zeuge Manuel Esteban

Relato corto. Mi amigo el vaquero, el que viste sombreros estilo John Wayne, ahora agregó a su indumentaria una máscara de lo más horrenda solo para ocultar unas cicatrices que solo él puede ver.


Cuento Todo público.

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Cuento corto
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LAS CICATRICES DE VENOCLISIS

Supe que mi amigo otra vez está hospitalizado. Ese pobre muchacho no sale de una para caer en otra. Recuerdo cuando éramos apenas unos críos, cuando él me invitaba a su casa para ver maratones de sus películas favoritas: todas las de John Wayne eran sus favoritas.

Cuando salíamos a la calle mi amigo siempre llevaba puesto un sombrero estilo John Wayne. Él tenía montones de esos sombreros. En un principio solo los usaba porque quería ocultar una cicatriz que tenía en la cabeza, cerca de la coronilla, resultado de un accidente en cual su madre estuvo involucrada. Era una cicatriz muy pequeña, minúscula, pero él siempre la veía enorme y grotesca. Y por más que uno le decía: “casi no se ve nada”, “es que no se nota”; él siempre decía que se sentía avergonzado por ser el portador de aquella horrible marca.

A pesar de no ser un buen jinete, con el pasar de los años mi amigo se hizo aficionado a la monta de caballo. Tuvo tres cuadrúpedos: uno negro (Night), uno bayo (Autumn) y la yegua ceniza (Ashes).

Ashes era la más salvaje de los tres, ella tenía poco entrenamiento y mucho brío y así quedó comprobado un día que mi amigo iba cabalgando por un sendero de gravilla sobre la inquieta yegua y esta se alteró de improviso al escuchar el característico tintinar de una serpiente de cascabel. Entre coz y coz mi amigo intentó saltar de la yegua, pero cuando lo hizo uno de sus calzados quedó atrapado en el estribo y Ashes lo arrastró por varios metros. Casualmente por aquellas horas, yo había ido a visitar a mi amigo y aguardaba por él en el patio frontal de su casa. Vi cómo la yegua llegaba trotando, ella iba sedienta porque sin detenerse se dirigió de inmediato al bebedero del patio. Llamé de inmediato a sus padres. Después de caminar por veinte minutos encontré a mi amigo, se arrastraba porque tenía el cuerpo adolorido. Vi su rostro ensangrentado y corrí a su encuentro. Procuré curarlo lo mejor que pude mientras llegaban sus padres.

Cuando llegaron sus padres inmediatamente lo llevaron al hospital. Yo regresé a mi casa a esperar noticias.

Las noticias llegaron en la noche: llamaron para avisar que mi amigo sería sometido a varias cirugías. Las cirugías eran necesarias para su bienestar, tanto emocional como físico.


Cuando volví a ver a mi amigo comprobé que el cirujano plástico había hecho una labor excelente, su trabajo era de calidad incuestionable.

Pasado el tiempo de recuperación, el rostro de mi amigo volvió a ser perfecto; las diferencias entre “el antes y el después” eran imperceptibles a simple vista. Todos estábamos felices con el resultado, irradiábamos alegría, todos menos mi amigo que a pesar de tener un rostro de belleza amable por naturaleza, no sonreía ni parecía estar contento.


Era preocupante la cantidad de horas que pasaba mi amigo frente a un espejo, se la pasaba maldiciendo su “desgracia”. Muchas veces su boca dejaba escapar algunos de sus pensamientos caóticos y se le escuchaba renegar con groserías sobre su apariencia física. Llamaba “aberración” a su rostro. Se negaba a salir de casa en aquellas “condiciones”.

Le tomó varios meses animarse a salir de casa, pero de la manera en que lo hizo nos sorprendió a todos:

A la indumentaria Western característica de mi amigo, se le sumó una nueva prenda: una máscara que él mismo había manufacturado con retazos de telas y restos de cera de velas a medio quemar. Moldeó la máscara a imagen de su rostro y la pintó de su color favorito.

Mi amigo creyó que esa era la mejor manera de ocultar sus imperfecciones, pero cierto era que lo único que ocultaba era su rostro, porque su máscara resaltaba su principal imperfección: la exageración. No entiendo cómo se le pasó por la mente que ir ataviado de aquella manera le resultaría provechoso de algún modo. Él buscaba una manera de estar en paz consigo mismo, pero su decisión tuvo consecuencias que le brindaron todo lo contrario a lo esperado. Lo único que consiguió fue que las personas le rehuyeran, que los curiosos no disimularan extrañeza y espanto; llamaba la atención fuese donde fuese. Todo esto terminó afectando a mi querido amigo, desencadenando incontrolables episodios de ansiedad generalizada que lo atormentaron por mucho tiempo.

