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lucadomina Luca Domina

No hay mejor encantamiento que el de una buena historia. Amura, Azalea y Robín lo descubrirán una mañana de invierno al escuchar a la vieja Leila. Las palabras los trasladarán a la tierra de los lobos y una peligrosa aventura...


Fantasía No para niños menores de 13.

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El relato de la hechicera


Aventurados pasos de ilusión hacían crujir la madera y cortaban el silencio sepulcral de la cabaña. La pequeña Amura cruzó la sala como un relámpago, se paró sobre un banco y se apoyó contra la ventana; la esponjosa cola se le mecía de un lado a otro. Las palmas de sus manos se congelaron al tocar el cristal. Con orejas alertas miró fuera; el bosque había sido cubierto durante la noche por una túnica invernal. La cola y las orejas perdieron su gracia y sus ojos se opacaron de desilusión; los juegos se ausentarían por ese día.


Se despegó de la ventana, dejando tras de sí la marca de su cálido aliento. Se sentó en el banquito apoyando los codos sobre las rodillas y apretó los labios en desdicha. Elevó la mirada; gracias a su agudo oído escuchó serenos pasos de ladrón que se aproximaban. En la oscuridad del pasillo apareció una silueta de su mismo tamaño. La figura pertenecía a una niña de cabellos como campos de trigo y puntiagudas orejas; apretaba firme contra su pecho un andrajoso oso de peluche.


—¿Qué sucede Amura? —preguntó en voz baja, como hablando en secreto.


—Ven y míralo por ti misma, Azalea. —suspiró y abandonó el banco de un brinco.


Azalea se acercó a la ventana y se paró en el banco sin de dejar de sujetar a su compañero de ojos de botón.


—Mientras dormíamos hubo una tormenta de nieve. —le informó Amura.


Azalea contempló el paisaje y se concentró en las copas de los árboles. Sonrió.

—Qué bello. Parece que el bosque se vistió de gala. —Las palabras emanaban de su boca con aire de susurros. Sin embargo, Amura las entendía tan claras como el agua en los ríos de la montaña.


—Siempre le miras el lado bello a todo, no tienes remedio ¿No te das cuenta que ahora no podremos salir a jugar? ¡No podrás oler las flores! —Mientras hablaba con Azalea, las orejas vigilaban atentas.


Azalea bajó al suelo con delicados movimientos. Las niñas observaron el pasillo; las tablas rechinaban con el avance de torpes pasos. Otro niño interrumpió en la sombría sala. Arrastraba los pies y se refregaba los párpados con los puños. Se despegó los negros cabellos apelmazados en su frente y abrió los ojos con pereza.


—¿Qué hacen despiertas tan temprano? No me dejan dormir. —concluyó con un bostezo teatral.


—Perdón Robín. —dijo Azalea, pero las tenues palabras fueron enterradas por la voz de Amara. —No mientas Robín, te despertaste por miedo a dormir solo. —sentenció, callando la risa con una mano, pero oscilando la cola como un cachorro alegre.


­­­­—Eso es una vil mentira. —exclamó Robín, sin medir el tono de su voz. En la pálida piel de su rostro, las mejillas se asemejaban a un par de manzanas silvestres. —¿Y que están mirando? —Se abrió paso entre las niñas y trepó al banco. —¡Oh, rayos!


—¿A qué se debe semejante algarabía? —La voz se oyó severa, y fue acompañada por el golpe seco de un bastón.


Del susto, Robín se tambaleó y cayó al suelo. Se incorporó con una pirueta y se acomodó entre Amara y Azalea. Los tres erguidos como la guardia de un castillo. El viento azotó la cabaña y penetró dentro a través de las grietas en las tablas, erizándoles la piel debajo de las camisas de lino.


—¿Qué hacen en harapos con este frío? Van enfermar, vayan a abrigarse. —ordenó la anciana, señalándoles con el bastón.


Los tres salieron disparados hacia los aposentos; Amara por delante, disponiendo la cola como timón para no caer, Robín la escoltó y Azalea cerró la fila apretujando el oso contra su pecho como si fuera un tesoro.


La anciana caminó hasta la chimenea arrastrando una larga túnica recubierta por negras plumas de cuervo. Escudriñó los restos de la hoguera de la noche pasada, se agachó con el crujido de la edad en su espalda, y lanzó nuevos leños sobre los viejos. Se irguió y golpeó los leños con la punta del bastón al mismo tiempo que murmuraba una oración. Las cenizas, del mismo color que sus largos cabellos, danzaron al fulgor de las llamas.


Anduvo hasta la cocina y escrutó en las despensas hasta dar con las hogazas guardadas; las ungió con miel para mejorar su sabor. Calentó unas hierbas y sirvió el té en tres tazas. Cuando llevó todo a la mesa en una bandeja de plata que había perdido el brillo, los comensales ya la esperaban; ahora envueltos en gruesas pieles.

