Cuento corto
0
429 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Lluvia

Si he de conceder a mis celestes ojos la licencia de contemplar la más bella y sufrida de las creaciones, que sea entonces el corazón de la ingente raza humana el que acometa mis diáfanos pensamientos. Son ellos, los hombres, seres heroicos de noble esencia y borrascoso andar; víctimas de su propio discurrir. Brotan uno a uno de la tierra agotada, la cual huellan con su absurdo guerrear, dejando una estela de luctuoso resquemor, y a la cual volverán ineluctablemente, compelidos a fenecer. Desde la altura de mi palatina morada contemplo con arrobo las alucinantes vivencias de estos seres que luchan sus días con férvida pasión; pasión inefable aún para un ángel de melifluos labios como los míos.


Observé con detenimiento los campos cubiertos de frondosa vegetación y entonces, en medio de un bosque, captó mi atención la barbarie y la crueldad de una sangrienta e irracional batalla humana. Cientos de hombres actuaban en completa armonía, cumpliendo cada uno con su papel dentro de una trágica obra dramática que los llevaría hasta la muerte. Todos vestían del mismo modo, gritaban con igual pasión y arrostraban la contienda con la común fiereza de quienes saben que solo seguirán viviendo mientras impidan a los demás hacerlo. De entre las almas combatientes emergían viscerales gemidos que estremecieron mi ser. Sin embargo, mis ojos no pudieron apartarse de aquel crudo episodio, aunque este fuese una tortura para ellos. De pronto contemplé en medio del fragor de la batalla el andar agónico de un hombre joven; en realidad, era solo un niño ataviado cual épico guerrero. Sudaba profusamente, y el sudor que emanaba de su piel, al caer de su frente y rodar por sus mejillas, se confundía con las lágrimas que brotaban de sus aturdidos ojos de infante vencido por el miedo y la desesperanza. Mi mirada atenta le siguió a medida que caminaba con lentitud en busca de un lugar para resguardarse de la impiedad. Finalmente cayó de rodillas junto a un árbol y con su mano derecha tocó la parte baja de su espalda, y al sentir la honda herida que acabaría con su vida, lanzó un portentoso alarido que me perturbó profundamente. Su cuerpo fue deslizándose lentamente por el tronco del árbol hasta que finalmente cayó al suelo. Los ojos del egregio gladiador se cerraron en solemne pausa, y de su herida fluyó sublime sangre inocente que humedeció la indignada tierra. Su expirar, aunque fue uno más entre miles, me conmovió como ningún otro, y la imagen de su cuerpo tendido en la espesa broza me condujo a gran tristeza. El vigor angelical me abandonó y no pude contener las lágrimas, de modo que a la tierra descendió una tenue y melancólica llovizna que cubrió a los hombres con mi dolor.


