N
N.P. Weiss


¿Qué hacer cuando una catástrofe te arrebata todo lo que creías importante para ti? ¿Por dónde empezar cuando una desgracia sin precedentes te da una oportunidad para reescribir tu vida? Acompaña a Reydhelt y a Franklin en esta historia de descubrimientos y redenciones, mientras luchan contra lo que el universo les tiene preparado.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

#drama #aliens #psicológico #245 #385
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Camino Primordial

Era una cálida tarde de abril en la que Reydhelt yacía en el suelo, en medio del bosque, bajo su árbol favorito, contemplando el cielo. Ese día, como muchos antes de ese, no había recibido ninguna orden ni petición por parte de la ciudad, por lo que podía descansar a gusto, lejos de los demás. Tanta suerte venía asociada a su cruel relación con el capitán del ejército a cargo de la ciudad. Ninguno de los dos quería verle la cara al otro, por lo que evitaban lo más que podían el verse. Por eso mismo su casa se encontraba muy cerca del bosque, alejada de donde casi todos los habitantes residían.

Para poder vivir tan alejado, Reydhelt tuvo que improvisar su vivienda. Para tener energía eléctrica tuvo que arreglar unos paneles solares que encontró. Para enterarse de lo que acontecía sin asistir a los informes semanales, consiguió una radio de onda corta. Para comer sin acudir al comedor público, reparó a medias un frigorífico en donde almacenaba lo que cada cierto tiempo iba a pedir a la gran cocina de la ciudad. Todo eran improvisaciones que le permitían con las justas alejarse lo suficiente de la ciudad, para no ver al capitán, y para no poner en peligro al resto.

Lo más incómodo de la forma en que vivía Reydhelt era el aburrimiento que perturbaba su sentido del tiempo cada tarde. Ese día el aburrimiento le pesaba tanto que ansiaba que algo, aunque fuera molesto, pasara. De pronto escuchó una chillona pero familiar voz. No podía no reconocerla de inmediato. Era su amiga, Jaque.

—¿Qué haces aquí, sucedió algo que deba saber? —preguntó mientras tomaba asiento.

Aunque una visita de Jaque fuera algo, y molesto, si ella lo visitaba significaba que en la ciudad las cosas no andaban mucho más entretenidas.

—No, solo vine a pasar un rato contigo —contestó sonriendo la chica de cabello negro, mientras se sentaba al lado de él—. Hace días que no me hago un rato para charlar contigo, ponernos al día y eso...

—Si mal no recuerdo, la última vez que hablamos fue ayer —pronunció algo molesto—. Y como siempre, te dije que si quieres hablar, aprovecha cuando me encuentre en casa. Este es mi espacio.

—Oye, a mí también me relaja este lugar. Me incentiva a volver seguido, por lo que no puedes hacer nada al respecto —manejaba ya un tono burlón—. Cuéntame, ¿qué ha pasado por aquí últimamente?

—¿Te refieres a qué ha pasado hoy? Eso más bien deberías contarme tú. No deberías estar libre tan pronto. ¿Acaso no te tocaba hoy ayudar en la recolección de frutas?—increpaba con cierta pereza en la voz.

—Si, en principio sí. Pero a última hora procedieron con un cambio en la distribución de personal. De hecho quedó más gente asignada allí que lo ideado en un inicio—dijo mientras parecía hacerse preguntas dentro de su cabeza.

—¿Y con el cambio te tocó un trabajo más sencillo?—seguía preguntando con cada vez menos entusiasmo.

—No, lo que pasa es que adonde me mandaron estaba Tomás.

—¿El bueno de Tomás, verdad?

—Sí... como te puedes imaginar se ofreció a hacer mi parte del trabajo. Y así es come llegué aquí tan pronto—terminó de contar con una linda sonrisa.

—El bueno de Tomás... ¿No crees que a veces te aprovechas demasiado de su amabilidad?

—Yo solo acepto cuando se propone ayudarme—dudaba un poco mientras lo decía—. Bueno, cierto es que cada vez me ofrece su ayuda más seguido, pero eso se escapa de mi control.

—¿Sí sabes por qué podría ser?—esta vez su pregunta fue acompañada por un levantamiento de ceja.

—Sí, creo que sí, por lo menos. Lo que me extraña es que se te haya ocurrido esa posibilidad. No es que hables mucho con él o su entorno. Y nunca has sido muy observador con ese tipo de cosas.

—Parece que se te olvida que yo estuve en la misma posición en la que ahora está él.

—Cierto... ¿qué crees que debería hacer?—pedía consejo con la mirada baja, algo avergonzada por el pasado entre Reydhelt y ella.

—No sé. Eso debería depender de cómo te sientes respecto a sus sentimientos —cambió de dirección su mirada—. Solo no finjas que no sabes nada. Habla con él.

—La situación difiere bastante a lo sucedido entre tú y yo. No creo que mi respuesta le agrade.

