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u15960821651596082165 Julian García

Sobre la rue Belleville se ha originado un misterio que se creyó olvidado. Años después, ese misterio ha ganado fuerza, cobrando con la vida de inocentes y poniendo a prueba la vulnerabilidad de quienes se ven expuestos. La desgracia desembocada arriba hasta límites inimaginables cuando Natalie Bellerose llega a habitar el vecindario sobre aquella calle, arrastrando un oculto y abrumante pasado. Nadie pensaría que la fatalidad de ese misterio, sería sobrellevada por una mente de imborrables recuerdos. Código de registro Safe Creative: 2007114719932


Crimen Sólo para mayores de 18.
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Prólogo

Bajo un cielo que inspira sosiego, a la par del viento que desea convertirse en algún vendaval, ellas avanzan. Este deseo del viento de tomar fortaleza, se igualaría a los mismos deseos de ellas de encontrar la plenitud que su provincia les habría de prometer.

El nublado cielo no podría quedarse atrás en esta contienda del destino, y pronto tendría que formularse deseos. Si los rayos del sol, de aquel cenit pronto a desaparecer, se filtraban, lograrían su simple cometido: iluminar y hacer relucir las calles del vecindario por el que ellas andaban. Pero el nublado cielo no iba a permitir lo que el astro rey deseaba; tendría que hacer uso de los abrumantes cúmulos de grisáceas nubes para detenerlo. Y así lo hizo, y ya inundaba de un vago sentimiento de incertidumbre, a la provincia de Roanne.

Natalie y Addison habían de recordar, y asegurar lo que siempre les caracterizaba, y con lo que siempre serían recordadas por quienes tuvieron el privilegio de conocerles; se trataba de la fuerza de su cariño, aquel consolidado en el transcurso de tres estaciones del clima, partiendo de aquel que les fascinaba y por el que esa tarde eran cobijadas. El otoño les era reconfortante.

Y era el otoño el responsable de teñir los fríos edificios, de una calidez inigualable, logrando también, resaltar los vivos colores de las vestimentas de aquellas mujeres, a las que casi 25 años les habían pasado encima.

Era el naranja del abrigo afelpado de Natalie que combinaba con el azulado del de Addison. Hacia el suelo, ambos colores culminaban sobre las rodillas, para dar lugar a las oscuras mallas que se perdían con el mismo color de sus parecidos botines; hacia arriba, terminaban a pocos centímetros de acariciar sus mentones; mentones claros, jóvenes, y suaves como la brisa que les impactaba delicadamente; y que no lograba alborotar las puntas de sus cabellos sueltos, de los que gran parte, eran cubiertos por un gran moño del mismo color de sus respectivos abrigos.

Ambas se encaminaban hacia lo que significaba la cumbre de su basta calma, una calma que tal vez solo prevalece superficial. El fondo entonces, adquiere mayor significado como su ritmo de andanza; el cual, indiscreto, habla mucho de lo que ellas lograron construir. La necesidad de protección hacia Addison, predominaba en Natalie, resaltándole una figura maternal de la que la primera difícilmente daba cuenta.

También Addison le veía, simplemente, como el remplazo de las personas que en algún momento tuvo la desdicha de perder, y de poco a poco olvidar. A medida que caminaban dejando el recuerdo de su aroma en el viento, y el peculiar sonido del golpeteo de sus calzados en la calle y la acera, (secciones sobre las que, divertidas, intercambiaban presencias cada cuadra atravesada; así, Natalie elevaba su altura sobre Addison cuando anduviera en la acera, y luego llegaba el turno de la última para subir, y de la primera para bajar), y a medida que con la mirada consumían los tonos de las paredes de los edificios a lo largo de la calle Loira, y sus respectivos balcones de forja que dejaban ver los adornos del marco de las puertas, se aproximaban hacia Belleville: el vecindario cuya calma comenzaría a decaer, y el motivo alguien lo conocía a la perfección. Era en ese vecindario donde una magnífica sorpresa aguardaba.