Se negó a recibir visitas durante muchas semanas.

Muchas veces pasaba muy despacio en mi auto frente a su casa y en algunas ocasiones lograba verlo sentado en cualquier parte del exterior de la casa, siempre con su máscara ahora degradada por el descuido y el pasar del tiempo, sin camisa, fumando Marlboro Gold, sus cigarros favoritos.

Encontré en aquellos cigarros un boleto de reentrada a su infeliz vida; me convertí en su proveedor de tabaco. Cuando iba a visitarlo, le llevaba cigarrillos y él me dejaba entrar a su chiquero; ese era nuestro trato. Yo lo hacía porque me preocupaba por él, él lo hacía porque no quería salir de casa.

De esas veces que fui a dejarle algunas cajetillas de cigarros, varias veces lo encontré desmayado; entonces me tocaba llamar a sus padres y entre los tres lo llevábamos al hospital.

El hospital se convirtió en su segunda casa, tanto así que los vecinos imprudentes lo empezaron a llamar Venoclisis. Inconsciente e era la única manera en la que mi amigo salía de casa.


En cierto modo, que lo llevaremos tan seguido al hospital fue lo que lo salvó de una muerte prematura. No quiero ni pensar en lo que hubiera sucedido si yo también me hubiera alejado por completo de él como lo hicieron sus otros amigos. Fue en el hospital dónde le diagnosticaron su trastorno de ansiedad y dónde se dio inicio al tratamiento que posteriormente le ayudaría a salir poco a poco de ese enfermizo círculo de problemas sicológicos. El siquiatra que trataba en aquel entonces a mi amigo, también sacó a relucir el problema que sirvió de detonador para generar tal siniestro estado en mi amigo: un trastorno llamado dismorfofobia.


Doy testimonio sobre los avances que ha tenido mi amigo. Ha superado muchos de sus problemas, pero a pesar de que le está contraindicado fumar debido a su desgaste pulmonar, él sigue con su vicio de los Gold. Sé que le está costando dejarlos, sé que está bajando la dosis de cajetillas a la semana; algo es algo, pero me preocupa porque la última vez que lo vi ya parecía un cadáver andante. No quiero ni pensar en las consecuencias que puedan surgir por su desobediencia.


Hoy fui a visitar a mi amigo. Sus padres fueron quiénes me llamaron para avisarme que otra vez mi amigo estaba hospitalizado, pero antes de colgar añadieron la frase “esta vez es más serio”. Por eso tomé un vuelo de inmediato.

Llegué en la tarde, me instalé en un hotel cercano al hospital y fui a saber de él en la noche.

Pensé que no me dejarían entrar a verlo a la sala de hospitalización, pero apenas llegué una enfermera me llevó a verlo. Sentí una mezcolanza de sentimientos, hacía cuatro meses no veía a mi amigo, no lo veía desde que me había mudado a otro estado por cuestiones de negocios, deseaba verlo.

—¡Aquí está tu amigo! —dijo la enfermera con ese tono amable que usan los medicos en los hospitales privados—. Todavía está dormido.

La luz de la sala era tenue. Me acerqué más a la cama para mirarle el rostro y tropecé con uno de esos aparatos médicos.

—¡Ay disculpe! —dijo la enfermera. La miré y ella caminó hasta una pared donde movió la perilla que controlaba la intensidad de las luces —. Lo había olvidado.

La sala se iluminó de manera gradual. Volví la mirada a mi amigo y sonreí al verlo conectado a ese suero intravenoso. Escuché a la enfermera desplazarse hasta colocarse justo a mi lado.

—¿Por qué no le han quitado la máscara? —me atreví a preguntarle.

—¿Qué máscara, señor? —respondió ella.

2 de Agosto de 2020 a las 04:13 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Manuel Esteban Saludos, amigos amantes de las letras. Mi formación académica va por el lado de las finanzas. Yo, voy por otro lado. Soy amante de los escritores clásicos. También me gustan las historias de terror y horror de autores como Poe y de Clive Barker. ¿Qué novela estoy leyendo? El ladrón entre el Centeno y Muerte en el Nilo. ¿Por qué escribo? Porque me gusta decir mentiras, porque me gusta que me las crean, solo por ese motivo escribo, y no para que me lean. La mejor crítica la da el tiempo.

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Manuel Esteban Manuel Esteban
Escrito hace 10 años.
August 02, 2020, 04:07
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