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hermaire Mairene Torres

Un hermoso Reloj que se niega a medir el tiempo es traído desde el viejo continente. Dicen las malas lenguas que el general Juan Vicente Gómez, en sus últimos días, lo maldijo para que se detuviera y dejara de descontarle el poco tiempo que le quedaba de vida, y que dicha maldición caería sobre todo aquel que intentara repararlo. Desde entonces varios relojeros han dejado su vida en el intento por hacer que sus agujas avancen para siempre, pero el artefacto se niega a marcar el tiempo y en su lugar, se lo cuenta a quien intente hacerlo funcionar. Crónidas Piaget, un relojero experto, amante de las reliquias y hombre de negocios suizo, llega a la población de Güigüe atraído por la historia del extraño reloj. Es escéptico, no cree en maldiciones y la sensatez lo lleva a fraguar la hipótesis de que el artefacto tiene en su interior una especie de sustancia tóxica que ha estado acabando con los relojeros que han intentado repararlo. Piaget se embarca en una investigación acerca de la historia del reloj y las muertes que supuestamente ha provocado y planea tomar las previsiones necesarias para realizar una nueva reparación, esta vez definitiva, del artefacto, así que solicita un permiso al ayuntamiento del pueblo, pero ¿logrará su cometido sin correr la misma suerte que sus antecesores? Basada en hechos reales


Suspenso/Misterio Todo público.

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La maldición del reloj

Transcurría en Venezuela el romántico, pero a la vez revolucionario siglo XIX. En ese entonces el país estaba lleno de terratenientes e incluso era regido por uno de ellos, Antonio José Ramón de la Trinidad y María Guzmán Blanco, mejor conocido por todos como el ilustre americano o simplemente Antonio Guzmán Blanco.

Era un hombre versátil como casi todos los de su época, fue un caudillo, militar, abogado y político, pero sobre todo amaba el campo y desde luego sus tierras a las que cuidaba con gran celo. Poseía varias haciendas cafetaleras: Copetón, Santa Efigenia, Altamira y las Palmas, todas ellas en la población de Güigüe, fundada en 1724.

Los antiguos españoles al escuchar por las noches el coro interminable de los sapos en la lejanía (uí - ué) interpretaron la onomatopeya como «Güigüe» que finalmente dio nombre a la población.

El general Blanco, cuidando del rendimiento y eficiencia de sus haciendas cafetaleras, mandó a construir un hermoso reloj que contabilizaría el tiempo de trabajo que invertían los jornaleros en recolectar el grano.

El hombre sonrió lleno de satisfacción y orgullo al verlo instalado en su pedestal, luego de tanto tiempo de espera...

Era una pieza bellísima, con cuatro caras, armado además con un barómetro, un termómetro y una ornamentada y llamativa veleta para indicar la dirección del viento (El general había pensado en todo) Estaba tan satisfecho tanto con el diseño como con la funcionabilidad del aparato. No dejaba de admirarlo siempre que tenía oportunidad, sus ojos se posaban sobre las manecillas que transcurrían en un movimiento constante y monótono, midiendo el tiempo y asimismo el rendimiento de los jornaleros que, sudorosos y exhaustos se apresuraban a llenar los sacos de café.

—Apúrense y no hablen tanto, que mientras más rápido terminen, mejor será la paga —aseguró el capataz, observando a lo lejos una de las caras del reloj.

Años después, otro general, Juan Vicente Gómez, llamado «El benemérito» por sus seguidores y apodado «El Bagre» por sus detractores se apoderaba del país, instaurando una férrea dictadura que duraría veintisiete años. El hombre también caería maravillado ante los encantos del hermoso reloj que, al ser una posesión adquirida por un presidente, pasaría por derecho a sus manos, aunque él mismo hubiese obtenido el mando del país al traicionar a su antecesor, Cipriano Castro, quién además era su amigo y compadre, a través de un golpe de estado.

Este hombre imponente, de hablar pausado y naturaleza desconfiada, quizá basándose en su propia traición, era igualmente un terrateniente, y a pesar de que el palacio de gobierno se encontraba en Caracas, capital del país, él prefería llevar a cabo sus funciones desde el estado Aragua, específicamente desde la ciudad de Maracay.

Un rico hacendado, de nombre Antonio Pimentel, le hace un cuantioso préstamo al general Gómez en 1906 que en ese entonces se encontraba herido de guerra. Se trataba de la escandalosa suma, para la época, de 400.000 pesos, dinero que el general le debía a su compadre y antecesor Cipriano Castro (antes de traicionarlo y hacerse con el poder del país) Gómez quiso darle garantías al hombre extendiéndole un recibo, pero Pimentel se negó, asegurándole que su amistad era más que suficiente para avalar el pago de la deuda.

El general Gómez quedó agradecido del gesto y en retribución lo hace padrino de su hijo Florencio Gómez Núñez y además lo nombra secretario de la presidencia y dos veces ministro de Hacienda durante su gobierno.