—Grace ya solucionó su inconveniente, y no irá al hospital esta vez… será parte de esta sorpresa— dijo Natalie caminando por debajo de la acera, a la izquierda de su estimada, mientras introducía su mano en el bolsillo de su abrigo para extraer su pequeño reloj, y demostrar la brillante y plateada leontina de este.

Addison borró de su rostro la sonrisa que ya le había provocado la plácida caminata, y antes de responder a aquel anuncio, le arribó cierto desagrado.

— ¿Por qué tiene que serlo? Debe tratarse entonces de algo muy especial.

—Es grato saber que ella es alguien en quien se puede confiar. Su ayuda siempre ha sido inigualable y hoy también lo será — respondió, de igual manera sonriéndole. Volviendo el reloj a su bolsillo, elevó un tanto su mirada, divisando en la lejanía la calle que les daría entrada al mencionado vecindario. Sin embargo, pronto advertiría un gesto de extrañeza por parte de Addison, a quien le resultaría difícil creer aquellas palabras aduladoras de una cualidad de Grace.

— ¿Tienes motivos para decirlo?

Natalie se detuvo, y pronto lo hizo Addison. La primera la tomó de las manos, y la miró a los ojos, como la madre que mira a su hija ante una inquietud.

—Los tengo. Hoy es un día especial en tu vida, y esa amable mujer debe estar ahí.

Esas palabras conmovieron la tranquilidad de Addison.

— ¿Por qué alguien como ella debería estar ahí? — inquirió nerviosa. Una profunda angustia era transmitida a través de sus verduzcos y dilatados ojos, pues no resistiría estar cerca de aquella mujer; a quien veía como la inspiración de cualquier acto de maldad, en quien menos pensaría para encontrar la calma de la que se sentía afortunada de haber encontrado recientemente.

Ver el desasosiego en la mirada de Addison, motivó a Natalie a valerse de un trato ameno de ternura y lidiar contra ello; sin embargo, esto representaba una inesperada contradicción: Grace se había hecho de una faceta que no merecía reconocimiento acerca de su confianza y ayuda inigualable, misteriosamente, fue vista como un gran obstáculo en la vida de las agraciadas amigas que ya pronto llegaban a su destino.

Natalie observó aquellos ojos que le recordaban la primavera a través del balcón de su ventana; verdes, apacibles y llenos de inocencia.

—Solo lleguemos a Belleville— respondió suavemente—. Ahí comprenderás.

Addison simplemente asintió, y ambas reanudaron el camino. No faltaría mucho tiempo para que enfrentaran situaciones de gran conmoción.

Un breve y tenue murmullo comenzaba a percibirse, el cual no tenía la intensidad suficiente aún, para vencer el sonido del follaje de los árboles.

La calma de esa tarde no tendría que meter en dificultades a Natalie. Ella era la única que conocía todo lo que estuviese a punto de presenciar su compañera. No habría cabida a un simple fallo en su sorpresa que pudiera tener consecuencias tal vez fatales. Su conciencia así se lo hacía ver y creer. No obstante, no fue capaz de velar por todo lo que acarreó y dejó pendiente; y que luego de notar en la esquina de la rue Belleville un acordonamiento de un rojo intenso como el tono de sus labios teñidos, comenzó a adentrarse en un ambiente de extrañezas, y en una atmósfera de posible temor por la idea de que su objetivo no estaba marchando correctamente.

—Parece que la policía estuvo aquí— comentó Natalie azorada, una vez que junto a su amiga del alma, llegaban justo frente al cordón estremecido por un repentino fresco; y se encontraban a poco menos de dos metros de doblar la esquina y adentrarse al vecindario.

Así como ellas se aproximaban, los murmullos de los vecinos no tardaron en crecentar su intensidad. Sobresalían exclamos que referían a una desgracia ocurrida, y es que eso justificaba el acordonamiento en ese extremo, y posiblemente en el otro. No podían faltar comentarios casi al unísono, acerca del peligro que pudiera correrse de continuar habitando el lugar.

