criandomalvas Tinta Roja

No hay concepto más desvirtuado que el de la libertad. Que Dios, el Demonio, o la providencia, nos libre de los libertadores.


Horror Todo público.
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Tierra quemada.

El panorama era desolador, ni un centímetro de tierra quedaba al descubierto. Lo que horas antes había sido un hermoso valle cubierto de un manto verde, ahora era un barrizal de entrañas, sangre y excrementos. De nada les sirvieron sus cascos y corazas, la batalla fue tan encarnizada como desigual. Miembros cercenados, cabezas destrozadas, cuerpos atravesados por innumerables flechas, brechas en pechos y gargantas de las que aun manaba la sangre, daban fe de lo cruento del combate.
Peor suerte corrieron los prisioneros, una larga hilera de ellos habían sido empalados en la linde del camino, a modo de macabra advertencia de lo que esperaba a aquellos que osaran levantar la espada contra los ejércitos del emperador.

No tardaron en aparecer las aves de rapiña, buitres y cuervos junto a los desvalijadores que despojaban a los muertos de sus armaduras, armas y todo aquello que se les antojaba de valor. A su paso dejaban los cuerpos desnudos para que los pájaros gozaran de su festín con mayor facilidad.

A través de las ranuras del yelmo los veía acercarse, la indignación se adueñó de él. Había sido derrotado. ¿No era esa suficiente humillación? Acabaría como los demás, desnudo, a merced de los cuervos que le arrancarían los ojos mientras los buitres, con sus picos más poderosos, abrirían su vientre dejando vía libre hacia sus vísceras.
No era un final glorioso, el enemigo abandonó los despojos de los vencidos como abono que fertilizaría lo que no siempre fue un campo de batalla. Pensó en qué tipo de cosecha sembrarían dentro de unos meses cuando ya no quedaran ni los huesos de ninguno de ellos.
Los saqueadores llegaron hasta él, uno calvo se puso en cuclillas junto al caballero y sonrío dejando al descubierto sus negros y escasos dientes. En total eran cinco, pero habían muchos más merodeando en pequeños grupos.

—No creo que saquemos mucho de este, su armadura está oxidada al igual que la espada.

A su espalda se hallaba un individuo grande que parecía ser el que llevaba la voz cantante.

—Al peso, algo nos dará un herrero. De ese hierro seguro que sabrá cómo sacar partido. De lo fundido crear algo nuevo.

Obedeció el calvo a la señal que le dio el más alto y se dispuso, junto a los otros tres, a despojar al caballero de su honra.

Quizás fue producto de tanta rabia acumulada, no importa de dónde sacó las fuerzas, lo agarró por el cuello, y en un rápido movimiento, se lo tronchó como si de una fina rama se tratara. El resto retrocedieron. Tras el susto inicial desenfundaron espadas y mazas y arremetieron contra el caballero que seguía tumbado en el suelo. Lo golpearon con saña largo rato en venganza por la muerte de su compañero, que, si bien es verdad que no le tenían ningún aprecio, no por eso dejaba de ser uno de ellos. Lo destrozaron por completo.

—¡Id con más cuidado! — Les advirtió el cabecilla. —Rematadlos, antes de nada, puede que haya más cobardes haciéndose el muerto.

¿Cobarde? ¡Él no era un cobarde! Luchó con bravura hasta el último instante. Incluso cuando sabía que todo estaba perdido no huyó, de haberlo intentado estaría empalado junto a los otros. ¡Él combatió hasta el final! Las heridas por todo su cuerpo daban fe de ello.

Los carroñeros retrocedieron mucho más que la vez anterior, fue el terror lo que los inmovilizo e impidió que salieran corriendo. El caballero se irguió tambaleándose, sus rodillas semi dobladas no parecían poder aguantar el peso. La espalda encorvada y al otro extremo del brazo, bien sujeta en la mano, arrastraba la espada.

—¡Esto es cosa del diablo que ha venido a llevarse las almas de los caídos! De no escapar, también a nosotros nos ha de arrastrar al infierno. ¡Huid por vuestras vidas! — Gritó aterrorizado un tipejo flaco.

El individuo más alto sujetó por el hombro a su compinche cuando daba media vuelta dispuesto a salir por pies.

—No seas estúpido, ese no puede dar un paso, está más muerto que vivo. Si no golpearais como mujeres no se habría movido del sitio.

Levantó su maza para asestarle el golpe de gracia, pero al descargarlo se encontró con que el herrumbroso caballero lo había bloqueado.

Había recobrado toda la agilidad, giró sobre sí mismo en una finta que, de tan grácil, más se asemejó a una siniestra danza que a un contraataque. Lo decapito de un solo tajo, la cabeza del jefe rodó por los suelos.

El tercero de los que quedaban en pie no se lo pensó dos veces, aullando como poseído por el diablo, una liebre parecía de tanto como corría. El miedo, en vez de hacerlos escapar en la dirección correcta, arrojó a los otros dos contra el fantasmagórico guerrero, que no dudó en ensartarlos como a pollos. Acudieron más carroñeros alertados por los gritos.

Uno a uno mordían el polvo, perecían bajo la furia homicida, de aquel que no debería de seguir erguido, después de haber recibido innumerables golpes mortales de necesidad.

Acabada la refriega, yacían a sus pies más de veinte saqueadores sangrando por sus heridas como cerdos el día de la matanza.
Bajo el yelmo, sus ojos desprendían un extraño brillo.

—¿En verdad sigo vivo? — Miró todo su cuerpo, una espada había atravesado la coraza y seguía clavada en el estómago. Se arrancó una flecha del cuello y hundió más de media mano en una brecha de su costado. No sangraba, y aunque debía de hacer mucho frío, tampoco exhalaba vaho por la boca.

