Cuento corto
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Felicirap

De clase baja como el 60 por ciento de la población de su país, pero con el toque que lo hacía destacar. Apenas era un niño, y como cualquier otro, su destino no estaba asegurado. Sin embargo, él era de los de no rendirse, superaba los retos para sentirse superior y así trascurrió su infancia.

A los 14 años ya entendía un poco más la vida, sabía que trabajar en el mercado con su padre y levantarse muy temprano sería el pan de cada día, eso no lo desanimaba, viviría su vida muy normal, pero aún le faltaban conversaciones con su padre para madurar.

—Viejo, ya casi es hora —avisó.

—Sí, empieza a guardar todo.

Después de guardar las frutas y verduras del local, tomó la escoba y empezó a barrer.

—Ahora casi no hubo gente.

—Es por el frio, hijo —guardaba la fruta—. En esta temporada casi no compran fruta.

— ¡Ah!, ¿por eso?

—Sí, hijo. En verano es cuando venderemos más, ya verás.

Terminaron de guardar y limpiar la vereda y tomaron las cosas para llevarlas a casa.

Cuando se escuchaba el sonido del tren, él y su padre sabían que tenían que tomar un camino alterno en el cual tenían que pasar por la plaza llamada El Lagarto, donde en ocasiones se juntaban personas, especialmente adolescentes y hacían ruido. Muchos no sabían lo que eso significaba, y su vez, lo ignoraban. Pero además de pasar por esa plaza, también pasaba por un almacén de vidrios.

—Viejo, hubieras mejor robado vidrio, se ve que les va bien aquí.

—Eso es peligroso, por eso elegí la fruta y verdura que está cerca de nuestra casa y es menos peligroso.

—A ver si un día nos hacemos de algo mejor que las frutas y verduras. Además, en dos años más, mi hermano va a crecer, y nos podrá ayudar, ya seriamos tres.

—Pues hay que esperar, a ver que dice el tiempo. Mientras hay que seguir trabajando duro.

Al día siguiente en la vendimia, fue como de costumbre, ni lato ni bajo. Una vez más terminaba su jornada en un día normal de invierno y de nuevo se escuchaba el tren, señal de tomar otra vez la ruta alterna y pasar por la plaza El Lagarto.

— ¡Viejo! ¿Qué hacen ahí?

—Gente que se droga, nada más, nunca te vayas a acercar ahí.

—Se nota que festejan o algo así, se ven felices.

—Sólo es gente que no tiene nada bueno que hacer.

—Deberían estar trabajando como nosotros y que sepan lo que es trabajar.

Llegó la temporada de invierno a su punto máximo, y aunque en esa región el frio no es tan fuerte, las ventas y las cosechas disminuían, así que la temporada negra se avecinaba para todos los vendedores de frutas y verduras. Sin embargo, para esos tiempos, su padre se iría a trabajar a la obra y de eso sobrevivir.

El ultimo día en la vendimia, antes de tomar una pausa en lo que pasaba el invierno, tomaron el camino alterno debido al tren. Extrañamente la plaza estaba vacía, pero el almacén estaba cambiado, tenía un nombre muy inusual que se veía en su fachada, Mondekai. Además de eso, había un cartel donde anunciaban contratación de personal, esto les llamo la atención y fueron a preguntar. Les dieron el pase y entraron a un lugar, el lugar se estaba remodelando así que, en parte, estaba hecho un desastre. Mientras estaban esperando a alguien que les diera la información sobre el anuncio.

— ¿Ustedes son los que vienen a preguntar sobre el anuncio? —Se acercó un hombre con vestimenta de ingeniero.

—¡Si! ¿Qué hacen aquí?

—Vidrios, ¿Qué no están mirando?

—Creo que sí.

—Pues aquí hacemos de todo —mostró el panorama—. El que quiere trabajar, el trabajo está seguro, sobre todo ahora porque cambiaron de dueños, ahora son extranjeros.

— ¡Ah! Que bueno…

—Sólo que no aceptamos menores —miro a su hijo—, es la ley, hasta que tenga 17 años.

—Dele una oportunidad, es muy trabajador, de hecho, se mira más grande.