Las amigas del alma, no tardaron mucho en unirse a la expectación. El sosiego de sus pasos no se comparaba con la incertidumbre que rápidamente habían acumulado, y que se convertiría en una repentina exasperación. Acaecía que durante sus ansias de llegar al edificio, en la habitación 4 del segundo piso; y una vez que giraban en la esquina, se enfrentaron a una tétrica y fatal imagen.

—No es posible— susurró Natalie, al tiempo que se detenía junto a Addison, y dirigía su mirada hacia las hileras de balcones de los inmuebles, a cada lado de la calle. En un par de estos, yacía el verdadero centro de atención.

En esos momentos, Natalie se aseguró de que su sorpresa había fallado en lo absoluto, y consigo, resentiría la cercanía de una consecuencia que pudo dejarle el hecho de ser descubierta por alguien que evidentemente le saboteó.

La perturbada e inconsciente mentalidad de Natalie, a costa del profundo cariño incondicional que le tiene a Addison, le hizo buscar la manera de que nadie le representara un obstáculo que le quitara la paz a esta última.

Natalie no dudó en centrar todas sus aterradoras intenciones en alguien que se lo había ganado. No dudó en darle una muestra a Addison del daño ocasionado a Grace, la enfermera que en un abrir y cerrar de ojos, cambió haciéndose también de un lamentable objetivo.

Siempre hay cambios; unos cuantos son para mal, y Grace, a vista de quienes dieron cuenta de sus intentos de perversión, viviría tal vez con esa idea hasta el último minuto de su vida.

Atada del cuello, con una gruesa y vieja correa, a un par de barrotes de la oxidada forja del balcón del dormitorio de Natalie, yacía el cuerpo inerte de Grace. Desde la distancia donde observaban las amigas, les era posible percibir los pequeños e innumerables ríos de sangre que escurrían desde partes inciertas de sus piernas, pecho y rostro; en este último, de las cuencas de sus ausentes ojos parecía provenir la mayor cantidad del líquido; y posiblemente, estas corrientes desembocaban en el frío del concreto de la calle. El azulado vestido de esta mujer, tendió a teñirse de púrpura a causa de las múltiples y letales heridas en su piel, de las que el paso feroz carmesí, no se resistía a detenerse.

Frente al fiambre de Grace, en el balcón del edificio al otro lado de la calle, coincidía la presencia en las mismas condiciones de un cuerpo más. Este pertenecía a un hombre del que Natalie supo aprovechar una facultad que ella misma echó a andar. Verle sin vida pendiendo de la forja, fue el único motivo que le impactó.

La mayor parte de los moradores de aquellos edificios, permanecían en el marco de sus puertas, de más, curiosos ante tal deprimente escenario. Unos cuantos padres de familia parecían contener detrás de las puertas a sus hijos atraídos por el suceso. No había lugar a lamentos por quienes fueron asesinados, ya que nunca habían sido vistos por esos alrededores.

—Grace — susurró también, Addison; y de pronto una pequeña sonrisa se le iría formando en el rostro, reluciendo el rojo de sus labios, del mismo labial de su compañera.

Esa sonrisa no tardaría en acentuarse, hasta el límite de no ser notoria; sin embargo, lo sería para Natalie, quien avizoró hacia ella y dio cuenta de la fortuita felicidad producida al ver a alguien a quien le guardaba rencor pender de una soga sin tocar el suelo, conservando una distancia con este en donde el viento era capaz de sobrellevar la zozobra de los presentes.

Pero Natalie no permitiría que Addison continuara apreciando una sorpresa que hubiera querido mostrarle solo a ella en un rincón de su habitación, y no frente al vecindario que provocaría la atracción de equipo de investigación, paramédicos y policías. A estos últimos no podría atribuírsele el hecho del acordonamiento, ya que no se encontraban presentes; por lo tanto, alguien que estuvo involucrado no dudó en hacerlo.