Fue el turno de extraer la espada, lo hizo de forma rápida, no sintió dolor.

De pie podía ver mejor lo desalentador del paisaje, todos los que meses atrás partieron desde el sur para enfrentarse a las huestes del emperador estaban muertos. Muchos de ellos eran amigos suyos, compañeros con los que había compartido el mismo camino.

En lo más alto de una pica devoraban los cuervos la cabeza del conde sublevado.

No era un buen hombre. — Se dijo el caballero. —Solo lo movía la codicia, ninguna otra cosa mueve a los nobles.

Otros cobardes de "sangre azul" escaparon antes de comenzar la batalla junto con su séquito de parásitos, abandonando a su suerte al conde y a sus caballeros. Él no era uno de ellos, su sangre no estaba bendecida por la gracia que otorga Dios a sus favoritos. Él no tenía linaje, sus padres eran siervos de la gleba.

Nunca se conformó con el lugar que reservaban a los de su clase en esta vida, por eso escapó y unió su destino al de la vieja armadura que robó de un granero. La encontró como caída del cielo, nunca le dio por pensar que hacía en ese lugar, solo extendió la mano y agarró lo que creyó que le depararía un destino mejor. Ahora se sentía estúpido, se unió al conde como bien podría haberlo hecho al ejército del emperador, si hubieran sido ellos, en lugar de los rebeldes, los primeros en cruzarse en su camino.

Los saqueadores supervivientes habían huido, solo los graznidos de buitres y cuervos quebraban el silencio, estaba oscureciendo.

Anocheció deprisa y los pájaros desaparecieron junto con la luz. Una única figura continuaba erguida sobre toda aquella carne sin vida. Comenzó a caminar hasta llegar a los ejecutados.

—No debe de haber muerte peor que esa. —Se dijo entre asqueado y horrorizado.

En los rostros de aquellos desgraciados quedó grabado el terrible padecimiento sufrido. Sus facciones habían sido reducidas a unas pavorosas muecas. Los cuervos despojaron a casi todos ellos de los ojos, posiblemente cuando aún se retorcían por el dolor de sus desgarradas entrañas. Fue entonces cuando a lo lejos divisó el resplandor de una hoguera. Lo inundó de nuevo el sentimiento de ira. Si se trataba de más merodeadores acabaría con ellos, alguien debía de pagar por su frustración y el emperador estaba muy lejos de su alcance.


A una distancia prudente, le daba la espalda al campo de batalla. Estaba sentado frente a una hoguera cocinando y seguro que las vistas no eran las mejores para abrir el apetito. Junto a él, un carro repleto de cacharros. Aunque había algunas armas y armaduras, la mayoría eran trastos. Utensilios de cocina, aperos de labranza y bagatelas decorativas de poco valor. No parecía tratarse de otro saqueador. Un viejo pollino raquítico (con claras evidencias de que la sarna campaba a sus anchas bajo su pellejo) pastaba plácidamente a unos pocos metros de su dueño. Bien sujeto al carromato por una cuerda, se encontraba un precioso ejemplar de pelaje negro y brillante, un caballo de noble planta.

El caballero se acercó despacio, el viajero lo escuchó llegar desde lejos. El ruido que provocaban grebas, guanteletes y coraza, le advirtieron de su presencia. No se sobresaltó cuando, al girarse, se encontró con la destartalada figura.

—Hace una noche fría de mil demonios. Acérquese a calentarse al fuego. Estoy preparando unas lentejas, siempre me paso en la medida, así que prefiero compartirlas a tirar las que sobren.

El caballero permaneció en silencio, observando detenidamente a aquel individuo.

Vestía con ropas humildes, pero de buena manufactura y calzaba unas botas de cuero en las que apenas se adivinaban las costuras. Aun estando sentado, se apreciaba que debía de ser de gran estatura, aunque fino en hechuras. Pelo muy poblado y negro, lo mismo que los ojos. El mentón puntiagudo, perfilado por una fina barba.

El aroma del estofado desplazó el hedor a sangre, sudor y heces que había impregnado al caballero. Un aroma que haría revivir a un muerto, pero no tenía hambre.

Se sentó a la derecha del comerciante sin soltar prenda.

Sin molestarse lo más mínimo por el mutismo del recién llegado, prosiguió con su monólogo.

—No me he topado con nadie por estos parajes hasta ahora. — Sus ojos negros parecían capaces de traspasar el metal de la armadura. —No pareces un soldado del imperio. Si no eres un desertor, la única opción que queda es que seas un rebelde. — Le ofreció un pellejo de piel con agua. —Ten, refréscate. Seguro que, tras tan terrible batalla, tendrás la garganta más seca que la cuenca de un tuerto.

—No tengo sed.

La herida de su garganta, junto al retumbar del sonido de su voz al rebotar en el interior del casco, hicieron que sus palabras sonaran cavernosas.

—Al menos ahora sé que no eres mudo.

Dejó el pellejo en el suelo y comenzó a escanciar las lentejas en un plato de metal. Se lo acercó junto con una cuchara de madera. El caballero lo rechazó.

—¿Tampoco hambre? Hay quien por unas lentejas como estas vendería su alma. — Al no recibir respuesta se encogió de hombros. —Solo soy un humilde comerciante, no dispongo de otros manjares con los que obsequiarle. Disculpe si ofendí a tan distinguido caballero con unas viandas tan pobres.

—Simplemente nada me pide el estómago, no me ofendió buen hombre.

—He sido un patán, perdone mi osadía al atreverme siquiera a dirigir la palabra a un noble de tan alta cuna.

—Mi cuna no tenía patas, no os burléis de mí.

