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enoid Uxío Fervenza

Daniela está a punto de descubrir la sensualidad y exotismo sin que el agua pueda calmar su calor.


Erótico Sólo para mayores de 18.
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Playa

Daniela se beneficia de los rayos del Sol sobre su cuerpo, tumbada sobre una roca cuya superficie parece hecha para amoldarse a su cuerpo curvilíneo, con ayuda de su toalla de color verde. Tumbada boca arriba la radiación solar le ayuda a dorar su piel, sobre la que a untado la crema protectora que ahora hace que brille como un ángel, mientras las gotas de sudor afloran por su piel, corriendo hacia abajo por acción de la gravedad.


Sus cabellos de color castaño claro, húmedos por el sudor, se extienden y descansan sobre la roca polvorienta, sus gafas de sol redondas, muy de ese estilo clásico que luce a menudo por Asia oriental, enmarcadas en una fina estructura tubular metálica, al igual que las patillas, protegen sus ojos del acoso del astro rey, que derrama su luz sobre el cuerpo de esta mujer, de labios carnosos como las fresas, no muy alta, pero sí de formas curvas sinuosas y un pecho abundante, redondeado, firme, llamativo, oculto bajo un bikini de color rosa desatado, suelto, con las correas sobre el pecho para no marcar hombros ni espalda, bikini que en su parte más baja si está cogido con lazos a cada lado de sus caderas sobresalientes.


- Daniela, ven a darte un chapuzón. – Sus dos amigas nadan en el mar no muy lejos de ella, una rubia, morena la otra, con un bikini negro una, y un bañador azul la otra, es la rubia la que intenta llamar su atención.


Daniela descansa en esa roca, un metro por encima del nivel del agua, desde dónde han saltado sus amigas antes de que ella se acomodara para su baño solar.


- No seas aguafiestas, pareces autista. - Insiste la chica rubia, ninguna de las presentes parece superar en mucho los veinte años, está frente a su amiga y se salpican mutuamente, la una a la otra, frente a los pies de la muchacha que toma el Sol, absorta en sus pensamientos mientras está dorando su piel con ayuda de los rayos ultravioleta. Entonces la chica rubia decide salpicar a Daniela con una sonrisa traviesa.

Las gotas de agua salada vuelan por el aire como si fueran perlas de cristal tras propulsarlas aquella muchacha de cabellos dorados cortos, que apenas alcanzan sus hombros, con una sonrisa amplia, que muestra su dentadura y su alegría por vivir, con unos ojos de color miel casi cerrados por su enorme sonrisa, el glóbulo ocular rojizo por la irritación de la salitre. Impulsa con las palmas de la mano el agua desde la profundidad hasta superar la superficie, empujando el agua que se derrama sobre el cuerpo de Daniela, sobre su vientre, sobre su pecho, sobre sus muslos, su cuello y su cara, produciendo un contraste de temperatura instantáneo.


Daniela posa las manos en la roca y se sienta de inmediato, con una expresión facial de irritación, enfadada, airada, la parte superior del bikini, que está suelta, se desliza un poco hacia abajo, por acción de la gravedad, y muestra su pezón derecho, de color rosado, brillante por el sudor y la crema solar que usa para protegerse de quemaduras.


- ¿La señorita prefiere visitar una playa solitaria? Tengo gafas, aletas y tubos de snorkel, hay una playa secreta, no hay nadie. – Un hombre habla detrás de Daniela, que de inmediato se sonroja y se lleva las manos a los pechos para cubrírselos, pero el hombre está detrás, un hombre alto, moreno, de acento árabe, tez oscura, sus rasgos son árabes también, lleva unas bermudas de color azul celeste, una camiseta de asas, floja, de color negro, su pelo es corto, rizado, canoso, es esbelto, de complexión atlética. Tras él, aparcado sobre una calle de asfalto que circula entre la hierba, un Land Rover Defender, viejo, de color gris, largo, con grandes ruedas de tacos, el hombre lleva unas zapatillas de color blanco y calcetines negros y sonríe servicial.


- Lo que sea con tal de librarme de estas petardas ¿Está lejos? – De inmediato Daniela ata la parte superior de su bikini tras la espalda en un lazo, y se ata tras el cuello los otros lazos, pieza insuficiente para tapar su gran pecho, no deja mucho a la imaginación pero, de todos modos, ese hombre está a su servicio y, aunque es pudorosa, va a seguir exponiendo sus formas femeninas.


En seguida busca entre sus enseres unas zapatillas de color blanco, similares a las del árabe que tiene detrás, esperando con las manos cruzadas tras la espada, las zapatillas están a su derecha, a la altura de su cintura, en seguida las alcanza y se las coloca en los pies, sin calcetines, coge la toalla con su mano izquierda y, enrollándola apenas lo suficiente para no molestar, se la cuelga en el hombro derecho.


