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chriss Christian Alca Lee

Mateo, un chico gay de clóset, regresa al Perú luego de haber vivido en España por varios años. Apenas llega a la hacienda de su padre, comienzan las experiencias de sexo, lujuria y amor... -''Escenas de sexo explícitas''-...


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

#romance #amor #pasión #lgbt #sexo
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PIEL CANELA

Seis de la mañana y la alarma del celular de Mateo suena, hoy debía despertar más temprano por los compromisos que debe dejar arreglando antes de que salga su vuelo, el cual es a las ocho de la noche, lo que significa que llegaría a Perú apenas amanezca.

Mateo llegó a España hace casi seis años, cuando tenía veinte, porque su padre quería que se especializara más en la ganadería de lidia, y que mejor que sea en España, la cuna del toro bravo. Después de un acúmulo de todo tipo de educación en ese campo, recibió constantes ofertas de trabajo, no tenía mucha experiencia, así que si su papá quería que supiera administrar bien su hacienda algún día, debía ganar sabiduría; fue así que terminó siendo el veterinario de una ganadería de toros bravos en Jaén. El trabajo no le daba miedo, puesto que se crió rodeado de vacas y toros de Lidia, debido a que su padre es también un ganadero de reses bravas, gracias a lo cual ha podido darle a Mateo y a sus hermanos una vida bastante cómoda.

Gracias a la insistencia de su padre terminó llegando a España, y la verdad, no se arrepentía de nada, en el país europeo la gente es más liberal y la mayoría de personas ven con buenos ojos la homosexualidad. Durante su tiempo por España ha visto, olido y sentido cosas que nunca en su vida creyó conocer; una de ellas, vivir su sexualidad de manera libre y sin prejuicios, hacer el amor con otros hombres sin temor a que se enteren sus padres o sus hermanos.

Pero como no todo es para siempre y los ciclos deben de cerrarse, ya era hora de regresar.

Después de un día corto, ya eran las seis de la tarde y Mateo debía estar en el aeropuerto; llevaba muchas maletas, así que sería muy tedioso todo el cheking. Mientras estaba en la sala de espera, logró divisar a lo lejos a un tipo bastante guapo; era alto, de por lo menos un metro ochenta, igual que él; sus hombros eran anchos y tenía dos nalgas que hicieron que su entrepierna despertara en el acto. La excitación que ese tipo despertó en él fue tan grande que, apenas pudo hacerlo, corrió al baño y se encerró en un cubículo a masturbarse pensando en aquel hombre de piel canela, justo como los que le gustaban.

Apenas regresó a la sala de espera, escuchó la voz que decía: ''pasajeros del vuelo 333-471 con destino a Lima-Perú, favor de pasar por la puerta 324''. Inmediatamente hizo caso y abordó el avión.

Ubicó su asiento y se puso cómodo, aun después de haberse masturbado no podía dejar de pensar en aquel hombre; apagó su celular y sacó su libro para leer y que el vuelo no le resultara muy pesado, no se fijó el momento en el que se quedó dormido, de un momento a otro su mente lo llevó de regreso a su departamento, exactamente a su habitación, donde aquel hombre moreno estaba acercándose a él con ojos lujuriosos y ganas de sexo, lo besaba y lentamente empezaba a bajar por su abdomen, lamiendo sus abdominales hasta desabrochar el cinturón para toparse con su pene erecto, lo olfateó y luego empezó a lamerlo desde la base hasta el glande para después devorarlo con su boca y tragárselo todo; luego vino lo mejor, Mateo empezó a lamer el esfínter anal de aquel moreno, primero suave y después más rápido, con la punta de la lengua hasta oír de su boca gemidos de placer, para luego dar paso al éxtasis más grande, la penetración.