Pimentel poseía varias haciendas y una de ellas, «El Trompillo» la compartía con el general Gómez. Ésta se encontraba cerca de Güigüe.

Juan Vicente Gómez, ordenó trasladar el reloj a la hacienda que compartía con su compadre, con el mismo fin de medir el tiempo de recolección de sus jornaleros y además porque, por alguna razón que no podía explicarse ni siquiera a sí mismo, estaba fascinado con ese aparato tan hermoso y enigmático a la vez.

El benemérito le hizo instalar una placa que rezaba:

Hacienda «El Trompillo» General J.V Gómez.

Gómez, al igual que Guzmán Blanco, tampoco podía apartar la mirada del artefacto. A pesar de que no emitía sonido alguno, casi podía percibir el monótono tic tac de sus agujas moverse incansablemente, midiendo el tiempo...

Pero la salud del general Gómez se deterioraba. Tantas batallas, heridas de guerra, cavilaciones interminables, malos hábitos o tal vez simplemente el paso del tiempo, ese mismo que tanto le gustaba contemplar materializado en las agujas del reloj de «El Trompillo» derivó en enfermedades.

Sufría de la próstata y esto a su vez lo llevó a tener cáncer en el páncreas, y para colmo de males era diabético, pero ningún médico se atrevió a hacerle tal revelación al general que además era un hombre fuerte que se negaba a morir, no solo por orgullo, sino porque le aterraba la idea de que tras su muerte y veintisiete años de gobierno, le arrebataran todo lo que le pertenecía por derecho, incluso su amado reloj ¡No lo permitiría!

Algo en su interior le pedía a gritos ir hacia la hacienda, allí recibiría atención médica si la requería...

Su cabeza era un torbellino de cavilaciones, no se le salía de la memoria su compadre Cipriano a quién traicionó, robándole el mandato del país mientras éste iba recibir tratamiento médico para su enfermedad en Berlín.... Lo había hecho porque era su única oportunidad, Dios sabía que no lo había hecho por maldad. Él era un hombre nacido para el poder, para lo grande, por eso no admitía derrotas, por algo permanecía en la palestra luego de veintisiete años, con estoicismo, con hidalguía y con temple. Nunca había llorado, nunca había perdido y asimismo había resistido y repelido con éxito todas las intentonas golpistas que sus detractores fraguaron contra él, por eso sabía que se echarían como buitres sobre su familia, sus bienes y todo lo que había logrado con el paso del tiempo...

Tic tac seguía sintiendo en su mente el martilleo silencioso de las agujas del reloj que una vez más lo invitaban a acercarse.

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El general contemplaba el aparato a lo lejos desde su mecedora mientas fumaba una pipa, le dolía el cuerpo y el frío de noviembre le calaba los huesos, incluso a pesar de que tenía una gruesa manta de lana sobre el uniforme que no se quitaba por nada del mundo.

—¡Que vaina! —dijo con su acostumbrado hablar pausado y su característico acento andino, tras esbozar una mueca de dolor—. No han podido conmigo ni los golpistas ni sus balas pero usted...

Sus ojos no se apartaban del reloj, era el tiempo que le robaba la vida, que lo deterioraba, que le quitaba las fuerzas, que lo hacía vulnerable.

—¿Quiere entrar a la casa, general? —preguntó una de sus sirvientas, una mujer de mediana edad, compadecida al ver el rostro cansado del hombre que, ahora contemplaba casi con envidia a los jornaleros trasladar con suma vitalidad los sacos repletos de granos de café.

—Deje quieto a quien está quieto, mujer. ¡Vaya más bien a montáme un guarapo! —respondió el hombre después de exhalar una bocanada de humo.

—Pero general —refutó la mujer señalando la pipa mientras negaba con la cabeza—. ¿No sé da cuenta de que ese humo lo va a matá?

—¡Hmmmju! Ni que estuviera envenenao —exclamó con fastidio el hombre ajustándose la manta sobre los hombros.

—Si no lo mata esa condenada pipa lo hará este frío. Váyase para adentro, general, hágame caso —insistió la mujer con un tono amable.

—¿Y desde cuando yo le hago caso a falda? —respondió el benemérito encogiéndose de hombros—. Vaya a hacéme el guarapo más bien, si no quiere que me joda este frío ¡Carajo!

La mujer se alejó resignada, arrastrando los pies, el general en cambio se levantó de la mecedora con un poco de dificultad, y se dirigió con pasos vacilantes y pausados hacia el pedestal del reloj que se erigía en la lejanía como un obelisco dedicado a Cronos, el dios del tiempo, imponente, precioso y enigmático.

