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lepquezada LEPQuezada

Los continentes dejaron de llamarse de esa forma y ahora son países. El país de América, clasificado como el país mas despiadado del planeta, lanzó a la gente de escasos recursos a lugares alejados de las buenas condiciones de vida. La Horda controla los distritos bajos con mano dura y muerte. Solo otra banda de delincuentes le hace frente. Los gobiernos buscan destruir a esta banda para que sus hombres, puedan experimentar con sus lideres y así lograr experimentar con ellos, para así desarrollar un suero y esparcirlo para provocar caos. Las vidas de millones personas pueden peligrar, pero solo los Nocturnos podrán detener todo el caos. Las personas dependerán de la fuerza de voluntad, de su fuerza física y de sus propias habilidades. Los Nocturnos ¿podrán salvar América?


Crimen Sólo para mayores de 18. © Reservados

#armas #secuestros #amor #grupos #muerte #sangre #peleas
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Capítulo I

Los sueños de muchas personas se vinieron abajo, luego de que todos los países de América se unieran en un solo gran país, dividido en veinte distritos, donde fueron re-ubicados todos y cada uno de los habitantes, según su nivel económico. Este ejemplo fue tomado por el resto de continentes, sin embargo, ellos no asignaron a la gente en distintos sectores según su rango socioeconómico, ellos los dejaron donde ya estaban establecidos, morando por el bienestar del país. Cada continente paso a ser un país, gobernado por cinco presidentes, quienes verían lo mejor para sus habitantes.
El País de América fue catalogado como el más frío, no por su temperatura, sino por la manera en la que re-ubicó a sus ciudadanos a áreas mas pobres, si no podían pagar cierta cuota al año. En este caso, América asigno cincuenta mil dólares al año, para vivir en los primeros diez distritos, veinticinco mil por los siguientes hasta el quince y si no podías pagar, debías vivir en el resto de distritos, que entre más bajo, más peligroso y difícil se hacía vivir.

Al pasar los años, la gente más pobre logró sobrevivir con la ayuda de todos los distritos mas bajos, colaborando como un solo distrito, siendo llamado: el Distrito Unido. Había unas cuantas personas que se negaban a tal cosa, con el comentario de: lo mío es mío y de nadie más. Sin embargo, nadie estaba obligados a ayudar, si lo desean y les salía del corazón lo hacían, no había problema.

Un grupo de delincuentes que se auto nombraron La Horda, tenía al distrito quince hacia abajo en sus dominios. Se apoderaban de la poca comida que los habitantes lograban conseguir, con el pretexto de repartirlo de forma igualitaria, cosa que jamás pasaba. También secuestraban gente de los distritos altos a cambio de dinero, comida y mujeres. Eran los más peligroso, y la policía de los distritos ni los tocaban.
Una tarde, un chico de veintidós años de edad, regresaba de una pequeña tienda de abarrotes, en el distrito quince. Llevaba en la mano un medio galón de leche para poder cenar su cereal favorito. Las calles estaban totalmente vacías, nadie salvo él, circulaba. El joven solo deseaba llegar rápido a su casa y cenar, así podría irse a dormir y al día siguiente, ir a distrito catorce, para trabajar, como mucha gente honrada que día a día, tenia la necesidad de salir de su distrito por algo de dinero. Él caminaba tarareando una canción de su ya extinta banda de metal favorita: Avenged Sevenfold, la canción era Not Ready to Die, una canción muy apropiada para el distrito en el que vivía.
Sintió que alguien lo seguía por la acera en la que caminaba, dejó de tararear y utilizando algunos autos viejos, logró ver que eran dos hombres, vestidos de cuero de pies a cabeza, pero no del típico cuero de color negro, no, estos tipos iban con cuero rojo, robado de las mas grandes fabricas de ropa del distrito diez. Jonathan apuró el paso de una manera discreta. El vapor de las alcantarillas rodeaba al chico en su camino por huir a salvo a su pequeño departamento. Los hombres habían sacado navajas con una hoja de más de treinta centímetros.
Las calles tenían un pequeño fulgor emanado por la luna llena, estaban húmedas por el poderoso roció nocturno. En medio de una avenida importante, yacía Jonathan tirado, con un ojo amoratado, dos dedos de la mano derecha rotos y un cuchillo pequeño clavando en ambos muslos. Lo habían atacado y le quitaron la leche, Jonathan se resistió y por eso acabó herido. ¿Por qué Jonathan, por qué? Se preguntaba mientras veía a penas como las nubes se iban aglutinando en el cielo, preparando una lluvia. Su visión era cada vez más borrosa, tenia miedo y se preguntó si iba a morir. Las nubes arrojaron agua, solo para limpiar las heridas del joven, quien intentaba levantarse, pero al darse cuenta de que tenia varias costillas rotas, dejó de intentarlos.
—Odio esta vida —dijo con dolor en cada palabra.
Su vista se fue oscureciendo hasta terminar inconsciente bajo la lluvia.