Mateo penetraba a aquel macho que en cada embestida soltaba gritos de lujuria incontrolable y solo pedía que se lo hiciera con más fuerza y sin detenerse; el activo no se podía contener más, sentía que eyacularía; de pronto, abrió los ojos, todo había sido solo un sueño. Mateo miró su entrepierna y pudo notar la gran erección que tenía, hasta su compañera de al lado la había notado, trató de acomodar la posición de su pene por encima del pantalón, pero prefirió ir al baño y masturbarse otra vez, no supo cuántas veces eyaculó en ese día, pero algo dentro suyo hacia que la imagen de ese hombre no se saliera de su mente, —maldita sea, si tan solo supiera quien es—, pensaba.

Regresó a su asiento y volvió a quedarse dormido, con la ilusión de volver a soñar con él. Despertó como a las siete de la mañana y un rato después ya estaba aterrizando en suelo peruano, apenas bajó del avión fue a la sala donde los pasajeros recogen las maletas y fue que lo vio, no había duda, era él; el hombre de la piel canela estaba a escasos metros de Mateo recogiendo su equipaje, no lo podía creer, —¡qué carajo hacía él en Perú!—, apenas se agachó para recoger una de sus maletas, y al levantar la mirada ya no estaba, otra vez había desaparecido.

Mateo, al salir del aeropuerto, tomó un taxi y le pidió que lo llevara a un hotel en el cual ya había hecho una reservación, pasaría la noche en Lima y al día siguiente tomaría otro avión para ir a su ciudad, San Ignacio.

La noche se le hizo muy corta y sus ganas por estar ya en casa eran grandes, aunque algunas cosas debían haber cambiado, otras no, así que debía acostumbrarse a que ya no estaba en España, por lo que debía de ser cuidadoso en como miraba a otros hombres para que nadie en casa se pudiera dar cuenta que él era gay.



Tomó un segundo avión desde el aeropuerto de Lima, y luego de dos horas de vuelo por fin estaba aterrizando, al bajar del avión y recoger sus maletas se dirigió a la salida del aeropuerto, mientras caminaba divisó a lo lejos a su padre, la última vez que lo había visto en persona fue hace poco más de tres años en el funeral de su madre; no había perdido nada de su porte, seguía siendo un hombre muy guapo y alto, con brazos musculosos y piernas gruesas como robles, traía la camisa de cuadros desabotonada a la altura del pecho haciendo que este se resalte, los jeans hacían que sus piernas se vieran firmes y tonificadas y le hacían resaltar la cola, no era difícil notar que también se le resalta el bulto de la entrepierna, a veces creía que estaba bien dotado por cómo se le resalta el paquete; de todos modos, de alguien debía haber heredado sus veinte centímetros. Apenas se vieron, ambos corrieron a su encuentro y se estrecharon en un abrazo tan fuerte que hizo sus costillas crujir, su padre le besaba la frente como no pudiendo creer que su hijo estaba de nuevo en casa, y Mateo correspondía a su cariño con besos en la mejilla como los que le daba cuando era niño; ninguno de ellos dos, hombres de metro ochenta y barbudos, uno de 26 y el otro de 50 años, pudo evitar llorar. Los ojos cristalizados de Javier, su padre, hicieron que de los de Mateo emanaran lágrimas de felicidad que fueron secadas por el viento.

Luego de un emotivo reencuentro, ambos abordaron la camioneta de Javier para regresar a casa.

—No puedo creer que hayas vuelto, hijo, no sabes la falta que me has hecho —dijo su padre mientras manejaba.

—Hay viejo, no te me pongas sentimental. Yo también te he echado de menos estos años, a ti y… a mamá —le decía Mateo, a medida que tocaba el hombro de su padre con su mano izquierda. Al oír Javier que su hijo mencionó a su fallecida esposa, Mateo pudo notar en su cara la tristeza de ya no tenerla a su lado, la misma que le acompañaba a él desde su muerte.

—Si ella viviera… estaría tan orgullosa de ti, se pondría tan feliz al verte hecho todo un hombre, grande y guapo, en unos años seguro te casaras y me darás nietos...