—Gracias señora Leila. —dijo Azalea, y los otros dos imitaron sus palabras, en un tono más alto, antes de hincar el diente.


La vieja Leila se sentó en la punta de la mesa y llenó una taza para sí con el verdoso líquido. Sus ojos, rodeados por una telaraña de arrugas, se posaron sobre los huérfanos a su cuidado. Robín devoraba de a grandes trozos, las mejillas se le hinchaban y debía beber el té para lograr tragar. Amura reía por lo bajo al mirarle y sacudía su cola de zorro ante el sabor de la miel. Azalea picoteaba el pan como un pajarito y limpiaba las migajas que caían sobre el muñeco en su regazo.


Al acabar, el interior de la cabaña se halló en completo silencio; solo roto por algún chispazo ocasional de la hoguera. Las tazas y platos habían sido retirados y la mesa limpiada, pero los tres permanecían sentados con rostros marcados por la desazón.


—¿Les devoraron las lenguas los ratones? —Leila procuró un bastonazo a la mesa que conjuró un coro de gemidos de sorpresa.


—Anoche nevó. No podemos ir al pueblo o salir a jugar. —se quejó Amara.


Robín la acompañó con un: —Odio el invierno.


El viento sopló y la nieve golpeó las ventanas como una lluvia de flechas.


Leila se situó junto a la ventana.

—Es una tormenta pasajera, aún es pronto para la llegada del invierno. Mañana descubrirán que el manto desapareció.


—Pero hoy seremos prisioneros aquí dentro. —se quejó Amara.


—Ustedes y los demás niños del pueblo. —advirtió Leila, sin dejar de mirar la nieve; que acarreaba lejanos recuerdos.


—Los niños del pueblo no son huérfanos. —clamó Robín. —A mis amigos, sus padres les cuentan historias para entretenerlos. O eso me han dicho…


—Me gustan los cuentos. —comentó Azalea por lo bajo.


—¿Qué clase de historia les gustaría escuchar? —les preguntó Leila.


Las orejas de Amura cobraron vida entre sus rojizos cabellos. —¡Una historia de héroes!—exclamó con una amplia sonrisa.


Robín brincó sobre la silla. —¡De los héroes de la Edad Sangrienta!


Leila cerró los ojos y una tenue sonrisa afloró en su rostro. —Por esta vez, les cumpliré su capricho. —Se dirigió a la despensa. —Vayan junto al fuego. —ordenó.


Los tres cruzaron miradas incrédulas, pero llenas de ilusión. Dejaron la mesa y se sentaron en el suelo junto a la chimenea; uno al lado del otro, como tres polluelos posados en una rama.


Leila regresó con una jarra de arcilla en una mano. Para su sorpresa, los niños habían dispuesto la vieja mecedora junto al fuego. Se acomodó y sirvió una copa con el contenido de la jarra; Amura olfateó el aroma de las uvas. Leila bebió un pequeño trago y balanceó la copa, pensativa.


—Cuéntanos las hazañas de Fagus, el héroe Elfo. —pidió Amura, y Azalea asintió abriendo el cielo de sus ojos; conocía muy poco sobre los suyos.


—Arturo posee mayor valentía. —intervino Robín, apretando los puños entorno a una espada imaginaria y blandiéndola de un lado a otro.


Amura y Robín entablaron una alborotada discusión sobre cuál de los héroes merecía más respeto. Azalea se escudaba con su oso y permanecía imparcial en medio de los dos. Leila bebió un largo trago y propinó un bastonazo en el suelo. La madera crujió en queja y la discusión se acabó.


—Las hazañas de los grandes héroes durante los días sangrientos han sido narradas a lo largo de interminables estaciones. Ya todos conocen esas historias. Voy a contarles sobre una que ignoran. —Leila se humedeció los labios y cerró los ojos; nadando en el mar de la memoria. —El primer héroe, Reygan el rojo…


El nombre de un héroe desconocido cautivó a los niños, quienes afilaron los oídos y se concentraron en las palabras de la anciana. Cuando Leila habló, Amura tuvo que refregarse los ojos; por un breve momento juzgó que las raíces de la edad en el rostro de Leila se desvanecían y revelaban a la bella joven que un día fue…

31 de Julio de 2020 a las 22:49 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Jancev Jancev
¡Vaya! Me ha encantado la manera en que has descrito todo. Casi pude sentir la nieve. ¡Maravilloso!
August 27, 2020, 01:18

  • Luca Domina Luca Domina
    Muchas gracias, Jan! Aprecio la lectura y el comentario :) August 27, 2020, 01:49
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