—Ojalá pudiera, pero los nuevos dueños se toman la ley muy en serio. No pagaran impuestos en cinco años, siempre y cuando cumplan con todas las normas laborales.

—Bueno, ni hablar —asentó—. Gracias por la información.

Después de marcharse los dos del lugar…

—¿Por qué no aceptaste tú el trabajo, viejo?

—Se ve que es un trabajo peligroso y no me agradó mucho el señor ese. Ya llegará algo mejor —motivó.

Llegaron a su casa a comer un poco mientras planeaban lo que harían en la temporada de invierno para sobrevivir y mientras estaba toda la familia en la mesa…

—Mañana iré a la obra a trabajar —confirmó—. Dejaremos la vendimia mientras pasa el invierno.

—Yo también iré —dijo su hijo.

—Claro que no, aun no estás listo.

— ¿Entonces hasta cuándo?

—Ya falta poco, tienes que madurar más y ser un poco más fuerte porque el trabajo es pesado.

—Si no puedo trabajar, entonces me hubiera quedado en la escuela.

—Te quedaras a cuidar a tu madre y hermano —respondió—. Aparte, sólo los que van a la escuela tienen talento.

—Pero yo tengo talento —defendió—. Además, mi maestra decía que era bueno con los números.

—Eso no es talento, sólo es una habilidad.

—Bueno, si tú dices —asentó.

—Cuando seas grande vas a entender muchas cosas, hijo.

Pasaron unos días y su padre se encontraba trabajando en la obra como era de esperarse, mientras tanto él, a escondidas, se iba a vender verdura al mismo lugar donde lo hacía con su padre, y obviamente la vendimia era muy baja, en ocasiones, nula, pero él estaba dispuesto a hacer algo por su familia ya que sentía que debía hacer algo productivo, o al menos algo que le hiciera valer.

Por otra parte, su madre, por instinto, sabía y entendía las intenciones de su hijo, así que pensaba que no era necesario discutirlo. Sin embargo, por desgracia, tres semanas después su padre llegó más temprano que de costumbre y no encontró a su hijo mayor en la casa.

— ¿Don de está? —preguntó a su esposa sin mucha preocupación.

—Lo mandé a comprar unas cosas.

—Ah, bien.

Pasaron dos horas y él aún no llegaba.

— ¿Ya tardó mucho no?

—Sí, tartamudeó.

De pronto la puerta de madera se abrió y llegó el hijo cargado de la caja de verduras.

— ¿Fuiste a vender? —dijo su padre enojado.

—Sólo esta vez, quiero ayudar.

—Peor ya te dije que no quiero que andes por ahí solo —gritó—. Es peligroso y aun estas muy chico.

—Pero no fui al lugar donde íbamos a vender, cambié a otro.

—No importa aun eres muy tonto, te pueden robar —le dio una cachetada—. Te dije que cuidaras de tu madre y hermano. Puedes ayudarle a tu hermano con sus tareas de escuela, a él es a quien debes ayudar para que no seas como nosotros, unos perdedores…

El silencio retomo la casa…

Ahora sí, realmente se sentía como un perdedor, sentía que su vida ya no tenía sentido, por primera vez pensaba en su felicidad y en su futuro. Dentro de él quería lograr algo importante en su vida y que su familia estuviera orgullosa, pero al paso que iba y en su situación actual era muy utópico pensar que lograría algo importante.

Sin más que hacer, optó después de todo, ayudar a su madre y hermano en la ausencia de su padre y en sus tiempos de aburrimiento empezó a leer los libros escolares de su hermano menor que por lo general hablaban de cuentos en general y de culto. Poco le llamaban la atención, pero era su única salida.

Aparte de leer, tenía que hacer las compras que le mandaba a hacer su madre, o bien, acompañarla, pero por lo regular iba él solo y eso le ayudaba a aventurarse en el vecindario y a los lugares a donde iba, eso lo hacía sentirse un poco más libre.

En una de esas, al ir por las calles, casualmente, pasó por el camino alterno donde solía pasar con su padre debido al paso del tren y recordó aquella plaza del Lagarto donde había gente y, por curiosidad, fue ahí para ahora sí averiguar de qué se trataba. Unos metros antes de llegar, se escuchaban sintonías poco inusuales para su costumbre.