—¿Casarme?... ¡Perdón!, pero creo que el compromiso no se ha hecho para mí, viejo; mucho menos tener hijos… soy… soy un alma libre —dijo Mateo, soltándose a reír, al igual que Javier.

—Eso dices ahora, pendejo, pero ya verás cuando te enamores, seguro en España te has cogido a varias chicas y no dudo que acá también lo hagas, porque eres joven y guapo, y heredaste el encanto de tu padre; además, a juzgar por como eras de chiquito seguro ahora tienes una razón más grande.

—¿A qué te refieres?

—Ya... no te hagas; a que estas bien dotado, pues. Como si los que te cambiamos el pañal cuando eras bebé no nos hubiésemos dado cuenta. —dijo Javier a medida que reía.

—Bueno, no puedo negar que es cierto, pero seguro lo heredé de alguien —dijo Mateo viendo a su padre con cara pícara.



Sin darse cuenta ya habían corrido por casi una hora, hasta que llegaron a un portón grande donde decía: ''HACIENDA PALO DE VENADO''.

Mateo no lo podía creer, después de tantos años por fin estaba de regreso. Atravesaron el portón luego de que uno de los empleados lo abriera, continuaron adentrándose por un camino con árboles de laurel a los costados, estos árboles no estaban cuando Mateo se había ido.

Llegaron hasta la casa grande, parecía un castillo, la habían remodelado, estaba más amplia, puesto que sus hermanos mayores, que eran dos, ya estaban casados y el mayor hasta tenía un hijo. Javier se estacionó en el patio de la casa y al instante salieron de esta sus dos hermanos; Logan, el mayor, con su hijo en brazos; Martín, el intermedio; Valeriana, la nana; y hasta Wanka, una perra de raza Rottweiler, que ya caminaba lento por lo vieja que estaba.

Mateo saludó a todos, incluso a los empleados de la hacienda. Ya entrada la tarde, decidió salir a dar una vuelta por los potreros, ensilló a Ébano, su caballo de raza Frisón, el que le regalaron sus padres el día que cumplió dieciocho años. Galopó un largo rato, quizá una hora; pasó por el río, se desnudó y dio un baño como cuando era niño. Hasta que se llegó la noche, su habitación había sido preparada y ya tenía sueño, se recostó y cayó dormido casi enseguida.

A la mañana siguiente se despertó cerca de las ocho, un poco tarde para él, pero había dormido muy bien; fue en busca de su padre, pero no lo encontró en su oficina, ni en su habitación, así que le preguntó a su hermano Logan y este le respondió que había ido de nuevo al aeropuerto a recoger al hijo de un amigo suyo que venía a pasar unos días a la hacienda, supuestamente, era su ahijado.

Mateo no tenía idea de quién podría ser aquella persona, hasta que al cabo de un par de horas llegó su papá en su camioneta y de ella bajaron él y otro hombre, lo miró de espaldas, pero al instante se le hizo conocido, traía unos pantalones jeans ajustados y un polo negro que le hacía resaltar sus amplios hombros; apenas se dio la vuelta pudo ver de quien se trataba, no lo podía creer, era él, el tipo del aeropuerto, el moreno por el cual se masturbó tantas veces imaginándolo en su cama; pero, ¿qué era lo que hacía en la hacienda?, ¿cómo así él era el ahijado de su papá?.

Apenas Javier llegó y lo alcanzó a ver le hizo señas para que se acercara.

—Mateo, ven —le solicitó su padre—. Te presento a mi ahijado Pablo. Él también viene de España y va a pasar unos días en la hacienda, estoy cerrando unos tratos con su padre y vino él en su representación.

—Hola, soy Mateo, mucho gusto, Pablo —dijo casi tartamudeando.

