N
N.P. Weiss


¿Qué hacer cuando una catástrofe te arrebata todo lo que creías importante para ti? ¿Por dónde empezar cuando una desgracia sin precedentes te da una oportunidad para reescribir tu vida? Acompaña a Reydhelt y a Franklin en esta historia de descubrimientos y redenciones, mientras luchan contra lo que el universo les tiene preparado.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

#drama #aliens #psicológico #258 #256 #245 #385
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Camino Subliminal

Luego de otros veinte minutos caminando, Reydhelt logró llegar a la salida noroeste de la ciudad. Al contrario de otras ocasiones, en esta ocasión solo había una persona en el control. Haciendo un poco de memoria, logró identificarlo.

—¿Qué tal Florencio? —preguntó Reydhelt.

—Nada nuevo, Reydhelt —respondió el vigilante—. La misma rutina de todos los días. Bastante asquerosa si me preguntas. ¿Y tú? Hace mucho que no te veía.

—Pues nada, al parecer nuestro querido capitán se cansó de verme sin hacer nada. Así que me mandó de peón por allí.

—Ah, entonces a ti te esperaban los hermanos Alcívar. ¿Tienes por allí la notificación de salida oficial? —consultó el guardia para cumplir con el papeleo obligatorio.

—Sí, claro —entregó en ese momento lo que el guardia le pidió, que venía en el paquete de folios que le entregó el capitán—. ¿Llevan mucho tiempo esperándome Marcelo y Pedro?

—No tanto. Han de ser menos de 10 minutos. Llevan ya ellos las herramientas designadas.

—¿Y las llaves del vehículo también?

—No... no hay ninguno asignado a su grupo—contradecía a Reydhelt mientras lo confirmaba con papeles en mano.

—Mierda, así no vamos a llegar nunca. Será mejor que me apresure. Hablamos—la prisa se le notaba ya tanto en la voz como en sus movimientos.

—Bueno, ya me contarás de regreso el porqué de tanto ajetreo.

Cien paso más adelante se encontró con su grupo de trabajo. Tal como dijo el capitán, le esperaban cuatro personas: dos escoltas a quienes no había visto jamás y, los trabajadores innatos Marcelo y Pedro (dos sujetos con los que poco había interactuado, pero que le parecían bastante divertidos).

—Pero miren a quien tenemos aquí —exclamó Marcelo, en tono burlón. El mayor de los hermanos se mostraba receloso frente a los perezosos.

—Nada más y nada menos que el gran Reydhelt Egan —siguió Pedro, que siempre le seguía la corriente a su hermano.

—Una sorpresa que seas tú el encargado de este fastidiosos trabajo.

—Has de pensar en que te tratan como a un esclavo —ya casi no podían contener la risa, mientras que los otros dos permanecían inmutables.

—Tan graciosos como siempre —simulaba una sonrisa Reydhelt—. Pero mejor nos dejamos de tonterías y nos vamos ya. Luego nos peleamos y fracasa la misión.

Un incómodo silencio se hizo presente y, luego de un intercambio de miradas, eran ya cinco quienes empezaron a subir a través de la colina. Ninguno lucía contento, pero no por eso dejaban de avanzar con buen ritmo.


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El aire lo sentía frío y la sangre hirviendo. Llevaba ya una hora sentada en el mismo lugar, cerca de la plaza grande. Los pensamientos de Jaque iban y venían hacia y desde el pasado.

Después de tanto tiempo sin saber de Reydhelt. Después de haber asumido la posibilidad de su muerte. Cuando por fin se encontraron, no era el mismo. Lo había pasado mal, y eso lo entendía ella. Pero tanto cambio no era admisible. El que incluso se cambiara el nombre era señal inequívoca que se había forzado a cambiar para superar algún trauma. Algo debía hacer ella.

Entonces, desde aquel momento su consigna como amiga había quedado definida. Tenía que traer de vuelta a su viejo amigo. Su sonrisa. Su entusiasmo. Para ello estaba dispuesta a dejar de lado los sentimientos de otro tipo que pudiera o no sentir aún. Pero aún se sentía como el primer día, desconsolada e impotente. Hasta hoy sus esfuerzos parecían ser en vano. Nada de aprecio en su comportamiento ni en sus palabras. Seguía igual de frío y distante. ¿Y de repente se atreve a abrazarle de tal manera, sin aviso alguno?

A los ojos de Jaque, Reydhelt no era más que un descarado que se había ganado un buen golpe para cuando regresase.


