dissentproducer Oscar M. Jordan

Esta es una historia de ficción que parte de un hecho histórico real, John dentro del edificio Dakota en Nueva York vive eventos desafortunados y muchos de ellos son con fantasmas, visiones, pesadillas. Encontrarse a sí mismo y hacer las paces con el mundo que lo rodea será una tarea compleja.


Horror Historias de fantasmas Todo público.

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NÚMERO 9

I

Dentro de la habitación con el número 72, se escuchaba un bucle casi desesperante que a Ono le tomó por sorpresa una vez puso el primer pie en ella. «Número nueve, número nueve, número nueve», salía de las bocinas principales del reproductor de música; su marido reposaba sentado frente al aparato con el cabello hecho una rebeldía digna de su historia en los años sesenta, en donde la droga y el Rock and Roll eran los protagonistas de todas y cada una de las anécdotas de aquel hombre habidas y por haber. El balbuceo de un bebé dentro de la canción interrumpió el bucle de la voz que rezaba sin parar el número nueve y devolvió a Ono dentro del estudio de grabación; recordar lo que aquellas noches de apasionante desbordamiento artístico y experimental dejaban plasmarse en cada segundo de ese álbum erizaron su piel al tiempo en que ella acariciaba y agitaba su cabello largo con un tanto de nostalgia y coraje.

—¿De nuevo? —preguntó ella, sustituyendo el saludo, sosteniendo una bolsa de papel llena de únicamente comida oriental.

—No puedo evitar recordar esa noche, ¿sabes? —contestó él, separando los ojos por sólo un segundo para postrarlos en el cuerpo de su esposa a la distancia cerrando la puerta detrás de sí—, llovía como si el cielo fuese a caer encima de todos nosotros, realmente hice lo que quise con esta canción.

—Paul no dejaba de mirarme como una intrusa sin lugar.

—¿De verdad? —respondió él, con sarcasmo.

—¿Estás listo para la cena?

—Dame diez minutos y estaré listo, mi amor.

John prestó atención al resto de la pista. Detrás de él yacía un piano blanco que en momentos de inspiración era su fiel amigo a la hora de componer nuevas canciones o simple y sencillamente desahogar lo que fuera que sus emociones le dictaran sentado sobre el banquillo del mismo color.

Los sonidos de reversa dentro de la pista provocaron en John casi exactamente la misma sensación que sufrió su esposa, la diferencia radicaba en el lugar en una enorme discusión que sostuvo con Paul dentro del estudio, la ira estaba a punto de carcomer la prudencia del joven John hasta imaginarse ponerle el par de manos a su compañero hasta asfixiarlo sin piedad alguna. El escalofrío lo obligó a enderezar su espalda y, entonces, supo que tuvo suficiente. Apagó el reproductor de música y, envuelto en una bata de color blanco, caminó al comedor en donde Ono calentaba una olla con la suficiente agua para la sopa y el pequeño Sean de cinco años de edad se encontraba sentado en una de las sillas del comedor donde era necesario poner un cojín para que sus pequeñas manos y su pequeño cuerpo lograran acomodarse frente a la mesa sin apuros.

—No la entiendo —pronunció Sean, poniendo el cojín en su lugar una vez más para acomodarse.

—¿Qué no entiendes, pequeño? —preguntó John.

—Lo que escuchabas.

—Y espera a que escuches el Deleite lunar del Monje Berry —contestó John, mofándose de una canción que en la radio escuchó.

Ono no pudo evitar sonreír frente a la estufa, hundiéndose de hombros mientras John ejecutaba un solo de batería, golpeando la mesa de madera con ambas manos, jugueteando con su pequeño, obligándolo a ver la manera en que meneaba las manos y los pies sonriendo. Sean miró a su padre levantarse un momento y sujetar su propia silla como si de un jabalí se tratara, esforzándose por no dejarlo escapar.

—Esa canción sí es rara, ¿no es así, cariño?

—Deja de burlarte, John —regañó Ono entre risas escondidas, dándole la espalda al par de varones.

La cena se sirvió y el silencio envolvió a la familia que, durante cinco años, se mantuvo más unida que nunca. La suma de esos detalles propiciaba distintos episodios de nervios y de pánico en John durante muchas noches en las que el insomnio lo tocaba para no dejarlo en paz durante horas, el llanto y los recuerdos de su primer hijo eran suficientes para hacerlo colapsar. Durante años, él trabajó en sus emociones en una labor que, por mucho tiempo, creyó imposible. «Te odio, jamás estuviste conmigo cuando te necesité, crecí sin ti, como tú lo hiciste sin tu padre, te odio, viejo», imaginaba casi todas las noches decir a la figura de Julian, su primer hijo. «No tienes idea por lo que tuve que pasar», le respondía John a la nada sobre su cama siendo testigo de los movimientos que la oscuridad adjudicaba dentro de su propio hogar.

