lepquezada LEPQuezada

Un joven viaja por accidente a través de un portal hacia un mundo lleno de mujeres. AL aventurarse un poco, entra a un masivo bosque, donde es interceptado y secuestrado por un pequeño grupo de súcubos. Al llegar al palacio, el joven Edgar, descubre que es una especie de harem, lleno de súcubos llenas de lujuria. Una profecía cuenta la llegada de un hombre que las salvará y unificará a todos los pueblos de mujeres al rededor de Hariam, la Tierra de las Mujeres Guerreras. No será fácil, ya que el no sabe que hacer, y no recibirá entrenamiento si no se acuesta por lo menos con la Reina Súcubo, pero el no desea eso, no del todo.


Fantasía Épico Sólo para mayores de 18. © Reservados

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Capítulo I

La vida siempre evoluciona, crece y se convierte en cosas inimaginables. El planeta Tierra comenzó a sufrir cambios, unos cambios tan graves, que las realidades que conocían, se fracturaron, y a causa de eso, portales a otras partes de la galaxia y otras dimensiones, se dejaron ver, atrapando a gente con cautivadoras cosas. Planetas repletos de mujeres ansiosas de tener sexo, realidades dónde quien entra es el gobernante de todo el lugar y una infinidad más de cosas que solo a quien lo presencia, le pasa.

Edgar Rhos, un joven de veintidós años de edad andaba en su bicicleta por la avenida Dostoievski en la ciudad de Chihuahua, Chihuahua, cuando de pronto, un portal apreció en el piso, justo por dónde él iba a pasar. Fue demasiado tarde para darse cuenta, cayó por el agujero. Sus ojos veían azul, y después a gente observando hacia el enorme hoyo. Su mente se nubló y se fue al mundo de los sueños.

Cuatro horas después, despertó, acostado en un campo verde, su bicicleta estaba a un lado. Cuando luchó por ponerse de pie, golpeó su codo derecho contra el cuadro de la bicicleta.
— ¡Ah! Joder —exclamó sobando su codo—. ¿Dónde estoy?
Se quedó sentado, reconociendo el lugar, intentando saber que pasó. Lo único que logró recordar fue el hoyo en el suelo y a él cayendo.
Se puso de pie, después levantó su bicicleta y la montó. Se mantuvo sobre el asiento mientras buscaba un camino al cual ir. Un oportuno destello apareció en lo más alto del cielo azul, en dirección al norte.
—Muy bien, hacia esa luz rara —dijo para sí mismo avanzando lentamente.

Veinte minutos de avanzada y llegó al inicio de un bosque, con árboles altos, de cincuenta o sesenta metros de alto, muy frondosos lo eran tanto, que la luz del sol, no lograba pasar.
—Esto tiene que ser una broma —dijo intentando mirar dentro, solo para darse cuenta de que le era imposible—. A ver, espero que mi flash sea suficiente.
Agitó su celular para que el flash se encendiera y con una mano en el manubrio y con el celular en el otro, comenzó a avanzar.
La oscuridad lo abrazaba por la espalda y le daba la bienvenida por delante. Su corazón palpitaba cada vez más rápido, tanto que creyó se le saldría del pecho. Avanzaba con un poco más de velocidad tras escuchar que algo se movió en lo profundo del bosque. De la nada, un tronco se acercó de golpe a él y al impactar, lo arrojó hacia el suelo. Su celular cayó lejos de él, con la luz hacia arriba. Edgar se puso de pie y, a tientas buscó su bicicleta para volver a subirse, tomó el celular y alumbró al frente, solo para toparse con un grupo de chicas, con cuernos, trajes de cuero que solo cubrían sus partes íntimas, ojos rojos y armas punzo cortantes.
— ¿Hola? —preguntó. Los trajes eran negros, con una costura que se cerraba por cuerdas pequeñas en el centro de sus pechos.
— ¡Captúrenlo! —ordenó la mujer del frente.
Tres se acercaron a él y lo tomaron, pusieron sus manos detrás de sus espalda y lo ataron.
— ¿Que está pasando? —preguntó asustado.
— ¡Calla! —exclamó la misma mujer—. ¡Eres nuestro prisionero, y te llevaremos al calabozo!
— ¿Porque? ¿Que hice? —preguntó.
—Entrar a nuestro bosque sagrado —dijo la mujer.
Lo llevaron arrastrando y sus cosas también.