Mientras se acercaba, el general no dejaba de percibir aquel martilleo constante en su memoria... Tic tac, era una letanía constante y cruel que le recordaba que le quedaba poco tiempo, y que era precisamente eso, el tiempo que lograría lo que nadie antes pudo, acabar con él y con sus posesiones. No quería perder el poder, no quería apartarse de sus haciendas, ni de sus cosas y... ¡Por Dios! De nuevo ese martilleo que solo percibía en su cabeza... Si tan solo se detuviera, si dejara de contar el tiempo, tal vez podría vivir para siempre.

El reloj estaba allí, frente a él, el hombre elevó la mirada y se encontró con la inscripción que él mismo mandó a colar en la placa.

Hacienda «El Trompillo» General J.V Gómez.

—¡Ya está bueno! —exclamó con vehemencia, como si sus palabras cargadas de amargura y soberbia fuesen suficientes para hacer que el artefacto se detuviera.

Sus ojos seguían fijos en las manecillas, siguiendo su curso, sin dejar de escuchar —tan solo en su mente— la onomatopeya fúnebre que le recordaba su propia decadencia, lo hacía al tiempo que se llevaba la pipa a la boca para inhalar otra bocanada de humo.

—¡Carajo! No va a ser usted el único que no me obedezca —dijo señalándolo de forma amenazadora con el índice derecho, como si se estuviera enfrentando a otro más de sus enemigos o prisioneros—. Esa cuerda se le va a acabar. No va a marcar más el tiempo ¡Por Dios y Santa María que no! Y cualquiera que se le acerque con intenciones de echarlo a andar, va a pagar las consecuencias. Usted solo va a medir el tiempo que les quede por insolentes.

De pronto, un viento helado le arrancó la manta de los hombros. El general se estremeció tanto por el frío como por el efecto de sus palabras. De pronto dejó de escuchar el martilleo constante de las manecillas, aunque al elevar la mirada, las vio moverse sin piedad.

El hombre chascó la lengua en señal de fastidio y le dedicó un gesto de desprecio con la mano al artefacto, posteriormente giró sobre sus pies para regresar a su mecedora, pero las pocas fuerzas que le quedaban le fallaron, y no pudo evitar caer de bruces sobre el piso empedrado.

—¡Coño, el general! —exclamó uno de los jornaleros señalando al hombre tirado en el suelo.

—¡Ave María Purísima! —dijo santiguándose la amable doméstica que venía a traerle el guarapo de café encargado.

Rápidamente el hombre fue socorrido por varios obreros, levantándolo del suelo.

—Está vivo, misia Prudencia —confirmó uno de ellos con alivio.

—Lle...llévenme a Maracay —musitó el coronel con debilidad, dejando caer la pipa.

—Sí, General, pero por ahora lo vamos a llevá a su cuarto —respondió la mujer mirándolo con conmiseración—. Voy a llamá a su médico, pero voy a pedile a una de las muchachas que me haga el favor porque yo todavía no sé dominá ese aparato.

—Déjese de vaina, mujer... manden a buscá a los muchachos pa' que me lleven a... Maracay ¡Carajo!

Una vez instalado en su habitación el general, la mujer, con ayuda de una de las mucamas de la hacienda, telefoneó al médico de cabecera del benemérito y posteriormente a su comitiva. Al estar cerca el doctor, llegó pronto en su auxilio, encontrándolo bastante débil en su examen físico.

—No hay nada más que yo pueda hacer por él —susurró mientras negaba con la cabeza y cerraba la puerta de la habitación detrás de él—. Hagan lo que dice, llévenlo a Maracay y manden a llamar a toda su familia, el general no durará mucho y será mejor complacerlo.

—Pero ¿no cree usted que eso pueda sé peligroso, doctor? —preguntó el ama de llaves con preocupación—. Si está tan malito el general...

El galeno esbozó una débil sonrisa llena de indulgencia mientras le tomaba con cariño uno de los hombros a la mujer.

—Que se vaya en automóvil para que llegue más rápido. Hay que darle gusto. No se preocupe que ese no se va a morir entretanto no llegue a su amada Maracay.

El general no solo llegó con vida a su amada ciudad, a su quinta «Las Delicias» sino que además recuperó un poco de vitalidad y fuerza pero solo por unos cuantos días en los que continuó emitiendo decretos y dando órdenes por doquier, negándose al designio de la naturaleza, pero luego la enfermedad lo obligó a caer en cama nuevamente y así permaneció por un mes hasta el 17 de diciembre de 1935 cuando murió a la edad de 78 años. La fecha de su muerte causó conmoción ya que coincidió con la del libertador y asimismo su fecha de nacimiento (24 de julio pero de 1857)

Su médico de cabecera estuvo junto a él en ese momento y fue quién firmó el acta de defunción. La causa del deceso fue un síncope, según el galeno y la hora las 11:45 de la noche, la misma que el reloj misterioso marcaba allá en «El Trompillo» por última vez ya que sin explicación razonable, dejó de funcionar hasta que un buen día, pocos años después, un desafortunado relojero lo echara andar de nuevo.

2 de Agosto de 2020 a las 01:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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