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Recuerdo cuando era niña, el impulso de tomar una máquina de escribir verde, recuerdo meter hojas cortadas por mí de cuadernos viejos de rayas y comenzar a escribir con dificultad mientras mis dedos se quedaban atorados entre las teclas. Era mi deseo más puro escribir mis historias. Terminé un pequeño cuento, que después yo misma de forma pobre ilustre, y recuerdo la satisfacción de sentir por primera vez mis palabras impresas. Este libro trata sobre el deseo esencial de contarme mi vida, a través de mis palabras; nace de la necesidad de conservar mis recuerdos a pesar de mi mala memoria y contarme mis días como el principal narrador. El libro trata más allá de vivencias exactas, de descripciones precisas de lugares y situaciones, de ponerle nombres propios a los personajes que han pasado por mi vida, más allá de eso, trata de las sensaciones que me dejaron, de las emociones traslucidas y de las lecciones que aprendí de ellas, de los aprendizajes que me vendí y compré, trata de intentar encerrar en un ensayo el dolor de la perdida, la desesperación de la ansiedad, el conflicto de la búsqueda del propósito y de los miedos al seguir adelante; trata de historias que me cuento una y otra vez, pero con el paso del tiempo van cambiando de perspectiva. Estos son sentimiento y pensamientos comunes, vivencias mías, pero a la vez de todos, que tal vez como una casualidad entre las muchas posibilidades, al leerlas encuentren un eco en tus propios ojos.


Historias de vida Todo público.

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La cruda verdad detrás de la pena del pasado

28 de mayo de 2015

Estuve encerrada mucho tiempo, fui víctima de muchos maltratos, de injusticias y demasiada desesperación. Dormí en el suelo muchas veces, lloré intentando curar una enfermedad que se expandía demasiado, supliqué por que se me arrebatará un sentimiento y pudiera ser libre de una vez. Estaba amarrada dentro de una jaula sin cerradura, me lastimé, me torturé al hacerme luchar desde adentro, al atacarme por no entenderme, por no entender por qué no salía corriendo de ese departamento.


La parte sencilla de la agresión entre pareja, aunque parezca contradictorio, es perdonar al atacante; el verdadero problema es perdonarte a ti mismo por permitirlo, por no mover ni un musculo mientras te empujaban, no decir ni una maldita palabra mientras te gritaban, en no tomar tus cosas y largarte mientras te traicionaban. “¿Cómo confiar en una persona que no se puede proteger ni a sí mismo?”, es una pregunta que se hacen a cada segundo los heridos, una pregunta con una respuesta muy sencilla pero difícil de asimilar, simplemente no se puede confiar un uno mismo, no después de pasar por eso.


Así que podría seguir aquí enlistando una por una las dificultades y los recuerdos angustiantes que me dejó aquella experiencia, que ahora parecen demasiado borrosos para revivirse completamente, que en muchos momentos de mi día parecen vividos por alguien más, pero que toman una fuerza inmensa al estar cerca de una situación que traiga de nuevo una parte del recuerdo, y el dolor parezca tan caliente, tan vivido como antes. Es como vivir abierto, con un maldito plástico entre el exterior y tus entrañas, a veces se puede olvidar que estas expuesto, pero solo se necesita una fuerte brisa para recordarte que te encuentras expuesto, sin ninguna protección.

Así que todas las razones lógicas para estar aterrada las tengo, todos los tristes y reales argumentos para convencerme que un dolor inmenso aún me espera los cargo en mis entrañas al descubierto, cuento con todas las razones para que se me de espacio y paciencia, para atravesar de nuevo por un departamento en una relación, tengo todas las letras para inscribirme a la vergonzosa lista de “a mí me paso”, tengo todos los traumas para seguir en terapia, tengo todo el derecho, todo el irónico derecho de entrar en colapso cuando al comprar unos botes de basura para mi nuevo hogar, me recuerden ,que ya los había comprado antes y que no los pude sacar del anterior, que con mi esfuerzo y el de mi madre traslade esos desgraciados botes de basura a mi departamento, para tener solo que dejarlos atrás. Así como mi esperanza en las familias idílicas, así como la ilusión de la primera casa, así como la alegría neta de la nueva aventura, así como mis ideas de decoración y la seguridad en mí.


Así que estoy furiosa conmigo y con la vida por arrebatarme la ingenuidad de un hogar propio, y como cualquier persona con demasiada rabia en su interior, era solo cuestión de tiempo que esta se escurriera y se impregnara en las personas de mi alrededor. Estaba enojada con mi pareja porque no entendía el dolor por el que estaba pasando, por no ponerse en mis zapatos después de todos los relatos contados e indagar que me estaba acercándome al fuego después de haberme quemado completamente, estaba enfadada porque no me entendía, porque no ponía un altar ante mi sufrimiento, porque no agradecía mi esfuerzo, mi tremendo esfuerzo por retomar camino; y ahí, en medio de mi coraje e inseguridad, caminando sola al trabajo, en un dialogo conmigo misma lo entendí.


Entendí que el dolor del pasado no sirve más que para no volver a cometer los mismos errores del presente en el futuro, la sencilla idea que leemos en todas las galletas de la fortuna. Claro que podrían construir monumentos en nuestro nombre por nuestra pena, claro que nos podrían tener lastima por lo que hemos pasado, claro que se nos tendrá paciencia por lo sufrido, pero la verdad es que eso no cambia nada.


Esta es la vida, es la vida que se te entregó después de la tormenta, estos son tus días y tu tiempo. De qué sirve la lastima y la paciencia, de que servirán los monumentos, solo queda vivir, vivir y vivir. Solo queda decir, “bueno me pasó a mí, no me volverá a pasar”, no hay más opciones, no hay más regalos de consolación, no hay más libros y guiones de películas que te esperen al final de la línea, no hay más compasión, no hay más agradecimientos, solo es tu dolor, es tu herida desnuda lo que te queda y tus ganas de seguir adelante.


No hay más reclamos al cielo, no hay más cuentas que cobrar a un Dios, ni siquiera el odio al antiguo atacante cuenta, no queda más que la cruda verdad de lo que viviste, muchas veces sin entender del todo porqué te paso a ti. La cruda verdad detrás de la pena del pasado, su invalidez, su mínima expresión, su verdadero significado.


Así que dejé de culpar a mi novio por no entenderme, dejé de esperar de él su compasión, dejé de esperar del mundo monumentos, dejé de tenerme rencor por no salir corriendo, dejé de reclamarle al cielo una recompensa por la injusta situación por la que pasé. Comencé a agradecer el conocimiento que la situación me entregó y entre en la resignación de los actos y en la inmensa labor de curarme para mi propio bien.


En conclusión y dentro de una caminata a solas entendí la verdad tras las penas del ayer:

El dolor de los errores del pasado, sólo nos sirve para no cometerlos de nuevo, nada más….

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