No lo podía creer, era él y estaba más guapo de lo que parecía; su piel era como la canela, sus ojos color verde oliva, y su pelo negro, tenía el mentón cubierto de barba; sus brazos eran un poco velludos, y sus manos, grandes como las suyas, se sentían tan delicadas al tacto cuando le dio la mano para saludarlo.

—Me comentó tu padre que acabáis de venir de España. Hombre, si os hubiera sabido te habría contactado para veníos juntos. —Su acento español lo hacía aun más sexi y varonil.

—Pues me habría encantado, ya será en otra ocasión.

—Mi hijo Mateo —dijo Javier—, será de ahora en adelante el médico veterinario de la hacienda, así que me gustaría que se llevaran bien, porque necesitaré de tu ojo de veterinario, hijo, en lo que planeo hacer.

—Cuenta con eso, viejo —afirmó Mateo—. Ya verás que nos llevaremos muy bien.

—Espero que tengamos una estrecha relación —dijo Pablo con una sonrisa que Mateo sintió un poco lasciva.


Al cabo del medio día, después de que Pablo se instaló en la casa, Mateo se ofreció para llevarlo a dar una vuelta por toda la extensión de la hacienda, a lomo de caballo; le ensilló una yegua mansa, mientras que el hijo de Javier montó a Ébano, su caballo Frisón.

Ambos salieron al galope y se detuvieron en cada plantación a la llegaban, pasaron por los campos de café y las plantaciones de naranja, puesto que la hacienda no solo se dedicaba a la ganadería, sino también a la agricultura; pero su principal actividad e ingreso estaba en la crianza de reses de lidia.

Después de un rato de andar trotando a caballo, llegaron a las praderas donde pastaban libres los sementales y las vacas de lidia junto a sus becerritos, vieron el lote de las vacas paridas y gestantes, los añojos, erales, utreros, cuatreños listos para ir al ruedo, y las praderas de caballos sin adiestrar. La vista de esos lugares era única, había árboles grandes y mucha grama verde; además, era la época en la que algunas de las vacas ya habían entrado en celo y el semental andaba cubriéndolas.

—¡El toro sí que vive como un rey! —dijo Pablo, al ver que el semental cubría a una de las vacas.

—Ese es su trabajo, lo único que tiene que hacer es comer, disfrutar de este paisaje y montar a cuantas vacas pueda, para que den becerritos —agregó Mateo, viéndolo a los ojos y lanzándole una mirada como la que él solía hacer cuando quería que alguien le hiciera una felación.

—Me gustaría ser un toro, definitivamente que sí. Pasar mi día comiendo, descansando y follando, con lo que me gusta follar a mí —dijo Pablo, secándose el sudor del pecho con la yema de los dedos.

—Follar, una de las más grandes delicias de esta vida, y que mejor si es en un paisaje como este —agregó Mateo, tocando su entrepierna al sentir que empezaba a tener una erección luego de oír a Pablo hablar así, con su acento agitanado.

—¿Os parece si descansamos un rato bajo ese árbol? Hace mucho calor y tengo el pecho y la espalda empapados de sudor, creo que me quitaré la camiseta —dijo Pablo.

—Sí, por favor, descansemos —suplicó Mateo.

Ambos se bajaron del caballo y caminaron unos pasos hasta la sombra de un roble enorme. Mateo caminaba detrás de Pablo, no podía dejar de contemplar su perfecto trasero, era redondo y seguramente muy firme y turgente si lo tocara, cosa que él moría por hacer.

Pablo se quitó la camiseta, su pecho y abdomen parecían labrados por el mejor escultor, su piel tostada parecía brillar con el sudor, tenía una fina línea de vellos que nacían por debajo de su ombligo y seguían su camino hasta perderse en el interior de la pretina de su pantalón. Verlo era un placer, y ese cuerpo excitante incitaba a Mateo a tomarlo entre sus brazos y besarle aquellos labios gruesos, bajar por su pecho y lamer sus tetillas oscuras y mojarlas con su saliva; quería amarlo, quería poseerlo, no solo quería fornicar con él, sentía que ese tipo le gustaba, a pesar de no conocerlo a plenitud.