—Pero no importa, perdemos y ganamos mañana porque así nos superamos, porque así es con los camaradas. A mi el barrio me enseñó que no importa si no ganas, que se está con el equipo en las buenas y en las malas…

Escuchó una ovación de la gente alrededor.

Por primera vez había escuchado palabras de motivación con sintonía y la primera vez que veía, a lo que ellos llamaban, una batalla de rap. No sabía si era ficción o real el sentimiento de las palabras porque todos gritaban y reían a la vez, pero aun así le fascinó. Extrañamente le hizo subir su autoestima, sentía que esas personas decían lo que sentían en realidad sin importar lo que los demás pensaran, reflejaban y expresaban la libertad de la expresión a su tono y melodía, era un elixir par su oído.

Se quedó ahí, escuchando por media hora más, no quería irse de ahí, quería quedarse hasta el final, pero se hacía tarde, tenía que volver a su casa. Se fue fascinado de ahí deseando algún día convivir en un grupo donde todo fuera armonía y se pudiera expresar sin resentimiento.

Llegó a su casa dando la excusa a su madre de que el dinero se le había perdido y tardó en encontrarlo. Su madre sospechaba que se había ido a hacer alguna travesura o algo por el estilo, pero notó que llegó un poco entusiasmado además de notar la falsa excusa del dinero perdido.

Su padre llegó poco después a casa, cansado y directo a la mesa para cenar.

— ¿Ahora no hiciste travesuras? —se dirigió a su hijo mayor.

—No, me la pasé ayudando a mi hermano —respondió—, como dijiste.

—Eso es bueno —sonrió—. Poco a poco te iras dando cuenta de por qué digo las cosas.

—Así estaré dos años hasta que pueda trabajar —asintió sin remedio.

—Sí, es parte de la vida.

—Pero también es parte de la vida ser feliz —susurró.

— ¿Quién te dijo eso? Bueno no importa. Sí, pero sólo los ricos tienen dinero para comprar la felicidad, a nosotros nos tocó trabajar duro para sobrevivir —dijo con serenidad.

— ¿Y por qué los ricos son ricos?

—Porque lo heredan de sus familias, y los famosos son por su talento.

— ¿Y si me hago cantante para hacernos ricos?

—Pero no tienes talento, hijo. No cantas, no eres un genio ni un buen deportista —aclaró—. A veces nos toca aceptar lo que nos tocó vivir y punto.

—Si tú lo dices… ¿Qué puedo decir? —se fue de la mesa angustiado.

Esa noche al estar en su cama, a lo lejos en las calles se podía escuchar de fondo música clásica, algo muy inusual para ese barrio, pero esa melodía de música le ayudó a cuestionarse por primera vez, su felicidad. ¿Qué es la felicidad realmente para él?

Aunque se quedó dormido con la duda sin responder, sabía que el tiempo se lo iba a responder.

Transcurrían los días y cada vez que le hacían un mandado a su madre, iba a la plaza del Lagarto para seguir viendo la exhibición que tanto lo emocionaba. Extrañamente al poco tiempo su curiosidad lo llevó a intentar rapear, así que decidió empezar a practicar con ayuda de los libros de su hermano que mejoraban su vocabulario.

—Relleno, comiendo, anzuelo… —se miraba al espejo—. Parpadeo, mareo…

Su anhelo y motivación eran bajos, no pensaba en las expectativas ni en el futuro, sólo lo consideraba un pasatiempo que lo hacía sentir bien. Así pasaban sus días con el fin de algún día tener el valor de tener una batalla de rap en la plaza y saber lo que se sentía.

Poco a poco se iba integrando al equipo de chicos y chicas de la plaza que por lo general eran de su edad, incluso cuando volvió a vender verduras con su padre pasada la temporada de invierno, él seguía asistiendo a ese lugar sólo para ver y sentir el convivio de esas personas, además de intentar hacer amigos.

—La primera que hiciste estuvo buena —chocaron sus puños.

—Gracias —respondió.

—Te llamas Ramiro, ¿no?

—Si

—Ya has competido varias veces.

—Creo que si —respondió— ¿Tu ya competiste?