—Ni vos de mí, debo apartar de ella los ojos para que el brillo de esa magnífica armadura no me ciegue. ¡Es la coraza de un rey!

—A poco hace una hora que acabé con más de veinte hombres por intentar arrebatármela. Es lo único que tengo, para mí es un tesoro y si os burláis de ella haré que te tragues tus palabras.

—Lo sé, lo vi todo desde aquí subido en mi carromato. Un guerrero tan formidable solo puede ser un gran general, y como tal, portar la armadura que le corresponde.

El caballero se levantó de un salto y desenfundó colérico su espada. El fulgor del metal lo dejó confundido. En su mano brillaba un arma del color de la plata. Elegantes grabados en la hoja, la empuñadura era de oro con piedras preciosas incrustadas. A través de las rejillas del casco miró la dorada armadura, algunos arañazos y salpicaduras de sangre debidas a la contienda, pero nada más. Realmente parecía de oro, en el pecho grabado un escudo de armas, una balanza.

Antes de que pudiera reaccionar, de entender lo que le había pasado a su armadura y a la espada, el comerciante continuó hablando.

—No puede ser solo cosa de la suerte el haber escapado hoy de la muerte, seguro que el destino le depara un cometido mucho más noble que el de perecer aquí. — El caballero no prestaba atención a las palabras del comerciante, estaba atónito ante aquella maravillosa visión. —El conde no era mejor que el emperador. — Prosiguió. —Estas peleas absurdas por el poder diezman las cosechas de los humildes, su grano abastece los graneros de las huestes de los señores de la guerra y el pueblo pasa miserias. Veo que decora vuestro pecho una balanza, el símbolo de la justicia. ¿Por qué entonces se unió a la causa de un miserable?

Pasada la primera impresión por aquel milagro, el buhonero, que no parecía capaz de mantener la boca cerrada, por fin captó el interés del caballero.

—El pueblo está indefenso ante los abusos de los que se autoproclaman nobles. Les llenan el buche, tejen sus ropas y les limpian el culo. A cambio sólo reciben palos y desprecio. Necesitan de alguien justo que los guíe. Un campeón que los salve de la opresión, que los libere del yugo de la esclavitud... Alguien como vos.

Se levantó una densa neblina que en pocos minutos lo cubrió todo.

—¿Yo? ¿Qué puede un hombre solo contra los ejércitos del emperador?

—Son tiempos convulsos, tiempos en los que florece la inquina entre los hombres, y con ella también florecen los “libertadores” como mala yerba entre el trigo.

El pueblo, confundido, busca quien pague por sus miserias y siguen a cualquiera que le señale a un culpable. Unos les dicen que han de buscarlo mirando hacia abajo, y así, postrados, se resarcen de la humillación de ser pobres depositando su ira en la espalda de otros aún más desafortunados.

Otros señalan hacía arriba, y con el cuello curvado mirando el cielo, no ven el suelo que pisan. Tras la lucha, de tener éxito, se encumbra el nuevo tirano en el trono y nos indica que volvamos a mirar hacia abajo. Pero vos lleváis en el pecho el símbolo de la equidad y la justicia.

—Todo eso no es más que palabrería.

—Yo no creo en las casualidades, todo tiene un sentido, un “porqué”. Si estáis aquí ahora, después de haber sobrevivido a esa carnicería, debe de tener el destino un propósito mayor para con vos.

—Dios no ha querido que llegará mi hora, supongo que eso es todo.

—¿Dios? — El buhonero sonrió de forma despectiva. —¿De verdad pensáis que a Dios le importan las tribulaciones de los hombres? Dios hace mucho que renegó de nosotros, de nuestra ambición, de nuestra avaricia y de todos nuestros vicios. Dios ha abjurado de los hombres y los ha olvidado, solo has de recordar lo que ha ocurrido en el valle. ¡Que desperdicio de vidas! Dios deposita su amor en los buitres y en las alimañas brindándoles carroña con la que alimentarse.

—Blasfemáis.

—Dejad entonces que Dios se ocupe de todo, dejad en sus manos la historia para que nada cambie. Es el tiempo de los hombres, tiempo de que agarremos con fuerza las riendas de nuestro destino y olvidemos los postulados de una iglesia corrupta al servicio de los poderosos. Pero los hombres necesitan quien les guíe, necesitan de una mano firme, pero a la vez justa, necesitan de vos.

—¿De mí? ¿Y qué puedo hacer yo?

—Unir a nobles y plebeyos, todos iguales a los ojos de Dios sin darle la oportunidad de escoger privilegiados.

Siervo como había nacido, sabía el falso caballero por lo que pasaban los que, como él, habían tenido la desgracia de venir al mundo para servir y obedecer. Las palabras del buhonero lo cautivaban cada vez más.

—Para eso necesitaría de un ejército. ¿Quién iba a seguir a un don nadie como yo? — Hizo el ademan de quitarse el yelmo, el comerciante lo detuvo con un gesto.

—Mantén oculta tu condición de hombre. Han de creer que eres más que un mortal. Si no te despojas jamás de tu armadura pensaran en ti como en un ángel bajado de los cielos.

El comerciante giró la cabeza y se quedó mirando fijamente hacia el norte, hacia el campo de batalla.

—¿No los oyes?

El caballero agudizó el oído. Era el sonido de los cascos de muchos caballos y el metálico tintineo de las armaduras. De entre la niebla empezaron a surgir los caballeros sobre sus acorazados corceles. Majestuosos, portaban coloridos estandartes y en todos, la balanza bordada con hilo de oro. Armaduras y armas del color de la plata al igual que en sus escudos. Se detuvieron rodeando la hoguera.