Mateo destapó una botella de agua que había colgado en el arzón de la silla de Ébano y le dio un gran sorbo, el calor le había hecho dar sed, tomó un segundo sorbo y terminó mojándose el pecho con el agua.

—¡Hey tío, más cuidado, si era café caliente te quemabas! —dijo Pablo intentando ayudarlo a secarse el pecho—. Será mejor que os quites la camiseta, no os vayas a resfriar.

—No exageres, ni que estuviera helada, pero creo que si me quitare la camiseta por que hace demasiado calor —afirmó Mateo.

Procedió a quitarse la camiseta, o como se dice en Perú, polo. Pablo se acercó a ayudarlo, al terminar Mateo con el torso desnudo, ambos se quedaron mirando a los ojos, completamente estáticos. —¡Por Dios, que ojos más bellos tiene!— pensaba Mateo.

Poco a poco se fueron acercando más, Pablo pasó su mano izquierda por encima del hombro derecho de Mateo, como acariciándolo, y él tomó la mejilla izquierda del moreno con su mano, poco a poco se acercaron aún más, hasta casi besarse; cuando de pronto, el relincho de Ébano los hizo apartarse de manera brusca y cada quien miró al lado contrario, como avergonzados por lo que estaban a punto de hacer.

Ébano relinchaba cada vez más y hacia el ademán de querer galopar o pararse en las patas traseras, seguramente por el olor que sentía en el aire de alguna yegua en celo.

—¡Oh… quieto bonito! —le hablaba Mateo a su caballo con la intención de calmarlo—. ¿Quieres ir con esas yeguas? Lo siento, pero tú eres caballo domado, y esas son yeguas salvajes.

—¿Qué le pasa a tu caballo? —preguntaba Pablo.

—Debe oler alguna yegua en celo, por eso desenvaina la verga, seguramente lleva un buen rato sin coger.

—Ya veo… Creo que ya deberíamos de regresar, ya está por caer la noche.


Ya en la casa, después de cenar, Mateo se metió a su habitación y se pasó la noche entera entre sueños húmedos y erecciones poderosas, la imagen del cuerpo de Pablo no se le quitaba de la cabeza. Bebió algunas latas de cerveza y fumó un par de cigarros para poder dormir profundamente, pero en realidad, lo que necesitaba para dormir tranquilo era tener a ese macho de piel canela en su cama, abrazarse a él y dormir plácidamente, sintiendo la espalda de Pablo pegada a su pecho y sus nalgas rozando su pene, ambos desnudos, haciendo el amor entre sabanas de seda, mojándolas con su sudor, entre gemidos y eyaculaciones mutuas. Sentir el calor del interior de Pablo en su miembro viril, entrando y saliendo de él, a la vez que sus uñas dejaban marcas en su espalda.


A causa de las incontables veces que se masturbó durante la noche, Mateo, amaneció muy cansado.

Al sentarse en el comedor notó que estaban todos menos su papá; al parecer, aún no se había levantado. Tomó su lugar en la mesa y la esposa de su hermano le ordenó a la sirvienta que le sirviera el desayuno, había despertado con mucha hambre y se sentía aun con sueño.

—Cualquiera creería que pasaste la noche acompañado, hermanito —dijo su hermano Martin, en tono de burla y todos, incluido Pablo, rieron.

A los pocos segundos de haberse sentado a la mesa apareció su papá. Esa mañana se veía muy guapo, más que de costumbre, sus canas lo hacían ver un poco sexi, no sería sorpresa que tuviera alguna ‘’amiguita’’ por ahí, después de todo, aún se dejaba ver muy joven para la edad que tenía, y estaba en todo su derecho de seguir con su vida y tener todo el sexo que él quisiera.