—No, aún no estoy listo.

—Pero hace tempo que te veo por aquí —asumió—. Ya tienes el toque. ¡Vamos!, inténtalo ahora.

Dudó por cinco segundos…

— ¡Esta bien! —respondió valientemente—. No tengo nada que perder —pensó.

Comenzaba su primera contienda contra Verde, un chico con seguridad y que tenía pasión por el rap. Se saludaron y la contienda dio inicio con Verde y la música de fondo…

—Imagina que empiezas a rapear y luego dices que la gente te respetará. A mí la verdad me da igual, aunque haya mil personas o diez yo voy a rapear igual.

— ¿Acaso hablas de éxito?, tal vez de México o también de léxico, pero en mi familia no rapea nadie, doble mérito.

—No te entra en la mente que yo soy el más fuerte y aunque no me grite la gente yo rapeo para mí y eso es más que suficiente.

—Pero lamentablemente sólo viniste a mostrar los dientes. Es verdad, tienes la mente fuerte, pero en realidad es el corazón el que siente.

Y así siguió la contienda respondiendo uno sobre el otro sobre temas o situaciones improvisadas hasta que terminaron los dos minutos.

—Te dije que si podías —alentó Ramiro—. Todos empezamos por algo.

—Tuve nervios, pero ahora ya se lo que se siente —sonrió.

— ¿Cuánto tienes practicando? —preguntó Ramiro.

—Como un año.

—Eso es bueno… ¿Eres de por aquí?

— ¿Por qué?

—Creo que ya te había visto antes de este lugar.

—No tanto de por aquí —aclaró—. Vendo frutas con mi padre allá en el mercado. No adentro, sino por fuera, sólo nos ponemos ahí.

—Oh, ya veo.

—Y cuando tengo tiempo vengo aquí a escucharlos.

—Eso es bueno. Si sigues practicando llegaras lejos.

—Ojalá mi padre digiera eso —bajó la mirada y puso mueca triste.

—Te entiendo. Todos odian el rap, creen que es vandalismo y groserías, pero es más que eso, nunca lo entenderían.

Se quedaron mirando la última batalla hasta que terminó.

—Bueno… me retiro —se despidió Ramiro—. Hasta luego.

—Sí, hasta luego. Ramiro, ¿verdad?

—Si —chocaron sus puños.

Llegó a su casa entusiasmado por haber tenido su primera batalla de rap en la historia y por al fin haber conocido a alguien que le alentó a hacer su primera batalla. Al fin había logrado lo que quería hacer desde hace tiempo. Aunque sentía que la lectura le había hecho confundirse un poco, sintió la emoción de las personas a su alrededor, por primera vez conoció la adrenalina combinada con la diversión, se sintió en otro mundo aceptado por una pequeña parte de la sociedad que sabían que él existía.

Era uno de los mejores días de su vida, al fin había encontrado un pasatiempo que se transformó en una pasión y que lo hacía sentir especial y orgulloso de sí mismo.

El tiempo hizo lo suyo y transcurrió como naturalmente lo hace, aquel chico sin destino concebido ni rumbo que elegir, se había convertido en un adolecente maduro de 17 años con un entendimiento más de la vida gracias a sus amigos de la plaza a donde iba en sus escapadas. Él ya era reconocido completamente por la localidad junto con su mejor amigo Ramiro, que ya se había enfrentado en batallas épicas que se habían convertido en un clásico de la plaza. Era un ambiente en el que todos se divertían, era como jugar un partido de fútbol. Sin embargo, el tiempo es el tiempo uy hace sus ajustes buenos o malos para unos y para otros.

Era un invierno más y él y su padre dejaron de vender mientras pasaba la temporada, el momento perfecto para que él se escapara a la plaza a escondidas mientras su padre se iba a la obra.

—Al fin llego el día, hijo —dijo emocionado—. Ya tienes la edad suficiente para ir a trabajar conmigo a la obra.

—¿En serio? —tartamudeó—. Creí que tenía que esperar un año más.

—Pero estabas desesperado por querer ir a trabajar.

—Si —aclaró—, pero creo que debo esperar un poco más.

—¿Cuánto tiempo?

—Unas semanas más para hacerme a la idea.