—Aquí tienes a tu ejército. — El comerciante se levantó despacio para acercarse al carromato y liberar al corcel negro. —Lo encontré vagando por el campo de batalla, nadie me creerá si digo que es mío. Me colgarían de una soga por ladrón si apareciera con él por cualquier villa, pero nadie dudará de que a vos le pertenece. Es tuyo, cumplid vuestro destino sobre su grupa, salvad al pueblo de su vida miserable.

De un salto subió en sus lomos, alzó la espada y un estruendo de voces rompió el silencio de la noche. Los caballeros golpeaban sus escudos con las espadas, otros entrechocaban las lanzas y, a la voz de ponerse en marcha, todos siguieron al general del corcel negro y dorada armadura.

El buhonero los vio alejarse entre la niebla. En su rostro una sonrisa de satisfacción.



Ya a la luz del día pudo pasar revista a las filas de su ejército. Doscientos caballeros, ni uno más ni uno menos, pero cada uno de ellos valía por más de diez vulgares soldados. Su aspecto era fiero a la vez que de una sin igual belleza, las armaduras plateadas resplandecían bañadas por los rayos del sol. Totalmente acorazados, sus rostros estaban ocultos bajo yelmos coronados por hermosos penachos de grandes plumas. Todos estaban equipados con largas lanzas, escudo, maza y espada. La balanza decoraba estandartes y corazas. Percherones como montura, lo suficientemente fuertes para soportar el peso de los jinetes y de su propia armadura. Imponentes caballos pesados capaces de convertir las rocas en grava bajo sus cascos.

Cabalgaron tres jornadas sin descanso, sin que nadie les saliera al paso. El caballero estaba algo decepcionado, esperaba ansioso el momento de entrar en combate y sopesar la verdadera valía de sus tropas. No sentía agotamiento, tampoco hambre ni sed, calor o frío, tan solo un incesante hormigueo por todo el cuerpo.
Por fin, frente a ellos, una pequeña ciudad sin amurallar. Bajaron de una loma hacia el valle en perfecta formación de a cuatro.

Llegaron a una gran plaza justo en mitad de la calle principal que partía en dos la villa. Todo parecía desierto, pero era fácil ver que se entre abrían ventanas y puertas e imaginar, como de forma cauta y temerosa, los vigilaban los moradores de las viviendas.

De detrás de una esquina de una calle lindante salió a su encuentro quien debía de ser el señor del lugar. Infantería ligera, no más de un centenar. A la cabeza, vestido con elegantes ropajes, engalanadas todas sus extremidades con joyas, al igual que pelo y orejas. Se acercó separándose levemente de sus huestes el noble. Al llegar frente del dorado caballero, desenvaino su acero, hincó la rodilla en el suelo quedando a los pies de la negra montura, y humillando la cabeza, ofreció su espada. Apoyada en la palma de la mano derecha, la empuñadura, y el filo sobre el antebrazo izquierdo.
Se apeó del caballo y le puso sobre los hombros las manos invitándolo a erguirse con un gesto.

—Enfunda tu acero buen hombre, no he venido como conquistador sino como libertador. —Lo estrechó entre sus brazos en un fuerte abrazo.

Tímidamente salían de sus escondrijos los habitantes de la ciudad, la multitud acabó por desbordar la plaza. El caballero montó de nuevo para poder dirigirse mejor a todos ellos.

—¡Sabed…! —Empezó a gritar a viva voz.— …que me dirijo hacia la capital, al encuentro del emperador, y que pondré todo mi empeño en derrocarlo de su trono empapado en sangre. Que esta será la última de las guerras y que tras ella se acabará el hambre y la injusticia. Que, ante mí, no hay diferencia entre nobles y siervos. ¡Partid a dar la buena nueva por todo lo ancho y largo de esta tierra!

El júbilo se adueñó de todos y un clamor de voces lo vitorearon. Rodeado por los lugareños, el caballero estaba henchido de orgullo y más aún cuando vio marchar a muchos de ellos. Unos a pie, otros sobre mulos y mulas.

Se abrió un pasillo entre la multitud. Con cortos y elegantes pasos, se aproximaba despacio. El pelo flotaba mecido por la débil brisa, dorado y brillante, tan largo como deslumbrante. Coronada por una guirnalda de flores, su pálida frente, por ojos, dos luceros azules como el cielo en invierno. Ya muy cerca se detuvo e hizo una reverencia, sujetó con delicadeza los bordes del bajo de su falda con índices y pulgares doblando las rodillas e inclinando la cabeza. El vestido, blanco, ningún otro color haría justicia a la pureza de aquella doncella. Coincidieron sus ojos y las largas pestañas de la joven se agitaron nerviosas, como si pretendiera volar con la mirada.

A través de las rendijas del casco del caballero, solo se podían adivinar los suyos. Ella sonrió y sus dientes se le antojaron perlas, los labios fruta fresca. En sus manos un pañuelo de seda, extendió los brazos y se lo ofreció.

—Aceptad mi ofrenda, os lo ruego. — Su voz, dulce y relajante como el arrullo de las aguas discurriendo en calma por un arroyo.

El caballero quedó sin palabras, bajó su lanza y la muchacha ató el pañuelo justo donde acaba la madera y comienza el acero.

—Mi señora… —Tan solo eso alcanzó a decir de forma titubeante. Prendado quedó el caballero de aquella sonrisa, de aquel rostro aún infantil, de sus delicados modales que le parecieron los de un ángel.

—No. —Le respondió. —Sois vos mi señor, mi campeón, mi adalid. Ahora partid, que mi recuerdo os acompañe y reconforte en el largo trayecto.

Marchó la cohorte engrosada por las tropas de a pie y muchos otros, que, no siendo guerreros, también los siguieron.