Se lo pensó un momento y ,justo cuando se disponía a responder, Reydhelt escuchó a alguien aproximándose. Estaría a unos quince metros aún. Así que se puso de pie y mediante gestos le pidió a su amiga que hiciese lo mismo. De una ranura hecha en el árbol bajo el que descansaba, sacó un cuchillo de chef y se puso posicionó listo para atacar, defendiendo a su vez a Jaque.

La razón de que se alarmara de esa manera es una serie de reportes sobre una reciente proliferación de bandidos fuera de varias ciudades y campamentos en toda la región. Como es natural, siempre hay quienes se sienten excluidos de la sociedad, y siempre hay quienes recurren a la violencia para sobrevivir. Esa es una de las razones por las que a todos los encargados de restablecer viejas poblaciones se les sugirió evitar asentamientos dispersos en las ciudades. Así que cuando Reydhelt decidió vivir lejos se aseguró el estar preparado para algún eventual ataque. De lo que no se podía asegurar era de poder defender a alguien más. Otro motivo para no querer visitas.

—¡Tranquilo Reydhelt, soy Casey!

Una vez Reydhelt escuchó esa dulce y conocida voz, relajó la guardia y dejó el cuchillo en su lugar. Al parecer hoy día no iba a poder descansar tranquilo. Ya se estaba arrepintiendo de su caprichosa petición al universo.

—¿Qué pasó Reydhelt? Tienes muy mala cara —comentó dulcemente la chica estando a menos de cinco metros de distancia.

—Nada, nada. Solo quise ser precavido, para variar. Tu ya has de estar al tanto de los cada vez más frecuentes ataques— mencionó Reydhelt mientras le extendía la mano a la recién llegada.

—Oye oye, yo no sabía sobre eso. Deberías dejar tu exilio voluntario y acercarte más al centro —dijo Jaque, tratando de aprovecharse de lo que acababa de enterarse.

—No creo que ese asunto sea un inconveniente para ti, ¿verdad, Reydhelt? —argumentó la dulce chica—. Además, es tú lugar —añadió.

—No lo sería si estuviera seguro de que nadie me va a venir a visitar sin previo aviso.

—Cierto, de vez en cuando alguna situación requiere de tu participación—sonrió Casey al notar la rima.

—¿A qué viniste, Casey? —quiso saber Jaque, que no podía evitar pensar negativamente cuando aparecía la mano derecha del capitán.

—Si, ¿no vendrías si no tuvieses algo importante que decir, no? —afirmó Reydhelt.

A estas alturas el chico ya había empezado a caminar, invitando a las chicas a seguirlo. Para él estaba claro que Casey había ido a transmitirle una orden que no podía rechazar.


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Reydhelt se encontraba en la zona más central de la ciudad, dentro del edificio más alto de los que quedaban. Con un total de tres plantas, el edificio donde antaño se ubicaba una cafetería servía ahora como centro de mando de Puerto Oculto. Fácil de ver desde cualquier parte de la ciudad y frente a una gran plaza que se usaba para anuncios oficiales. La suerte de la ciudad permitió que esta fuese designada como candidata a ser recuperada.

Eran ya quince minutos los que llevaba fuera de la oficina del capitán, en el primer piso del centro de mando. Según Casey le informó, el capitán de la ciudad, Lucio Abrego, lo requería para un trabajo. Ese hecho despertó la curiosidad de Reydhelt, puesto que normalmente el capitán movería sus fichas para que alguien más se encargara. Sin duda estaba ansioso por saber qué estaba sucediendo últimamente para tan extraños movimientos de personal. Ni siquiera la amable y linda asistente del capitán parecía encontrarse en el edificio.

Cuando menos lo esperaba, se abrió la puerta de la oficina y de allí salieron dos individuos, vestidos ambos con ropa militar. Se marcharon casi sin notar su presencia, con un leve gesto de saludo. Al parecer Lucio Abrego no era el único con apremio por hacer las cosas. Poco después, por la misma puerta se asomó el capitán, y cuando vio a Reydhelt, con otro gesto le indicó que pasara.

Dentro de la oficina destacaban solo dos cosas. Primero, una mesa en la parte más central de la sala, llena de documentos. Segundo, el escritorio del dueño del lugar, donde ya este esperaba sentado en un lado, esperando a que su invitado hiciera lo mismo del lado opuesto.

—Me comentaron que me necesitaba —comentó Reydhelt mientras terminaba de ponerse cómodo.

—Pues sí. Mira tú que sorpresa —decía Lucio mientras trataba de no mirarle a la cara.

Entonces el capitán sacó unos papeles de uno de los cajones de su escritorio y los arrojó sobre su mesa, dándole a entender a Reydhelt que los cogiese.