Al llegar al comedor, Javier saludó a todos, le dio un beso en la frente a su nieto y se sentó a desayunar. Antes de empezar a comer, se paró de su silla y como si acabara de recordarlo, le dio un abrazo a Pablo, era su cumpleaños; Javier lo felicitó, cumplía 28 años, todos imitaron la acción del patriarca de la familia. Al momento de darle el abrazo, Mateo pudo sentir en el cuello de Pablo el olor de su perfume, a través de su olfato ingresó un aroma a rosas y a madera, aquella fragancia lo volvió loco de deseo por él, al grado de casi orillarlo a cometer la locura de besar su cuello.


Pasaron varios días desde la llegada de Mateo a la hacienda. Pablo pasaba casi todo el día con su padrino, pues el motivo de su presencia en Perú se debía a que estaba realizando transacciones, y todo ese tipo de asuntos, por unas inversiones que Javier había hecho en la empresa del padre de Pablo, en algunas ocasiones necesitaban de la presencia de Mateo para detalles de envío de animales hacia España y cosas por el estilo; la labor de este estaba más centrada en ocuparse de los animales de la hacienda; vacunar el ganado, inseminar a las yeguas, formular el alimento de los toros destinados al ruedo y cosas así. Se la pasaba más en el campo o los corrales, que en la casa.

Un día, el menos pensado, Mateo recibió la llamada de un hombre que solicitaba la compra de un lote de diez toros para una corrida en la monumental plaza de Acho, en Lima, para dentro de quince días; el tiempo era un poco corto, pero terminó por aceptar el trato, pues contaba con los toros y era una venta muy buena, sobre todo porque se trataba de la plaza de toros más importante de todo el Perú.


Pasaron poco menos de quince días, y un día viernes llegó el camión de la plaza a recoger los toros que se irían al ruedo; Mateo, en su papel de veterinario de la hacienda debía irse con ellos para asegurarse de que no les pasara nada a los astados durante el viaje; además, junto con el caporal de la hacienda irían en representación de su papá, ya que él no podría asistir a ver la corrida por estar atendiendo otros asuntos.

Antes de marcharse tomó sus cosas para el viaje, y cuando se disponía a salir de su habitación alguien tocó a la puerta, era Pablo que quería despedirse. Le estrechó la mano y le dio un abrazo deseándole que todo saliera bien y regresara pronto; por un momento, Mateo sintió que Pablo se preocupaba por él, que le interesaba su presencia, le correspondió al abrazo y se despidieron, subió a la camioneta y emprendió el viaje hasta la plaza de toros.


Al llegar a Lima, el camión pasó directo a la plaza, se desembarcaron los toros y luego Mateo y Jacinto, el caporal, se hospedaron en un hotel cerca de la plaza. Fue poco más de un día de carretera, así que la corrida sería al día siguiente.

La plaza de Acho se llenó, el cartel de matadores era espléndido. Estaban Enrique Ponce, Sebastián Castella y la rejoneadora Lea Vicens. Ya todo estaba listo para que empezara la corrida. Los matadores partieron plaza y salió el primer toro de la tarde, el cual fue lidiado por Lea Vicens, luego vino Castella y al último Ponce. Al final de la tarde sale el último toro, de nombre Atahualpa, este fue lidiado por Enrique Ponce, y por su bravura recibió las palmas de la gente y hasta se le otorgó el indulto, lo que en lenguaje taurino significa que al toro se le perdonó la vida, y como es costumbre en ese caso, regresa al sitio de donde salió para convertirse en semental.