El recuerdo de la joven no lo reconfortó, al contrario, no podía apartarla de su pensamiento y era lo único que lo distraía de su fijación por el emperador. El hormigueo por el cuerpo cada vez era más intenso, aun así, no le parecía en exceso molesto.

Allá por donde pasaban se repetía la escena. Lo recibían con vivas, flores y música. Ningún combate hasta el momento.

El caballero había cambiado de idea respecto a la guerra, si cumplía su misión sin derramamiento de sangre su historia pasaría de generación en generación por boca de comediantes y juglares. Sería el más grande de entre los grandes, el mayor de los héroes, la inspiración de todos los cantares.


Tras varias semanas de viaje, tras de sí avanzaba un auténtico ejército. Por allí donde pasaba, en ciudades, pueblos o aldeas, se unían a su causa. Familias enteras lo seguían, muchos fueron los que abandonaron sus filas para llevar su voz a cada rincón del imperio.


Reconoció aquellas tierras de labranza, eran en las que se crio de niño y pasó la juventud como siervo, trabajando de sol a sol como un animal. De allí escapó dejando atrás a su familia.

Desviarse un poco del trayecto apenas los retrasaría. Regresaría a su aldea, después de tanto tiempo ardía en deseos de verlos de nuevo.

Una vez más lo aclamaron como libertador, allí estaban todos. Padre, madre y ocho hermanos, sus vecinos, sus amigos.

—Que orgullosos se sentirían si supieran quien soy. —Pensó. —Pero si descubren que soy un plebeyo todo se irá al traste.

En esta ocasión venció a la vanidad el orgullo. Pasó por su lado, deseó saludarlos, pero se contuvo. No se detuvo, prosiguió, estaban a medio camino de la capital y lo pudo la impaciencia.


A medida que se aproximaban a la gran ciudad el paisaje cambió por completo. Todos los asentamientos habían sido abandonados y las cosechas calcinadas. Ni rastro de ganado ni de animales salvajes, solo desolación.

—El emperador pretende matarnos de hambre para frenar nuestro avance. — Pensó.

Contempló la marabunta de almas que seguían sus pasos. No desfallecían, ni siquiera los niños más pequeños. Nada parecía capaz de detenerlos.

No recordaba cuanto tiempo llevaban sin descansar y ordenó un alto en el camino para hacer noche. La realidad es que quería perderse en sus propias ensoñaciones, deseaba pensar en ella, en la hermosa joven de cabellos de oro.

Montaron las tiendas y al calor de las hogueras cantaban y bailaban alegres. Los doscientos caballeros de plata custodiaban los alrededores del campamento, altivos e impertérritos como estatuas, nada los inmutaba.

Amaneció y ni se dio cuenta del paso del tiempo, fue el maldito hormigueo, que iba en aumento, lo que lo trajo de regreso a la realidad.

La ciudad del emperador estaba a solo dos jornadas, tras las montañas que se dibujaban en el horizonte. Ordenó reanudar la marcha y apretó el ritmo, estaban… estaba muy cerca de la gloria.

Por fin, ante él, las murallas de la gran ciudad. Había escuchado muchas veces cantar alabanzas a la magnificencia de la capital. Hablaban de que, regadas por un caudaloso río, la rodeaban las mejores tierras de labranza y a su vez, a estas, frondosos bosques en los que, entre guerra y guerra, pasaba su tiempo el emperador disfrutando del placer de la caza.

Nada de eso quedaba, solo tierra yerma. Confiado, se acercó a los muros de piedra la cabeza de su ejército. Se había acostumbrado a ser recibido con los brazos abiertos y ni siquiera se planteó la posibilidad de que en esta ocasión las cosas pudieran ser diferentes.
Una lluvia de fuego cayó sobre sus cabezas, se retiraron en desorden lejos del alcance de las catapultas y de las flechas impregnadas en pez ardiente.

Estaba colérico, que estúpido se sentía. ¿Cómo pudo pensar que el emperador le abriría las puertas y lo invitaría amablemente a desalojarlo del trono? Formó a sus huestes en línea con la intención de que su enorme número aún pareciera mayor y así desmoralizar a los defensores. No quería asaltar la ciudad, nadie había caído durante su avance y un ataque a las murallas sería un baño de sangre.
Vio una pequeña figura que corría hacia la ciudad, estaba muy lejos de ella. Espoleó a su negra montura y lo interceptó en su loca carrera. Lo agarró por la tela de su raída camisa y lo alzó como si no pesara más que una pluma.

Era un chiquillo de no más de 10 años, por su aspecto hijo de siervos. Sin dejar de sujetarlo, lo dejó de nuevo en tierra y descabalgó.

Sabía por boca de algunos de los nobles que lo seguían, la costumbre que tenía el emperador de ejecutar a los mensajeros cuando las noticias que estos traían no eran de su agrado. ¿Quién podría matar a un niño? Lo dejó marchar encomendándole la misión de portar las condiciones de una capitulación digna. No habría represalias y el emperador, junto a todos aquellos que lo desearan, podría abandonar la ciudad con la palabra de respetar sus vidas.

El pequeño se alejó, vio como el puente levadizo bajaba y las enormes hojas de la puerta se desplazaban para dejarlo entrar, desapareció en su interior como si la ciudad se lo tragara.

Tres días esperó respuesta en vano.


Cada vez que intentaba aproximarse a las murallas, escoltado tan solo por sus 200 caballeros enarbolando bandera blanca con la intención de parlamentar, caía sobre ellos un diluvio de fuego del que escapaban al galope como alma que lleva el diablo.

Seguía en su empeño de no derramar sangre, los rendiría por hambre, acamparía y esperaría pacientemente.