—Está bien —cerró la puerta y se marchó.

Esa situación le dio tiempo para pensar qué hacer, además que sus planes habían cambiado por completo. Era su primer dilema personal el cual quería solucionar le mismo como un adolescente maduro, pero no lo lograría sin u poco de ayuda.

—¡Ramiro! —gritó a su casa.

—¿Quién es? —se escuchó.

—¿Quién más? —respondió.

—¡Ah, tu!

—Necesito tu ayuda.

—¿Qué pasa?

—Nada grave, sólo quería hablar con alguien.

—Voy para la plaza —aclaró—, hablamos en el camino.

Salió de su casa y empezaron a caminar.

—¿Cómo sabias donde vivo?

—Ya había venido con Verde ¿No lo recuerdas?

—¡Ah, sí! La vez de la fiesta a la que no fuiste.

—Exacto.

—¿Y qué haces pro acá?

—No sé qué hacer —suspiró—. Mi padre quiere que trabaje con él en la obra.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada, es solo que de ahí en adelante me vigilara y ya no podré ir a la plaza.

—Ya entendí. ¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé, por eso vine a que me ilumines.

—No soy bueno para dar consejos, amigo. Solo hay una cosa que te puede salvar y tú sabes qué es.

—No lo sé…

—Decir la verdad.

—¿Decir la verdad?

—¿Por qué ocultar algo que te gusta hacer y que no es malo?

—Mi padre jamás lo aceptaría, jamás ha estado orgulloso de mi, además un día me advirtió que me alejara de esa plaza.

—Entiendo —aclaró—, pero si realmente quieres salir de ese problema, la verdad es la única salida, como dicen por ahí.

—Por desgracia tienes razón.

—Confía en ti.

Se quedaron pensantes sobre eso mientras hablaban sobre otros temas y veían a lo lejos la plaza, como las personas se divertían y disfrutaban. Estaban ansiosos por llegar y tener una batalla más porque sabían que tal vez podría ser la última.

Todo era adrenalina y emoción revuelto con gritos de asombro cuando de pronto alguien interviene en la multitud y la vibra se desequilibra.

—Te dije que no vinieras aquí nunca más.

—¡Padre! ¿Qué haces aquí?

—Debes estar cuidando a tu madre y hermano, te lo advertí. ¿Por esta porquería no quieres ir a trabajar a la obra? —lo miró fijamente.

—Lo siento, viejo —miró a su alrededor—. Aquí tengo amigos y gente que me apoya y aprecia. Vengo aquí desde hace dos años, es algo que me apasiona y quiero lograr algo grande con esto.

—¿Qué estupideces estas diciendo? —refunfuñó—. Mañana mismo te iras a la obra conmigo y te vigilare de ahora en adelante.

—Ya estoy grande —aclaró—, quiero hacer mi propio camino, ya descubrí lo que me hace feliz.

—La felicidad no existe, eres pobre, ¡entiende!

—Mas bien, los pobres no existen y la felicidad esta en cada uno —replicó—. Tú también puedes ser feliz aun y no vivir de un trabajo que te hace miserable.

—Cállate y vámonos —lo tomó del brazo.

Me quedo aquí —se zafó de su mano—. Aquí soy feliz, ya sobreviviré de algo. Gracias por enseñarme a trabajar.

Después de esa larga discusión, su padre, sin remedio, se fue triste y decepcionado de su hijo mientras que la poca multitud lo abucheaba.

—Bien hecho, amigo —dijo Ramiro.

—Tenías razón —dijo con angustia—, ahora me siento mejor.

—Te lo dije, fue difícil, pero ya verás que tu libertad valdrá la pena —sonrió.

—Sólo que ahora no se dónde dormiré —dijo con preocupación.

—Supuse que eso pasaría.

—¿Sí? —dudó.

—Si, y tengo un amigo, Felipe, el que siempre usa camisetas grandes en las batallas.

—¿Zomby?

—Él vive con otros amigos, he ido a su casa, creo que pueden darte asilo mientras te acomodas.

—Esperemos que sí.

—Ya verás que sí.

—Gracias, amigo.