Las personas sabían que, si ayudaban al pobre joven tendido en el suelo, algún miembro de la Horda lo asesinaría, sin embargo, había otro grupo muy similar a la Horda que le hacía frente, se hacían llamar Los Nocturnos, ya que solo salían por la noche para ayudar a cualquier persona en los cinco distritos mas bajos, que eran del quince al veinte, así estas personas, no morirían en lugares olvidados por Dios, ni en lugares designados por la Horda.
—Apresurémonos, no queda mucho tiempo —dijo un hombre encapuchado y enmascarado con una camilla.
—Súbanlo con cuidado, puede estar grave —decía una mujer mientras ayudaba a cargar a Jonathan en la camilla.
Cinco personas vestidas con gabardinas negras de piel, se llevaban a Jonathan por entre los callejones del lugar. Intentarían ayudarlo a sanar y al final de su recuperación, si Jonathan lo deseaba, podría unirse a ellos.
—Todo por un medio galón de leche —dijo el primer hombre.
—Lo sé. Se están pasando de la raya —dijo la mujer.
Ellos dos eran los lideres de Los Nocturnos, y hermanos. Ambos tenían treinta y dos años de edad y desde los quince vagan por las calles, dispuestos a salvar a quien quiera ser salvado.
El camino los llevó a una furgoneta que estaba oculta bajo un puente que daba a la salida del distrito quince. Ellos subieron a Jonathan quien se quejaba con cada movimiento. Encendieron el motor y se fueron del lugar. Dentro de la furgoneta había un pequeño equipo médico, con el cual enderezaron los dedos del joven, sacaron los cuchillos y cerraron las heridas, también trataron el ojo y los demás cortes en la cara. Le quitaron la camiseta y comenzaron a tocar las costillas para verificar que tres del costado derecho estaban fracturadas, y dos del izquierdo rotas.
—Debemos tener mucho más cuidado, podría perforársele los pulmones —comentó un hombre de unos sesenta años quien había atendido a Jonathan.
—Bien, al llegar al cuartel, hay que atenderlo bien —dijo el líder.
El silencio inundo el lugar, dejando oír solo el pequeño rugir del motor y las llantas al pasar por el pavimento mojado.

El distrito dieciocho era más famosos por ser controlado en su mayoría por los de la Horda, pero también por ser el lugar donde Los Nocturnos aparecieron por primera vez. Pelearon a puño limpio y cuchillo contra varios miembros la Horda, solo para quedarse con un pequeño conjunto de edificios a las afueras, al norte del distrito. Cinco edificios de veinte pisos de altura, rodeados por muros de autos y demás chatarra que fue apilada por miembros Nocturnos para proteger y delimitar el paso de la gente hacia el interior.
Algunos ataques ocurrieron después de la riña, pero los Nocturnos lograron repeler a la Horda, asesinando a seis Rojos (denominados así por sus ropas). Ernesto y Martha, los líderes de los Nocturnos festejaron con gran emoción al darse cuenta de que eran bastante poderosos, así mismo, los rumores de un grupo opositor de la Horda se dieron a conocer entre los habitantes de los distritos bajos. El jefe de la Horda, quien vive y manda desde el distrito diez, se enfureció y dio la orden de no atacarlos hasta conseguir suficiente gente como para poder hacerles frente de un golpe.