El emperador debió de haber pensado en esa posibilidad, por eso mandó arrasar todo aquello que pudiera abastecer a su enemigo mientras él y los suyos habrían almacenado provisiones para aguantar meses en el interior. ¡Miserable! De nada le serviría esa treta, ni el caballero ni los que lo seguían precisaban de gran cosa para subsistir. De hecho, no recordaba la última vez que había probado bocado ni refrescado su garganta con un sorbo de agua. El hormigueo de su cuerpo empezaba a ser realmente molesto, más intenso e incesante.

A la tercera semana de asedio se podía ver por las noches desde bien lejos el resplandor de muchos incendios dentro de las murallas. Seguro que el hambre empezaba a campar a sus anchas provocando disturbios, mientras que ni a él ni a los suyos parecía afectarles nada, ni el calor, ni el frío, la sed o el hambre.

Al comienzo del segundo mes se abrieron por fin las puertas, dispuso su ejército para enfrentarse al del emperador, pero del interior de la ciudad solo asomaron unas pocas personas.

No eran soldados, ordenó que guardaran las filas sin avanzar y se dirigió hacia ellos en solitario.

Ahora podía verlos bien, escuálidos y enfermos, se trataba de labriegos, artesanos y desarrapados. Armados con hoces, horcas y antorchas, temblaban aterrorizados. Los precedía un anciano de aspecto venerable.

—¿Dónde está el emperador? —Les gritó estando frente a ellos, el viejo fue quien le respondió.

—El emperador ya hace muchos meses que escapó. En la ciudad solo quedaron aquellos que no tenían ningún otro lugar a donde ir.

—¡Mientes! ¿Qué tipo de treta es esta? ¿Dónde están sus legiones? — Observó confuso a los raquíticos ciudadanos. —¿Dónde están los soldados que nos repelieron con fuego?

—Dios sabe que hice todo lo que estaba en mi mano para deteneros, pero he fallado, todo ha sido en vano.

—¿Vos? —Miró al anciano incrédulo. —Vos no sois un general. Vos parecéis un hombre sabio. ¿Por qué entonces os enfrentáis a mí? ¿Por qué no aceptáis la paz que os ofrezco?

—Porque tenemos derecho a elegir. Pero tras mi fracaso solo me queda suplicar vuestra piedad. —El anciano se postró a los pies del caballo negro. —No me importa lo que me hagas a mí, pero dejad que ellos se marchen, en nada pueden estas pobres gentes perjudicaros.

El caballero miró uno a uno los aterrorizados rostros de aquellas personas, no debían de ser muchos más de un centenar.

Bajo el yelmo resplandeció el fulgor de sus ojos y tras la coraza la ira crecía extendiéndose por todo su cuerpo como un fuego que le abrasó las entrañas.

—¿Elegir? ¿Entre yo y el emperador? ¡Os juzgue mal, no sois un sabio si no un patán! ¡No se puede elegir, o se está conmigo o contra mí!

Contemplaron horrorizados como el caballero de la armadura de oro atravesaba al desdichado anciano, elevándolo sobre su cabeza. Por propio peso se deslizó hasta que el cuerpo sin vida quedó justo ante sus ojos. El caballero miró el rostro desfigurado por el dolor que padeció antes de morir. Justo bajo el filo de la lanza, continuaba bien atado el pañuelo de seda que le regaló la dama, ahora teñido de rojo.

Huyeron despavoridos sin rumbo ni orden. Los caballeros de plata espolearon a sus caballos, poco a poco aumentaban el paso hasta llegar al galope, parapetados tras los escudos y las lanzas en ristre, no tardaron en alcanzar a los huidos. Los que no perecieron bajo los cascos, lo hicieron ensartados por lanzas y espadas o aplastados por las mazas.

Todo muy rápido, apenas unos minutos. El caballero miró la carnicería, los cuerpos estaban destrozados, no encontró entre los cadáveres a ningún soldado, solo a mujeres, niños y algunos pocos hombres. Liberó su lanza del cadáver del viejo empujándolo con el pie. Los volvió a mirar con desprecio.

—¡Ya habéis elegido! Solo vosotros sois los responsables de lo que aquí ha pasado.


Esperaba que después de aquello se encontraría con una ciudad desolada y unas gentes rendidas por la miseria y la fatiga, pero su sorpresa fue mayúscula al atravesar las puertas. La ciudad era una fiesta, los recibieron con música y a su paso arrojaban flores. Todos se habían vestido con sus mejores galas y lo vitoreaban. Tan cálida bienvenida relajó la conciencia del caballero, seguro que los que yacían en el exterior eran los acérrimos del emperador. Nobles disfrazados que intentaron engañarlo para escapar.

Se dejó querer por la multitud, a paso tranquilo llegó a la entrada del castillo del emperador. Estaba satisfecho, lo había conseguido.

Sentado en el trono, los miró a todos con soberbia. Condes, varones y demás nobles, junto al alto clero, también lo observaban en silencio esperando las ordenes de su nuevo señor.

—Esta noche celebraremos una gran fiesta, deseo que el júbilo se adueñe de las calles, que se olvide este desagradable episodio. Empieza una nueva era, que el pueblo lo sepa. – Ordenó.

Corrieron obedientes a disponerlo todo, para que al caer la noche estuviera lista la mayor de las celebraciones que jamás se hayan vivido en la capital.

—¿Qué festejamos? — Se atrevió uno a preguntar.

Los ojos del caballero centellearon bajo el casco, el fulgor lo amedrentó, humilló la cabeza y se alejó en una reverencia hasta salir por la puerta sin darle en ningún momento la espalda.