- Mohamed ¿Nuestras cosas están en el coche? – Desde donde Daniela está se puede ver el coche de costado derecho, y al fondo una maravillosa estampa de montañas y bosques, una verdadera selva, coronada en sus picos por aros de niebla, son realmente enormes y Daniela, oculta en sus gafas de sol, se queda maravillada, con la boca entre abierta.


- Si señorita, tengo todo en el coche, los equipos de snorkel también, y una pequeña cámara de fotografía submarina, le prometo que le va a encantar. – Mohamed parece contento, parece que él mismo ansía ir a esa playa perdida, pero si Mohamed, que lleva toda la vida viviendo en la isla de Bali, ansía ir a una playa en concreto, tiene que ser fabulosa, por lo que Daniela lo mira, se ruboriza, es muy tímida, mira al suelo y se lleva la mano derecha sus cabellos para recogerlos detrás de la oreja.


Mohamed se gira hacia el coche, y comienza a caminar, mientras Daniela lo sigue ataviada tan solo con su traje de baño, el árabe llega hasta la parte trasera del vehículo, pisando sobre el asfalta agrietado, grietas que dan cobijo a toda clase de floración, el calor sumado a la humedad el agotador e implacable, asfixiante, el Sol castiga sin cesar los hombros y pecho de la joven, que se detiene próxima ya al hombre, a un par de metros del vehículo, viéndolo de cintura para abajo inclinado dentro del coche, hurgando sin cesar, generando sonidos, algunos metálicos, sobre el piso del vehículo en el que arrastra cosas.


- Ya está, estamos listos. – Mohamed retira del interior del todoterreno una gran mochila negra que cuelga de inmediato de su hombro derecho, se gira hacia Daniela con una gran sonrisa, hombre servicial, y cierra con su mano derecha la puerta trasera del coche, generando un sonido metálico en el viejo vehículo.


Daniela permanece en posición estática, seria, lo mira a los ojos sin inmutarse, no le otorga una palabra de agradecimiento, alguna interacción verbal para que el hombre no se sienta como un esclavo, ni siquiera hace un gesto o una mueca, simplemente lo mira, aunque parece que las altas temperaturas le obligan a hablar, cosa que se ve que no le gusta.


- ¿Llevamos agua? – Pregunta en el plural de la primera persona, pero es evidente que ella no va a transportar el líquido vital.


- Llevo dos botellas ¿Vamos? – El hombre se gira entonces con una media vuelta que lo encamina para comenzar a caminar y perderse de la vista de Daniela, que lo ve esconderse por el costado izquierdo del coche, la joven corre tras él de inmediato y, tras pasar por la esquina trasera, lo ve coger un camina en dirección a la selva, lo sigue de inmediato pese a perderlo de vista entre los matorrales, se siente indignada por el desplante, pero va tras él apurando el paso, habría desistido si no fuese por la gran curiosidad que le inspira esa playa de la que tanto habla ese hombre, que la ha descrito como el paraíso, o quizá sólo lo dice como parte de su trabajo.


Daniela, con sus cabellos castaños cayendo sobre su pecho abundante, sobe os hombros y por la espalda hasta los omóplatos, camina apartando una rama con la mano derecha, otra con la izquierda, apartando alta y verde hierba con la mano derecha, y con la izquierda, mientras pisa un camino hecho de piedras sueltas, guijarros, rocas que fluyen enormes desde el interior de la tierra y un sinfín de molestias que le hacen plantearse si la idea de seguir al árabe ha sido tan buena. Aunque no pierde en ningún momento a su guía, que se ha molestado en reducir el paso para dejarse seguir, las cuestas arriba y abajo, los cambios de rasante y las curvas la hacen perder la paciencia, hasta que llegan al borde un acantilado de diez metros de altura sobre el mar, escarpado, lleno en su base de puntiagudas rocas que parecen esperar a que se precipite alguna víctima.


- No se preocupe señorita, la playa está recogida, el mar no es tan fuerte.


Mohamed casi se dejó alcanzar, apenas unos metros lo separan de ella, circulan por ese camino tan irregular y peligroso, se ha dado cuenta de que Daniela ve las olas romper contra el acantilado, levando gotas hasta casi su altura, cosa que la asusta, cree que un resbalón, un patinazo, podrían ser fatales y conducirla hasta la muerte y, de hecho, así es, quizá es el guía el que se ha confiado en exceso al traerla aquí.


