u15960821651596082165 Julian García

Elena Wyatt es una pequeña niña habitante de una de las mancomunidades más perturbadoras y exasperantes de la nación alemana. Su vida se ve afectada ante la ola de asesinatos y desapariciones repentinas que progresivamente asolan decenas de vecindarios. Su vida tomaría un rumbo distinto luego de la llegada de dos misteriosas mujeres a su vecindario, en quienes no verá un futuro alentador, y le motivarán a asociar su aparición con la latente situación y un objetivo terrible. Guíame con un susurro es una novela que pone a prueba la inocencia y la fortaleza familiar ante hechos inesperados. Código de registro Safe Creative: 1910192271739


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.
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Pròlogo

La calle Dittersbach ha sido lugar para el cometimiento de atrocidades más bizarras, perturbadoras y sádicas de aquella localidad; una de tantas, apartada de la seguridad alemana. A leguas se le puede ver como una calle serena, adornada de secos pastizales; hogares que albergan secciones de madera ya carcomidas por las termitas, reluciendo frecuentemente bajo un cielo de arreboles. El vecindario se encarga de hacer ver a la calle, como una en donde no puede ocurrir nada extraño o espectacular; la cual hasta el momento, ha disfrazado los crímenes que ahí se presentan.

Durante el transcurso del pánico, a aquella calle se le ha ido olvidando. Pasó de ser un vecindario hermoso; en el que la alegría de los niños y la convivencia de los adultos daban nombre al sitio, a ser una de entre tantas olvidadas, pero, ¿Cuál ha sido el motivo? ¿Por qué han sido olvidadas? Sin duda alguna, la sensación y el sentimiento de miedo, habían comenzado a invadir a la población. Sin embargo, si bien se habla de atrocidades en contra de ellos, indiscutiblemente no se hace referencia al hecho de la matanza de individuos en un espacio público visible, ya que estos se tienen en lo más recóndito de las profundidades del suelo.

Un misterio aguarda metros abajo. Un misterio que se ha logrado mantener oculto por varios años, manteniendo en desconocimiento a los autores o autoras. La calle Dittersbach, ahora es sede de lo que se ha originado a causa del amor ciego que se le tiene a alguien muy querido y que, de la mano del verdadero temor, se consolidó como un asunto tétrico.

La habitación marcada con una grafía de rastros de sangre, que a la vista de quienes ingresaran por la puerta, se visualizaba con un escurrimiento que lograba transmitir angustia y desasosiego. “Zimmer Tod 15”, palabras que se hallaban adornando aquella puerta; metálica, oxidada, conservando un poco de su color blanquecino original. Resultaba ser insoportable atravesar la serie de pasillos que conectaban cada una de estas habitaciones. Un frío calaba los huesos, alimentado por el suspenso y la incertidumbre.

A través de las puertas entreabiertas, se escapaban los miles y repetibles lamentos de quienes sufrían, siendo atormentados por la idea de que el reloj de la vida pronto pudiera llegar a su fin; y no solo era esta idea, sino también el hecho de que un verdadero peligro rondaba por los pasillos; un peligro que parecía disfrutar y sufrir de los gritos de ayuda, desesperación y exasperación de los presentes en las habitaciones, quienes atravesaban por un momento “bello y sublime”.

La “Zimmer Tod 15” albergaba en su interior a una mujer. Ella se hallaba recostada, atada de las manos con un par de esposas, las cuales, distorsionadas por quien pudiera ser el autor de su rapto, le provocaban lesiones que marcaban el perímetro de sus muñecas; saliendo de estas, gotas y gotas de sangre, viéndose forzadas a desviar su rumbo ante la inquietud.

— ¡Ayúdenme por favor!— gritaba desesperada, con fuerza; llena de terror y pánico ante la situación que se encontraba, al mismo tiempo que su voz parecía quebrarse y sus parpados demostraban estar manchados por un rímel de tono azulado a causa de sus lágrimas. No tenía idea alguna de qué era ese lugar, simplemente el sentido de alerta la motivaba a hacer lo posible por salir de ahí.

Trataba a toda costa de liberarse de las esposas; sin embargo, el dolor causado por el forcejeo con estas, no se lo permitía. Podía apreciar un suelo de mosaico a cuadros, que intercalaba los colores blanco y negro; dándole seguimiento a esta serie, parecían terminar debajo del marco de la puerta. Las inquietantes súplicas que atravesaban las álgidas paredes, del incierto número de individuos, lograban crecentar su desesperación.

Al parecer, ella no podía soportar el hecho de encontrarse inmersa en un lugar de sufrimiento, en el que la sangre y la muerte fungían como protagonistas. Observaba esquiva y angustiada a su alrededor, notándosele una respiración que, conforme pasaba el tiempo, iría a un ritmo apresurado. Debajo de sus piernas corría un pequeño rio de sangre, proveniente de sus muñecas; esta situación alimentaba el pánico que sentía.

El dolor físico era inevitable sentirlo; no obstante, a aquella mujer le parecía mejor arriesgarse y buscar una forma de salir de ese tan tormentoso lugar, que quedarse a riendas de la muerte.

Nerviosa e inundada por una gran impotencia, comenzaba a perder la cordura. Forcejeando en contra de aquellas esposas, sus esfuerzos pronto se verían inútiles, desatándole el llanto, en una última instancia. De pronto un golpe en seco se escuchó en alguna parte de aquel lugar, muy cerca de la habitación en la que ella yacía; este fue precedido de un grito agudo y espeluznante, el cual llamó su atención.