Por motivo de que el toro debía pasar unos días en la plaza hasta que terminara de recuperarse, Mateo también tuvo que quedarse, y al cabo de casi cinco días regresó junto al caporal y al toro Atahualpa a la hacienda, donde los recibieron como a reyes, de manera apoteósica y con las vivas en alto, puesto que en una ganadería de lidia el indulto de un toro es motivo de fiesta; así que, al día siguiente, su papá organizó una comida en la casa e invitó a algunos ganaderos de la zona, hubo música, comida, y mucho alcohol, incluso Mateo recibió elogios de la gente, pues al ser el veterinario de la hacienda, parte de su trabajo consistía en que los toros estuvieran sanos al momento de ir al ruedo, además de medicarlos, desparasitarlos y balancearles el alimento.

Fue así, que en medio de tanta alegría la gente bailaba y bebía, y ahí estaba él, Pablo, bailando con una chica, Mateo los observaba disimuladamente y sentía celos al ver como esa mujer se le acercaba; de pronto, Mateo vio como Pablo empezaba a acercarse en la dirección en la que él estaba, parecía que la cerveza empezaba a hacerle efecto por la manera de caminar algo tambaleante. Se le acercó y empezó a hablarle al oído.

—Os he echado mucho de menos, eh macho… ni siquiera me marcaste al móvil los días que estuvisteis fuera —dijo Pablo.

—Disculpa, no lo consideré necesario… Además, no quería molestarte, te la pasas ocupado, y no quería que pienses que soy fastidioso —se excusó Mateo.

—¿Fastidioso? ¿Cómo crees? Pero creo que era lo más justo, después de que casi nos besamos, joder —agregó Pablo, casi susurrándoselo al oído.

—¿De qué hablas? —preguntó Mateo, muy desorientado y mirando a todos lados, como cerciorándose que nadie hubiera escuchado lo que dijo Pablo.

—Hey, vamos tío… no te hagas majo y ten los cojones de aceptar lo que pasó ese día. Casi nos besamos, y sabes que... yo estoy dispuesto a terminar con lo que empezamos…

—¿Terminar lo que empezamos?, explícame —preguntaba Mateo, muy dudoso e intrigado a la vez, como deseando oír la respuesta.

—Quiero… quiero que me folles cabrón, te deseo… ¡MÉTEMELA! dijo Pablo con voz trémula y lujuriosa al oído de Mateo.

En ese momento, el hijo de Javier quiso volar, no podía creer lo que estaba escuchando, era su sueño hecho realidad. Sus fantasías masturbatorias por fin se materializaban en algo real.

Miró a los ojos a Pablo, dándole a entender que lo siguiera. Ambos salieron de la fiesta, subieron a la camioneta de Mateo y este manejó hasta una cabaña en medio de un prado al que casi nadie se acercaba; entraron a la cabaña, en el interior había un catre viejo con un colchón de paja y algunas herramientas agrícolas.

Apenas penetraron en aquella choza se empezaron a besar con desesperación, era como si del deseo de besarse dependieran sus vidas. Se besaron hasta quedarse sin aliento, succionando el sabor de sus labios, Mateo besaba el cuello de Pablo y lo lamía con la punta de su lengua, luego el moreno hacía lo mismo, y en ellos ardía cada vez más la llama de la lascivia y la concupiscencia.

Mateo abrió la camisa de su amante, a dos manos y de un solo tirón, con una fuerza que hizo que los botones salieran volando. Contempló su pecho, firme y bien tonificado, y empezó a besarlo, sus tetillas tenían un sabor dulce, y en cada paso de su lengua por ellas salía un gemido de la boca de Pablo.

Hizo que su amante se recostara en el colchón viejo y procedió a quitarle los zapatos, luego el pantalón, hasta terminar por quitarle el bóxer, su miembro estaba erecto y emanando liquido preseminal.