—No sigas mirando — le imperó Natalie, conservando cierto tono de ternura, y colocándose frente a ella para abarcar casi todo su campo de visión—. No es bueno que lo sigas haciendo.

— ¿Comprendes que verla a ella muerta, es lo mejor para mí? — respondió aún sonriente.

— ¿Qué dices? Recuerda lo que hemos platicado, todo lo que has soñado. Tu mente es diferente a la realidad.

—Ahora debes saber lo que no me atreví a decirte— agregó decidida a despojarse de secretos.

—No será ahora, debemos irnos. Lo que quería que hicieras ya ocurrió. — dijo azorada, dejándola extrañada, y motivándola a inquirir hasta obtener alguna respuesta concreta.

— ¿Fuiste tú? — preguntó asombrada, derruyendo completamente su sonrisa que ya había logrado prolongar al punto que ella deseaba. A la vez, intuía en la difícil asimilación que le provocaría saber que Natalie fue la verdadera responsable. No estaría dispuesta a creerlo.

La mirada penetrante de Addison, logró sin dificultad intimidar a su compañía, quien comenzaba a comprender las implicaciones de confesar.

—No… no pude haber sido yo…— respondió levemente nerviosa, sin descuidar su actitud de inocencia ante la tragedia vista­—. No ha pasado tanto tiempo desde que hablé con ella.

—Querías que viera eso, que la viera muerta. ¿Cómo supiste que…?

—No era mi intención precisarlo — respondió alarmada—. Supe lo que ella quería para ti, y no iba a permitirlo. Citarla en este lugar pudo haber sido la oportunidad de que tú misma hicieras lo que más deseabas, pero alguien se adelantó.

—No resistiría verla… realmente no hubiera hecho nada.

—Créeme que lo hubieras hecho — intervino de inmediato—. Pero esto no funcionó… — Se vio interrumpida al percibir el sonido en la lejanía de las sirenas policiacas. Súbita la tomó de la mano, entrecruzando sus dedos para apretarla—. Es mejor salir de aquí, estaremos en problemas si descubren que… tenemos algo que ver con esto.

—Pero no es así, ¿cierto?— replicó angustiada.

—Seremos las únicas a quienes interrogarán por conocer a Grace, estoy segura. Y al otro hombre…

Al referirse a él, Natalie le observó, y consigo de igual manera lo hizo Addison. Dejarse llevar por el pronto prominente nerviosismo, le provocaría a la primera, descuidar la idea de nunca contarle lo que ese sujeto aportó a lo ocurrido, por lo que optó por evadirlo y verle como un completo desconocido.

—… No tengo idea de quién sea. — continuó, al tiempo que se proponía a reanudar el avance sin soltar a su compañía, y buscar, una tranquilidad lejana; un sosiego que desearían alcanzar hasta el punto de casi correr, y entonces la gente aún en la entrada de los edificios les verían como presas del miedo y del pánico vivaz que se encargaría de disfrazar una inocencia derruida.

La distancia que consumían inquietas a media calle, les haría pasar en medio de las víctimas mortales y continuar con su camino sin destino, o al menos eso creía Addison, quien simplemente se dejaría llevar por quien no pensaba en soltarla y tendría que encontrar una solución a lo que se le fue de las manos. Pero Natalie tampoco tenía un destino.

Encontrándose a punto de atravesar la perturbadora distancia entre ambos fiambres, la que separaba al ensangrentado hombre del suelo, buscó reducirla. La soga que le rodeaba el cuello para contenerle, halló un escondite entre el profundo corte en su piel que ante el peso, llegó hasta su vértebra; no faltaría poco para que la cualidad de la soga se viera inútil, pues el resto del cuerpo se desprendería de la cabeza a causa de aquel previo acto de degollamiento.

El cuerpo cayó cual extraño bulto lanzado al suelo por alguien que le desprecia, y no tuvo piedad con la álgida acera, a la que pronto llegó la cabeza, que luego del impacto, se vio obligada a quedar observando el pase de las mujeres que no dudaron también en verle.