Sin admitirlo, John buscaba la manera de prolongar la cena más de lo necesario sin obtener buenos resultados. Ono desbaba recostarse de una vez por todas después de haber tenido meses de intenso trabajo dentro del estudio de grabación, las noticias se inclinaban a ser extraordinariamente buenas, pero incluso a así sólo le inspiraban unas ganas enormes de descansar ocho horas seguidas; de cualquier manera, al día siguiente el trabajo volvería a ser una realidad. Los aires de Central Park no descansarían y orillarse hacia el final de la fila únicamente atraería problemas.

—¿Vamos a la cama? —preguntó Ono, recargando su hombro sobre el costado del umbral que abría paso al comedor después de haber despedido al pequeño Sean dentro de su propia habitación.

—Vamos —respondió él con desilusión en el rostro y en sus propios movimientos.

Apagar la luz y quedarse totalmente a oscuras y en silencio le significaba el comienzo de una nueva batalla personal que odiaba ejecutar todas las noches, el tiempo funcionó de tal forma que durante los días no ocurría lo mismo —o, por lo menos, no con tanta intensidad— la vida que había tenido en medio de tantos éxitos y tantos escándalos le oprimió el alma más de lo que había podido imaginar y el remordimiento no le permitía ningún descanso. «Supongo que ese es el precio que tengo que pagar, ¿no es así?, la deuda pendiente después de haber vendido mi alma». Vender su alma era una frase que toda su vida se repitió y que sólo un par de veces pronunció en voz alta, vender su alma no significaba más que haber puesto a merced su cuerpo y sus convicciones en manos de una multitud que sabía cómo se llamaba, qué hacía, cómo lo hacía y bajo qué circunstancias, su privacidad disminuyó muy por debajo de lo que él creyó ser el promedio y volverlo a pensar le regresaba a aquellas viejas palabras de las que él mismo se burló estando junto a sus tres compañeros en el estudio de grabación e incluso durante la fotografía en el camino de cebra con él al frente del sendero blanquecino.

—¿Crees que lo estoy haciendo bien? —preguntó susurrando, asustado, pues el ambiente de sus pesadillas vívidas estaba comenzando a abrazarlo, adentrándolo en sus velos color blanco, fríos y tristes—, es decir, quiero hacerlo bien, deseo hacerlo bien, es hora de que lo haga bien.

Ono lo conocía más que cualquier otra persona en el mundo, John confío en ella sus más oscuros y profundos secretos, sabía a lo que él se refería. Nunca, a lo largo de su relación, sintió una bofetada siquiera en manos de él, pero la anterior pareja de él no corrió con la misma suerte. La incapacidad de John para expresar sus emociones lo encaminó a tomar malas decisiones, decisiones humanas, pero erróneas al final del día.

—Me has permitido acompañarte en esto, cariño, definitivamente lo estás haciendo muy bien, estoy orgullosa de ti, de lo que has logrado, de lo que has decidido.

—Me he equivocado mucho. Después de todo, no somos como Dios.

—Eso no tengo que concluirlo yo, corazón. El protagonista de tus batallas eres tú, yo sólo estoy aquí para acompañarte y ayudarte en cuantas puertas abiertas quieras concederme. Sean es un niño que tan pequeño ha aprendido de ti, además de que se parece mucho a ti físicamente, será un niño muy guapo —contestó Ono, con un poco de humor camino a la habitación oscura—. ¿Quieres que encienda la luz?

—No, no. Déjalas apagadas, necesitamos descansar en paz. Bueno, tú, has tenido un día largo.

Con un beso en la mejilla, Ono se despidió de John, adoptando su propio lado en la cama matrimonial envuelta en sábanas blancas que no les hacían sentir otra cosa más que calor, un calor acogedor que, por las condiciones, ella era la única capaz de disfrutar totalmente.

Las horas transcurrieron y el cielo de la noche se adornó de distintas estrellas esparcidas por doquier, algunas eran ocultas gracias a las nubes, pero había otras que parpadeaban tanto como los destellos en los discos de vinilo a los que él estaba acostumbrado a mirar. La imaginación comenzaba a traicionarlo de nuevo y las pesadillas volvían a ser una realidad: «número nueve, número nueve», escuchó dentro de su cabeza junto al balbuceo del bebé, la mezcla de distintos sonidos le interrumpieron el sueño e, hiperventilando, tocó su pecho en un fallido intento por calmar el ritmo de su corazón. «Te odio, viejo», imaginó decir a Julian, siendo un niño pequeño, deformando el cuerpo grotescamente hasta conseguir la figura adulta que ya tenía en el presente.

—Cierra la boca, Julian, por favor, cierra la boca.

«¿Por qué viejo?, ¿por qué?, ¿te has preguntado cuantas veces mi madre te pidió que pararas?».

—Lo siento, lo siento tanto.

John decía realmente la verdad, su arrepentimiento no podía ser más grande y redimirse en el presente lo llamó a tomarse un año sabático que se extendió por cinco para ser el padre que el pequeño Sean merecía, sin dar paso, bajo ninguna circunstancia, a errores del pasado. Aun con todo ello, su conciencia era tenaz, aferrada a la fama de la que gozó y padeció en los años sesenta y setenta; la costumbre no deseaba ser arrancada de su piel, había adoptado un lugar en él hasta conseguir fusionarse haciendo uno con John y sus voluntades. «¿John?, ven acá», escuchó, esta vez de la voz de Cynthia —su primera esposa, con quien se había casado sin realmente querer hacerlo—; «¿quieres terminar con todo esto?».