Besó sus piernas gruesas y duras hasta llegar a la planta de los pies, para luego hacer que se diera la vuelta y se coloque en posición de perrito para tener acceso a su tesoro más preciado, su esfínter anal; la entrada de su ano estaba mojada, pedía a gritos ser penetrado, acercó su cara a las nalgas de Pablo y les dio un suave mordisco a cada una de ellas, las besó y chupó. Pablo solo gemía y arañaba el colchón, respiraba como una hembra en celo y levantaba el trasero para que Mateo lamiera su ano, y este con la punta de la lengua empezó a lamer suavemente su esfínter, luego con más fuerza hasta mojarlo completamente y sacar de Pablo su lado más pervertido, oyéndolo decirle toda clase de morbosidades, hasta que en un momento Pablo se detuvo, era su turno de recibir placer; giró a Pablo y le dio un beso hasta mojar sus labios y le ordenó con la mirada lo que tenía que hacer.

Mateo se tumbó de espalda en la cama y el moreno procedió a quitarle la ropa, a medida que se comía su cuerpo a besos, le sustrajo el pantalón restregando y succionando el olor del pene de Mateo por encima de la tela del bóxer, hasta que lo retiró con desesperación y suavemente empezó a devorar los veinte centímetros de su falo. Fueron cerca de quince minutos en los que el sube y baja de la boca de Pablo, en el miembro viril de Mateo, lo dejaron a este muy mojado y con ganas de hacerle el amor.

Continuaron besándose por un largo rato, intercambiando sabores, mientras sus lenguas se chocaban y exploraban la cavidad bucal del otro, hasta que llegó el momento de dar rienda suelta a su libido, y hacer el amor como dos animales salvajes que emanaban testosterona por montones.

Pablo se recostó boca arriba en la cama y Mateo se posicionó encima de él, tomó un poco de saliva entre sus dedos y se la untó en el esfínter anal; luego, posicionó su pene en ese mismo lugar y poco a poco empezó a ejercer presión para que entrara. Su falo entró suavemente y en su totalidad, pues Pablo ya estaba bastante dilatado por la excitación. Mateo besó a Pablo e inició con el mete y saca; de su boca solo salían gemidos y sus manos arañaban el sucio colchón; tomó las piernas de su amante y las colocó sobre sus hombros para penetrarlo con mayor ahínco, al hacerlo, los gemidos de ambos se incrementaron, y Mateo respiraba fuertemente haciendo un gran esfuerzo por no eyacular muy pronto.

El sonido del catre por el movimiento de sus cuerpos durante el sexo hacía que su excitación se incrementara; ambos, especialmente Mateo, sentían que volaban.

—Oh, sí… fóllame… fóllame Mateo… —suplicaba Pablo.

—¿Te gusta cómo te lo hago? —preguntaba Mateo, encarnizado en su trabajo de rol de activo.

—Me encanta, fóllame como si fueras un semental y yo tu yegua en celo.

Al unísono, ambos emitían gemidos combinados con besos. Hubo un momento en el que Pablo se giró para el coito a tergo, ahí, las penetraciones de Mateo fueron más profundas y placenteras, luego vinieron muchas poses más, y después de un largo rato de glorioso sexo, Mateo sentía como el ano de Pablo le apretaba el pene; era algo evidente, él estaba eyaculando sin tocarse, ya que sus ojos se pusieron en blanco y largos gemidos salían de su boca, fue ahí que Mateo ya no pudo contenerse más y explotó en una gran eyaculación en su interior, dejando en el ano de su amante todo su esperma de macho lujurioso.

Desnudos, cansados y bañados en sudor, se dejaron caer en la cama para recobrar un poco de aliento. Mateo extendió sus brazos y Pablo se acercó a su cara, y con sus ojos cetrinos lo miró, luego lo besó y le agradeció por tan delicioso momento, mientras finos hilos de sudor resbalaban por sus mejillas desde su frente, y se perdían en su barba; Mateo correspondió a ese beso con pasión, lo abrazó y el moreno posó su cara en su pecho, le dio un tierno beso en la sien y se quedaron dormidos; no les importó nada de lo que pasaba en el exterior, esa cabaña era su mundo, en ese momento solo eran ellos dos.

24 de Julio de 2020 a las 05:39 0 Reporte Insertar Seguir historia
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