—Podríamos regresar en unas horas… — sugirió Addison, convenciéndose rápidamente de la eficiencia de esa idea—… cuando se hayan ido los policías. No tenemos nada que ver con esa desgracia.

Pero Natalie se negaría a aceptar. Ese lugar no tendría que volver a atestiguar sus presencias. Temer a las consecuencias de su responsabilidad fortalecía su decisión; y su deseo de continuar con la siguiente parte de su saboteada sorpresa, no les dejaría tiempo a los investigadores de cuestionarla. Sin embargo, tenía la única opción de hacerse la inocente, pero algo de por medio, hasta ahora misterioso, le motivaría a delatarse, o si no era ella, simplemente las circunstancias constituyentes del trasfondo lo harían.

Detrás de Natalie y Addison, así como de su amistad, prevalecía un largo camino lleno de decisiones fruto de razones. Las decisiones que marcarían su historia y felicidad, pondrían en riesgo sus vidas.

—Nada es fácil ahora, Addy — respondió con cierto tono de cansancio. Ya estaban cerca de la esquina, en donde efectivamente se apreciaba otro acordonamiento. Decidió detenerse, a pesar de la cercanía de la policía, de la que las sirenas daban muestra de su ubicación a un par de cuadras—. No voy a permitir que ellos lo sepan, antes de que lo hagan, tú…

De repente, un fuerte disparo se hizo notar, interrumpiendo a Natalie y sobresaltando de golpe el pánico de los vecinos, de quienes previamente, la mayoría perdió total interés en darle seguimiento a la huida de ellas y esperaban la llegada de la seguridad. Entre los ocupantes de los edificios, la procedencia del estruendo se mantenía incierta, y fue motivo de hacerles volver a sus domicilios y resguardarse.

El estremecimiento en Natalie y Addison fue igualmente repentino. La fuerza con que ambas se tomaban de la mano fue vencida por un siguiente disparo que impactó en la pared de uno de los edificios cerca de ellas. Ambas optaron por agacharse e ignorar la curiosidad que les llamaba, de atisbar a su alrededor y encontrar la fuente de los disparos.

Natalie comenzaba a considerar que eran ellas a las que la ferocidad de las balas, quería llegar. Ella retomaba su camino, segura de que Addison le seguía. A sus espaldas extendía su propia mano para que fuese tomada; no obstante, esta seguridad también le representó una falla. Esta última permanecía a gatas en el suelo, rodeando su cabeza con ambas manos.

Natalie, se detuvo al no sentir ese delicado y dulce contacto en su mano, aquel que solo Addison le transmitía.

— ¡Addy!— exclamó al dar cuenta de ella. Inmediatamente retornó para levantarla y salir de ahí, a la par de otro estruendo de impacto incierto—. Tenemos que salir de aquí.

El ambiente ya había adquirido cierta tensión angustiante. La levedad del viento se vio corrompida ante las sirenas de policía y los angustiantes disparos. La parsimonia que prometía el melifluo, fue vencida inexorablemente.

Natalie arribó a donde Addison, y tomándola del brazo derecho con cierta brusquedad, le alentó a levantarse y salir de ahí, antes de ser víctima de una posible venganza por lo acontecido. A estas alturas, la venganza significaba mucho. Arremeter contra ellas, ya era un hecho parcialmente aceptado por la causante de estas situaciones, y las próximas a suceder.

En cuanto Natalie y Addison reanudaron su avance, un siguiente disparo se hizo escuchar, y siendo ellas aún inalcanzables, llegaron a la esquina para doblar a su derecha. Al hacerlo, creyeron estar a salvo, pero confiar en la existencia de un lugar cercano en calma, no era adecuado.

Girar en esa esquina, las posicionaría en una perturbadora dificultad.

30 de Julio de 2020 a las 14:23 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Manuel Esteban Manuel Esteban
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August 02, 2020, 21:46

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