Después de una caminata a oscuras, ya que a medio camino averiguaron como apagar la luz del celular, llegaron a lo que parecía un castillo, no muy grande, ya que no sobresalía de los árboles, pero era sumamente enorme. La sorpresa de Edgar se hizo notar al ver que, en el territorio del castillo, solo había más mujeres, con las mismas ropas, algunas ibas totalmente desnudas. Había todo tipo de tamaños, pechos y nalgas grandes, medianos y chicos, no había una sola niña, solo había mujeres, algunas más jóvenes que otras, pero en su mayoría eran mujeres.
— ¿Qué es esto? ¿Una especie de harem? —preguntó Edgar.
Una de las mujeres se volteó para mirarlo y justo antes de que lo golpeara, otra mujer la detuvo.
— ¿No te das cuenta, Alha? —preguntó la mujer de ojos verdes y grandes pechos—. Podría ser nuestro salvador.
Alha bajó la cabeza algo asustada.
—Lamento que te traten así, pero, es nuestra forma de ser, agresivas y dulces a la vez —dijo ella acercándose a Edgar. La mujer era visiblemente más alta que él.
—No pasa nada —dijo Edgar con la mirada a los ojos de la mujer.
—Por favor, me mires a los ojos —dijo—. Nosotras las Súcubos preferimos que nos vean a los atributos —agrego cruzando los brazos debajo del busto—. Soy Jonia por cierto.
—Mucho gusto, soy Edgar —dijo él.
—Ven, debes ver a nuestra reina, ella se pondrá muy contenta de saber que estás aquí, por fin —dijo con una sonrisa que dejó ver su colmillos blancos y bien alineados.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar. Las mujeres del lugar no dejaban de ver a Edgar con ojos llenos de lujuria, mientras se daban pequeños mordiscos a los labios en señal de placer. Edgar contemplaba las escaleras del palacio hechas de mármol blanco y al igual que el resto del lugar. Las torres primarias dejaban ver a más mujeres presenciando la entrada del hombre y las torres secundarias, las que estaban detrás del palacio solo guardaban la seguridad interna. El interior del lugar era bastante amplio, lleno de aproximadamente unas cincuenta a sesenta Súcubos cansadas de darse placer a sí mismas, ansiosas de tener a alguien dentro.
El trono se alzaba majestuoso en el fondo de la habitación principal, rodeado de mujeres vestidas para la batalla y sentada en el trono , se encontraba la Reina Súcubo; una mujer de grandes hechos, piernas y nalgas, también de una belleza sin igual, ojos rojos y cuernos más grandes que el resto de las chicas, también su cabello blanco y extremadamente largo llamaba la atención.
—Ante ustedes, Edgar —presentó Jonia al chico.
—Mucho gusto —dijo.
La reina se puso de pie y con una manera cautivadora y sensual de caminar se acercó a él.
—Entonces chico, dime algo: ¿te gustan los pechos cubiertos o descubiertos? —dijo acercándose demasiado a Edgar.
—Descubiertos, supongo —respondió dudoso de la pregunta.
— ¡Muy bien mis hijas, todas, despójense de sus ropas! —exclamó haciendo ella lo que pidió.
Edgar quedó muy sorprendido al ver mujeres desnudas por todas partes, con grandes pechos y grandes traseros, también algunas con pechos pequeños pero traseros grandes, era un espectáculo para la vista de cualquier hombre.
—Muy bien Edgar, ahora dime ¿Eres virgen? —preguntó acariciando su cara.
Las manos de la Reina estaban adornadas con grandes una enormes y potentes garras.
—Si —dijo cabizbajo.
—No hay de que avergonzarse. Puedo ver que quieres encontrar a la mujer perfecta y, es posible que aquí la puedas encontrar, o que simplemente, desees dejar salir toda la lujuria que llevas dentro —dijo la Reina.
—No lo sé, esto es muy confuso. Ni si quiera sé cómo llegué aquí —dijo Edgar mirando como la Reina volvía a su asiento.
—Entonces te daremos unos días para que tu mente se calme, pero, debes estar alerta mi niño, porque mis chicas no dudaran en robarte la virginidad y hacer que entres en ellas —dijo la Reina—. Jonia, dale una habitación, la mejor de todas.
—Sí , señora —aceptó.

Subieron escaleras en forma de caracol hasta el tercer piso, donde había una gran cantidad de pasillos, sin embargo, ellos siguieron por el pasillo que daba directo a las escaleras. Llegaron al final de este y la puerta izquierda del pasillo era la correcta.
—Dentro podrás descansar —dijo Jonia—. Espero hayas disfrutado de mis caderas al subir hasta aquí.
—Gracias por ser tan amables conmigo —dijo Edgar.
—Te lo dije: agresivas pero dulces —dijo Jonia.
—Tienes mucha razón, gracias de nuevo.
—No hay de qué.
Ella se retiró con una reverencia inclinando solo desde la cintura su cuerpo. Edgar cerro la habitación y la observó. Blanca como el resto del palacio. Al centro, pegado a la pared una cama enorme, con su velo y estructura que la rodeaba. Estantes con libros, dos ventanas que daban directo al exterior y otra puerta. Detrás de esta había un baño con tina de porcelana para cuatro personas y un escusado común y corriente.
—Podría acostumbrarme.

13 de Julio de 2020 a las 07:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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