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Después de caminar durante casi dos horas, Reydhelt sudaba groseramente. Se sentía avergonzado por estar tan cansado y se planteó seriamente el ejercitarse durante sus tardes libres a partir de entonces.

Echándole un ojo a los demás, se dio cuenta que ellos ya empezaban a sudar, así que sugirió descansar unos minutos para llegar con fuerzas a su destino. Aunque hubo algo de reticencia, consiguió diez de los quince minutos que pidió.

Durante el breve descanso intentó conocer mejor a sus dos escoltas puesto que no los había visto antes y no parecían ser soldados de élite. Al parecer sus nombre eran Rodrigo y Roberto, y fumaban. No logró que le dijesen nada más, así que se quedó con la curiosidad.

Después de que pasaran los diez minutos, Reydhelt se levantó, se estiró y comprobó que el resto estuviera preparado. Al parecer Pedro había decidido echarse una siesta, por lo que con algo de delicadeza, tocándole el hombro lo despertó.

—¡Ya estamos listos! —gritó Pedro al despertarse de manera abrupta.

—Continuemos —dijo Marcelo, mucho más despierto, y calmado.

Y así continuaron su camino. Con las antenas a plena vista, cada vez más cerca.

Pasaron alrededor de veinticinco minutos. Reydhelt y los muchachos se encontraban casi al lado de las antenas, pero había un inconveniente. Donde debía haber un camino que les permitiera subir, había una zanja casi tan ancha como profunda (alrededor de cinco metros).

—Un salto muy difícil... ¿Alguna otra manera de subir?

—Tendríamos que rodear la colina por un camino bastante malogrado. Unos diez minutos adicionales calculo.

—Atravesar maleza entonces... Bueno, no nos queda de otra, su-

—¡AAAHHHHH! - Un grito de dolor algo lejano interrumpió a Reydhelt.


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Decepcionante. Frustrante. Irritante. El que Reydhelt aun se conmoviese de esa manera por Jaque desestabilizaba a Casey. Para ella, el tiempo que compartió con Reydhelt en los últimos años, separado él de Parcel, debió haber calado en él tanto como lo hizo en ella...

En verdad, lo que más molestaba a Casey era el hecho de que ella misma estuviera influida por semejantes sentimientos hacia el tonto ese. Fue la mala suerte que los juntó aquel día lluvioso, en medio de tanta catástrofe. No había manera de que no se involucraran luego de eso. Los eventos consecuentes no se pudieron evitar. Así como la situación actual, en la que se encuentran encerrados en un Puerto Oculto en proceso de reconstrucción, y ella esperando su siguiente turno para hablar con el capitán.

—Señorita Leitner. Pase, por favor.

—Bueno, con su permiso.

Una vez dentro del despacho, se encontró con un capitán apagado. Como en trance. Muy diferente a como se encontraba hace unas horas. Casey entendió enseguida que su estado se debía a Reydhelt. Según lo que, hace un tiempo, le dijo este último, aún era difícil para ambos el interactuar.

—Hola, tío —Casey habló primero, como de costumbre.

—Pasa, siéntate.

—Con su permiso. Le traigo buenas noticias. Le informo que la planificación de alimentos ha concluido con éxito. Ante cualquier emergencia estamos cubiertos por los siguientes tres meses —explicó al mismo tiempo que tomaba asiento.

—Buenas noticias sin duda. Si nuestra producción sigue creciendo pronto podríamos obtener otro lote de armas desde Ularydh —el capitán parecía mejorar de ánimo—. ¿Y cómo le va al equipo delta con el mantenimiento a la planta tratadora de aguas?

—El técnico en jefe cree que estará lista para dentro de dos semanas.

—Dos semanas quizás sea mucho. Cuando salgas, pídele a Lily que me prepare un informe con posibles rotaciones de personal que nos permitan ubicar más gente para esa tarea —tomó una pausa para que Casey asintiera.

—Capitán, ¿qué es lo que sucede? —interrumpió Casey.

—¿A qué te refieres?

—Su mirada. Hay algo que le preocupa mucho más que lo que me está contando.

—...

—No debe ocultarme nada. No solo soy ya mayor como para entenderlo. Es mi trabajo ayudarle con los asuntos de la ciudad.

—No creo que haya mucho que se pueda hacer —Casey no pudo ocultar su sorpresa y consternación.

—Con más razón, dígame... Por favor.

—Bueno, si te apetece saber... Al parecer han vuelto.