Noche despejada, la luna llena iluminaba la gran plaza y las estrellas engalanaban, como lejanos farolillos, la cúpula celeste que cubriría la que sería la fiesta que lo encumbraría.

Mandó el nuevo emperador sacar el trono del palacio, lo dispuso en lo alto de una tarima construida para la ocasión y desde allí, sentado, contemplaba como el pueblo bailaba feliz al son que él les marcaba.
En la gran plaza del mercado los había reunido a todos, nobles y plebeyos, ricos y pobres.

Sonaban laudes, tamboriles y dulzainas. El pueblo danzaba alrededor de múltiples hogueras, que de forma espontánea prendieron los allí reunidos. Complacido, el caballero los vigilaba borracho de soberbia, no se dio cuenta de la presencia del juglar recién llegado hasta no tenerlo a no más de dos brazos del trono. El trovador mandó a todos callar.
El caballero lo miraba intrigado, vestía con ropas llamativas de vivos colores. Hizo una reverencia sin agachar del todo la cabeza, mirando fijamente a los ojos que se ocultaban bajo el yelmo.

El hormigueo en su cuerpo volvió con una intensidad al límite de lo soportable. Se habría arrancado la armadura y deshecho del yelmo para tener acceso a la piel y rascarse hasta arrancarse girones de carne. No debían de ver a su señor en una actitud tan humillante, como un perro mordiéndose la tiña, apretó los dientes y aguantó.

El bufón se irguió y lo provocó con su mirada burlona.

—Pido clemencia al gran señor de antemano. — Comenzó a decir. —Si mi voz no es del agrado de nuestro libertador. No hay otras gargantas apropiadas, más que las de los ángeles, para cantar sus hazañas. No obstante, Dios me guarde de `provocar ofensa, y si me dispensa, trataré con mis versos de hacer merecida justicia a las gestas de vuecencia.

Atrapado por la curiosidad asintió, le hizo un gesto con la mano y comenzó el trovador a tocar su laúd. La multitud permanecía expectante, todo silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.

—No hay concepto mas desvirtuado que el de la libertad, que Dios, el demonio o la providencia, nos libre de los libertadores.

Que nuestros oídos se cierren a sus promesas. ¡Escuchad todos mis quejas, por los ojos y no por las orejas! Este lienzo está pintado con sangre. La sangre de los inocentes, de los crédulos, de los necios, de los que eligieron seguir a un líder en lugar de pensar por sí mismos.

Cuando parecía que el altísimo no escuchaba nuestras plegarias,
sobre un caballo negro apareció un caballero.
Su armadura dorada oculta un secreto.
Lleva en la diestra una lanza y en la zurda una balanza
y allí por donde pasa todo son alabanzas.
¿Pero qué es lo que, bajo el hierro, esconde el caballero?
Prometió acabar con la guerra, que cesaría el hambre,
que ante él todos seriamos iguales.
Tantas veces escuchemos tan buenas intenciones
de boca de sabios, guerreros y necios.
Tantas veces nos mintieron y aún tenemos la necesidad de creer.
¡Pequeños hombres de grandes egos!
Cabalgan bajo la bandera de la esperanza.
¿En qué se diferencia de ellos el caballero dorado?
A sus pies, postrados, danzamos.
Adoramos a nuestro nuevo amo.


La incredulidad ante lo que estaba oyendo le impidió reaccionar, ya liberado del asombro inicial, se levantó del trono colérico y desenfundó la espada.

—¡Yo mismo te separaré la cabeza del cuerpo!

Escuchó un rumor, los cuchicheos de la multitud distrajeron su atención. Todos se apartaban y dejaban paso a una figura. Se calmó su ánimo de inmediato cuando la vio acercarse despacio. La doncella vestida de blanco parecía flotar más que caminar, a la luz de la luna y el resplandor de las hogueras, su visión se le antojó al caballero la de un ángel. Se olvidó por completo del juglar cuando la tuvo ante sí y se encontró con su sonrisa. La joven lo liberó del casco, quedando a la vista de todos el cráneo del caballero.

Los gusanos devoraban la carne putrefacta,por algún desconocido motivo habían respetado los ojos, unos ojos que desprendían un extraño brillo. La muchacha acercó sus carnosos labios a los dientes desprovistos de carne, entreabrió la boca y lo besó. Le introdujo la lengua y jugueteó de forma lasciva con el corrupto y negro musculo que aún conservaba el caballero a modo de lengua. Hubiera querido cerrar los ojos para abandonarse a aquel beso, pero no disponía de parpados. Notó un intenso frío y por un fugaz momento el molesto hormigueo de su cuerpo desapareció, se sintió en el cielo.

La separó con suavidad, quería contemplarla, disfrutar de aquella visión para luego estrecharla entre sus brazos y hacerla suya.

El resplandor de su mirada se había apagado y el hormigueo regresóen forma de un picor insoportable. Se le nubló la vista, poco a poco las figuras tomaban forma de nuevo. Ante él, una anciana vestida con harapos que parecía tan vieja como el propio mundo. Sus brazos huesudos asomaban entre los jirones,que, en algún momento, seguro hacía mucho, debieron de ser mangas.

El caballero retrocedió horrorizado, alzó su espada con la intención de partir en dos a aquella horrible visión. Reparó en que, de nuevo, el acero estaba mellado y oxidado. La anciana explotó en carcajadas dejando ver sus negros y escasos dientes, la lengua asomaba fuera de su boca,tan repugnante como toda ella.

Estaba rodeada de cadáveres hinchados y podridos, cuerpos llenos de bubas que supuraban sangre negra. La única música era el zumbido de los enjambres de moscas, miles, millones de ellas. Muchos cuerpos estaban apilados a medio consumir sobre piras aun humeantes, de otros solo quedaban los huesos calcinados y por todos los rincones muerte. Incluso las ratas y los pájaros que habían acudido a darse el festín habían muerto. Solo las moscas parecían capaces de disfrutar del banquete. Depositaban sus huevos y las larvas que salían de ellos devoraban a sus anfitriones.