Los edificios tenían una enorme X en cada cara de su estructura, para que así los de la Horda se enteraran quienes vivían ahí, y no solo ellos; también los ciudadanos, para que se refugiaran ahí en caso de necesitar ayuda. La furgoneta entró por la parte de atrás hacia un lugar donde había mas autos, algunos modelos antiguos muy bien restaurados y mejorados, otros eran con un diseño que pasaba desapercibido entre los demás autos del distrito.
—Bájenlo con cuidado —comentó el líder apagando el motor del auto. El lugar era bastante amplio y alto, también desprendía un olor dulzón y agradable para las personas ajenas al lugar—. Él quizás quiera unírsenos.
Jonathan además de trabajar en el distrito catorce, también aprendió varias técnicas de combate y artes marciales, aunque no le resultó fácil defenderse ante varios hombres que también sabían pelear muy bien.
Los hombres, incluidos el líder bajaron al joven con cuidado a una plataforma para la camilla y fue llevado al segundo piso, donde atendían a las personas. Este lugar se veía como cualquier otra habitación de hospital, salvo que era todo el segundo piso, con multiplex camastros y algunas divisiones para operar en caso de ser necesario. Los aparatos médicos fueron robados de distintos distritos, con el pretexto de ser inservibles para la gente de más arriba, y era cierto; del distrito diez hasta el catorce, habían actualizado sus kits médicos y maquinarias a unas mucho más sofisticadas, y los antiguos aparatos, fueron robados por los Nocturnos.
—Bien, si es necesario que le acomodemos las costillas se debe hacer —dijo el señor de sesenta años quitándose la máscara. Él era barbón, su cabello y bellos faciales eran platinados y sus ojos verdes, tenia cicatrices en el rostro por antiguas peleas callejeras, antes de su reclutamiento a los Nocturnos.
—Te lo encargamos —dijo el líder imitando al hombre. Este era de una mirada fría, a comparación de su hermana. Ambos eran rubios, ojos azules y una mandíbula recta.
—Estará bien para cuando despierte y no tenga de que preocuparse —dijo el hombre.
—Bien. Simón, nos retiramos —dijo el líder.
Simón llevó a Jonathan a una de las habitaciones que tenían para operar. Utilizado una maquina de ultra sonidos, calibrada para no ver tan profundo, observó los daños. Afortunadamente, solo eran fracturas menores en las costillas, y no debía ser operado. Lo vendó y coló algo en las costillas para evitar que el joven se doblara en ambas direcciones y así no se lastimaría.
—Roger, adelante —dijo a través de un radio.
—Adelante, Simón —respondió un chico desde el piso superior.
—Necesito que vengas a recoger al paciente. Solo fue necesario entablillarlo, necesita un lugar donde descansar —dijo Simón mientras caminaba al elevador que estaba cerca de donde habían entrado antes.
—Déjalo en el ascensor, yo lo llevar hasta su nueva habitación, mientras se mejora —dijo Roger.
—Entendido —dijo Simón abriendo la puerta del ascensor, hizo clic en la pantalla, seleccionando el segundo piso y se retiró—. Ya va.
—Enterado, aquí lo recibo —dijo.
Jonathan fue llevado por un largo pasillo hasta la ultima puerta del lado derecho. Entraron y el lugar estaba algo vacío, salvo por una cama y un ropero. La cama estaba al lado derecho de la habitación al entrar, cerca de la venta y el ropero al lado izquierdo.
—Bien chico, te acomodaré aquí —dijo Roger moviéndolo con extremo cuidado de no ir a lastimarlo—. Ya está. Recupérate pronto, puede que seas de gran ayuda.
Roger se retiró del lugar.
—Roger, ¿todo bien? —preguntó Amelia, la líder.
—Todo bien, Amelia, pero sigue dormido. Parece que exageraron esta vez —dijo Roger preocupado.
—Sí, todo por medio galón de leche —dijo ella cabizbaja. Amelia conocía Jonathan de hacia ya dos años.
—Parece que lo conoces —dijo Roger.
Amelia suspiro mirando al piso.
—Salí con el hace dos años —dijo ella recordando esas bellas citas en el parque central del distrito diez—. Él era habitante del distrito diez, antes de que sus padres fueran asesinados por la Horda. Yo me separé de él, ya que era demasiado peligroso estar juntos. Poco después me enteré de que lo mandaron al distrito quince y quise visitarlo, pero tú sabes cómo es mi hermano.