—En esos documentos encontrarás lo que necesitas saber de tu trabajo en la zona de las antenas. Incluye incluso especificaciones técnicas y guías de usuario. Algo debe haber sucedido que nos imposibilita comunicarnos con el norte —indicó mientras Reydhelt empezaba a leer—. Como entenderás necesitamos que soluciones cualquier inconveniente que encuentres lo antes posible. No nos podemos permitir el seguir parcialmente incomunicados por mucho más tiempo. Para garantizar el éxito y la eficiencia de la misión se te han asignado dos escoltas y dos hombres más como mano de obra. Te estarán esperando en el puesto de control de la salida noroeste. ¿Alguna pregunta?

—Si... tengo una. ¿No se supone que tenemos un buen número de técnicos electrónicos y mecánicos? ¿En qué proyecto están tan ocupados?

—Para tu mala suerte esa pregunta no te puedo responder en estos momentos. Solo puedo decir que te designamos a ti porque vimos que tienes algo de experiencia en electrónica, ¿me equivoco?

—No, ciertamente algo conozco del tema.

—Bueno, entonces puedes empezar a darte prisa. Anda, muévete, ya suficiente tiempo hemos perdido.

—Bueno, no queda de otra —murmuró Reydhelt al levantarse con los documentos bajo el brazo.

—¿Dijiste algo?

—No, nada de nada —respondió mientras salía con paso rápido del lugar.


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Mientras se dirigía al lugar indicado, Reydhelt terminaba de arrepentirse por su estúpido deseo. Arreglar un nodo de un sistema de comunicaciones jamás pasó por su cabeza. Además era una tarea crítica, por lo que seguramente no podría regresar sin lograr solucionar el problema.

Aunque más que molestia consigo mismo y con el capitán, lo que Reydhelt más sentía entonces era una profunda pena. Aunque quisiera no podría nunca olvidar como el capitán pasó de ser un fuerte guerrero, capaz de liderar decenas de hombres, a ser un amargado oficinista resentido de la vida y del universo. En cierta manera era como un triste espejo.

Miró Reydhelt a ambos lados de la calle y no pudo evitar ver a dos familias disfrutando de su mutua compañía. Se dio cuenta de que por más desastrosa que se pudiese catalogar a la situación de cada uno, eran pocos quienes habían perdido todo. Y eran menos quienes, como el capitán y él mismo, terminaron de perder todo cuando lo peor había pasado ya.

Seguía Reydhelt sumiso por la pesadumbre, con la mirada fija en el variante suelo. De pronto un par de pies, cubierto por un par de curiosos zapatos, interceptó su campo de visión, y no parecía que el cuerpo al que esos pies sostenía fuera a salirse del camino. Así que levantó Reydhelt su mirada, arriesgándose a toparse con alguien a quien no deseaba ver en ese momento.

—Oye, ¿terminaste lo que tenías que hacer? ¿Qué te parece si vamos a practicar un rato tiro con arco, por ejemplo? —era Jaque, rebosante de energía como de costumbre.

—No, y no creo que vaya a ser posible. Ni siquiera entiendo del todo lo que tengo que hacer, así que debo apurarme.

—¿Prefieres ese trabajo a un rato de distracción sin presiones?

—No, no es eso. Es que nos están fallando algunos sistemas de comunicación. Parece importante la cosa.

—¿Tú sabes de eso? ¿Por qué no envían a alguien más?

—No lo sé. La verdad es que he notado cosas raras en el centro de mando. El punto es que todos los técnicos que normalmente se encargarían de esto están ocupados, aparentemente. A ver si Casey nos puede contar algo luego.

—¿Estás diciendo que el capitán está tramando algo? —preguntó extrañada Jaque.

—Sí... algo así. Pensemos mejor que hay algo que no nos pueden contar.

—¿Será seguro que viajes tan al noroeste? Podría ser que algunos bandidos preparasen una trampa.

—No creo. En todo caso me asignaron dos escoltas, por si acaso. Seguro que vuelvo de una sola pieza. No empieces con tus paranoias—terminó indicando al ver como cambiaba la cara de Jaque.

—Bueno, entonces asegúrate de terminar ese asunto pronto. Puede que te esté esperando por si aún te quedan ganas de distraerte luego de ello.

—Bueno, pero no prometo nada. Cuídate.

Jaque se empezó a alejar, despacio, sin prisa alguna. Reydhelt, en cambio, se quedó estático. Para él , a pesar del trato indiferente que le daba, era muy importante conservar a su amiga, que una vez creyó perdida. Pensó que un buen gesto de vez en cuando no afectaría al personaje que debía mantener. Decidido entonces, le siguió los pasos, despacio, con prisa, pero discretamente. En cuanto la alcanzó, le tocó el hombro, esperó a que se diese la vuelta y le dio un caluroso abrazo. Espero unos instantes, la soltó, dio media vuelta y siguió su camino. Desde el otro lado de la calle, un niño pudo observar un par de sonrisas coquetas alejarse una de la otra.

26 de Julio de 2020 a las 21:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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