Su vida se había vuelto trágica, sin embargo, la verdad en realidad lo había salvado. Un golpe de suerte lo libró de dormir en la calle solamente por seguir sus ideologías y por lo que lo hacía feliz, el rap.

Duró unos días viviendo con Zomby y sus amigos quienes lo aceptaron mientras que conseguía algún trabajo, y en efecto, pasó días buscando uno hasta que paso por ese lugar de vidrios en el que solía pasar con su padre cuando tomaban la ruta alterna y donde una vez preguntaron por trabajo. Por un momento recordó a su padre, pero sabía que ya no había vuelta atrás, ahora tenía que hacerse cargo de sus acciones y decisiones.

—¡Buenos días! —saludó al llegar a la fábrica de vidrios—. Vengo a preguntar sobre el puesto de trabajo.

—¡Ah, sí! Adelante —respondió— ¿Qué edad tienes?

—Lo suficiente para trabajar.

—Tienes razón, tu altura te delata —dijo—. ¿Puedes empezar ahora?

—Si, claro —dijo con entusiasmo.

—Bien, ve a recursos humanos, para que hagan tu proceso.

—Si, gracias —tartamudeó.

—Es un poco pesado, pero te acostumbraras. Hay mucho trabajo aquí.

Y así empezó en la vidriería Mondekai su vida laboral, con eso ya tenía para mantenerse y seguir haciendo lo que le gusta. Su vida se había vuelto estable, aunque dentro de él se sentía culpable por haber abandonado a su familia, sin embargo, sabía que su madre y hermano lo habrían aceptado al saber que lo que hizo fue por seguir sus sueños.

Tres años después su vida había dado un giro inesperado, había trascendido tanto que al fin iría a competir al evento más importante de la ciudad, algo por lo que había estado luchando por mucho tiempo, al fin su momento había llegado, pondría a prueba sus años de práctica.

La publicidad ya lo había confirmado, él y otros raperos estarían compitiendo en el evento, un evento deseado por la comunidad del rap.

Por otro lado, su padre vivía su vida normal sin tratar de recordar la última escena que vivió con su hijo y a la vez pensando en qué había sido de él.

Al pasar por la calle, pensaba en lo que haría al llegar a su casa, pero de repente su subconsciente lo hizo detenerse y poner atención a un cartelón tamaño carta pegado en un poste con la foto de su hijo y otros chicos donde anunciaba un evento de rap. No lo podía creer, las últimas palabras que su hijo le dijo tenían sentido y le había dado forma hasta lograr algo que él quería. Prestó más atención al anuncio y observó que sería ese mismo fin de semana y se quedó pensante.

Mientras tanto el día había llegado y el evento comenzaba.

—Ramiro, gracias por ayudarme a lograr esto —mencionó—. Gane o pierda nos iremos a festejar.

—Para eso son los amigos —aclaró—. Pero tienes que ganar, no has sufrido lo bastan te para llegar y perder.

—Tienes razón, voy a dar lo mejor de mí.

— ¡Oye! ¿Por qué te pusiste ese nombre tan extraño?

—Oh, ahora que recuerdo nunca te lo dije —dijo—. Lo tome del lugar que me dio mi primer trabajo formal, además me recuerda a mi viejo.

—Eso es bueno. Siempre hay que tener presente quienes somos y de dónde venimos como dicen en las películas.

—Si, amigo. Ya voy a comenzar…

—Da lo mejor, te estaré mirando desde las gradas. Adiós.

Era ya la batalla semifinal de la competencia y el sonido comenzó.

—¡Yeah! Ya sea con base o a capela — movió su mano con ritmo —,tranquilo, este día estoy aquí, me perdí de mi siesta, hoy día gane quien gane nos vamos a mi casa yo pongo la fiesta.

—No seas un vago inconsciente, yo soy un demente. Voy para la final y en eso soy prudente porque disfruto el silencio de los inocentes...

—Yo represento el movimiento, tranquilo esto es arte, no es excremento. Me siento feliz de estar en este evento. ¡Viejo! — gritó con fuerzas hacia el publico — .Te dije que si tenía talento…

El público estalló con gritos de asombro y emoción mientras él disfrutaba del momento con lágrimas en los ojos.

21 de Julio de 2020 a las 23:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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