—Sí, pero hace lo que puede por protegerte y protegernos —comentó Roger.
—Exacto. Desde entonces lo vigilo, muy de cerca —dijo ella—. Cuando lo vi siendo golpeado, quise intervenir, pero eso no sería prudente, algunos miembros mas de la Horda no podían estar esperando. Lloré tanto, como aquella vez que nos separamos.
— ¿Lo amabas? —preguntó él.
—Aun lo hago. Aunque mi hermano diga que es muy chico para mí —dijo Amelia. —Ve, debes verlo —dijo Roger.
—Gracias.
Amelia caminó con miedo en su ser. Dos años habían pasado desde la ultima vez que hablaron, desde la ultima vez que ella sintió los brazos de Jonathan rodear su cintura y sentir el latir de su corazón, al compás del suyo, sin embargo, a pesar de ser la líder de los Nocturno y no temer a morir, le temía a la reacción que Jonathan tendría al verla. Abrió la pueta tímidamente y lo vio ahí, acostado, con un ojo morado e hinchado, con vendas en todo el cuerpo y los dedos con férulas. Ella rompió en llanto al ver tan atroz acto por parte de la Horda, y todo por un medio galón de leche. Era algo que no podría perdonar y debía hacer algo, pero también sabia que no podía, ya que, si lo hacía, era más que claro que no lo lograría ganar una pelea sola, y su hermano no autorizaría un ataque a la Horda por que un viejo amor fue lastimado. Todo tenía un curso pactado por los Cinco Grandes y ese sería el camino.
—Jonathan, perdóname —dijo ella arrodillándose a su lado y tomando la mano izquierda.
— ¿Por qué? —preguntó él a duras penas.
— ¡Jonathan! —exclamó ella sorprendida poniéndose de pie—. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión —dijo él luchando con el dolor de su cuerpo—. Como duele.
—Lo sé —dijo ella—. Pero pronto estarás bien.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose. Amelia tenía su corazón muy acelerado, y Jonathan estaba un poco confundido por el lugar donde se encontraba.
—Por cierto —dijo él tocando la cara de Amelia—. Sigues tan hermosa como la ultima vez que te vi.
Ella no supo que decir y solo sostuvo la mano del joven y lloró en silencio.
—Perdón por no buscarte antes —dijo ella.
—Oye, no pasa nada. Sé porque lo hiciste —dijo él.
— ¿Ah sí?
—Cuando mis padres murieron, tu hermano fue a visitarme a la semana que me mudé al distrito quince. Me contó la verdad de su deceso. Herví en ira, deseaba con mi mas profundo deseo matar a los imbéciles de la Horda, pero el me imploró que no hiciera nada, que lo debía prometer por ti —dijo mirado al techo ocasionalmente. Le dolía el cuello—. Te vi en algunas ocasiones parada en la esquina observándome mientras jugaba en línea o escribía. Tu mirada es algo que jamás se olvida. Luché contra mí, contra el deseo de salir y abrazarte, pero no podía hacerlo, la Horda también me vigilaba.
—Perdóname —dijo ella muy arrepentida y triste.
—No hay nada que perdonar —dijo él intentado sonreír—. Ahora por fin, después de dos años, puedo escuchar esa hermosa voz que me cautivo por primera vez, esos bellos ojos con lo que me mirabas con tanta intensidad. No sabes cuánto te extrañé.
Su voz cada vez sonaba más débil y se le dificultaba respirar. Uno de los pulmones había sido perforado, pero hasta ese momento empezó a representar un problema. Simón no logró ver ese pequeño daño, pero al hablar, al tomar aire para ello, la herida se hizo más grave. Amelia notó que se ponía mal, que se el dificultaba hablar. Jonathan se desmayó nuevamente, asustando demasiado a Amelia.
— ¡Roger! —exclamó ella sin separarse de él—. ¡Roger, háblale a Simón rápido!
Roger hizo caso y corrió hacia el acenso, tomó el radio y le habló a Simón. Él inmediatamente subió con un kit medico de primero auxilios para verificar que todo estuviera bien. Al llegar, vio que Jonathan se estaba poniendo morado, por la falta de oxigeno en su cuerpo. Lo llevaron lo más rápida y delicadamente que pudieron hasta la habitación de cirugía. Debian arreglar el pequeño error de Simón antes de que colapsara por completo y muriera.