—Sí, por lo que más quieras, dime cómo —contestó él, susurrando, sudando como todas las noches de una manera en la que él se sentía incomodo de empapar las sábanas de la cama.

La voz del hombre repitiendo el número nueve era el fondo de su tormento, entre más se convencía de levantarse de la cama, más cerca lograba percibirlo. Con cuidado de no despertar a su esposa, él por fin se levantó de la cama, percatándose del charco de sudor que se le adhirió a ésta después del rato que estuvo soñando despierto, alterándose en el acto.

«Ven conmigo».

Intentar adivinar con éxito de dónde salía aquella voz que se escapaba de su imaginación. Era casi imposible, se escuchaba por todos lados, por todos los rincones; el ataque de pánico cobraba más fuerza y la hiperventilación lo orilló a acelerar el paso hacia la estancia en donde yacía el piano blanco. Allí distinguió entre la oscuridad una figura cubierta por un velo delgado color blanco, la mujer detrás de éste estaba completamente desnuda, sus pechos relucían con un par de gotas claras en su centro a la vista y John tuvo que cerrar con enorme fuerza sus ojos.

—¿Cómo demonios entraste aquí? —preguntó él con trabajos, procurando por todo lo que él amaba no desmayarse y, mucho menos, hacer tanto ruido que comprometiera el descanso de Ono y su hijo.

La mujer pretendía tocar el piano, pero no podía, sus dedos traspasaban las teclas, frustrándola tanto que se le podía mirar llorar con desesperación.

«Número nueve, número nueve», escuchó John detrás de él, siendo la gota que colmara el vaso para su colapso. De un tirón se sostuvo del primer muro a su derecha y, tomando impulso, corrió hacia la ventana; la mujer, que hasta ese momento se hallaba sentada en el piano, le interrumpió el acto, levantándose, demostrando su extraordinaria altura, el cabello volaba por el espacio guiado por su propio viento.

«Cuatro…»

Sin comprenderlo, John, a punto de caer, sostuvo su piano para evitar que su torso cediera a la gravedad. Confundido, no escuchaba nada más que la voz del hombre repitiendo nueve y a la mujer casi gritándole con el llanto en el rostro un nuevo número; cuatro. Con el primero tenía una relación profunda y conocía la voz que se lo pronunciaba, él mismo recortó la grabación y la mezcló en la versión de Revolution 9, pero el que le sollozaba la mujer del vestido blanco no tenía ningún sentido para él. El miedo le pasmó las manos sobre la estructura del piano, haberse orinado encima habría sido comprensible, pero se negó rotundamente a hacerlo, había sido la primera vez en toda su vida que experimentaba un episodio así.

—¿Qué dices? —preguntó John, siendo incapaz de dominar el terror en su sangre.

El rostro de la mujer se deformó grotescamente hasta lucir como un cuerpo disuelto en ácido y, frunciendo el ceño, gritó una vez más.

«¡Serán cuatro!».

La desfigurada apariencia de la mujer que hacía segundos atrás lucía bella perturbó a John, haciéndolo por fin ceder su conciencia al gigante monstruo quemado frente a él. El miedo había ganado la batalla y el hombre dejó caer su cuerpo al piso, al lado de una de las patas blancas de su instrumento.

El cuerpo pasó la noche allí, ni el frío del ambiente, ni el frío del piso lo hicieron moverse siquiera. La luz de un nuevo día entraba por la ventana de la habitación número 72 y Ono fue la primera en despertar. La ausencia de su pareja la orilló a levantarse de su lugar con prisa, en el resto de la habitación no había nadie más que ella, en la del pequeño Sean nadie más y en el comedor ningún plato yacía sobre la mesa. En la sala de estar fue donde encontró el cuerpo de John tendido en el piso frente al aparato que reproducía una y otra vez Revolution 9.

—¡Cariño, mi amor! —exclamó ella, antes de tocar la cabeza de su amado para cerciorarse de que no había ninguna herida en él.

La manera en la que ella agitaba el cuerpo de él hizo que éste se despertase, citando los dos números que de noche le perturbaron como jamás nunca creyó.

—Número nueve, van a ser cuatro… número nueve, número nueve.

2 de Agosto de 2020 a las 01:14 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
Me gustó el relato, está muy bien escrito. No soy un gran conocedor de la vida personal de Lennon (sí soy admirador de su música) pero me pareció un tanto extraña esa relación tan armoniosa que narras con Yoko. Me hubiese imaginado siempre un poco más destructiva la relación...
August 08, 2020, 14:00

  • Oscar M. Jordan Oscar M. Jordan
    ¡Muchas gracias por tu comentario, Sebastian! Espero está historia te guste. He subido el segundo capítulo. 3 weeks ago
~

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