotros en todo el día. A las 6 de la tarde nos pusimos en camino a la casa. Mi padre trajo su grabadora, y una vez prendida, comenzamos a trabajar. Conforme el piso se levantaba los ruidos se hacían más intensos; los pasos sobre la madera que ahora pisábamos, los golpes en la puerta que tras la oscuridad se formaba, la gente desesperada que se encontraba afuera. Levantado el último piso, mi padre no soportó y cayó en shock. Mi hermano ni parpadea y mi tío camina lentamente hacia la oscuridad. En el descanso a la salida del baño, una música como de piano toca y se interrumpe, pero la grabadora está apagada.

Desde el fondo de esta casa vieja se escucha que alguien viene y esta puerta no tarda en caer.
Esta noche nos queman,

esta noche nos castigan a nosotros por no creer.

3 de Agosto de 2020 a las 00:20 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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