Sacaron a Amelia del lugar, para que sol Simón y su ayudante, Carlos, pudieran atender lo más rápido posible a Jonathan. Ella estaba caminando de lado a lado, haciendo sonar los tacones de sus botas altas. Se mordía las uñas que con tanto trabajo le costó mantener largas. Su rostro estaba inundando en sudor y lágrimas, temía perderlo. El hermano de Amelia llegó al enterarse de la situación, intentado consolarla, sin embargo, en esos momentos, ella solo quería estar sola, no quería que nadie, excepto Jonathan la tocara.
—Tranquila, Simón es buen doctor —dijo Roberto.
—Lo sé, pero estaba hablando bien, hasta que empezó a costarle respirar —dijo ella—. Eso no puede ser para nada bueno.
—En efecto, no es bueno —dijo Roberto preocupado también—. Mandaré a alguien al apartamento de Jonathan para traer sus cosas y esté mas cómodo.
—Está bien —dijo ella—. No lo dejaré otra vez, ¿me oíste? —dijo con severidad mientras su hermano se retiraba.
—No dejaré que lo lastimen —comentó Roberto—. No de nuevo. Te lo juro.
—Gracias.

Dos horas pasaron y por fin Jonathan se estabilizó, logró respirar por su cuenta, pero de igual forma, debía estar conectado a una maquina de respiración artificial. Su estado de salud era delicado y debía ser atendido constantemente. Fue llevado a su habitación, donde cada cuatro horas, Simón iba a visitarlo para asegurarse de que todo estuviera bien. Los ayudantes de Roberto, instalaron cada cosa que Jonathan consideraba importante en su habitación. Su pantalla de alta definición, su antigua consola Xbox Series X y la exorbitante cantidad de juegos, su computadora super poderosa, sus libros y un álbum de fotos que tenia con Amelia y sus padres. Ella no soltó el álbum, lo llevaba a todas partes pegado a su pecho, recordando cada beso, cada caricia, cada palabra que en el pasado se dedicaron.
Jonathan seguía dormido por la anestesia tan poderosa que Simón le aplicó durante la cirugía, pero de vez en cuando, él se movía un poco, dando a entender que quería despertar o que soñaba algo que lo hacía estremecerse. Amelia lo tranquilizaba con solo poner una mano en su frente y hablarle al oído, diciéndole que todo iba a estar bien.
La noche llegó y Amelia pidió anteriormente una cama para poder quedarse a cuidarlo durante toda la noche, intentaría no dormir, sin embargo, a la media noche ella caería por la fuerza del sueño, dejando que Simón hiciera los rondines que él hacía sin falta. Poco a poco y gracias a la gran experiencia que Simón tenia, Jonathan logró mejorarse, respirando por su propia cuenta.
—Amelia, despierta —dijo Simón sujetándola de los hombros y sacudiéndola un poco.
— ¿Qué? ¿Cómo está Jonathan? —preguntó adormilada.
—Míralo tu misma —dijo él alejándose para que ella se pudiera sentar y observar.
Jonathan ya no llevaba puesto el aparato que lo ayudaba a respirar, ahora él tenía la fuerza suficiente para poder respirar sin dificultades.
—Cuando entré a la revisión, él tenia la mano sujeta a la manguera, por lo que pensé que ya podría hacerlo por si mismo —dijo—. Apagué la maquina antes de sacarle todo y respiro con normalidad, así que procedí con cuidado.
—Eres el mejor, ¿lo sabias? —dijo Amelia abrazándolo.
—Sí, ya me lo habían dicho, pero viniendo de la jefa es mas gratificante.
Ambos rieron debido al comentario. Minutos después de hacerle algunas revisiones al estado de Jonathan, Simón se retiró del lugar para que tanto Amelia como Jonathan descansaran y estuvieran a solas.
—Vas a estar mejor, te lo prometo —dijo ella acariciando su mejilla izquierda.

Los días pasaron y la salud de Jonathan mejoró un poco más. Ya no estaba acostado todo el tiempo, solo debía andar despacio por las fracturas en las costillas y el pulmón.