Desde su posición pueden ver la playa, curvada hacia el interior, franqueada por dos colinas rocosas, como si fueran los marcos de la entrada al arenal, falto de popularidad por su difícil acceso, pero de aguas azules, claras, arenas blancas desprovistas de vegetación hasta bien entrada en tierra. Desde la distancia se ve como un lugar paradisiaco, que tiene justo en medio tiene una pequeña cabaña cuadrada, casi cúbica, construida con ayuda de rocas y cemento, una estructura que podría afear la bella estampa, con una plataforma rodeándola por sus cuatro paredes hechas con tablas, secas, grises, arqueadas, cubiertas de arena.


- Señorita, esa es una caseta de pescadores, allí guarda sus artes de pesca un hombre que vive próximo. – Mohamed señala con su dedo índice derecho, mientras se gira a la izquierda para mirar hacia su seguidora, que se ve cansada por la caminata mientras el continúa con soltura y sin tan siquiera variar su respiración, mientras la escucha a ella jadear tras él.


El tramo final hasta llegar a la playa desciende por un sinuoso sendero rocoso, lleno de arena, resbaladizo, pero la muchacha consigue seguir el ritmo de su guía sin resbalar, un último salto posa al fin sus pies sobre la arena, pero su tortura comienza ahora, pisar sobre la arena con su calzado hace que cada paso sea más cansado que el anterior, y sigue con torpeza al árabe, que camina sobre la arena con la misma soltura que sobre el asfalto, llegando hasta la cabaña en mitad del arenal, cubierto con tejado de tablas, triangular, que tiene por la otra cara una tumbona de plástico, blanca, sucia, desgastada.


Daniela alcanza al fin a Mohamed, caminante implacable, untada en sudor, las gotas de su líquido interno fluyen por su piel y corren desde su semblante enrojecido, gotea por su nariz, jadea, ríos de sudor desde su cuello empapado corren llamados por la gravedad hacia sus clavículas, formando un riachuelo de trayectoria sinuosa que se vierte por el centro de su cuerpo corriendo hacia el centro de sus pechos, que marcan bajo la pieza superior de su bikini rosado sus pezones, al estar este húmedo de sudor.


- ¿Un poco de agua, señorita? – Mohamed posa su mochila sobre las tablas de la cabaña, sería incluso decorativa en ese lugar, de no ser por los chapuceros pegotes de cemento que su creador le imprimió, y que contrastan con el tono marrón de las piedras usadas, piedras amontonadas, sin trabajar, recogidas de los alrededores.


Daniela se detiene a un metro de él, con la boca entre abierta, esperando el líquido elemento con ansiedad, Mohamed se inclina para hurgar dentro de la mochila, tras abrir una cremallera de un lado a otro, y extrae con su mano izquierda una botella de agua, transparente, con tantas gotas corriendo por su superficie como por la de Daniela.


Mohamed, caballeroso, desenrosca su tapón azul y se la pasa a la sedienta muchacha, que alarga su brazo derecho para cogerla y llevársela a la boca de inmediato, cierra sus labios carnosos sobre el recipiente plástico de un litro de capacidad y la inclina para que la gravedad la conduzca hacia su cavidad bucal, mientras el árabe la observa, observa como la ansiedad con la que consume el agua hace que se vierta gran cantidad de la misma por las comisuras de sus labios. El agua circula por sus mejillas sobre su cuello, se vierte sobre sus clavículas, se mezcla con su sudor y corre hacia sus pechos, uniendo su corriente en el centro, corriendo hacia abajo por su canalillo y humedeciendo más su bikini, está todavía bastante fría y produce que sus pezones destaquen más cuando la humedad de la prenda de baño los alcanza.


Mohamed coge ahora una botella para él, la abre, permanece con los dos tapones azulados en su mano derecha mientras bebe de un modo similar a la de la joven muchacha, aunque no se le escapa que parte del agua mezclada con el sudor corre ahora por el vientre de ella hasta el ombligo, y luego sigue hasta rozar la parte superior de la pieza inferior del bikini, mojándolo, tras deslizarse por su vientre plano, momento en que la mujer inclina la botella hacia abajo y detiene su ingesta al separar sus labios de la boquilla, momento al que sigue una gran bocanada de aire tras beber más de media botella de un trago.


- Guarde un poco para después señorita.


Mohamed apenas bebió un trago, baja su botella hasta la altura del pecho y enrosca uno de los tapones que tiene en su mano en su botella, tras lo cual le pasa el otro a Daniela, ha sido lo bastante atento para abrir su botella, pero cerrarla se lo deja a ella, como parte de la diversión de la presente excursión.

6 de Agosto de 2020 a las 14:58 0 Reporte Insertar Seguir historia
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