luisrodriguezmi Luis Rodríguez

¿Recuerdas el soniquete de las tablas de multiplicar? Seguro que ya no te será indiferente cuando escuches la tabla del 6.


Paranormal Lúcido No para niños menores de 13.

#edificio #niño #misterio
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La tabla del 6

Antes de leer el relato, si tenéis un hermano tarareando las tablas de multiplicar, pedirle... por unos minutos.. que guarde silencio...

Rinnnngggg!!!! El despertador sonaba como cada mañana, a las 8 en punto. Me levantaba con la misma sensación de monotonía todas las mañanas, sin recuerdo alguno del día anterior. Caminaba hacia el baño, donde las gotas del grifo caían a un ritmo lento pero exacto entre una y otra.

El despertador sonaba mientras yo me afeitaba con esas cuchillas que rascan sobre la piel de lija. Me volví a la penumbra de mi habitación, cuya ventana daba a un patio de un viejo edificio donde la luz no entra hasta cerca del anochecer. Aun así podía ver el cielo y como este se fundía con la fachada grisácea y oscura por la polución de la zona. Los geranios amarillentos y descuidados de la casa de enfrente asentían por el aire y parecía que negaban todos mis pensamientos. Se convertían por momentos, en la voz de mi conciencia. De todas maneras era lo único que tenia ahora, mis días como trabajador habían concluido tempranamente por enfermedad y la soledad me acompañaba en los largos días de otoño. Al llegar la tarde y cuando las nubes dejaban entrever algún rayo de luz, me acercaba a la ventana de mi habitación.

En los momentos mientras siesta, un chico de corta edad tarareaba las tablas de multiplicar, mientras coloreaba con sus pinceles de distintos colores, borrando en mi vista la sórdida imagen del blanco y negro que me acompañaba ese día. Aquel niño se tiraba toda la tarde haciendo los deberes, tarareando tablas de multiplicar sin equivocarse nunca. Así podía estar horas. Sacaba libros de todas las materias, libros un poco desgastados – serán heredados de sus hermanos- pensaba. Aquel pequeño, no levantaba nunca la cabeza, con su lápiz marrón, el uniforme que podía ver desde mi ventana del 4º piso, de jersey de pico granate con camisa blanca. Durante esa tarde, pasaba horas y horas mirándolo como escribía, como coloreaba.

No sé si era curiosidad o aburrimiento, pero algo tenía que no podía apartar mirada. Por primera vez desde que le veía, me atreví a tararear con él la tabla del 6. El niño, calló por un momento mientras yo seguía tarareando. Soltó el lápiz y alzo la vista hacia mi ventana. Yo sobresaltado, al apartarme de la ventana, me caí del taburete del que me sentaba. Al levantarme y mirar entre las cortinas. El niño ya no estaba y había dejado los libros sobre la mesa.

A pocos minutos de caer el sol, un fuerte viento y unas pequeñas gotas me sobresaltaron en el salón de mi casa. Una tormenta había llegado a la ciudad y parecía que no iba a marcharse en poco tiempo. Me acerque al patio y mientras cerraba la ventana y recogía la ropa del tendero, vi que la ventana del chico estaba abierta y los libros, los dibujos, estaban mojados. La tinta corría por las hojas y el pupitre de una inmaculada madera, se humedecía y resbalaba por el impecable barniz. Grité un par de veces para avisarle, pero nada, no contestaba nadie. Agarre una chaqueta y baje las escaleras hasta la 2º planta. Me plante delante de la puerta blindada, de un marrón roble y un pomo en la parte central con aspecto gargolesco. Golpeé la puerta varias veces, pero nada, allí no se oía nada. Insistí una vez más pero seguía sin contestar nadie. Cuando me giré impotente, una voz de un hombre mayor hizo detenerme.
- ¿Quién es usted y que hace dando golpes a esta puerta?
Entre los barrotes de las escaleras, como si surgiera de una celda, un hombre de aspecto centenario,con ropajes más comunes de alguien de campo,pálido con los ojos rojizos, se acercó a mi..
- Hola, me llamo Pedro, y llegue hace pocas semanas – o eso creo – al 4º, quería avisar a los padres del niño que se han dejado la ventana abierta y que el agua está entrando por la ventana.
El anciano se acercó a mi con rostro de como si me conociera, con gesto serio. Cuando estaba a pocos centímetros de mi me dijo con voz quebrantada - debe de estar usted equivocado, en esta casa no vive nadie desde hace años, aquí quedamos 3 vecinos y ahora ha llegado usted. El edificio está en ruinas prácticamente y lo mantenemos como podemos.