Caminando por todo el edificio en el que fue ingresado grave, Jonathan conoció a la gente que había sufrido los mismos maltratados severos de la Horda, sin embargo, ellos no habían sufrido tanto como lo hizo él. Las demás personas solo fueron golpeadas o recibieron algunas fracturas menos en brazos y piernas, pero la forma en la que Jonathan fue golpeado, era considerada por los Nocturnos; atroz. Aún para ellos, eso era demasiado. Se comenzó a especular acerca de porque fue golpeado de esa forma, y todos llegaron a la misma conclusión.
—Si la Horda ya conocía tu pasado con Amelia, es posible que se hayan querido vengarse a través de ti —dijo un señor al que le arrebataron una hogaza de pan seis meses atrás.
—Esa puede ser una posibilidad —dijo una chica—. Pero también pudo haber sido alguna pelea o discusión que hayas tenido en el pasado con alguno.
—Jamás los había visto en mi vida —dijo Jonathan.
—Puede ser que Don Héctor tenga razón —dijo la chica refiriéndose al señor.
—Es lo único lógico —comento Don Héctor.
La conversación fue trasladada al edificio dos, dónde en el piso cinco, había un comedor, dónde todos los miembros de los Nocturnos se reunían a las diez de la mañana, a las tres y finalmente a las nueve. Los horarios de comida, o mejor dicho el calendario, estaba pegado en cada mesa. Era jueves, así que tocaban cuatro rebanadas de pizza para cada persona y un refresco de dos litros para cada mesa. Jonathan fue llevado a la misma mesa en la que Amelia comía, ya qué Roberto lo ordenó.
—De cierta forma me siento culpable por tu estado —dijo Roberto cuando Jonathan se sentó.
—¿Por qué?
—Yo te aleje de Amelia, y, por lo tanto, solo se limitaba a vigilar desde las sombras —dijo—. Si no lo hubiera hecho, no habría pasado nada.
Jonathan lo miró como examinando cada palabra que salía de la boca del líder. No encontró mentiras ni otra cosa, solo culpabilidad que era evidente para todos los de la mesa.
—Pero ahora estás de vuelta conmigo —dijo ella.
—Algo así —comentó Jonathan—. ¿Saben? No creo que me quede mucho tiempo, no estoy preparado para dejar el mundo normal y vivir en las sombras como ustedes. Me agradan, y aprecio mucho lo que hicieron por mí, pero no puedo quedarme. Cuando vuelva a trabajar, les pagaré por sus atenciones médicas.
Jonathan de cierta forma se sentía traicionado por Amelia, ya que no le dijo nada en absoluto cuando ella dejó de aparecer en los lugares que se duraban, cuando dejó de responder los mensajes y llamadas, y más aún, cuando su hermano lo visitó. Él se sentía destrozado y sus sentimientos no eran firmes ni claros, estaba confuso.
—Entonces no hay nada que hacer —dijo Roberto cabizbajo—. Anda, termina de comer y si quieres, puedes retirarte, haré que mis hombres te lleven todo de vuelta.
—Gracias —dijo Jonathan.
El resto de la comida fue en silencio, en un silencio muy incómodo. Amelia se sentía triste, pero al sí mismo tiempo comprendía las razones por las que Jonathan no quería quedarse, entendía perfectamente.

Lo llevaron a su departamento, al entrar, había dos hombres de la Horda, esperando a por él, por suerte, Roberto insistió en acompañarlo y ayudarle con la mudanza de regreso.
—¿Que hacen aquí? —preguntó el líder.
—Este departamento nos pertenece, el gusano abandonó el lugar, así que es nuestro —dijo uno de los hombres. Este era alto, fornido y llevaba una H tatuada en el costado derecho de la cara. Sacó una pistola y le apuntó a Jonathan—. Creo que deberíamos acabar con el trabajo de mi hermano.
Roberto cerró los ojos y se puso frente al chico para intentar defenderlo.
— ¡Vamos, hazlo si tienes las pelotas necesarias! —dijo Roberto.
— ¡No lo hagas! no puedes matarlo —dijo el otro hombre.
—Ya sé, pero si la bala rebota en su cabeza, podemos escapar —dijo el hombre armado.
El disparo se hizo, la bala surco los aires e impactó contra la frente de Roberto, quien solo movió la cabeza hacia atrás de manera involuntaria.
—Muy listos —dijo al ver cómo escapaban del departamento.
—Así que eres uno de ellos —dijo Jonathan recogiendo la bala aplastada del suelo.
—Sí. Es una lástima que te enterarás de esta forma —dijo Roberto.
—¿Amelia también lo es? —preguntó.
—Sí, pero sus habilidades son distintas a las mías —dijo el líder.
—¿Qué tipo de habilidades?
—Bueno, ella es muy fuerte, veloz, puede saltar enormes distancias, pero es vulnerable a los disparos y esas cosas —dijo Roberto.
—Ya veo —Jonathan miró su departamento, el cual ya estaba lleno de grafitis de la Horda y algunas otras bandas más. Había colillas de cigarro normales, otras de marihuana, botellas de cerveza, jeringas, condones y demás cosas—. Creo que tienen razón.
—¿Quienes? —preguntó.
—Los tipos esos, tienen razón, este lugar ya les pertenece —dijo—. Ya no tengo donde vivir. ¿Crees que pueda quedarme con ustedes?
Volteó a mirar a Roberto quien le sonrió.
—Por supuesto, eres bienvenido —dijo—. Solo no menciones lo que acabas de ver.
—No te preocupes —dijo Jonathan.