Se sintió mareado, todo daba vueltas a su alrededor, no entendía que significado tenía aquella pesadilla. Solo escuchaba los graznidos de la decrepita arpía y el zumbido de las moscas. ¿Dónde estaban todos? ¿Y sus caballeros? ¿Qué había sido de sus seguidores?

El lugar donde hacía un instante se hallaba el juglar lo ocupaba ahora un viejo conocido. El buhonero lo miraba divertido con sus ojos negros como el pecado.

—¡Vos! —Le gritó. —¡Vos me habéis engañado!

El comerciante miró a su alrededor en un gesto de comediante y luego se señaló a sí mismo.

—¿Yo?

—¡Si, vos! ¡Me habéis cegado, habéis nublado mi entendimiento con a saber que veneno sacado del mismo infierno!

—Querías traerles la paz y lo has hecho. Todos iguales ante ti, y ahí los tienes.

El buhonero parecía tener que hacer un gran esfuerzo para contener la risa.

—¡Yo no quería esto! ¡Me habéis utilizado, he sido un juguete en tus manos, tu lacayo!

—¡Estúpido! — Ahora el tono del comerciante era severo. —Estabas tan cómodo en tu papel que no te molestaste en girar la mirada ni una sola vez para ver lo que dejabas tras de ti. Nunca dudaste ni te hiciste preguntas, solo tu sed de poder importaba. Tú mismo te pusiste la venda y ahora intentas colgarme el muerto. —Miró a su alrededor y ahora sí estalló en carcajadas. Clavó los ojos de nuevo en el caballero y continuó de forma sarcástica. —Ahora que te miro más detenidamente, tengo que admitir que no hay aseveración más correcta que la que afirma que el poder “corrompe”. —Rio complacido de su ocurrencia antes de continuar. —En todo te equivocas, yo no te he engañado, ni tampoco has estado a mi servicio en ningún momento. Tú mismo la aceptaste como señora. ¿No lo recuerdas?

Hacía rato que las risas de la anciana habían cesado y permanecía en silencio. El caballero se dirigió a ella.

—¿Quién sois?

—¿Debo presentarme ante vos enlutada? La respuesta es tan obvia como estúpida la pregunta.

—¿Qué me habéis hecho?

—No te obligué a nada que no desearas, mi “campeón”, mi “aguerrido adalid.” Me has servido bien, también a ellos, todos te están agradecidos por librarlos de sus miserias.

—Me has utilizado, no he sido consciente en ningún momento de lo que hacía. Soy inocente, niego mi responsabilidad en esta aberrante situación.

Retomó la palabra el buhonero.

—¿Inocente? Tú guiaste tus pasos sin necesidad de que te indicaran el camino, tú decidiste en todo momento tus actos. Pudiste pasar de largo, pero preferiste pavonearte delante de aquellos que te vieron crecer, delante de tu familia y vecinos.

Era el turno de la anciana.

—El médico imploró clemencia, te rogó que dejaras marchar a aquellas gentes. Con su pobre ciencia fue capaz de parar tus piernas ante las murallas, pero de mejor corazón que tú, dejó traspasar la puerta a tu emisario. Tus manos están manchadas de sangre y solo tú eres el responsable. ¡Aquí tengo la prueba! —En sus manos el pañuelo de seda teñido de rojo.

La vieja espada se deslizó por los dedos del caballero hasta caer al suelo. Abatido, se dirigió al buhonero.

—¿Y entonces?¿Cuál es tu papel en todo esto? ¿Qué esperas conseguir?

—Solo he venido a recuperar lo que me pertenece.

El caballero miró su armadura, oxidada y destrozada como cuando la encontró. De no ser solo huesos hubiera querido llorar. Se fue librando del acero por piezas, quedando a la vista sus restos consumidos por las larvas de las moscas. Se despojó por último de la coraza, sabía que no era la armadura lo que el buhonero había venido a buscar.

Un último pensamiento dirigido a su familia y sus huesos, sin carne ni tendones que los unieran, se desplomaron desparramándose por el suelo.



A mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1347, estalló la mayor epidemia de peste de la historia de Europa, tan sólo comparable con la que asoló el continente en tiempos del emperador Justiniano (siglos VI-VII). Desde entonces la peste negra se convirtió en una inseparable compañera de viaje de la población europea, hasta su último brote a principios del siglo XVIII. Sin embargo, el mal jamás se volvió a manifestar con la virulencia de 1346-1353, cuando impregnó la conciencia y la conducta de las gentes, lo que no es de extrañar. Por entonces había otras enfermedades endémicas que azotaban constantemente a la población, como la disentería, la gripe, el sarampión y la lepra, la más temida. Pero la peste tuvo un impacto pavoroso: por un lado, era un huésped inesperado, desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado, afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos. Quizá por esto último, porque afectaba a los mendigos, pero no se detenía ante los reyes, tuvo tanto eco en las fuentes escritas, en las que encontramos descripciones tan exageradas como apocalípticas.*1
La ciencia de la época se enfrentó a la pandemia de formas harto estrafalarias, pero tan solo el fuego purificaba todo aquello que había tenido contacto con la enfermedad por lo que tras su paso tan solo quedaba tierra quemada.
(Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: "Ven". Miré, y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano.
Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: «Dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada por un denario, pero no dañes el aceite ni el vino»)*2
*1 Nathional Geographic.
*2 Apocalipsis.

19 de Julio de 2020 a las 16:53 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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