—¿Cómo que han vuelto, se refiere a... ellos?

—Sí, a nadie más.

—¿Por qué nadie ha escuchado nada?

—Bueno, es que no es seguro. Ha llegado cierta información de que un campamento muy al norte fue destruido hace unas semanas, pero no tenemos confirmación de aquello. En caso de corroborar dicha información, tendríamos que huir hacia el sur. Hacia Ularydh sería lo más seguro.

—¿Viajar? ¿Todos? —Casey empezó a perder los nervios.

—Todos a quienes queramos mantener con vida, sí.

—¡Es un viaje imposible, para empezar no estamos ni preparados!

—En teoría no, claro. El asunto es que a veces hay que abusar del poder. Las decisiones de estos últimos días estuvieron encaminadas a preparar un posible escape. Me extraña que no te hubieras dado cuenta antes.

—¡Eres un demente! ¿Por qué no nos avisaste a todos a tiempo? De seguro mucha gente habría colaborado voluntariamente con los preparativos. Si ahora mismo recibimos la orden de evacuar podríamos demorar horas... No se tú, pero yo les voy a avisar a todos.

—¡Oye, espera!

Y de esa manera, enfurecida y preocupada, Casey salió del despacho de Lucio Abrego.


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Por un momento se paralizaron. Antes de que diera alguna instrucción, Reydhelt vio como los escoltas y Marcelo saltaban la zanja. Por poco no lo logran. El único que lo logró de un solo salto fue Marcelo, quien extendió sus brazos a los dos escoltas. Luego de dudar un rato, les siguieron también Pedro y Reydhelt. Con la ayuda del resto subieron y se pusieron de pie. Dispersándose un poco, formando un pentágono, empezaron a avanzar con velocidad.

Al ver a Reydhelt sacar su cuchillo, el grupo se preparó para combatir. Todos sabían que si los instintos de Reydhelt se despiertan, las cosas se suelen poner feas.

Una vez arriba, lo vieron. Uno de los grandes de piel grisácea. Pero con una peculiaridad, este no llevaba armadura en la parte superior, ni aislante atmosférico. Por primera vez vieron como de su torso, con piel aún más pálida, salían los cuatro brazos que caracterizaban a esta especie invasora. Uno de esos cuatro brazos sostenía algo parecido a una alabarda enorme, chorreando sangre. Sangre que de seguro sería de uno de los tres hombres que yacían atados a la base de una antena. Sangre del origen de aquel grito. Grito de un hombre previo a morir desangrado.

En un lado del escenario, se encontraban Reydhelt y sus compañeros de expedición. Del otro lado, una Bestia de Guerra. Son pocos los humanos capaces de describir con suficiente precisión a estas criaturas. En su momento, un puñado de soldados se encargó de proveer la poca información que obtuvieron en los cortos encuentros que tuvieron con estos seres. La mala distribución de información en medio de la guerra terminó de deformar la realidad alrededor de esta especie invasora. Lo único cierto que había escuchado Reydhelt al respecto era su altura y su aspecto humanoide. Casi tres metros de altura mantenidos con una gran musculatura imponían tanto o más de lo que le habían contado a Reydhelt. Además de estos detalles, algo que casi nadie sabía era que estas bestias poseían cuatro brazos en vez de dos. Brazos que eran alargados y fornidos como el resto de su cuerpo.

Ante tal presencia, el primer movimiento del grupo fue retroceder, tal como les pedía su instinto. Tras dudarlo un poco empezaron a avanzar tratando de rodearle, pero sin dispersarse demasiado. Parte de Reydhelt quería huir, pero, ¿era eso posible una vez la bestia los tenía fijos en su mirada? Seguramente a los tres hombres capturados detrás del grotesco ser se les dio caza mientras trataban de huir. En esta situación, la alternativa más factible era confiar en su superioridad numérica. Reydhelt incluso manejaba la posibilidad de distraer a su enemigo para poder liberar a los dos secuestrados capaces de luchar. El incrementar sus números debería resultar en un aumento de sus probabilidades de éxito.

De pronto, el hombre en peor estado y a punto de morir desangrado habló.

—¡Tanishia ha caído! Intentamos avisarles, pero nos alcanzaron a medio camino. Por favor, avisen cuanto antes a su c—

Antes de que terminara de hablar, su mensaje y su vida fueron interrumpidos por el arma de la Bestia de Guerra. El olor a sangre inundó el ambiente.

7 de Agosto de 2020 a las 01:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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