Regresaron al complejo para reinstalar a Jonathan en otro pido, en una habitación cerca de Amelia, porque así lo pidió él, quería intentar recuperar esa vieja y bonita relación que alguna vez existió entre ellos. Todos con los que había hablado antes de irse, le dieron la bienvenida de manera oficial, ya que ni había otro lugar a donde él pudiera ir.
La habitación era más grande, cuadrada, con una pequeña división para la ducha y el baño. La cama estaba pegada a una ventana justo al frente de la puerta, a la derecha estaba el baño, y justo después de la cama; un ropero que topaba hasta el techo.
—Pediré que te traigan tus cosas, yo te ayudaré a acomodar todo —dijo Amelia sonriente. Jonathan quiso regresar el gesto, pero su rostro no le permitió hacer la gesticulación correcta—. No tienes que sonreír si no puedes. Debe ser doloroso tener el ojo así de morado e hinchado.
—Como no tienes idea —dijo él llevándose la mano al ojo.

Las cosas de Jonathan fueron llevabas en dos horas y acomodadas en media hora. Ambos estaban felices de cierta forma, aunque Jonathan aún tenía miedo de ser abandonado por aquella a quien ama de nuevo.
—Bien, ahora me retiro por un momento, que debo atender cosas —dijo ella saliendo de la habitación.
—Nos vemos —dijo despidiéndose con la mano.
Amelia cerró la puerta, Jonathan observó sus cosas unos momentos y se dio cuenta de que no tendría internet, así que no podría hacer muchas cosas que antes hacía. Eso lo desilusionó un poco y se tumbó en su cama, a los pocos minutos se quedó dormido. Feliz y lleno de nostalgia por la presencia de Amelia, sin embargo, también con un poco de temor e incertidumbre al respecto.
«Solo espero no pase de nuevo» pensó antes de quedarse dormido.
Amelia no dejaría que algo los separara nuevamente, ahora luchará por seguir con Jonathan, cueste lo que cueste.


En los distritos altos, los gobernantes decidían si seguir con los experimentos en niños, o dejar por la paz, el intento de crear soldados mejorados de manera genética.
—No creo que debamos parar —dijo el científico a cargo de dicho proyecto. El Doctor Ross.
—Pero no ha habido éxito en los últimos experimentos —comentó el secretario de defensa.
—Conozco a dos experimentos exitosos, podemos capturarlos, y extraer su sangre y convertirla en un suero —dijo Ross.
Los demás miembros de la junta comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos decían cosas acerca de lo peligroso que podía ser, también de que la Horda podría ayudarles nuevamente.
—Tengo entendido que son líderes del grupo a que llaman los Nocturnos, ¿Cierto?
—preguntó un hombre de unos sesenta años, era el líder militar.
—Sí, y tienen conflicto con la Horda, así que podrían ser de utilidad nuevamente —dijo Ross.
—En efecto. Ross, te encargarás de conseguir la sangre y reproducirla, después generas el suero y quiero que lo rocíes por todo el país —dijo el presidente a cargo de la división científica—. General capture a esos dos. Los quiero vivos si es posible.
—Si, señor, de inmediato.

Esa misma noche, casi todo el ejército se comenzó a movilizar a los distritos bajo, en busca de localizar a los hermanos. Ellos jamás se esperarían que algo estaba por ocurrir. Su paz se vería afectada, así como otras posibles cosas más. Todos habían cenado ya en conjunto, después cada quien se fue a su habitación para dormir y empezar un nuevo día. Jonathan y Amelia hablaron por un buen rato en la habitación de ella, la cual estaba justo al frente de la de Jonathan. Ambos se sentían bien.
El peligro acechaba lentamente, al igual que la posibilidad de perderlo todo.

25 de Agosto de 2020 a las 08:10 0 Reporte Insertar Seguir historia
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LEPQuezada Un escritor que lleva años intentando darse a conocer.

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