Quise que mis ojos huyeran de aquel cruento escenario en busca de paz y sosiego, así que dirigí mi atención hacía una remota población que lucía imperturbable y serena. Sin embargo, aquella quietud y armonía eran solo una entelequia; una quimérica representación de una vida incólume y enmarcada por la dicha. Por las empedradas y pulverulentas calles se veía el parsimonioso andar de abúlicos ancianos apocados por el hambre y la desgracia. La gente del pueblo era vencida por la miseria y la escasa alimentación que los obligaba a ver pasivamente el astroso declinar de sus vidas. Sus ojos exánimes poseían el extraño brillar que da la tristeza. Los pequeños caminaban fuertemente asidos de la mano de sus abnegadas madres, aferrados a una vana esperanza de hallar consuelo para su dolor y alivio para sus castas penas. Por un camino yermo y sombrío contemplé a una hermosa y joven mujer que se dirigía hacía el pueblo en franca búsqueda de auxilio. De sus pies desnudos y mancillados por el ramaje que cubría el suelo brotaban gotas de sangre materna que exornaban la hojarasca. Llevaba en sus brazos un frágil cuerpecito cubierto con una poluta frazada que había perdido su albura gracias a las salpicaduras de lodo que le habían manchado. La mujer corría desesperadamente, con pasión, como si su destino estuviese en el otro lado del mundo, o acá, en el cielo. Sus pasos iban acompañados de sentidos ruegos a las alturas y a su pequeña, a la que pedía con fervor que no la dejase sola en su mundo. Lloraba copiosamente; de hecho, fueron tantas sus lágrimas que todas las hojas del bosque se habrían podido bañar con ellas. Habían transcurrido semanas en las que se abstuvo de comer a fin de dar su alimento a su indefensa criatura y en las que no había dormido un solo instante para así poder velar sus candorosos sueños. No se había preocupado por entender cómo había sobrevivido en aquellas condiciones, pues su vida estaba indisolublemente atada al bienestar de su hija. De pronto, su andar se hizo lento y cansado hasta que finalmente su abatida figura se detuvo junto a un majestuoso árbol del que cayeron premonitoriamente cientos de hojas, dejándole completamente desnudo y sin vida. La fatigada y aterida mujer posó su frente en el tronco áspero y frío del árbol, mientras miraba con la más grande dulzura el rostro de su hija. La abrazó con todas las fuerzas que aún conservaba en su interior y con voz casi imperceptible empezó a cantar una nostálgica canción de cuna a su pequeña, conformando así una poética melodía que estremeció mi entero ser. Cuando su canción terminó, la inmensidad se vio invadida por un aterrador silencio que marcó el preciso instante en que la vida de la agonizante criatura se iba, dejando entonces a su madre completamente desolada. Sin dar un solo grito de dolor o impotencia, la mujer besó tiernamente la frente de su hija e inmediatamente acercó sus labios al cuello dócil e indefenso de esta. Noté que hablaba en medio de sollozos y en voz baja, diciendo, seguramente, las palabras más hermosas que se hayan dicho; tan hermosas como las que solo una madre puede decir a un hijo. Quise escuchar, pero ni aún mi etéreo poder pudo franquear aquella oda intima y pura; aquel clamor de una madre que lo perdía todo. Su respirar se hizo cada vez más lento y afectado hasta que el dolor de su amor ausente y la ilusión perdida la enterraron en un sueño eterno. Nuevamente el vigor angelical me abandonó y no pude contener las lágrimas, de modo que a la tierra descendió una tenue y melancólica llovizna que cubrió a los hombres con mi dolor.


Mis ojos discurrieron entonces por la tierra hasta llegar al vasto mar, donde observé extático el inmenso poder de las divinas manos creadoras de tan colosal obra. En una playa solitaria alcancé a divisar a lo lejos a un pequeño e inocente niño que lloraba desconsoladamente. Caía una y otra vez sobre la arena, y tras levantarse con gran esfuerzo continuaba su camino en medio de la pena. Su amargo llanto fue causado por las siniestras olas del mar que le habían arrebatado una pequeña flauta que su madre le había regalado y que era el más grande tesoro para él. Pensé en cuan frívolas e innecesarias eran sus lágrimas, en los grandes dolores humanos que él ignoraba que existieran y en lo mucho que habría de llorar en todos sus días. Hubiese rogado una eternidad por que sus penas fueran siempre tan simples y puras como aquella. Pero su tristeza era inmensa y me contagié de su dolor al saber que le aguardaba una gran nube de padecimientos que sería cruel e infinita; tan infinita como el imponente mar que le había robado su graciosa y resonante flauta. Quise aguantar, pero no pude hacerlo; nuevamente el vigor angelical me abandonó y cedí a las lágrimas, de modo que a la tierra descendió la tenue y melancólica llovizna que cubría a los hombres con mi dolor.


El inocente y enternecedor pequeño corrió entonces hacia un árbol para resguardarse de mis lastimeras gotas de tristeza. Entonces sus ojos vieron con asombro como un pajarillo caía de un acogedor nido asentado en una elevada rama. Con sus inofensivas manos tomó el ave y empezó a observarla con curiosidad. Su llanto se esfumó al oír los primeros gorjeos del dócil animal que parecía disfrutar de su cálido amparo. El trinar del pajarillo se hizo cada vez más fuerte y vivaz, logrando así que los labios del pequeño esbozaran una preciosa sonrisa. Entonces fue totalmente dichoso, y lo evidenció al reírse con libertad y desenfreno como si nunca hubiera llorado por razón alguna. El mar le había quitado su flauta encantadora, pero el cielo le había dado una más hermosa, pues era una flauta con corazón. No compartí su alegría, pues era efímera, y sus sonrisas no acabaron con mi pesar por él, pues supe cuantas dichas le habría de robar la vida. Le dejé bajo el árbol, colmado de alegría y sonriendo por su felicidad, mientras yo, desprovisto de mi vigor angelical, seguiría discurriendo por el cielo, observando la azotada tierra de los hombres en la cual nunca dejaría de llover.


13 de Julio de 2020 a las 20:11 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

Más historias

Bogotá, 482 años Bogotá, 482 años
Montón de humo Montón de humo
El Gran Ángelo El Gran Ángelo