— ¡Necesito que alguien me ayude!— gritó una vez más, creyendo que tal vez alguien pudiera servir de ayuda; pero para su desgracia, esto no sería así. Hubo un silencio prominente; lo que para esa mujer parecía ser una clase de prisión tormentosa, diseñada en varias habitaciones, resultó ser en un instante, un lugar sin ruido alguno, perfilándose como un sitio abandonado; siendo acorralado por el denso frío del conticinio del exterior.

Ante aquel silencio, no se atrevió a gritar. No pudo intuir la procedencia el ruido antecesor, ni quién lo había provocado. Había decidido imitar el silencio, y esperar un poco más. Lamentablemente, el hecho de aguardar más tiempo no le resultaría beneficioso; el paso de los segundos la acercaba, junto con la demás gente, a un posible desenlace trágico. Trataba de controlar su respiración detonante en un sobresalto, buscando apaciguar un corazón que latía con fuerza. Sin que lo pudiera notar, su piel se había erizado y sus pupilas ya presentaban cierta dilatación.

Pronto, un golpe brusco a la puerta de esa habitación le provocó estremecimiento. Ella advirtió el repentino ingreso de un hombre al lugar, a través del marco. Él, vistiendo una camisa púrpura que consumía considerables manchas de sangre, y un pantalón y zapatos oscuros, se notaba agotado; reluciendo heridas en su rostro a través de las que escurría este líquido rojizo, hasta el borde de su mandíbula. Aquella mujer pudo determinar de quién se trataba.

— ¡Alger!— exclamó apresurada.

—Libby— susurró aquel hombre, mientras sigilosa y apresuradamente se acercaba a ella y se hincaba con las intenciones de liberarla. —Te sacaré de aquí cariño.

— ¿En dónde estamos Alger?— se atrevió a preguntar de inmediato, denotando en su voz una profunda desesperación.

—Me gustaría saberlo— respondió nervioso, sensación que se le notaba en las manos, pues trataba de liberarla de aquellas esposas.

—Cariño, quiero salir de aquí— agregó mientras Alger continuaba con la labor.

Se le dificultaba demasiado el hecho de poder liberar a su amada. Por las condiciones emocionales en las que se encontraba, una necesidad de salir de inmediato del sitio, inundaba la tensa atmósfera. Las manos de aquel hombre temblaban; se había limpiado la sangre en su camisa para que esto no le causara mayor dificultad con las afiladas esposas, de las cuales ya había sentido su afilada característica.

Poniéndose de pie, Alger trató de buscar una alternativa para liberar a su amada, pero para su sorpresa, no había algo en la habitación que pudiera ayudarlo, simplemente se encontraba vacía, con un par de cadenas que colgaban de tubos que atravesaban el techo; siendo simplemente adornada la escena con rastros de sangre, y con Libby esposada. Percatándose de que ningún objeto; por más insignificante que pudiera ser, ayudaría a la labor, decidió continuar manualmente. No permitiría que ella pasara por las situaciones terribles ante las que se vio expuesto hace unos minutos, previo a su encuentro con ella.

—Prometo sacarte de aquí. — sentenció una vez que se le acercó para darle un beso en la frente. Lamentablemente, este sería el último que Libby recibiría. Súbitamente, una situación la colocó al borde de la desesperación: dos puntiagudas y afiladas hojas metálicas, atravesaban el pecho de su amado, y se hallaban cerca de acariciar sus mejillas.

Ella dio un gran grito de pánico. Alger se mantuvo observándola, no se atrevió a mencionar ninguna palabra, pues era tal el dolor por el que pasaba, que inmediatamente entró en un estado de shock. Él cayó sin vida a un costado de ella, manteniendo dos cuchillos incrustados en su cuerpo, dejándole ver y apreciar al culpable de aquel cruel asesinato. Frente a ella yacía un hombre… un hombre que portaba un sombrero que lograba perderse ante la oscuridad del pasillo al otro lado de la puerta, y lo que parecía ser una perturbadora máscara, que mostraba una mirada capaz de expresar cierta agonía y sufrimiento, arraigada por una sonrisa interminable. Él portaba un pantalón lange lederhose oscuro; una blanquecina camisa que era cubierta parcialmente por un weste del mismo color que su sobrero, en el que se hallaban dibujados múltiples rostros y figuras que parecieran haber sido creadas por un lápiz blanco por algún niño o pequeño, que tal vez en algún momento haya buscado transmitir un mensaje. De uno de los bolsillos de ese misterioso chaleco, extrajo una herramienta similar a las que había usado para el asesinato.

Libby se mantenía observándolo, sus ojos no dejaban de derramar lágrimas. Todo su ser parecía derrumbarse. Era tal su nerviosismo que las esposas que abrazaban sus muñecas fortalecían el ruido del roce metálico. Aquel hombre misterioso extendió su brazo hacia un interruptor y oprimiéndolo, provocó que aquella habitación quedara a oscuras.

— ¡No, por favor no me haga nada!— suplicaba Libby desesperada.

Un susurro silenció la habitación. —Ya es hora de dormir, princesa…

30 de Julio de 2020 a las 14:19 0 Reporte Insertar Seguir historia
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