Un silencio se apoderó de la escena. Sabia perfectamente que yo había visto a aquel niño, pero quise no dar sensación de locura mental con los que iban a ser mis vecinos durante un tiempo y asentí con la cabeza y volví a las escaleras con la mirada de aquel hombre clavada en mi.

Cuando entre a mi casa, me acerque a la ventana del patio y contemple como la ventana del 2º estaba cerrada y las cortinas también. El viejo anciano no era de fiar, no parecía una persona en sus cabales. Estaba convencido de que vi a ese niño y que al sentir mi voz levanto la mirada.

Calló la noche y un silencio recorría toda la calle. La lluvia había cesado y el viento daría una tregua durante unas horas.
Sentado en el salón, frente al televisor, pensaba en lo que me había dicho aquel anciano y en lo del niño. No podía estar ese hombre en lo cierto. O estaba loco o aquí pasaba algo raro. No sé que podía ser, pero me mantuvo en vela durante toda la noche.

A media noche la inquietud y el poco sueño me impulsaron a bajar a comprobar si aquel vecino estaba en lo cierto. No eran la hora ideal como para ir a despertar a una familia, pero si no lo comprobaba, aquellas palabras me iban a martirizar durante toda la noche. Cogí una linterna y tome las escaleras con mucho sigilo, no me apetecía encontrarme a ningún aciano con aspecto fantasmal. El ruido de una puerta me detuvo, el corazón me palpitaba a gran velocidad y no me dejaba oír con exactitud. Baje a la 2º planta y enfoque con la linterna a la puerta.

La puerta estaba entreabierta.... Algo me decía que tenia que asomarme, que tenia que mirar. Me acerqué y despacio entré, di un par de golpes para asegurarme de que no había nadie... camine por el pasillo hacia la habitación. El aspecto de la casa era muy antiguo. La luz de mi linterna dejaba ver unos muebles muy barrocos y retratos en las paredes, un poco sucio pero bastante elegante. Me paré en frente de la puerta que daba al patio. Lo sabia porque la casa era exactamente igual que la mía, pero en distinta orientación. Abrí cuidadosamente y me encontré el pupitre con las pinturas y los cuadernos desordenados. La habitación era muy sencilla. Las paredes estaban empapeladas de un tono beis oscuro, tenía una pequeña cama a un lado, con una mesilla y un espejo ovalado. Ninguna foto o retrato. A mi derecha y junto a la ventana, se alzaba el pupitre. Me acerque a él y me senté en la silla con cuidado de no romperla por mi peso. Eché la mirada hacia el patio y al elevar la vista, vi algo que no podía ser. Un escalofrió recorrió mi espalda y una sensación de angustia me invadía. En la ventana del 4º, de mi piso, estaba yo, contemplando fijamente, sin gesticular y con una mirada fantasmal a mi mismo. No podía ser, me estaba volviendo loco, me levanté de golpe y la silla se cayó haciendo un pequeño ruido, me giré, no veía apenas nada porque la linterna había dejado de funcionar. Salí corriendo como pude y antes de llegar al pasillo que daba a la puerta de salida, mi mirada se fijo en un retrato que la luz exterior que entraba por la ventana del salón iluminaba perfectamente. En ese retrato estaba dibujado, con una exactitud milimétrica, el niño del pupitre y el anciano de la escalera. Con una fecha imposible: Juan Luis Romero y Pedrito Romero. 1923. De repente, sentí un fuerte golpe en la cabeza y caí violentamente sobre el suelo de madera.

Hoy ya no está ese edificio. En su lugar, construyeron hace unos años una urbanización. Nadie conoce lo que sucedió allí, pero algunos niños cuentan a sus padres que de vez en cuando, mientras hacen los deberes, oyen susurrar una melodía que a sus padres les resulta muy familiar: 6 por 1 es 6, 6 por 2 12, 6 por 3 18, 6 por 4 24, 6 por....

14 de Julio de 2020 a las 18:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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